Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 7
Pablo estaba decidido a ganar esa apuesta.
Un millón de dólares no se consiguen todos los días. Así que observaba todo. Absolutamente todo lo que Abril hacía. Con quién hablaba. A dónde miraba. Cómo se reía.
Necesitaba conocerla para poder engañarla.
Pero lo que encontró no era lo que esperaba.
Después de clases
Pablo caminaba hacia su auto, unas cuadras más allá de la universidad. No le gustaba estacionar cerca. Demasiado tumulto.
Entonces lo vio.
Milo subía a un automóvil de lujo. Un coche negro, brillante, con vidrios polarizados. Y detrás de ese vidrio, alcanzó a ver el perfil de Abril.
Pablo frunció el ceño.
Se supone que ellos no son amigos.
Entonces, ¿por qué se va con ella?
A la mañana siguiente
Pablo volvió a caminar. Esta vez llegó más temprano, se sentó en una banca a media cuadra, y esperó.
El coche negro apareció.
Se detuvo lejos de la entrada principal.
Milo bajó primero. Rápido. Sin mirar atrás. Caminó hacia la universidad como si llegara solo.
El coche avanzó unos metros más.
Luego bajó Abril. Sola.
Pablo lo entendió todo en ese instante.
No quieren que los vean juntos.
Él se baja antes para que nadie lo asocie con ella.
Y ella lo acepta.
¿Por qué?
El encuentro
Pablo se acercó a Abril en el patio central. Llevaba una rosa escondida en la espalda.
—Hola, buenos días —dijo, y extendió la flor.
Abril la miró. Sus ojos se iluminaron como si hubiera encontrado un tesoro.
—Muchas gracias —dijo, sonriendo—. Es hermosa.
Pablo sonrió también. Pero era una sonrisa medida. Calculada.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí, por supuesto —respondió ella, oliendo la rosa.
—Por qué tú y Milo viajan juntos? ¿Son amigos?
Abril se quedó helada.
La rosa quedó a medio camino entre su nariz y su pecho. Sus dedos apretaron el tallo.
—Bueno... nos conocemos desde hace mucho tiempo —dijo, con una voz que intentaba sonar casual.
Pablo la miró, esperando más.
—Entonces —insistió—, ¿por qué él se baja antes?
Abril bajó la mirada. Jugó con un pétalo.
—Porque... es difícil de explicar.
Pablo asintió, como si entendiera. Como si le importara.
—Entiendo. Si no quieres hablar, no voy a presionarte.
Abril levantó la vista, agradecida.
—Gracias.
—Solo era una vaga curiosidad —dijo Pablo, encogiendo un hombro—. A mí no mucho me importaba.
Mentira.
Le importaba más de lo que quería admitir.
Pero solo debía fingir que sí. Porque esa era la misión. Fingir.
Esa misma tarde
Pablo tuvo una pelea con un compañero del club de fútbol americano.
No fue por Abril. No fue por Milo. Fue por una jugada, un golpe, un empujón fuera de lugar.
Pero mientras sangraba por el labio, sentado en las gradas vacías, no podía dejar de pensar en la forma en que Abril había apretado la rosa.
Como si nunca le hubieran regalado una.
Como si fuera la primera vez.
Y eso...
Eso le removió algo dentro que él no quería sentir.
Capítulo 16: El derrumbe
Expulsaron momentáneamente a Pablo de su casa.
Sus padres eran demasiado estrictos con él. Le metían presión desde que tenía memoria. Notas perfectas, deportes, imagen impecable. Cualquier error era un fracaso imperdonable.
—Te comportaste como un pandillero —dijo su padre, con la voz fría como el acero—. Así que tendrás que vivir como tal. Hasta que esto no pase, no vuelvas a jugar. Tienes prohibido volver a la mansión.
—Y te cancelamos las tarjetas de crédito —añadió su madre, sin mirarlo siquiera.
Pablo sintió que el suelo se abría.
—¿Qué? —preguntó, incrédulo—. ¿Y qué se supone que haga?
Su padre lo miró con desprecio.
—No sé. Ese es tu maldito problema.
Algo se rompió dentro de Pablo.
No pensó. Solo actuó.
Le metió un puñetazo a su padre.
El impacto resonó en el enorme vestíbulo. Luego otro. Y otro. Comenzaron a pelear sin parar, empujándose, gritándose, rodando por el suelo como dos desconocidos.
Su madre gritó. Llamó a seguridad.
Y lo echaron.
Pablo caminó sin rumbo durante horas.
Llegó a una plaza. Se sentó en un banco. Y llamó a todos sus supuestos amigos.
Nadie contestó.
Los amigos de fiesta solo aparecen cuando hay fiesta de por medio. Sin alcohol, sin música, sin dinero en los bolsillos... Pablo no existía para ellos.
Llamó a Diana.
—¿Hola? —dijo ella, con voz distraída.
—Diana, necesito ayuda. Me echaron de mi casa.
Silencio.
—Mira, Pablo... eso suena feo, pero ahora estoy ocupada. Hablamos luego.
Colgó.
Pablo se quedó mirando el teléfono.
Ni siquiera ella.
Nadie.
Apoyó la cabeza en las manos y sintió las lágrimas calientes resbalar entre sus dedos.
—¿Pablo?
Levantó la vista.
Abril estaba frente a él. Acababa de bajar de su automóvil, con su mochila colgando de un hombro y una expresión de preocupación genuina en el rostro.
—Hola —atinó a decir, con la voz rota.
—¿Qué haces tan tarde en la plaza? —preguntó ella, acercándose.
Pablo la miró.
Y no pudo más.
Empezó a llorar. Sin freno. Sin orgullo. Sin la máscara de chico popular que había llevado puesta toda su vida.
Abril no preguntó nada.
Solo lo abrazó.
—Está bien —dijo ella, con una voz suave, firme, como si lo conociera de siempre—. Puedes llorar. Estoy aquí.
Pablo cerró los ojos.
Y sintió un extraño alivio.
Por primera vez en años, alguien lo sostenía sin pedirle nada a cambio.
Y ese alguien era exactamente a quien él había planeado destruir.