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El Regreso De La Princesa

El Regreso De La Princesa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Matrimonio arreglado / Mitos y leyendas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: vane sánchez

"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris

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Capítulo 7: La Alianza de las Princesas

Los días siguientes al desayuno oficial fueron un torbellino de actividad en el palacio de Brumhaven. La noticia del próximo matrimonio del rey Aldric con la princesa Isolda de Aurelia se extendió por el reino como la pólvora, y con ella, una oleada de preparativos que involucraban a cada rincón del palacio.

Pero lo que nadie esperaba era ver a la princesa Lyra, de apenas cinco años, convertirse en la figura central de esos preparativos.

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La primera reunión "oficial" entre Lyra e Isolda tuvo lugar dos días después del desayuno, en las estancias que habían sido asignadas a la princesa de Aurelia. Eran habitaciones hermosas, con vistas al jardín oriental y decoradas con los mejores muebles del palacio, pero Lyra notó que Isolda no había cambiado nada de la disposición original. Ni un jarrón movido, ni un cuadro recolocado. Como si no quisiera dejar su huella en aquel lugar.

La princesa de Aurelia estaba sentada junto a la ventana cuando Lyra entró, vestida con una sencillez que contrastaba con la opulencia de su séquito. Un vestido gris perla, sin joyas, el cabello recogido en un moño severo. Parecía más una institutriz que una futura reina.

—Princesa Lyra —dijo al verla, levantándose con una cortesía automática—. Le agradezco que haya venido.

Lyra hizo una reverencia y sonrió con la calidez que sabía que Isolda no podía fingir.

—Es un honor ayudar, princesa Isolda. Mi padre está muy contento con esta unión, y yo quiero que todo salga perfecto.

Isolda la miró un momento, como si evaluara la sinceridad de sus palabras. Luego asintió y volvió a sentarse, indicando a Lyra que hiciera lo mismo.

—Su hermano, el emperador Valerius, me pidió que le explicara las costumbres de Valdris —comenzó Lyra, sentándose en una silla frente a ella—. Pero pensé que quizás, antes de eso, debería conocer mejor a mi padre.

Isolda levantó una ceja.

—¿Conocerlo?

—Sí —dijo Lyra con naturalidad—. Mi padre es un hombre bueno, pero también es un hombre ocupado. Pasa mucho tiempo en reuniones, en consejos, atendiendo las necesidades del reino. Si usted sabe qué le gusta, qué le interesa, qué le hace feliz, será más fácil... conectar con él.

Por primera vez, algo brilló en los ojos de Isolda. No era calidez, pero sí interés.

—¿Y usted cree que eso es importante? ¿Conectar?

Lyra asintió con firmeza.

—Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, apenas un bebé. No la recuerdo. Pero mi padre sí. Y sé que la amaba profundamente. No pretendo que usted ocupe su lugar, ni creo que mi padre espere eso. Pero un matrimonio sin conexión... es solo un contrato. Y los contratos se rompen. En cambio, si hay algo más, si hay respeto, si hay comprensión... eso dura.

Isolda guardó silencio un largo momento. Luego, muy despacio, asintió.

—Tiene razón, princesa. Hable.

Y Lyra habló.

Habló de su padre como pocas personas lo conocían. Contó que su color favorito era el azul, pero no cualquier azul: el azul profundo del cielo justo antes del amanecer, el que se ve desde las torres más altas. Contó que su comida preferida era el estofado de ciervo con setas del bosque, el mismo que su madre le preparaba en los fríos inviernos. Contó que detestaba los postres demasiado dulces, pero que no podía resistirse a un buen pastel de manzana con canela, especialmente si la masa era hojaldrada.

Contó que le gustaba hablar de historia, de las batallas antiguas, de los reyes que habían construido el reino. Que se animaba cuando alguien le preguntaba por sus caballos, a los que consideraba casi familia. Que odiaba las mentiras, incluso las pequeñas, y que era capaz de perdonar casi cualquier cosa excepto la deslealtad.

Isolda escuchaba en silencio, asimilando cada palabra como si estuviera memorizando un texto sagrado. De vez en cuando, asentía, o hacía alguna pregunta breve. Pero sobre todo, escuchaba.

Cuando Lyra terminó, Isolda habló.

—Princesa, usted es muy joven para saber tanto de su padre. O para expresarlo con tanta claridad.

Lyra sonrió con modestia.

—He tenido mucho tiempo para observarlo. Y cuando amas a alguien, aprendes esas cosas sin esfuerzo.

Isolda la miró fijamente.

—Yo nunca he amado a nadie —dijo, con una honestidad que helaba la sangre—. No sé cómo se hace.

Lyra sintió un nudo en la garganta. En esa frase, escuchó más que frialdad. Escuchó soledad. Escuchó vacío.

—No se preocupe —dijo suavemente—. El amor no se aprende en los libros. Se aprende... viviendo. Y usted va a vivir aquí ahora. Con nosotros. Con mi padre. Conmigo. Con Eryndor. Tal vez... tal vez eso sea suficiente para empezar.

Isolda no respondió. Pero sus ojos, por un instante, parecieron menos fríos.

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Los días siguientes, las reuniones se repitieron. Lyra llegaba cada mañana a las habitaciones de Isolda y juntas repasaban listas, planificaban ceremonias, elegían flores y discutían protocolos.

Pero Lyra no solo hablaba de su padre. También preguntaba.

—¿Y usted, princesa Isolda? ¿Cuál es su color favorito?

Isolda dudó, como si la pregunta la hubiera pillado desprevenida.

—Nunca lo he pensado —admitió—. Supongo... el plateado. El color de la luna sobre el mar en las noches de invierno.

Lyra sonrió.

—Entonces ese color tiene que estar en la boda. En los detalles, en los adornos. Mi padre ama el azul, pero la boda es de los dos. Tiene que haber azul y plateado. Los colores de Valdris y de Aurelia, sí, pero también los colores de ustedes.

Isolda la miró con una expresión que Lyra no supo interpretar.

—¿Y su comida favorita? —insistió Lyra.

—El pescado —respondió Isolda—. En Aurelia tenemos un plato, lubina con costra de sal y hierbas. Es lo que más me gusta.

—Pues tiene que estar en el banquete de bodas —decidió Lyra—. Y también el estofado de mi padre. Los dos platos. Para que los invitados vean que esta unión es de verdad, que no es solo política.

Isolda asintió lentamente, y Lyra juraría haber visto algo parecido a una sonrisa en sus labios.

—¿Y postres? —preguntó Lyra—. Mi padre ama el pastel de manzana. ¿Usted?

—Turrón de miel y almendras —respondió Isolda—. Es una receta de mi abuela. Solía hacerlo en las fiestas.

—Perfecto. Los dos postres.

Así, día tras día, la boda fue tomando forma. Pero no era solo una boda. Era un símbolo. La fusión de dos mundos, de dos familias, de dos personas que apenas se conocían pero que estaban dispuestas a intentarlo.

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Una semana antes de la boda, llegó el vestido.

El emperador Valerius había encargado el traje nupcial de su hermana meses atrás, antes siquiera de que la alianza se concretara, como si hubiera sabido que todo saldría bien. Y cuando los cofres llegaron desde Aurelia, escoltados por una docena de soldados de élite, todo el palacio contuvo el aliento.

Lyra estaba presente cuando Isolda abrió el cofre principal.

El vestido era una obra de arte. De seda blanca, sí, como mandaba la tradición, pero bordado con hilos de plata que formaban lunas crecientes y estrellas fugaces. El velo era de gasa transparente, también bordado, y caería sobre los hombros de Isolda como una cascada de luz. Los zapatos, de terciopelo azul noche, tenían pequeñas perlas cosidas en los tacones.

—Es hermoso —susurró Lyra, con los ojos muy abiertos.

Isolda tocó la seda con una ternura que Lyra no le había visto antes.

—Mi hermano siempre ha tenido buen gusto —dijo—. Pero esto... esto es más que buen gusto. Esto es amor.

Lyra la miró, sorprendida por la palabra.

—¿Su hermano la ama?

Isolda asintió.

—Valerius es el único que me ha querido nunca. Desde que éramos niños, me protegió, me cuidó, me dio todo lo que podía darme. Este matrimonio... sé que es por política, pero también sé que lo hace porque cree que aquí seré feliz. Porque confía en que su padre, el rey Aldric, será bueno conmigo.

Lyra sintió un nudo en la garganta.

—Lo será —dijo con firmeza—. Mi padre es un hombre bueno. Y yo... yo también estaré aquí. Para lo que necesite.

Isolda la miró largamente. Luego, con un gesto que pareció costarle un esfuerzo inmenso, extendió la mano y acarició el cabello de Lyra.

—Lo sé, pequeña —dijo suavemente—. Lo sé.

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La víspera de la boda, Lyra encontró a Isolda sola en sus habitaciones, mirando por la ventana. El vestido colgaba de un maniquí, preparado para la mañana siguiente.

—¿No puede dormir? —preguntó Lyra, acercándose.

Isolda negó con la cabeza.

—Nunca duermo bien antes de algo importante. Es uno de mis muchos defectos.

Lyra se sentó a su lado en el banco junto a la ventana.

—No es un defecto. Es solo... ser cuidadosa. Mi hermano dice que yo soy así. Que siempre estoy pendiente de todo, que nunca me relajo.

Isolda la miró.

—Su hermano la quiere mucho. Se nota.

—Sí —sonrió Lyra—. Y yo a él. Y a mi padre. Son lo único que tengo.

Isolda guardó silencio un momento. Luego, muy despacio, dijo:

—Mañana tendrá una madrastra. Y quizás dentro de algunos años un medio hermano. No sé si eso la hará feliz.

Lyra la miró fijamente.

—Dependerá de usted. Y de mí. Y de mi padre. Y de todos nosotros. Las familias no se hacen solas. Se construyen. Día a día. Con pequeñas cosas. Como esto.

Isolda la miró largamente. Y entonces, por primera vez desde que Lyra la conocía, sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero auténtica.

—Es usted muy sabia para su edad, princesa Lyra.

—Ya lo sé —respondió Lyra con una sonrisa—. Pero me gusta que se acuerde.

Isolda soltó una risa suave, casi un suspiro. Y en ese momento, Lyra supo que algo había cambiado. Que la princesa de Aurelia, la mujer fría y distante, había comenzado a descongelarse.

La alianza no era solo política.

Era real.

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Esa noche, Lyra escribió en su diario secreto, el que solo ella y su loba conocían:

"Isolda no es mala. Solo está asustada. Asustada de un nuevo reino, de un nuevo esposo, de una nueva vida. Pero creo que si la ayudamos, si le mostramos que aquí hay un lugar para ella, puede llegar a ser parte de nuestra familia. No ocupará el lugar de mi madre. Nadie puede. Pero puede ocupar un lugar nuevo. Un lugar solo suyo. Y quizás eso sea suficiente."

"Mañana es la boda. Y luego, todo cambiará. Pero por primera vez desde que volví, no le tengo miedo al cambio."

"Selene, si me escuchas: gracias. Gracias por esta oportunidad. Gracias por mi loba. Gracias por Eryndor. Gracias por mi padre. Y gracias, también, por Isolda. Porque aunque no lo parezca, creo que todos la necesitamos."

"Incluso ella."

Cerró el diario y miró por la ventana.

La luna brillaba, inmensa y plateada, sobre el palacio.

Y Lyra sonrió.

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Karen Xochipa León
Es una historia que te atrapa en el momento que quieres leer algo diferente algo nuevo /Smile//Smile//CoolGuy/ algo más, espero con ansias los demás capitulos.
Karen Xochipa León
ahhh ☺️👏🥰🥰 me gustó la ame mucho espero con ansias los demás capitulos es una historia diferente que allá leído te atrapa desde el primer capítulo ☺️👏👏
Mónica Aulet
Muy buen comienzo!!!!
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