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La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:9.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL HOMBRE QUE NO APARTA LA MIRADA

Dexter

Nunca fui amigo de los clubes nocturnos.

Demasiado ruido. Demasiada superficialidad. Demasiada gente fingiendo ser algo que no es.

Irónico, considerando que paso la mitad de mi vida en reuniones donde todos hacen exactamente lo mismo.

El Eclipse, al menos, tenía reputación de ser distinto. Más selecto. Más discreto. Más controlado. Y si hay algo que tolero, es el control.

Vine porque Lía insistió.

Y porque necesitaba despejar la cabeza antes de firmar un acuerdo que podría cambiar el rumbo de mi empresa.

O hundirla.

El piso VIP estaba bañado en una luz rojiza tenue que hacía que todo pareciera una escena cuidadosamente ensayada. Sofás de cuero oscuro. Mesas bajas con botellas caras. Música lo suficientemente fuerte para crear ambiente, pero no tanto como para impedir conversaciones estratégicas.

Desde mi asiento podía ver el escenario completo.

Ventaja visual. Siempre la tomo.

A mi lado, una rubia —no recuerdo su nombre— reía con una insistencia que comenzaba a irritarme. Demasiado perfume. Demasiada intención. Demasiada necesidad de atención.

Lía, frente a mí, mantenía la conversación con el empresario alemán. Klaus. O algo así. Yo asentía cuando era necesario, aportaba datos puntuales cuando el silencio se volvía incómodo.

Pero mi mente no estaba allí.

—Relájate, Dex —susurró la rubia, deslizando sus dedos por mi antebrazo—. ¿No se supone que viniste a divertirte?

No respondí.

Diversión es una palabra sobrevalorada.

Tomé el whisky y dejé que el líquido ámbar bajara despacio. Quemando. Limpio. Real.

Fue entonces cuando la puerta de la zona VIP se abrió.

Y la vi.

La mesera.

La recordé de inmediato.

Peluca rubia perfectamente colocada. Lentes cafés que ocultaban demasiado. Espalda recta. Hombros alineados. Pasos medidos.

No caminaba como las demás.

No miraba como las demás.

Las otras chicas tenían esa energía dispersa, esa sonrisa automática que busca aprobación. Ella no. Su sonrisa era funcional. Profesional. Medida.

Se movía como alguien entrenado para no dejar cabos sueltos.

Y eso no encajaba.

Se acercó con la bandeja en la mano. Intercambió algunas palabras con el alemán. Su voz era suave, pero tenía una firmeza casi imperceptible. Como si debajo del terciopelo hubiera acero.

—¿Te gusta? —preguntó la rubia, notando mi atención.

No respondí.

Porque no era cuestión de gusto.

Era curiosidad.

Era alerta.

Había algo en ella que no pertenecía a este lugar.

Cuando terminó su ronda y desapareció por el pasillo, algo en mí quiso seguirla con la mirada.

No lo hice.

Volví al escenario.

O intenté hacerlo.

Lía hablaba de porcentajes. Klaus sonreía satisfecho. La rubia seguía tocándome como si insistir fuera una estrategia válida.

Yo asentía.

Pero mi mente estaba en otra parte.

¿Por qué alguien con esa postura trabajaría aquí?

¿Por qué alguien con esa disciplina fingiría ser una simple mesera?

Las luces cambiaron.

La música bajó.

El ambiente mutó.

Comenzaban los shows principales.

Algunas bailarinas salieron primero. Hermosas. Sensuales. Técnicamente competentes.

Nada que no hubiera visto antes.

Hasta que ocurrió.

La iluminación plateada inundó el escenario.

Y apareció ella.

La mesera.

Pero ya no era la misma.

Su cabello rubio brillaba bajo las luces como si hubiese sido hecha para ese momento. El maquillaje transformaba sus facciones, intensificando una mirada que ahora parecía más profunda, más peligrosa.

El traje plateado abrazaba su cuerpo como una segunda piel.

No vulgar.

No excesivo.

Exacto.

Y entonces comenzó a moverse.

No fue un inicio abrupto. Fue lento. Controlado. Como si estuviera marcando territorio.

Sus brazos dibujaban líneas limpias.

Sus giros eran técnicamente impecables.

Su equilibrio… perfecto.

Eso no se aprende improvisando.

Eso es formación.

Contuve el aire sin darme cuenta.

—Mierda… —murmuré.

La rubia rodó los ojos. No me importó.

Porque lo que estaba viendo no era solo sensualidad.

Era dominio.

Cada ondulación tenía intención.

Cada pausa tenía peso.

Cada mirada era una elección.

No pedía atención.

La imponía.

Y mientras los demás la observaban con deseo evidente, yo la miraba con otra cosa.

Análisis.

Ella no pertenecía a ese escenario.

No del todo.

Había una tensión en su mandíbula cuando giraba. Una fracción de segundo donde su sonrisa desaparecía antes de reaparecer perfectamente ensayada.

Como si hubiera dos versiones luchando por mantenerse en equilibrio.

Entonces ocurrió.

Giró.

Arqueó la espalda.

Sus ojos se elevaron hacia el piso VIP.

No sé si me vio.

Pero yo sentí el impacto.

Un golpe seco en el pecho.

Un calor extraño subiéndome por la columna.

Incomodidad.

Interés.

Reconocimiento.

Como si, por una fracción mínima de segundo, ambos supiéramos que el otro estaba mirando más allá del disfraz.

Apretó los labios apenas. Un gesto ínfimo. Casi imperceptible.

Y en ese instante dejó de ser la bailarina.

Volvió a ser la mujer que caminaba con alerta silenciosa.

La que medía distancias.

La que no sonreía por gusto.

El show continuó.

Y yo no aparté la mirada.

No pude.

No quise.

No era su cuerpo —aunque era impecable—.

No era su sensualidad —aunque era adictiva—.

Era el misterio.

Era la sensación de que estaba presenciando una mentira perfectamente construida.

Y yo siempre he sido bueno detectando mentiras.

—Dex —la voz de Lía irrumpió, chasqueando los dedos frente a mí—. ¿Estás escuchando?

La miré.

Parpadeé una vez.

—Sí.

Mentí.

Porque no estaba escuchando nada.

Mi mente estaba ocupada preguntándose:

¿Quién eres realmente?

¿Por qué te escondes?

¿Y por qué siento que, si me acerco demasiado, voy a descubrir algo que cambiará las reglas del juego?

La música alcanzó su punto más alto.

Ella descendió con un movimiento final limpio, elegante, casi desafiante.

El aplauso estalló.

Yo no aplaudí.

Solo la observé mientras abandonaba el escenario.

Y tomé una decisión sin pensarlo demasiado.

No vine al Eclipse buscando distracciones.

Pero ahora tenía una.

Y esta vez…

No pienso conformarme con mirar desde lejos.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
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