En esta continuación de la saga, La heredera, nos sumergimos en un mundo donde la amistad, los secretos y las traiciones se entrelazan en una trama envolvente. Draco Giulliano, Luciano Letsos y Alexandro Dmitrikis, tres amigos unidos por lazos profundos con oscuros secretos, se ven envueltos en un torbellino de intrigas, mientras comparten un lazo con una rica heredera. A medida que los enredos del pasado emergen y las lealtades son puestas a prueba, los personajes se ven enfrentados a decisiones que pondrán a prueba su relación y su moralidad. Esta historia nos sumerge en un mundo de pasiones desatadas, luchas internas.
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25
Emiliano acaba de darle un puñetazo a Benjamin. Un horror, la verdad, porque ahora saldrá con la barbilla morada en las fotos –alzando el vestido para no arrugarlo, Vanesa se arrodilló en el asiento empotrado bajo la ventana para ver mejor –. Y ahora Benjamin lo tiene apretado contra la pared. No les he visto pelear desde que eran jóvenes. Apuesto por Emiliano , pero podría ser muy reñido.
—¿Está herido? –imaginándose a Emiliano inmóvil e inconsciente, Helena corrió a la ventana–. Oh, Dios, alguien debería apartar a Benjamin de…
–Emiliano está bien. Sigue siendo el más fuerte –Vanesa la miró–. Pensé que no sentías nada por él.
–Que no lo ame no significa que quiera verlo herido , es el padre de mis hijos–Helena se lamió los labios–. ¿Por qué crees que están peleando
—Por ti, por supuesto. ¿Por qué si no? –Vanesa miró la cintura de Helena con envidia–. Tienes buen aspecto para estar en plena crisis de relación.
Helena sentía el pecho tenso. La sensación había ido empeorando desde el horrible viaje en coche del aeropuerto al Palazzo.
Reconociendo las señales de un inminente ataque de asma, abrió su bolso para comprobar que llevaba el inhalador. Para ella el detonante había sido el estrés, el estrés del embarazo y la postura de Emiliano, el estrés de la separación.
— No pareces preocuparte por tus hermanos
—Crecí viendo a mis hermanos pelearse, no me impresiona; pero admito que es más divertido ahora que son más musculosos. No hay que preocuparse hasta que se quitan la camisa –Vanesa miró de nuevo–. Deberías sentirte halagada. Está bien que los hombres peleen por ti. Es romántico.
–No está bien y no es nada romántico que dos hombres no sepan controlar su genio –Helena deseó poder quedarse donde estaba. Ocultarse el resto de la velada–. No quiero que peleen. Se sentó en asiento de la ventana, junto a Vanesa–. Baja y detenlos.
— Ni loca me mancharía el vestido, además está Diego, él los controlará o les dara una paliza a los dos.—Físicamente están a la par, pero un hombre que defiende a la mujer que ama seguramente tiene más fuerza, y por eso Emiliano lleva ventaja. Me encantan tus zapatos, ¿los compraste en Atenas? Helena se levantó y fue hacia el otro extremo de la habitación, para no mirar al salon.
—Emiliano no me ama. Apenas nos soportamos.
—Ya. Por eso tú estás paseando de arriba abajo y él está apaleando a Benjamin. Por indiferencia –dijo Vanesa exasperada–.¿Sabes cuántas mujeres han perseguido a Emiliano desde su adolescencia?
–¿Qué importancia tiene eso? –a Helena la horrorizó comprobar cuánto le importaba.
–Te eligió a ti. Importa mucho. Sé que no es un hombre fácil, pero te ama.
— Ahora hablemos de ti, escuche unos rumores interesantes.
— Sí es cierto, conocí a alguien. El problema es que soy algo mayor que él así que decidi poner algo de distancia comento Vanesa.
— ¿ Qué tan mayor?, pregunto Helena mirando a Vanesa.
— Ocho años, el problema básico es que no se a donde me lleva y además me siento ridícula dijo Vanesa. Daría todo por tener tus abdominales.
— Todo menos hacer ejercicio dijo Helena sonriendo mientras Vanesa levantaba una copa de vino. Ocho años no es mucho.
— Es diferente cuando la mujer es la mayor, me hace sentir como si estuviera con un gigoló dijo Vanesa...
Exausta por el bombardeo emocional, Helena se preguntó si sobreviviría a una velada entera cerca de Emiliano. Hacía tanto tiempo que no lo veía que se sentía como una adicta con síndrome de abstinencia.
Lo oyó reír y giró la cabeza para mirarlo. Nunca había reído tanto como cuando estaba con él. La vida le había parecido liviana y esperanzadora.
En ese momento reía con otra mujer. Y era muy bella.Su forma de comunicarse sugería una intimidad que iba más allá de la mera amistad.
En ese momento, una de las sobrinas corrió hacia él y tocó su pierna. Con una sonrisa, Emiliano la alzó en brazos, otorgándole atención plena. A juzgar por la expresión de la niña, le dijo algo divertido.
Se dio la vuelta, preguntándose si alguien lo notaría si se marchaba. Estuviera donde estuviera, era consciente de él. Lo percibía hasta de espaldas. La sensación invadía su mente y le impedía concentrarse.
—Deberías comer algo –Emiliano apareció a su lado e hizo un gesto a una camarera que circulaba con una bandeja de canapés.
–No tengo hambre.
–A no ser que pretendas llamar la atención, te sugiero que comas – Emiliano tomó un trozo de pollo de la bandeja–. Está marinado en zumo de limón y hierbas. Tu bocado favorito.
Ella se preguntó si estaba conjurando a propósito el recuerdo de la noche que habían asaltado la cocina como niños y bajado a la playa. Ese decadente picnic a la luz de la luna era uno de sus recuerdos más felices. Helena tenía la sensación de estar a punto de ahogarse de pena. Aceptó el pollo porque le pareció más fácil que discutir. Consiguió masticar y tragar, aunque él la observaba con esos ojos aterciopelados que veían demasiado.
Dejó de mirar la curva cínica de su boca, inquieta por el impulso que sentía. Estaban tan cerca que no le costaría nada besar sus labios. Nadie besaba como Emiliano. Tenía un conocimiento innato de lo que necesitaba una mujer, y su repertorio iba de ardiente y descontrolado a lento y sensual.
A su alrededor se oía el tintineo de las copas y el zumbido de las conversaciones. Aunque el salon estaba llena de gente, el mundo se limitaba a ellos dos. Los ojos de él oscurecieron bajo las espesas pestañas y el ambiente entre ellos cambió. Aunque de lejos parecieran dos personas intercambiando palabras corteses, tanto Helena como él habían notado el sutil pero peligroso cambio.
—He oído que tuviste un problema con la fábrica de motores –el bien elegido recordatorio de su dedicación a los negocios tuvo el efecto que esperaba.
— Enfurecí al comprador, dijo Helena Ya lo solucionare.
Él sabía que encontraría la manera. Era lo suyo. Adoraba los retos, aunque solo fuera para demostrar que podía ganar a quienes se le oponían, él era igual. Y por eso estaba tan enfadado con ella. No solo por su marcha, sino porque no le había dado la oportunidad de luchar y vencer .
Emiliano tenía la sensación de ser una barca que la corriente arrastraba hacia una letal catarata. Frenético, intentó retroceder, y salvarse de la caída.
—Aquí estás,Emiliano –el aroma de las flores se rindió al perfume más fuerte de una bella chica, con ojos de gacela y boca ancha y sensual. Esbozó una sonrisa coqueta y, sin mirar a Helena , puso una mano en el brazo de él.
Incapaz de soportar las uñas rojas y la mirada coqueta, Helena se dio la vuelta para irse. Pero Emiliano, más rápido, estiró el brazo y cerró los dedos sobre su muñeca, impidiendo su huida.
– Claudia, no sé si conoces a Helena .
—Oh –la sonrisa se enfrió, revelando el puesto que ocupaba Helena en sus intereses–.
—Hola.
–Mi esposa –dijo Emiliano con voz firme. Helena se quedó quieta, sintiendo el golpeteo de la sangre en sus sienes y la mano de hierro en su muñeca. No entendía que él hiciera énfasis en una relación que había acabado.
—Oh –la chica estrechó los ojos y quitó la mano de su brazo–. Seguro que tenéis mucho que hablar –ofreció a Helena una sonrisita que decía: «Puedo esperar a que desaparezcas de escena», y fue hacia Diego, que reía al otro lado de la terraza
—¿Ves? Sí puedo ser sensible –su voz sonó dura. Era una clara referencia al día que ella había perdido los estribos, una de las tantas veces que lo había hecho, molesta por el interminable desfile de mujeres que no consideraban que una esposa fuera impedimento para el coqueteo. Lo había acusado de insensible, y él a ella de exagerada.
—Ya no me importa quién flirtea contigo –deseó que fuera verdad, pero su mente la torturaba preguntándose con qué mujeres estaba saliendo Emiliano. Habían pasado tres años. Un hombre como él no duraba mucho solo cuando se corría la voz de que su esposa lo había abandonado.
–¿Esperas que crea eso?.
—Me da igual que lo creas o no –se preguntó si él era consciente de que seguía agarrando su muñeca. Al otro lado de la terraza, la morena exageraba cada movimiento para atraer la atención del hombre que la interesaba–. No me importa si tienes un harén.
–¿Te sentirías mejor si lo tuviera? ¿Eso tranquilizaría tu conciencia?.
–Yo no tengo problemas de conciencia. Helena supo, por el destello defensivo de sus ojos, que había captado la implicación de que era él quien debía tenerlos. Nadie podía acusar de lentitud a Emiliano Azzarini, era muy inteligente. Él inspiró profundamente y ella se preguntó si por fin admitiría su parte de culpa en la ruptura.
–Juntos, en la catedral que se encuentra ha cuadras de aqui hice mis votos. «En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad» –su cólera no era menos peligrosa por el hecho de ser contenida–. Tú prometiste lo mismo. Llevabas un bonito vestido blanco y el velo de mi abuela. ¿Lo recuerdas? ¿Empiezan a sonar campanitas en esa caótica cabeza tuya?.
—Estás acusándome de romper mis votos? «En la salud y en la enfermedad», Emiliano –le devolvió, deseando tener fuerzas para abofetearlo–. No recuerdo haber oído: <
Furiosa consigo misma por abrir una herida que había querido mantener cerrada, y más furiosa con él por ser ciego a sus carencias, se liberó de su brazo y casi corrió hacia su habitación.
Emiliano se dirigió a su oficina estaba demasiado afectado por el pequeño intercambio.
Sabía que él no había manejado bien la noticia de embarazo, pero si ellos se cuidaban y ella había aceptado que no tendrían hijos, y si él la había acusado de traicionar su confianza.
Pero de ahí a decir que él odiaba a su hijo y deseaba ese aborto, había una gran diferencia. Él había salido de viaje y fue cuando Helena lo llamó, pero él apagó el teléfono, estaba demasiado complicado con los negocios y no tenía cabeza para discutir con Helena una vez más, como iba a imaginar que estaba en el hospital. Para cuando lo supo y regreso Helena había enterrado su matrimonio.
Lo había desalojado de la casa y publicado el comunicado de divorcio, luego se había encerrado en Kretos. Durante las semanas siguientes ella no permitió que él se acercara, como consecuencia el se nego a divorciarse mientras ella estuviera embarazada.
Fue por esa época que se dio el festejo del primer año del hotel que había construido con Draco su primer gran negocio, ellos habían sido fotografiados juntos y los rumores de que Draco era el tercero en discordia no se hicieron esperar.
Embarazada de seis meses Helena se refugió en Argentina, ella no permitía que se acercara a no ser que fuera durante un control médico, pero cualquier intento de él por entablar una conversación era enterrada por Helena en unos segundos. Sus hijos nacieron en Argentina y Helena dejó que él estuviera presente durante el parto, pero una vez dada de alta Helena había levantado un muro impenetrable, desde ese día su único trato era a través de empleados y abogados.
Tres meses después del nacimiento de sus hijos Helena fue fotografiada con Luciano a bordo de un yate, el rumor de romance no se hizo esperar, la prensa estaba fascinada con la posibilidad de que la heredera Athanasiou estuviera con el soltero mas codiciado de toda Grecia.
Él no creía en esos rumores, conocía a Helena lo suficiente, pero lo cierto era que cada vez que se la veia con un hombre. La prensa del corazon se enloquecia. Ella solicitó el divorcio seis meses después del nacimiento de sus hijos.
Dos años cumplían sus hijos, dos años sin ver a Helena hasta que por sugerencia de su hermana decidió organizar ese festejo era una tradición familiar, el primer año de los gemelos Helena festejo al medio día con sus hijos y él a la noche en Atenas solo la familia, pero ese año él cumpliría la tradición familiar así eso significara perder la razón por tratar con Helena...