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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:153
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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el adios al pueblo de shaula

Me llamo Adamas Skógarins. Soy un semielfo... o como la gente de este mundo prefiere llamarme con desprecio: un sangre bastarda. En los tiempos que corren, llevar la sangre mezclada es una carga pesada. Los mestizos no encajamos en ninguna parte; somos parias suspendidos entre la soberbia élfica y la corta memoria humana.

Mi linaje, sin embargo, no es el de un mestizo cualquiera. Mi madre fue la princesa Alura, una dama de nobleza ancestral. Mi padre, un humano: un aventurero veterano a quien las crónicas recuerdan como el Héroe de los Elfos, un título grabado a fuego tras sus incontables hazañas en los bosques sagrados.

Me encantaría decir que esta es la historia de un amor imposible que venció todas las adversidades, pero la realidad guarda un regusto amargo. Mi abuelo, el Rey Elfo, no vio aquella unión con buenos ojos; para la corte, la devoción de mi madre por un mortal fue una afrenta imperdonable. La furia del rey estalló el día en que mis padres lo arriesgaron todo y escaparon juntos hacia los confines del mundo.

Hoy en día, solo me queda el eco de esa decisión.

Mi padre partió primero. Era un hombre entrado en años cuando mi madre lo conoció; la brecha entre la longevidad élfica y la fragilidad humana terminó por cobrar su cuota. Para mi madre, la idea de arrastrar siglos de existencia en un mundo privado de su calor fue una tortura insoportable. No pudo soportarlo. Se quitó la vida al poco tiempo, incapaz de habitar la soledad de su inmortalidad incompleta.

Me quedé solo.

En este hogar de paredes frías no queda nada más que tres cosas: la vieja espada que mi padre blandió con honor, las cálidas virtudes que mi madre me susurró en la infancia, y un objetivo grabado a fuego en mi pecho. Salir al mundo. Hacer resonar mi propio nombre. No quiero que la historia me recuerde simplemente como el trágico fruto de un mestizaje o el vestigio de un amor roto. Tendré mi propia leyenda. Construiré mi propia historia. Si un simple humano logró convertirse en un héroe venerado por los elfos, yo, que llevo su sangre, también puedo hacerlo.

Me detengo un instante en el umbral de la puerta. Paso la mano por el marco desgastado de la casa que me vio crecer, el único rincón donde conocí el calor de una familia. Inhalo el aire húmedo de la mañana y susurro una plegaria silenciosa:

—A los dioses que velan desde las alturas... solo les pido que me permitan regresar a este lugar algún día. Con la frente en alto y una leyenda a mis espaldas.

Acomodando el tahalí de la espada sobre mi hombro, me dirigí hacia la plaza central donde se alzaba la edificación del Gremio de Aventureros.

Las miradas de los lugareños no tardaron en clavarse en mí como pequeñas agujas heladas. Mi complexión física y la estructura de mi rostro eran mayoritariamente humanas; de hecho, si alguien me observaba desde la distancia o a mis espaldas, me juzgaría como un muchacho común y corriente. Sin embargo, el secreto de mi origen residía en mis ojos. Un azul celeste de intensidad desmedida, un tono hipnótico y vivo que, al recibir la luz directa del sol, emitía un destello cristalino característico de los altos elfos. Esa mirada me delataba. Bastaba un parpadeo bajo el sol para que todos supieran que frente a ellos caminaba un sangre bastarda.

A veces, el veneno silencioso de sus murmullos dolía. Pero en Shaula había aprendido a tragarme el orgullo. Me había ganado cierta tolerancia —quizá incluso un atisbo de respeto amargo— no por la sangre de mis padres, sino por el filo de mi acero. Cada vez que los monstruos descendían de las colinas y los guardias del pueblo estaban demasiado ebrios o metidos en los burdeles de la periferia para alzarse en armas, era yo quien salía a defender las fronteras del pueblo.

Aun así, la tolerancia no es pertenencia. Crucé el umbral de madera reforzada y empujé las pesadas puertas dobles del gremio para abrirme paso hacia un destino propio.

El bullicio de la taberna del gremio se redujo a un murmullo sordo cuando entré. Detrás de la barra de roble, secando una jarra de madera con un paño gastado, se encontraba un viejo de barba hirsuta y cicatrices marcadas en los brazos.

—¿Adamas? —Ruk se detuvo en seco, recorriéndome de arriba abajo con la mirada—. ¿Y esa ropa, muchacho? No me digas que saldrás de viaje.

—Así es, viejo —respondí, apoyando los puños sobre el mostrador y mirándolo fijamente a los ojos—. Hoy parto. Ha llegado la hora de iniciar mi vida como aventurero y vine a registrar mi propio grupo.

Ruk soltó el trapo de golpe y me miró como si me hubiera vuelto loco.

—¿Qué? ¿Te has vuelto demente? El mundo allá afuera está hecho un desastre, muchacho. La tensión entre los reinos humanos, los dominios élficos y las tierras demoníacas está en su punto más crítico. En cualquier momento estallará una guerra a gran escala. Además... aquí te necesitamos. Los colonos cuentan contigo cuando las bestias acechan.

—Jamás voy a llegar a ser alguien si me quedo atrapado en este rincón del mapa, Ruk —sentencié, apretando la empuñadura de mi espada—. No nací para ser la sombra eterna de mi padre.

El anciano dejó escapar un largo y pesado suspiro. Las arrugas de su rostro parecieron profundizarse al observarme.

—Hijo... te conozco desde que eras apenas un chiquillo. Casi te considero el hijo que la vida me arrebató hace años. Y también conocí a tu madre... Alura nunca deseó esta clase de vida para ti. Ella quería que te encomendaras al estudio, que fueras alguien respetado en las cortes o las academias. Quería verte triunfar con los libros y el conocimiento en las manos, no desangrándote por el filo de una espada.

Sentí una punzada punzante en el pecho, pero endurecí la mirada de inmediato.

—Pero ella ya no está aquí para decidirlo, ¿o sí? —rebatí, dejando que la frialdad marcara mis palabras—. Se fue. Así que nada de eso importa ya. La decisión es mía.

Ruk me sostuvo la mirada durante unos segundos agonizantes. Finalmente, sacudió la cabeza con amargura y se agachó para sacar un pergamino de registro y un tintero.

—Bien, terco. Como quieras —refunfuñó mientras mojaba la pluma en la tinta—. Solo espero no ver llegar a la puerta del gremio tu cadáver... o lo que sea que quede de él, si es que queda algo. En fin. ¿Cuántos integran tu grupo y cuál será el nombre del equipo?

—Un grupo de uno solo —respondí de inmediato, sin pestañear—. No me interesa formar equipo con nadie, ni cargar con gente que termine estorbándome en el campo de batalla. Seré solo yo. En cuanto al nombre... pon "Heavenly Sword".

Ruk levantó la vista del documento, arqueando una ceja poblada.

—¿Una espada celestial en manos de un lobo solitario? Bien, haz lo que te dé la gana. Crearé tu ficha de registro y te entregaré la placa del rango más bajo. Recuerda bien esto, muchacho: ni se te ocurra aceptar encargos por encima del rango principiante. En las grandes ciudades hay gremios a los que no les importará tu inexperiencia; te soltarán misiones suicidas sin pestañear con tal de carroñear tus pertenencias cuando termines muerto en una zanja.

—Como sea. No me importa el peligro —respondí, tomando la pequeña placa de metal recién grabada que me arrojó sobre el mostrador—. Ya lo verás, viejo. Llegaré a lo más alto. Todos en este mundo terminarán sabiendo de mí. Sabrán de mi leyenda.

Las risas ahogadas y las burlas no tardaron en resonar entre los aventureros veteranos que bebían en las mesas del fondo. "Miren al mestizo soñador", murmuró uno. "A ver cuántos días dura afuera", soltó otro entre risotadas.

No me molesté en darme la vuelta ni en responderles. Apreté la placa dorada dentro de mi puño hasta que los bordes me cortaron la piel. Ya tenía lo que quería: mi registro, mi grupo y el primer paso trazado.

Caminé hacia la salida y empujé las gruesas puertas de roble, dejando atrás el murmullo de Shaula. El viento del camino me dio de lleno en el rostro, haciendo ondear mi capa.

Mi historia comienza hoy.

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