Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 23
-Convéncelo para que me deje marchar -le pidió con calma.
-Te ha echado de menos.
-Convéncelo -insistió.
-Se sentía solo sin ti.
-Por favor...-la voz se le quebró al tragar saliva.
Rafiq alargó un brazo y le apretó la mano.
-Es imposible -le dijo, y ella lo creyó.
Rafiq se puso en pie y la hizo levantarse.
-¿Adónde vamos?
-A dar una vuelta por el barco, con la esperanza de que la diversión te haga olvidar tu intención de derribar mis defensas.
Geisa sabía que nadie había podido nunca derribar las defensas de Rafiq, pero no discutió, y él volvió a ponerse el gutrah, ofreciendo otra vez su aspecto orgulloso.
-Si eres tan amable de precederme, mi señora, iremos por un sombrero antes de empezar.
Varias horas más tarde estaba acostada en una tumbona de cubierta. Se había puesto un biquini blanquinegro y una camiseta blanca. Rafiq le había enseñado casi todos los rincones del yate, y le había presentado al capitán, Tariq al-Bahir, el único árabe en una tripulación compuesta por veinte españoles.
Luego, había almorzado con Rafiq y con Faysal. Cuando se quedó sola por la tarde, Geisa no pudo dejar de imaginarse a Hassan en su despacho, tratando los «asuntos de estado». Cerró los ojos y lo vio rodeado por el teléfono, el fax, el ordenador... Recordó su impaciencia cada vez que ella lo había interrumpido tiempo atrás para recordarle la hora o para insistirle en que tomaran juntos un café, y el suspiro de sumisión, cuando finalmente se relajaba.
Recordó cómo se acomodaban en los sillones junto a la ventana del despacho... los dos mismos sillones que estaban estratégicamente colocados en el compartimento privado del yate. El corazón le dio un vuelco, e intentó no pensar en lo que se moría por hacer.
***
Hassan pensaba de forma similar, tendido en una tumbona junto a ella. Geisa estaba dormida, y no se había enterado de que él estaba allí. No lo había interrumpido ni una sola vez en las horas que había estado encerrado en su despacho.
¿Había esperado que lo hiciera?, se preguntó a sí mismo. Tuvo que reprimir un suspiro, porque no quería despertarla. Todavía tenían cosas de las que hablar, pero cuanto más las postergara, mejor. Estaba seguro de que a ella no iban a gustarle.
Cerró los ojos y reflexionó sobre los asuntos que lo habían mantenido ocupado. El estado de Jezaen se componía de varias familias tribales. Los al-Qadim y los al-Mukhtar contra los al-Mahmud y los al-Yasin. Para preservar el equilibrio de poder y evitar una guerra, Hassan se había visto forzado a aceptar un compromiso con la ayuda de un viejo amigo.
El bostezo de Geisa le hizo abrir los ojos, a tiempo de ver cómo se estiraba sinuosamente. Era tan esbelta y hermosa, de proporciones y rasgos tan perfectos; con una boca que invitaba a besarla con solo mirarla y...
No pudo aguantarlo más. Se levantó y se inclinó para tomarla en brazos.
Ella se despertó de golpe y lo miró furiosa.
-¿Qué haces? -protestó-. Estaba muy cómoda aquí...
-Lo sé, pero yo también quiero estar cómodo, y no lo estaba -la llevó al vestíbulo y subió los escalones-. Abre la puerta -le ordenó, y se sorprendió al ver cómo ella obedecía sin rechistar. Al entrar, cerró la puerta con el pie y la vio mirar hacia la cama, pero la llevó hasta los sillones y la sentó en uno de ellos.
-Supongo que tendrás una buena razón para traerme aquí.
-Sí -se sentó en el otro sillón y la miró a los ojos. Aquellos hermosos ojos verdes que siempre intentaban ocultar los sentimientos, sin éxito-. Tenías razón -empezó con una confesión-. Se me ha presionado para que tome a otra esposa. ..
Geisa tendría que habérselo esperado. Siempre lo había temido; entonces, ¿por qué se sentía cómo si le hubiera clavado un puñal?
-¿Y tú has aceptado? -consiguió preguntar…