Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Alban
Cuando Florence llegó finalmente al reino de Mercia, el carruaje se detuvo frente a la imponente mansión Evenhart. El edificio era tan elegante como poderoso.. columnas altas, jardines perfectamente cuidados y fuentes que brillaban bajo la luz suave de la tarde. Se notaba que la familia Evenhart no solo tenía riqueza, sino también linaje y orgullo.
Los sirvientes se acercaron de inmediato para ayudarla a bajar. Florence descendió con la misma elegancia y serenidad que siempre la acompañaban, aún vestida de negro, pero con una expresión más relajada de lo habitual. El aire de Mercia era distinto… más liviano, más libre. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su pecho respiraba sin peso.
Apenas cruzó la entrada, fue recibida con una calidez que la desarmó.
Ginger Bristol, radiante a pesar de haber dado a luz solo semanas atrás, avanzó hacia ella sonriendo. Su belleza estaba envuelta ahora en una dulzura maternal que la hacía brillar aún más. Aunque se movía con cuidado, todavía era la misma mujer fuerte, inteligente y elegante que Florence admiraba.
—¡Florence! —exclamó Ginger, abriendo los brazos.
Florence la abrazó con cariño, con una sonrisa genuina que pocas veces mostraba. Era extraño… pero cerca de Ginger, podía bajar un poco la guardia.
—Te ves hermosa —dijo Florence con sinceridad—. La maternidad te favorece.
Ginger rió con suavidad.
—Hermosa y agotada —respondió divertida—, pero feliz. Muy feliz.
Entonces la llevaron a un salón amplio, decorado con gusto y calidez. Y allí estaba él.
El pequeño Alban Bristol.
Un bebé grande para su corta edad, de mejillas redondas y rosadas, dormido plácidamente en brazos de su nodriza. Su respiración era tranquila, y cada pequeño movimiento suyo arrancaba sonrisas a todos los presentes. Lord Bristol estaba a un costado, con una expresión orgullosa y protectora, claramente enamorado de su hijo y de su esposa.
—Tiene un mes recién cumplido —dijo Ginger con ternura—. Nuestro pequeño Alban.
Florence se acercó con cuidado, mirándolo con ojos suaves. No solía dejar que su expresión mostrara demasiada emoción… pero ese bebé despertaba una calidez distinta. Sentía una mezcla de ternura… y una ligera punzada de algo más profundo. Quizás nostalgia. Quizás anhelo.
—Es precioso —susurró—. Y parece fuerte.
—Lo es —respondió Lord Bristol con orgullo, pero amable.
El duque Evenhart también estaba allí, sonriente, llenando el ambiente de una atmósfera familiar, afectuosa, muy distinta a las tensiones que Florence estaba acostumbrada a enfrentar en su propio ducado.
Había risas.
Había calma.
Había vida.
Y todos estaban felices.
La mansión se llenaba de felicitaciones, copas levantadas, abrazos sinceros… y por primera vez desde la muerte de Jason o desde que el mundo creyó que había muerto, Florence sintió que estaba, por un breve instante, en un lugar donde el dolor no la alcanzaba.
Fue precisamente la confianza y cercanía que Florence había construido con Ginger lo que la llevó, en medio de la conversación tranquila, a preguntar con naturalidad..
—Ginger… ¿por qué Alban?
No sonó inquisitiva, ni mucho menos entrometida. Fue una pregunta suave, casi curiosa, mientras ambas observaban al bebé dormir en su cuna de madera delicadamente tallada.
La tradición en la mayoría de los reinos era clara.. los hijos heredaban nombres parecidos a los de sus padres, o al menos compartían la inicial. Pero “Alban” no tenía ninguna relación con “James Bristol”. Era un nombre especial… distinto.
Ginger sonrió al escuchar la pregunta. No fue la sonrisa superficial que mostraba en reuniones sociales, sino una sonrisa íntima, llena de recuerdos. Incluso Lord Bristol alzó la vista hacia ellas desde donde estaba, como si supiera exactamente de qué hablaban.
—Mi padre me preguntó lo mismo —dijo Ginger divertida—. Y luego mis hermanos hicieron exactamente la misma pregunta, casi con la misma expresión que tienes tú ahora.
Florence bajó un poco la mirada, avergonzada por parecer predecible, pero Ginger rió con suavidad.
—No te preocupes. Jajaja Supongo que a todos les sorprende.
—Desde hace muchos años que amo ese nombre. Alban… siempre me pareció fuerte, noble… protector. Así que cuando supe que esperaba un hijo, lo tuve claro desde el primer día.
Florence asintió lentamente. La forma en que Ginger lo dijo… no era solo gusto estético. Había emoción. Había historia. Había una memoria guardada detrás de ese nombre.
Y en ese instante, Florence lo notó.
Porque cuando Ginger habló, James la miró. No como un esposo curioso, sino con una ternura profunda, cargada de complicidad. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo… pero fue suficiente para entender que entre ambos existía un pasado que no necesitaba palabras. Quizás promesas. Quizás heridas superadas. Quizás algo que había ocurrido antes de que sus vidas se unieran.
Sea lo que fuera, los dos estaban tan felices… tan unidos… que Florence se contuvo. No era su lugar remover recuerdos que parecían sagrados.
Así que simplemente sonrió y respondió suavemente..
—Le queda perfecto. Es un nombre que suena… a destino.
Ginger la miró agradecida. Y James, con una sonrisa discreta, bajó la vista nuevamente hacia su hijo, como si en ese pequeño mundo formado por los tres existiera toda la felicidad que necesitaban.