El miedo….. cualquier persona lo tiene Dicen que los niños son más miedosos pero es eso verdad? O solo lo usan de excusa para no aceptar los miedos de los adultos , fantasmas, zombis o cualquier género que se vea un viernes por la noche con comida ¿Dirías tus miedos?…. Tal vez los ruidos de tu casa sean reales…
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El nombre detrás del papel
No hablamos durante varias cuadras.
El ruido de la ciudad volvió, pero no alcanzaba. Era como si lo que había pasado en la biblioteca se hubiera quedado pegado a nosotras.
Sofía caminaba rápido.
Yo también.
—Illimani… —murmuró de repente.
La miré.
—¿Qué más recuerdas?
Dudó.
—No mucho… —admitió—. Pero ese nombre… no es nuevo. Lo sé.
Silencio.
Pero no era vacío.Era… pensamiento.Conexión.
—El recorte —dijo de golpe—. El tipo ese.
Saqué el papel de la mochila.
Arrugado. Viejo. Pero ahora… importante.
—Tomás Glockara —leí.
Sofía frunció el ceño.
—¿Te suena?
Negué.
—Pero si escribió esto… sabía algo.
—O lo vivió —agregó ella.
Eso tenía más sentido.
Miré otra vez el texto.
“Las entidades no son creaciones infantiles…”
—No estaba teorizando —dije—. Estaba advirtiendo.
Sofía me miró.
—Entonces lo buscamos.
—¿Cómo?
Pensó unos segundos.
—Mi papá conoce a medio pueblo… capaz le suena el nombre.
Negué rápido.
—No.
—¿Por qué?
—Porque nuestros padres saben cosas… y no quieren que las sepamos.
Silencio.
No lo negó.
—Entonces… internet —dijo.
—O archivos más nuevos —respondí—. Registros. Dirección. Algo.
Nos quedamos quietas en la vereda.
Pensando.
Hasta que Sofía chasqueó los dedos.
—El cibercafé.
La miré.
—¿Todavía existe eso?
—Sí —dijo—. El de la esquina de la plaza. Nadie va… pero tiene computadoras.
No era una gran opción.
Pero era algo.
—Vamos.
...——————-...
El lugar olía a polvo y cables viejos.
Un ventilador hacía más ruido que aire.
Había tres computadoras.Dos apagadas.Una encendida.
Nos sentamos juntas.Sofía empezó a tipear.
—Tomás… Glockara…
Nada.
—Probá con “Glockara pueblo bosque” —dije.
Click ,Resultados pocos.Pero algo apareció…Un foro viejo.
Fecha: 2009.
Título: “El caso del bosque de…” (el nombre del pueblo estaba cortado).
Abrimos.Mensajes desordenados.Usuarios anónimos.Teorías.Burlas.
Hasta que uno resaltó.
Usuario: TGlock
Mi respiración se detuvo.
—Es él —susurró Sofía.
Leímos.
“No son imaginarios.
Los niños no inventan lo mismo.
Ellos responden a algo que ya está ahí.”
Scroll.
“El problema no es que los vean.
Es que los recuerdan.”
Scroll.
“Cuando los padres intervienen, el vínculo se debilita… pero no desaparece.”
Sentí un nudo en el estómago.
—Olvido inducido… —murmuré.
Sofía asintió.
Seguimos leyendo.
Hasta que llegamos al último mensaje.
Fecha: 2010.
“Si alguien lee esto y todavía los ve…
no están solos.
Yo también sigo viéndolos.”
Debajo…
Una dirección.
No completa.
Pero suficiente.
Una calle.
Un número.
Dentro del pueblo.
Nos miramos.
—Sigue acá —dijo Sofía.
—O estaba.
Silencio.
—Vamos —dijo.
—¿Ahora?
—¿Cuándo si no?
Tenía razón.
Demasiada.
⸻
La calle era más vieja que el resto del barrio.
Casas bajas.
Pintura descascarada.
Pocas ventanas abiertas.
El número coincidía.
Nos detuvimos frente a la casa.
Puerta cerrada.
Cortinas corridas.
Silencio.
—¿Y si no está? —pregunté.
—¿Y si sí?
Tragué saliva.
Sofía levantó la mano.
Dudó.
Y golpeó.
Una vez.
Dos.
Nada.
—Capaz—
Un ruido.
Adentro.
Las dos nos quedamos quietas.
Pasos.
Lentos.
Arrastrados.
La puerta se abrió apenas.
Un hombre.
Mayor.
Ojeroso.
Mirándonos como si ya supiera quiénes éramos.
—Llegaron tarde —dijo.
Sentí que el corazón me golpeaba en el pecho.
—¿Usted es Tomás Glockara? —preguntó Sofía.
El hombre suspiró.
—Sí.
Silencio.
Nos miró a las dos.
Detenidamente.
Como evaluando algo.
—¿Cuántos son ahora? —preguntó.
Me congelé.
—¿Cómo?
—¿Cuántos los ven? —repitió.
Sofía dudó.
Yo respondí.
—Dos.
El hombre cerró los ojos un segundo.
Como si confirmara algo que ya sabía.
—Entonces todavía hay tiempo.
Un escalofrío me recorrió.
—¿Tiempo para qué? —pregunté.
Nos miró otra vez.
Más serio.
Más cansado.
—Para encontrar y advertir al tercero.
Silencio.
Pesado.
Real.
Porque en ese momento…
Todo encajó.
No era casualidad.
No era pasado.
Era algo que seguía.
Algo que crecía.
Y nosotros…
Éramos parte.
—Entren —dijo finalmente, abriendo más la puerta—. Antes de que ellos también sepan que están acá.
Nos miramos con Sofía.
Y sin decir nada…
Entramos.