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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 — El nombre

Marcelo tardó cuatro días en juntar los ocho millones.

El primer día vendió el Aston Martin que tenía guardado en la cochera vieja. Lo había comprado a los cuarenta y cinco como regalo de cumpleaños para sí mismo, después de cerrar un trato grande en el consorcio. Lo había manejado cuatro veces en tres años. El comprador era un coleccionista que pagaba menos de lo que valía pero pagaba en efectivo, esa tarde. Marcelo aceptó sin discutir. Un millón ochocientos.

El segundo día vendió dos relojes. Un Patek Philippe heredado del padre y un Audemars Piguet de los cincuenta y un años. El segundo se lo había regalado Renata cuando los negocios iban bien. Marcelo lo metió en la bolsa de cuero sin pestañear. La casa de empeño que usaba no preguntaba nombres ni miraba a los ojos. Setecientos mil entre los dos.

El tercer día vendió una propiedad pequeña que tenía a su nombre desde antes del matrimonio, un departamento de tres ambientes en el sur de la ciudad que había alquilado durante quince años a una familia que ni siquiera sabía quién era el dueño. El comprador era un abogado, amigo de un amigo, que pagaba en cuatro cheques certificados. Marcelo necesitaba en efectivo, así que aceptó un descuento del veinte por ciento para que el abogado le diera todo el lunes a la mañana. Cinco millones cien.

Llevaba siete millones seiscientos.

Le faltaban cuatrocientos mil.

Y ahí fue donde tuvo que volver a Renata.

Bajó al comedor el viernes a las ocho de la mañana con la cara más recompuesta de la semana. Se había afeitado por primera vez en cinco días. Llevaba traje gris, camisa azul, el reloj que le quedaba —un Rolex viejo, sin valor especial, regalo de la suegra hacía veinte años—. La idea era verse normal. Recuperar la postura del marido funcional.

Renata estaba en su sitio. Periódico. Tostadas. Café con leche.

—Buenos días.

—Querido.

Marcelo se sirvió café. Bebió. Empezó.

—Renata, una cosa rápida.

—Dime.

—Tengo un problema con una inversión.

Renata levantó la vista del periódico. Le dedicó la sonrisa exacta de la mujer interesada.

—¿Qué tipo de problema?

—Me metí en un fondo el mes pasado. Un fondo agresivo. Era para multiplicar liquidez antes del cierre del consorcio. La gestora se equivocó en una posición. Perdí cuatrocientos mil esta semana.

—¿Perdiste cuatrocientos mil?

—Los puedo recuperar. Pero necesito reinyectar ese dinero a la cuenta operativa antes del lunes, o se cae todo el trato. Es una formalidad. Plata adentro, plata afuera la semana que viene.

Renata bebió un sorbo de café. Lo dejó.

—¿Y cuánto necesitas?

—Quinientos mil. Es un poco más por las comisiones de la transferencia rápida.

—¿Quinientos mil para una formalidad?

—Sí.

—Marcelo.

—¿Sí?

—Llevas tres meses moviendo dinero que no sé adónde va. Llevas tres semanas durmiendo cuatro horas. Llevas una semana sin afeitarte. Y ahora me pides medio millón en efectivo para una inversión que no existe.

Pausa.

Marcelo se quedó muy quieto.

—Renata —dijo, y la voz le bajó un grado—. Te juro que…

—No me jures nada, Marcelo. No tengo paciencia esta mañana.

—Renata, mira, si quieres te enseño los documentos…

—No quiero ver documentos.

—Entonces…

—Te voy a dar el medio millón.

Marcelo cerró la boca.

Renata bebió otro sorbo. Lo dejó.

—Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Cuando termine lo que sea que estés haciendo, sea una inversión, una mujer, una deuda, lo que sea — me lo cuentas. Cara a cara. Sin mentiras. Si descubro por terceros lo que pasa antes de que tú me lo cuentes tú mismo, te pido el divorcio y te dejo en la calle.

Silencio.

Marcelo asintió.

—Bien.

—Bien. Esteban te lleva al banco a las diez. Te tengo el dinero listo a las once.

—Gracias, Renata.

—No me agradezcas.

Renata volvió al periódico.

Marcelo se quedó otra media taza de café, después subió.

Renata, sola en el comedor, no levantó la vista hasta oír la puerta del despacho cerrarse arriba.

Después sonrió.

Te enterré tú mismo, querido. Cada palabra que dijiste me confirmó lo que ya sabía.

Bebió el resto del café con leche.

Llamó a Lorena por teléfono.

—Lorena.

—Señora.

—Marcelo va al banco hoy a las diez. Saca medio millón. Quiero que sigas el dinero. Si es para la bailarina, lo necesito confirmado antes del sábado.

—Sí, señora.

—Y necesito saber dónde se va a ver con ella esta vez. El hotel. El piso. Si lo logras, quiero estar afuera del hotel mientras él está adentro.

—¿Qué va a hacer, señora?

Renata se levantó. Recogió el periódico.

—Conocer a la bailarina, Lorena. Solo conocerla. Por ahora.

Colgó.

A las once de la noche del sábado, Sofía le abrió la puerta a Marcelo en el piso veintidós del Hilton.

—Señor.

—Sofía.

—Maleta sobre la mesa baja, igual que la otra vez.

Marcelo entró. Dejó la maleta. La abrió un segundo para mostrar los fajos. Sofía hizo una inclinación con la cabeza, no para contar el dinero —ya lo había contado a la entrada del hotel un hombre de Andrés— sino para confirmar el gesto formal.

—¿Y la Dama?

—Espera adentro.

Sofía cerró la puerta del cuarto principal. Salió por la puerta lateral.

Marcelo se quedó solo en la sala.

Esta noche se había vestido distinto. Un traje azul oscuro, no negro. Camisa blanca abierta dos botones. Sin antifaz. La sala estaba iluminada con una sola lámpara de pie, esta vez con luz plateada en lugar de dorada. Marcelo se preguntó si el cambio había sido casualidad. No lo era. Lían había mandado el cambio. Esta noche el traje de la Dama era plateado, y todo lo demás tenía que combinar.

A las once y cinco, Lían entró.

El traje plateado era distinto al rojo. Más fluido. Bordado fino, sin pesadez. La abertura esta vez bajaba desde la cintura, no desde el muslo. La espalda estaba descubierta hasta el final, no hasta la cintura. El cuello, eso sí, igual de cerrado. Lo cerrado tapado, lo descubierto a la vista. Esa era la regla de la Dama, y Lían no la rompía.

El antifaz era el mismo dorado.

Marcelo no respiró durante diez segundos. Otra vez.

Lían no lo miró. Caminó hasta la bocina. Cambió la música.

Esta noche no era el guzheng solo. Era el guzheng y una flauta más alta, una melodía más triste, más rápida en el medio. Una que mil años atrás se bailaba para las despedidas. Para los hombres que se iban a la guerra. Para las mujeres que no volverían a ver vivos a los hombres que amaban.

Lían no se la había puesto a Marcelo por casualidad.

Empezó.

Bailó cuarenta minutos. Sin acercarse a Marcelo. Solo en el centro de la sala, dándole el lado, mostrándole los giros, dejando que el plateado del traje brillara con la lámpara plateada y se moviera como agua.

Marcelo bebió cinco copas en cuarenta minutos.

A los cuarenta y cinco, Lían empezó a acercarse.

Esta noche fue más cerca que el rojo. A treinta centímetros. Bailó frente a él casi rozándolo, con los brazos pasándole por encima de los hombros sin tocarlo, con la cadera moviéndose a la altura de su cara.

Marcelo se quedó tan quieto que parecía muerto. Solo respiraba. Los puños cerrados sobre las rodillas, blancos.

A los cincuenta y cinco minutos, la música llegó al cambio. El momento más alto. Una nota larga, sostenida, donde mil años atrás la concubina se acercaba al Emperador y le rozaba la mano con un dedo.

Lían no rozó nada.

Pero giró frente a Marcelo a quince centímetros, con el cabello tocándole apenas la frente al hombre, y cuando se enderezó, Marcelo no aguantó más.

Le agarró la muñeca.

Lían se quedó quieta.

La música seguía sonando. Sofía y Andrés en la suite contigua no podían oír nada. Marcelo tenía los dedos cerrados firmes sobre la muñeca de Lían, y los dos sabían que esa era la primera regla que se rompía.

Lían no se la soltó.

Solo se quedó quieta. Esperando.

Marcelo respiraba fuerte.

—Por favor —dijo. Voz rota—. Por favor, una pregunta. Solo una.

Lían lo miró desde detrás del antifaz.

—¿Cuál?

—Tu nombre. Necesito tu nombre. Solo el nombre. No la cara. No la dirección. No la edad. Solo cómo te llamas. Te juro que con eso me alcanza para una semana.

Lían no contestó por dos segundos.

Después se inclinó.

Le puso la boca al oído derecho de Marcelo. Lo suficiente para que él sintiera el aire. Lo suficiente para que el perfume del cuello le entrara directo al cerebro.

—Lían Hua —le susurró, en su propia lengua, con la inflexión imperial que llevaba mil años sin usar.

Marcelo apretó los ojos.

—Lían Hua —repitió él, en voz baja, masticando las sílabas como si fueran joyas—. Lían Hua.

—Lían Hua, querido. Para que entiendas quién manda.

Lían se enderezó.

Marcelo seguía agarrándole la muñeca.

Lían bajó la otra mano. Sacó del cinto interior del traje un pañuelo pequeño de seda plateada, perfumado con la misma colonia del cuello. Lo dejó sobre la rodilla de Marcelo, despacio.

—Para que no se te olvide.

Marcelo miró el pañuelo. Después la miró a ella.

—¿Es tuyo?

—Es tuyo ahora.

Marcelo se inclinó. Olió el pañuelo. Cerró los ojos.

Lían aprovechó el movimiento para quitar la muñeca despacio. Marcelo no resistió. Le soltó la mano.

Lían se enderezó. Caminó hacia el cuarto de atrás.

Antes de cerrar la puerta, se giró un segundo.

—Marcelo.

Él levantó la cabeza.

—Tres reglas rotas y no vuelves a verme. Esta era una. Te quedan dos.

Cerró la puerta.

Marcelo se quedó solo en el sillón.

Tenía el pañuelo plateado entre las dos manos. Lo levantó hasta la cara. Lo olió.

Por dentro le subió algo que no era deseo. Era algo más. Una calma extraña, casi religiosa, la calma de quien acaba de recibir una reliquia que va a venerar el resto de su vida.

—Lían Hua —dijo en voz alta, al cuarto vacío.

Volvió a olerlo.

—Lían Hua. Lían Hua. Lían Hua.

La risa de la otra noche no le vino esta vez. Esta vez le vino otra cosa. Le vino la cabeza fría del cazador que ya tiene el nombre del animal.

Lían Hua. Lían Hua. Lían Hua.

Marcelo se levantó. Caminó hasta el bar. Se sirvió un whisky doble. Lo bebió de un trago.

Después abrió el cajón del escritorio del cuarto. Sacó la libreta donde llevaba la lista. La abrió en la página de "Dama del Fénix — Investigación". Tachó la cuarta línea, la que decía Su nombre real. Escribió debajo, en letra firme:

LÍAN HUA.

Y agregó una línea nueva, debajo de la quinta:

6. CONSEGUIR EL DINERO DE LO QUE FALTA. RENATA TIENE OCHO MILLONES MÁS EN UNA CUENTA QUE NO REVISA HACE TRES AÑOS. SEMANA QUE VIENE.

Cerró la libreta.

Guardó el pañuelo plateado en el bolsillo interior del saco, contra el pecho.

Salió de la suite.

Esteban lo esperaba abajo. Marcelo subió al auto. Cerró los ojos. No habló durante todo el camino a la casa.

Esteban, al volante, no necesitó verlo para saber que algo había pasado esta noche. El olor del perfume era distinto al de las otras noches. Más fuerte. Más oriental. Más permanente.

Cuando llegaron a la casa, Marcelo bajó.

Esteban esperó a que entrara. Después sacó el teléfono.

Hilton, piso veintidós. Once a doce y cinco. Salió con perfume nuevo en la ropa. No hablamos. Tiene algo en el bolsillo interior, no pude ver qué.

Renata leyó el mensaje desde su despacho. Estaba todavía despierta. Había estado afuera del Hilton dos horas antes, en un auto sin distintivos, con Lorena. Las dos habían visto a Marcelo entrar al hotel. Habían visto el ascensor subir al piso veintidós. Habían visto a Sofía bajar después con la maleta del dinero. Pero nunca habían visto a la Dama del Fénix entrar ni salir. La Dama, otra vez, era humo.

Renata contestó.

Bien. Mañana me enseñas lo que llevaba.

Sí, señora.

Renata dejó el teléfono.

Se quedó mirando la pared.

Sigo sin ver su cara. Pero te tengo, Marcelo. Te tengo cada vez más cerca.

Sirvió un coñac. Bebió.

Y abajo, en la habitación del segundo piso, Marcelo Alarcón se acostaba en su propia cama, al lado de su esposa que fingía dormir, con el pañuelo plateado escondido bajo la almohada.

Olió el pañuelo.

—Lían Hua —susurró en la oscuridad, tan bajito que Renata no lo oyó.

Pero Renata lo vio.

Le había puesto un micrófono pequeño en el cabezal de la cama esa misma mañana.

Y a las dos y diez de la madrugada, en su despacho, Renata oía a su marido susurrar un nombre que no había oído en su vida.

Lían Hua.

Lo anotó en un papel. Lo subrayó dos veces.

Sonrió.

—Bien, querida bailarina. Te acabas de mostrar.

Se acostó.

Durmió bien.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
Guadalupe Flores
Desde la primera vez que dijiste verdad vieja me recordó a mi mamá ella tenía esa costumbre de decir esas mismas palabras y hablarse a si misma así. 😭
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
Lucia Feliciano Falcao
Este pandillero cobarde y ladrón está charlado, no ve que cuando la limosna es grande el ciego desconfía y el cree que la mafiosa de la mujer va le regalar esa suma de dinero por su cara demacrada sin querer nada a cambio.😸😸😸
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