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Ricco: Heredero Del Caos

Ricco: Heredero Del Caos

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:278
Nilai: 5
nombre de autor: ESTER ÁVILA

Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.

Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:

Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.

Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.

Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.

Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.

Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.

NovelToon tiene autorización de ESTER ÁVILA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Hacía tiempo que no me despertaba con el corazón ligero.

Era extraño, casi surrealista sentir paz después de tanto tiempo sintiendo miedo. Pero ella estaba ahí… la paz. En la voz de mi madre dándome los buenos días, en los abrazos apretados de mis hermanos, en las miradas silenciosas de mi padre… y, principalmente, en la forma en que Ricco me miraba, como si yo fuera el centro de un universo entero, nos quedamos este mes con ellos, y aun con mi suegra celosa en el fondo, ella entendió.

Le pedí que tirara mi número antiguo. Dije que no quería más rastro de aquella vida, de aquel nombre. Él dijo que lo tiraría, y yo sabía que, en realidad, lo guardaría. Solo para garantizar, solo para proteger.

Pero cuando le pedí que no me contara nada que involucrara a Alejandro o Carmen, él no insistió. Apenas sonrió. Una sonrisa tierna, casi orgullosa.

—Eres fuerte —dijo—. Más de lo que imaginas.

Ya han pasado treinta días. Mi cuerpo se curó más de lo que creí posible, y mi mente... bien, estaba recomenzando. Las clases online ocupaban mi tiempo, y los días en aquella mansión comenzaron a parecerse a una vida.

Pero hoy era diferente. Hoy íbamos a nuestra casa.

Estaba en el cuarto, revisando unos cuadernos, cuando sentí el calor de un beso en mi nuca. Cerré los ojos y sonreí.

—Buenas tardes, futura reina de mi casa —susurró.

—Buenas tardes, Ricco —respondí riendo, sintiendo el corazón acelerarse—. ¿Estamos atrasados? Me perdí en las clases.

—El mundo va a esperarte. Pero tenemos la consulta… y después, la casa nueva —dijo, deslizando los brazos por mi cintura.

—¿Ya? ¿Así? ¿Sin aviso? —bromeé, fingiendo sorpresa.

—¿Odias las sorpresas?

—No… pero me gusta que me pidan matrimonio antes de compartir la ducha con alguien tan confiado —dije, girándome despacio para encararlo, con una sonrisita atrevida.

Él arqueó una ceja, claramente divirtiéndose.

—Estás osada.

—¡Estoy siendo justa! Treinta días de cuidados, remedios y estudio. Y lo máximo de romance fue beso en la frente y cariñito. ¿Ahora vienes con baño compartido?

Él rió, aquella risa grave y bonita que me hacía olvidar de todo.

—En el momento correcto, vas a ser sorprendida. Y no va a sobrar una duda siquiera de que eres mía… para siempre.

—¿Y si te digo que ya lo soy?

—Yo digo que ese baño tiene que ser frío —respondió, cogiéndome en brazos de repente.

—¡Ricco! —resongué, intentando parecer brava, pero riendo alto—. ¡Iba sola!

—Sola nunca más vas a ir. Ni para el baño.

—¡Entrometido!

—Apasionado —corrigió, mirándome con aquella mirada que me desmontaba por dentro—. Ven, Lua. Nuestro recomienzo comienza hoy.

Y fui.

Con él. Con mi corazón entero, en fin.

Nos bañamos rápido y salimos, el camino fue tranquilo, aunque él estuviera siempre con la mano en el arma que cargaba.

El consultorio tenía aquel olor leve de lavanda y alcohol. Moderno, silencioso, y aun así, yo sentía el corazón latir fuerte. Ricco estaba a mi lado, atento a cada gesto del médico como si leyera una amenaza en cada coma.

El doctor sonrió, cerrando el prontuario con calma.

—Señorita Salazar… —dijo, y solo el sonido de aquel nombre ya me hizo contener el aire—. Enhorabuena. Usted está liberada. Todas las lesiones internas y externas están cicatrizadas. Puede volver a las actividades normales… con moderación, claro.

—Actividades normales… —repetí, mordiendo el canto de los labios.

Ricco tosió bajito, como si quisiera disimular el pensamiento que ciertamente tuvo.

—Él quiso decir “normales” normales, Lua. Estudiar. Caminar. Trabajar. —Sus ojos brillaron—. Nada de hacerse la heroína por ahí.

—¿Pero amar al futuro marido entra como riesgo cardíaco?

El médico rió. Ricco se puso tímido por dos segundos, solo dos.

—Con moderación —respondió el doctor, divertido—. Pero si es por él, creo que usted está bien cuidada.

**

Salimos de allí y Ricco parecía más ligero, pero aún con aquella forma silenciosa de vigilancia.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora, un compromiso. Sorpresa. Pero antes… —Él paró el coche en frente de una panadería simple, charmosa, con aroma de pan calentito en el aire—. Dijiste una vez que amabas comer en panadería. Y yo guardé eso.

Sonreí. Una sonrisa llena de amor.

—Yo amo.

—Entonces ven. Yo quiero verte siendo tú, sin miedo.

Comimos pan a la plancha, tomamos café en el vaso de vidrio, reímos de las personas alrededor como dos jóvenes normales que se amaban sin el peso de un pasado. Por una hora, fui solo Ana. Sin dolor. Sin fuga. Sin peso.

**

Después, una pasada rápida en el campus. Entré, respiré el aire de la libertad y me imaginé, finalmente, perteneciendo. Tenía una vida para construir. Con nombre. Con futuro.

—Aún falta una parada —Ricco dijo, entrelazando los dedos en los míos.

—¿A dónde?

—Notaría.

Mi nuevo documento. Mis huellas digitales. Mi nombre de vuelta.

Ana Lua Salazar.

Lo miré y sonreí. Ahora sí, yo era entera. Y era libre.

**

Cuando anocheció, el coche subió una carretera silenciosa, llena de luces colgadas en las ramas de los árboles. No reconocí de inmediato, pero luego percibí: era una casa. Grande. Charmosa. Iluminada por dentro.

—Ricco…

—Calma.

Él abrió la puerta. Y yo vi.

Todos estaban allí.

Mis padres, Isabel y Emilio. Mis hermanos. Los padres de Ricco. Mirella. Eduardo. Chiara. Antonella. Carlo. Bianca. Hasta June. La casa entera tenía flores blancas. Velas aromáticas. Músicas suaves tocando en un piano al fondo. Era como entrar en un sueño.

—¿Qué es esto?

—Nuestro recomienzo —él respondió—. Nuestro hogar.

Lágrimas ya escurrían cuando él me jaló hasta el centro de la sala.

—Dije que te sorprendería —comenzó, de rodillas, abriendo una cajita de terciopelo—. Ana Lua Salazar… mi caos más bonito, mi pedazo de cielo, mi razón de querer ser un hombre mejor. Enfrentaste el infierno y renaciste. Y ahora… ¿me das el honor de vivir el paraíso a tu lado?

—Ricco…

—¿Te casas conmigo?

Yo lloré. Sollocé. Y el mundo entero se calló hasta que conseguí decir:

—¡Sí! ¡Sí… mil veces sí!

La casa explotó en palmas, risas, besos y abrazos. Ricco me levantó en el aire, girando como si fuera el último día del mundo.

En aquel momento, no había mafia, pasado o dolor.

Solo había amor.

Y él era mío.

Para siempre.

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