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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

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INTERCAMBIO.

...GABRIELA:...

El juez regresó a su lugar y golpeó suavemente el mazo para llamar al orden.

—Que todos tomen asiento.

Obedecimos casi al mismo tiempo. El murmullo se apagó de golpe.

La abogada no nos había dicho nada. Arlet le pidió que no lo hiciera y, aunque trabajaba para mi padre, respetó la línea inquebrantable entre cliente y abogado. Esa decisión, ahora lo entendía, ya decía mucho.

—Hemos revisado cuidadosamente la evidencia presentada —continuó el juez—. La grabación, sumada a los testimonios y demás pruebas, demuestra sin lugar a dudas la vulnerabilidad del señor Vivanco y la intención de la acusada.

Miré a Arlet.

Seguía rígida, con la espalda recta y la mirada fija al frente, como si parpadear implicara aceptar algo. Su abogada permanecía a su lado, tensa, intentando sostener una compostura que ya se le desmoronaba.

Mis padres se miraron.

El gesto de mi padre fue suficiente. Su experiencia le decía lo que yo aún me negaba a aceptar: mi hermana no saldría de ahí libre.

El juez se enderezó en su asiento. El silencio era tan absoluto que podía escuchar mi propia respiración.

—Tras analizar cuidadosamente todas las pruebas presentadas, escuchar los alegatos de la fiscalía y la defensa, y considerar la vulnerabilidad de la víctima —dijo, con voz grave—, este tribunal emite el siguiente fallo:

Sentí que el tiempo se detenía.

—Arlet Valencia es encontrada culpable de abuso sexual e intento de violación hacia el señor Lauro Vivanco.

El murmullo que recorrió la sala me atravesó como un golpe seco. No supe si quería llorar, gritar o salir corriendo. La defensora de Arlet apretó los labios. Mis tíos se miraron, incrédulos. Mis padres quedaron petrificados, como si alguien los hubiera suspendido en el tiempo.

Gonzalo rodeó mis hombros con el brazo. Yo no reaccioné de inmediato. Seguía mirando a Arlet.

—Se ordena que la acusada permanezca bajo custodia inmediata —continuó el juez—. Se fija una condena de doce años de prisión y la obligación de recibir tratamiento psicológico intensivo durante el tiempo que dure su reclusión.

Doce años.

Doce… años.

La cifra rebotaba en mi cabeza sin sentido, una y otra vez.

Vi a Lauro y Cora tomarse de las manos. Vi el alivio en sus rostros, genuino, devastado, humano. Vi a Lauro cerrar los ojos y respirar hondo.

Cora apoyó la cabeza en su hombro y lloró en silencio.

El juez levantó el mazo una vez más.

—La corte queda formalmente concluida. Se levanta la sesión.

El llanto de mi madre ya no pudo contenerse.

La furia de mi padre hacia su subordinada se desbordaba en silencio, tensa, contenida, peligrosa.

Intentamos acercarnos a mi hermana, pero no nos lo permitieron.

Y ella no nos miró.

Arlet fue escoltada fuera de la sala.

Cuando se levantó, por primera vez giró el rostro.

Me aferré al brazo de Gonzalo. Su presencia era firme, real, el único ancla que me mantenía en pie.

Lauro y Cora se miraban. Los recordé en mi boda, un amor tan genuino que te hace dudar de todo lo demás.

Quizá sí era posible volver a empezar después de todo.

Ellos sentían que tenían una nueva oportunidad.

Pero yo, en lo más profundo, supe que acababa de perder a mi hermana para siempre.

Queríamos ver a mi hermana, pero no fue posible. Tendría que pasar un tiempo antes de que nos lo permitieran; había un proceso que debía cumplirse y, hasta entonces, no habría visitas.

Yo estaba destrozada. Me sentía vacía, mal, como si algo dentro de mí se hubiera roto sin posibilidad de arreglo.

La noticia se esparció como pólvora. Mi teléfono no dejaba de vibrar: mensajes de apoyo, de sorpresa, de incredulidad. Zoé me escribió casi de inmediato.

Mi madre estaba desconsolada. Lloraba en silencio, incapaz de comprender cómo todo había llegado hasta ese punto.

Mi padre, en cambio, estaba consumido por la furia. Tan enojado que sentí que, en cualquier momento, se lo iba a llevar el diablo.

Estábamos en casa de mis padres. Dejé a mi madre un momento para acercarme a Gonzalo.

—Comprendo si tienes que irte —le dije en voz baja.

Él negó de inmediato.

—No. No puedo y no quiero dejarte sola en este momento.

—Pero… —intenté decir.

—Ya hablé con Alejandro —me interrumpió—. Él me hará el favor de ayudarme con lo que necesito. Ahora quiero estar aquí contigo.

Sus manos recorrieron mis brazos con suavidad, como si intentara anclarme a algo real.

—Eres el mejor —murmuré—. Gracias.

Lo abracé con fuerza.

—No hay nada más importante para mí que tú, Gabriela —dijo, sin dudar.

Me aferré a él. A su pecho, a su olor, a su presencia.

Era el único lugar que me daba un poco de calma en medio de todo ese caos.

...****************...

Había pasado apenas una semana.

Gracias a la movilización de mi padre, el proceso se aceleró y nos permitieron verla antes de lo habitual. Aun así, todo lo que rodea una visita a prisión es pesado, incómodo. Entiendo que deben ser así de estrictos, pero no deja de sentirse humillante.

Gonzalo no pudo acompañarme. Solo permiten familiares directos y, esta vez, fuimos únicamente mi madre y yo. Mi padre vendría al día siguiente.

Cuando finalmente la vi, sentada frente a nosotras, sentí un nudo seco en el pecho.

Arlet se veía bien. Estaba entera… demasiado entera para el lugar en el que estaba.

—¿Estás bien? —preguntó mi madre de inmediato, inclinándose hacia ella.

Arlet asintió.

—Sí. Estoy bien —dijo—. De verdad.

Yo la observaba en silencio. Buscaba algo en su rostro: miedo, culpa, arrepentimiento. No sabía exactamente qué esperaba encontrar.

—¿Qué hiciste, Arlet? —dije al fin.

Arlet bajó la mirada un segundo, respiró hondo.

—Nada —levantó la vista, cristalizada, para mirarnos—. No hice nada.

—El juez falló en tu contra, Arlet.

—Sí, Lauro estaba ebrio. No voy a negarlo. Y sí… estuvimos juntos. Pero no fue como lo pintaron. No fue algo planeado. No fue abuso.

Mi madre apretó los labios, escuchando con atención.

—Cuando él me besó —continuó Arlet—, yo… yo no pensé con claridad. Mi amor por él me nubló. No vi más allá. No vi peligro. El juez no quiso ver eso. Solo vio a un hombre vulnerable y a mí como la culpable.

La escuché. Cada palabra.

No sonaba como alguien inventando una historia. Sonaba como alguien tratando de entender cómo su vida se había quebrado en un solo punto.

—Todos vimos el momento en que dicen que se adulteró el trago —murmuré.

Arlet negó de inmediato.

—Eso es mentira, Gaby. Sí, yo estaba ahí, pero no lo planeé. Nunca haría algo así. Jamás. Yo no toqué su bebida. Ni pagué a nadie para que eso pasara.

Mi madre tomó su mano a través del vidrio.

—Te creemos —dijo con firmeza—. Sabemos quién eres.

Yo asentí, aunque algo dentro de mí seguía inquieto.

—Papá va a seguir buscando pruebas —le dije—. No va a detenerse. Va a demostrar que no adulteraste nada, que no hubo intención.

Arlet soltó una exhalación lenta.

—Lo sé. Y se lo agradezco. Dile que no se canse. Yo voy a resistir aquí.

Hizo una pausa.

—Los primeros días fueron duros —admitió—. Me molestaron. Pero papá ya se encargó de que esté protegida. Ahora… estoy bien. Dentro de lo que cabe.

“Dentro de lo que cabe”.

Esa frase me dolió más de lo que quería admitir.

—Esto no se queda así —dijo mi madre—. Vamos a sacarte de aquí. Pero, Arlet, ¿te das cuenta de lo que tu obsesión por ese hombre provocó?

Arlet asintió.

—Lo sé, mamá. Y estoy muy arrepentida.

—Vamos a luchar por sacarte de aquí —le aseguré.

Arlet sonrió apenas.

—Gracias.

Cuando la visita terminó, un custodio se la llevó.

Me giré hacia mi madre, que tenía la mirada y el corazón rotos.

Ver a mi hermana ahí dentro me rompía más de lo que quería admitir.

Yo creía en ella.

Ella decía la verdad.

...****************...

Cuando llegué a casa, una de las empleadas me recibió.

—¿Mi esposo dónde está? —pregunté.

—El señor se encuentra arriba, en la habitación de la señora Loan. ¿Gusta que lo llame, señora?

—No, yo voy. Gracias —me dirigí a la habitación de la madre de Gonzalo.

Toqué la puerta y abrí despacio.

Gonzalo le leía un libro a su madre, aunque ella tenía la mirada perdida.

Él cerró el libro y se puso de pie al verme.

—No quiero interrumpir —dije—. Solo quería que supieras que ya llegué.

Negó con la cabeza.

—Ya estaba por terminar —se acercó y me dio un beso tierno—. ¿Cómo te fue?

Hice un gesto de cansancio.

—No muy bien, por lo que veo —añadió.

—Creo que siempre será difícil —dije—. ¿Te parece si, cuando termines aquí, me alcanzas en la habitación y te cuento?

—Claro.

Salí de la habitación.

Más tarde, Gonzalo me alcanzó.

Hablamos. No solo le conté sobre mi hermana; él también me dijo que debía viajar. No podía retrasarlo más. Yo sabía que lo había pospuesto todo lo posible por mí.

—No te preocupes —le dije ya en la cama—. Yo entiendo.

Así que, una semana después, estaba listo para marcharse.

—Mi madre ha estado tranquila, así que no te dará problemas —me dijo antes de irse.

—Tranquilo. Saluda a todos de mi parte, por favor —y por todos me refería a Zoé, Melani, Natalia y Alejandro. Incluso a algunos colegas.

—Claro que sí.

Me dio un beso y se marchó con su maleta.

Esa noche dormí sola. Aún no despertaba del todo y tampoco habían aparecido los primeros rayos de sol cuando recibí la llamada: Arlet no estaba bien.

Me cambié de inmediato.

Mi madre tomaba pastillas para dormir desde que Arlet cayó en prisión; no podía simplemente cerrar los ojos sin pensar en ella. Mi padre se encontraba de viaje, así que entendí por qué me habían llamado a mí.

Además, había sido Arlet quien me había dejado como uno de sus contactos de emergencia.

Llegué al penal cuando el cielo apenas empezaba a aclararse.

Dije mi nombre en la entrada. Mostré mi identificación. Me hicieron esperar.

Siempre hacen esperar.

Algunas rejas se abrían mientras otras se cerraban.

Finalmente, un custodio se acercó.

—La interna Valencia fue trasladada al área médica —me informó—. Presenta un cuadro de deshidratación severa.

—¿Está… está consciente? —pregunté.

—Sí. Débil, pero consciente.

Asentí.

El área médica no se parecía a un hospital.

Arlet estaba recostada en una camilla, conectada a una vía intravenosa. Su piel se veía pálida, reseca. Sus labios, un poco agrietados.

—¿Qué pasó? —pregunté, bajando la voz sin darme cuenta.

La enfermera respondió sin rodeos.

—No estaba ingiriendo suficientes líquidos ni alimentos.

—Arlet… —dije.

—Perdón —murmuró—. No quería preocupar a mi madre, así que pedí que te llamaran.

La enfermera nos dejó un momento.

—¿Por qué no has estado comiendo bien e hidratándote? —pregunté.

—No sentía hambre ni sed.

Suspire —Te pondrás bien.

Le tomé la mano.

—¿Han encontrado algo para ayudarme a salir? —me preguntó.

—No, temo que no. Mi padre está haciendo todo lo que puede. Está buscando al hombre que adulteró el trago para que declare que no tiene nada que ver contigo.

Suspiró, asintiendo.

—He pensado mucho —dijo, con la mirada perdida—. En el juicio. En el video. En ese momento exacto.

Giró un poco el rostro hacia mí.

—Yo no toqué su trago, Gaby. Pero me encantaría tener al maldito que lo hizo enfrente para gritarle lo que se merece.

Me quedé un momento pensando.

—Arlet, ¿tú lo reconocerías si lo vieras?

—Por supuesto. Recuerdo al tipo porque Brandon le coqueteó ese día. Aquí no puedo hacer nada. Solo esperar.

—dejó caer la cabeza en la almohada—

—Si pudiera salir… aunque fuera poco tiempo… sabría exactamente dónde buscar.

La idea se me incrustó, sólida.

—Tal vez… —dije—. Si sales.

Me miró, desconcertada.

—¿De qué hablas?

—Ya nos hemos intercambiado antes —añadí.

—Hace más de diez años fue la última vez, y fue para un examen —negó sorprendida —. Además estás casada, Gabriela. ¿Te volviste loca?

—Gonzalo no estará durante un tiempo. Eso te da tiempo suficiente para averiguar. A la única que tendrías que convencer es a nuestra madre. Estoy segura de que mi padre no lo notará, no ha pasado tiempo suficiente con ambas.

—No, Gabriela. ¿Cómo voy a dejar que tú estés aquí mientras yo estoy afuera?

—Dices que estás bien. Entonces no me va a pasar nada.

—No voy a poder convencer a nuestra madre —replicó Arlet.

—Sí puedes —le dije—. Usa la actuación para interpretarme. Siempre has sido brillante.

Guardó silencio un momento, sopesando lo que acababa de decirle.

Finalmente, asintió.

Planeamos todo el intercambio y el momento.

Desoues de un tiempo, cuando la enfermera regresó, le quitó el intravenoso y la revisó.

—Ya se encuentra estable.

—Quisiera cambiarme —dijo mi hermana—. ¿Puedes ayudarme?

Me lanzó una mirada y entendí perfecto.

—Claro.

—En el baño —dijo la enfermera—, pero no cierren la puerta.

Maldita sea.

Entramos al baño e intenté cerrar lo más posible, de modo que no se viera.

Pero la enfermera no se iba.

De pronto se escuchó la voz de otra mujer.

—Buenos días. ¿Qué pacientes tenemos hoy?

La enfermera se acercó a ella. Comenzó a explicarle algunas cosas. Tal vez un cambio de turno.

Era nuestra oportunidad.

Arlet ya se había despojado de la bata. Afortunadamente llevaba ropa cómoda: pants y sudadera, sin maquillaje.

Me deshice de lo mío. Arlet se puso mi ropa y yo tomé el overol naranja, poniéndomelo rápidamente. Jamás me había cambiado tan rápido en mi vida.

Llevé la mano a mi anillo. Dudé un momento.

—Gaby, date prisa —me dijo Arlet.

Me quité el anillo y se lo entregué para que se lo pusiera.

—Por favor, cuídalo —le pedí.

Pero no sabía si me refería al anillo.

—Busca las pruebas. Tu fecha límite son tres semanas. Es el tiempo que Gonzalo estará fuera. Si no lo logras, debes volver para hacer el intercambio. Si no lo haces… lo siento, pero diré la verdad.

—Tranquila. Aquí estaré.

—¿Ya estás lista? —preguntó la enfermera desde fuera.

—Ya —respondí.

Salimos del baño.

—Ya llevarán a la reclusa de regreso ahora que se encuentra estable —dijo la enfermera al custodio.

—Por supuesto —respondió mi hermana, girándose hacia mí—. Nos vemos en las visitas.

—Te estaré esperando.

Salió por la puerta. Después, el custodio comenzó a guiarme al área de celdas.

—Entra.

Lo hice despacio.

La reja se cerró frente a mí.

Firmando una sentencia.

Tal vez había sido estúpido, pero si había una oportunidad, por mínima que fuera, de que mi hermana no estuviera aquí, había que intentarlo.

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