Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 23
Mientras el cacao reposaba en el cuenco de madera, Diodora revisaba la mezcla con precisión. Había pensado demasiado en preparó algo así. No era un dulce cualquiera; era un arma. Poder puro, concentrado en un alimento que solo ella y William sabía transformar.
William había subido a su habitación para buscar la receta exacta que guardaba entre sus pertenencias, y según la lógica de Diodora, Tabatha debía andaba en los pasillos del castillo, explorando con la curiosidad que la caracterizaba.
Diodora estaba sola. O eso creyó. La puerta de la cocina se abrió sin permiso.
Entró Elena, la aprendiz del arco que Valerius había enviado a Valtor. Tenía el mentón alto, los pasos firmes y la seguridad de alguien acostumbrada a que nadie la contradijera. Su mirada recorrió la cocina con desinterés, hasta detenerse en Diodora.
— Oh. —dijo Elena, con un tono alto— Debes ser la cocinera de este castillo.— Diodora no respondió de inmediato. — Voy a necesitar un té de hierbas. Algo que quite el cansancio. Ha sido un día difícil y mi nuevo equipo no es nada amable.
Diodora levantó la vista lentamente. Sus ojos no tenían suavidad.
— No soy la cocinera.
Elena frunció los labios, como si no estuviera acostumbrada a recibir negativas.
— Entonces eres una sirvienta. No importa. Prepara el té. No quiero que Valtor me mire como una débil mujer.
Diodora dejó la cuchara a un lado.
— No trabajó para ti. Y tú... ¿Quien eres para pronunciar el nombre de un príncipe a la ligera?
Elena se detuvo. La altanería se mezcló con una chispa de molestia.
— ¿Sabes quién soy?
— Sí. —respondió Diodora— Un estorbo en mi cocina.
Elena dio un paso hacia ella.
— Y tú… ¿qué eres? No pareces noble. No pareces nadie respetable. Y tampoco pareces tener claro cuál es tu lugar aquí.
Diodora sostuvo su mirada, firme.
— Lo tengo muy claro. Y pronto lo sabrás.
El silencio se tensó. Elena hizo un gesto burlón, señalando la mesa llena de cacao molido.
— Entonces… si no eres cocinera ni sirvienta, explícame por qué haces tareas de cocina.
— No. —dijo Diodora— No tengo porque darte explicación. Ahora vete, antes de que tu superior vuelva.
Elena respiró hondo, irritada. Parecía querer decir algo más, pero la puerta volvió a abrirse.
Era William, con la receta en la mano. Se detuvo al ver la escena.
— ¿Quien es ella?. —dijo él, sin notar el ambiente— Diodora ¿La conoces?
Diodora le lanzó una mirada rápida, ordenándole callar sin una palabra.
Elena, molesta por no obtener respuestas, cruzó los brazos.
— Necesito mi té. Que alguien me lo prepare. No pienso repetirlo.
Diodora volvió a la mesa.
— Puedes pedirlo a la servidumbre. Esta cocina no está abierta para ti.
Elena apretó los dientes, se voltea, ofrecidole la espalda.
— Veremos cuánto te dura esa actitud cuando Valtor me dé autoridad sobre este castillo.
Diodora no reaccionó. No le importa lo que está mujer tenga que hacer, solo mientras no sea un obstáculo en su camino.
William tragó saliva y preguntó con miedo.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.. —respondió ella.
William asintió, comprendiendo que era mejor no insistir.
— Ya traje la receta. —la colocó sobre la mesa— ¿De verdad planeas dárselo al rey?
— Sí. —Diodora miró el cacao oscuro— Será divertido ver cómo se volverá adicto a él.
William entendió finalmente el plan.
— Harás que dependa de tu receta.
— Haré que dependa de mí. Del chocolate.—corrigió ella.— Así podré manejarlo desde este punto.
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El camino de regreso fue rápido para Valtor. El viento golpeaba su rostro y no lograba borrar la imagen de la navaja contra el cuello de Valerius, ni la risa contenida que había dejado atrás. Su hermano estaba seguro de algo, y eso era lo que más le inquietaba.
Cuando el castillo menor apareció entre los árboles, el cielo aún seguía nublado, anunciando próxima lluvia. No entró por la puerta principal. Dejó el caballo al cuidado de los mozos y se dirigió directo al interior, siguiendo un impulso que no supo nombrar.
El olor lo detuvo en seco. El chocolate. No era común en su casa. No de esa manera. Siguió el rastro hasta la cocina. Diodora estaba sola.
Tenía las mangas remangadas, el cabello recogido de forma práctica y las manos manchadas de marrón oscuro. Frente a ella, sobre la mesa, reposaba su receta ya casi lista. No se sobresaltó al sentirlo; solo levantó la vista con calma.
— Volviste antes —dijo.
Valtor no respondió de inmediato. La observó como si fuera la primera vez. La cocina era estrecha, de muros de piedra clara y vigas bajas, con una única ventana por donde entraba la luz de la tarde. El vapor del cacao tibio flotaba en el aire, mezclado con el olor amargo que a él siempre le resultaba extraño y, a la vez, familiar. Allí, en ese espacio simple, Diodora parecía fuera del alcance de cualquier intriga del palacio.
Valtor avanzó un paso más.
— No pude quedarme —dijo al fin—. No después de lo que vi.
Ella volvió a la receta, removiendo con cuidado, sin mirarlo.
— Entonces no fue una visita cordial.
— Nunca lo es —respondió él—. Valerius cree que todo lo que quiere le pertenece.
Diodora alzó la vista esta vez, fija, sin desafío. Valtor negó apenas con la cabeza. Se acercó a la mesa, lo suficiente para notar una pequeña quemadura en el dorso de su mano.
— En eso, si no somos diferentes—dijo.
Hubo un silencio denso, lleno de cosas que no necesitaban decirse. Él extendió la mano, dudó un segundo y luego tomó la suya con cuidado. No fue un gesto impulsivo. Diodora no se apartó.
— Te expones demasiado —añadió ella.— Lo que estoy haciendo es peligroso.
— ¿Te rendiras?—Valtor apretó un poco más su mano.
— Si algo te ocurre… por mi culpa, ni me lo perdonaría.
— No ocurrirá —la interrumpió—. Confía en mí. Como yo confío en ti. Además, ganas de hacerlo no me falta. Cuando comenzamos.
— Mañana. En la noche, lo quiero frente a mí.
Desde el umbral, apenas visible entre las sombras del pasillo, Elena observaba. No entró. Tampoco hizo ruido. Vio cómo Valtor inclinaba levemente la cabeza hacia Diodora para besarla. Cómo su voz cambiaba, cómo la dureza que mostraba ante todos desaparecía solo con ella. Sintió un nudo incómodo en el pecho, una mezcla de enojo y algo más que no quiso nombrar.
No era justo. No después de todo lo que ella había entrenado, obedecido, esperado. Se retiró sin ser vista.
Esa misma noche, Elena escribió el mensaje con letra firme. No fue largo ni emotivo. Solo lo necesario. Informó al rey que el plan no funcionaría. Que Valtor no estaba solo. Que ya tenía una consorte, aunque no fuera reconocida. Selló el comunicado y lo envió sin dudar.
Al día siguiente, se presentó ante Valerius.
El rey la escuchó sin interrumpir, sentado tras su escritorio, con los dedos entrelazados y la expresión neutra.
— Eso ya lo sabía—dijo al final, con voz serena—. Por eso te envié. Debería usar tus dotes femeninos.
— Pero ahora no funcionará. Él no...
— No hace falta que continúes —la cortó Valerius—. Las emociones nublan el juicio. Por eso entrenas con el arco.
Ella frunció el ceño.
— ¿Mi arco?
Valerius se levantó despacio y caminó hasta quedar frente a ella.
— A veces se da en el blanco —dijo—. Otras veces… una mala puntería puede parecer un accidente durante la práctica.
Elena tardó en comprender. Cuando lo hizo, la imagen fue clara: Diodora en cualquier parte del castillo, concentrada, vulnerable. Tragó saliva.
— Majestad… —murmuró.
— No te estoy pidiendo algo grande. Es solo una campesina que tarde o temprano mi hermano se cansará.—replicó él, con frialdad—. Decide si quieres seguir siendo útil. Y quedarte con todo un poder a tu lado.
Elena bajó la mirada. Pensó en la forma en que Valtor la había mirado a ella alguna vez, y en cómo no se parecía en nada a la mirada que le dedicaba a Diodora.
— Acepto —dijo al final.
Mientras tanto, en el castillo menor, Diodora terminó de cerrar el recipiente con la pasta de chocolate. Se limpió las manos y se volvió hacia Valtor.
— En está tarde estará listo —dijo ella—. Mientras más fresco mejor.
— Sera divertido ver su rostro. Aunque luego se molestará conmigo a un punto que me exilie. Pero valdrá la pena arriesgar todo.
Se acercó un poco más, hasta que la distancia dejó de existir. Hubo besos más de lo debido. Valtor le resultaba difícil tener a la mujer que ama sin dejar de demostrarlo.