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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:650
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9. El precio de una respuesta

Renata consiguió el número de la asistente de Javier Montes antes de decidir qué iba a decirle.

Había vuelto a mirar el nombre del abogado. Se acordaba demasiado bien de cómo lo había oído la primera vez: en una habitación que no reconocía, con dolor de cabeza, mientras buscaba su bolsa. No le gustaba que ahora fuera ella quien necesitaba encontrarlo.

La asistente le dijo dónde podía verlo. Renata tomó nota y fue.

Esta vez recordaría haber entrado.

Javier levantó la vista al verla. Se puso de pie y esperó a que ella se acercara. Vestido para trabajar, detrás de una mesa y con papeles delante, parecía pertenecer a un sitio mucho más fácil de explicar que el hotel.

Eso no borraba el hotel.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Mal.

Renata dejó la bolsa junto a la silla. No se molestó en buscar una respuesta más cortés. Si estuviera bien, no habría ido a verlo.

Él le indicó que se sentara.

Lo hizo sin quitarle los ojos de encima.

—Quiero que averigües qué está haciendo mi marido.

Javier no respondió enseguida. Renata había ensayado cómo empezar, pero no quiso quedarse atrapada en una explicación larga. Se había sentado allí para pedir algo. Prefería que los dos supieran qué era desde el principio.

—Soy abogado —dijo él—. No detective.

—Ya sé a qué te dedicas.

Había algo en el tono tranquilo de Javier que la irritaba. La había reconocido, había buscado sus redes, había decidido acercarse a ella. Ahora que lo buscaba para algo concreto, tenía que escuchar una aclaración sobre su profesión.

Él esperó.

Renata sacó el teléfono.

Le enseñó la fotografía entre las rosas. Después le contó lo del club, los mensajes, el reloj. Lo dijo en orden porque necesitaba que aquello dejara de sonar como una colección de presentimientos.

Javier hizo preguntas. Ella respondió las que podía y dejó sin contestar las que no sabía.

No iba a inventar una fecha ni un lugar para que la historia pareciera más sólida.

Cuando llegó a Valeria, le costó sostener el mismo tono.

—Trabaja en la empresa. También da clases de vuelo.

Javier miró la imagen que ella tenía abierta.

—¿Tu marido sabe lo que has descubierto?

—No.

—¿Has hablado con ella?

—Sí.

Contó la clase. Las preguntas. La manera en que Valeria había dicho que su novio estaba casado. No repitió cada frase. Había algunas que todavía oía con demasiada claridad.

Javier apoyó el teléfono sobre la mesa, orientado hacia ella.

—Entonces no buscas saber si te engaña.

Renata tardó un instante en responder.

Era verdad. Parte de ella seguía hablando como si hubiera una última comprobación capaz de devolverle la vida anterior. Pero no había ido al despacho para que le dijeran que Damián era un marido atento al que había entendido mal.

Quería saber hasta dónde llegaba lo que hacía. Quería algo que no desapareciera detrás de una frase bien dicha.

—Quiero saberlo todo.

Javier se recostó un poco en la silla.

—Necesitas concretar qué quieres de mí.

Renata se inclinó hacia delante.

—Que averigües con quién está, cuándo, dónde. Que no llegue yo y él ya tenga preparada una explicación.

No había pensado confesar cuánto temía esa escena. Hablar, presentar lo que sabía y terminar oyéndolo decir que había entendido mal. Hasta ese momento lo había visto salir limpio de cada situación. Una foto era una broma. La oficina estaba llena de empleados. Una carrera podía guardarse en un reloj sin que él la hubiera corrido.

No quería llegar con las manos vacías y la cara ardiendo.

Javier volvió a negarse a llamarlo un trabajo suyo.

Renata retiró el teléfono de la mesa.

—Si termino divorciándome, te contrataré para eso también.

La palabra salió sin el golpe que había tenido en el hotel. Quizá porque esta vez la había dicho ella.

Javier la miró con más atención.

—No has decidido divorciarte.

—He decidido que no voy a seguir sin saber qué pasa.

Le pareció importante hacer esa diferencia. No había ido a escoger una nueva vida en diez minutos. Tenía un marido al que había querido, una familia que lo recibía como a uno de los suyos y una mujer que había entrado en su casa oliendo a él. Lo primero no había dejado de existir porque descubriera lo último.

Javier quiso delimitar otra vez lo que podía hacer.

Renata lo dejó terminar. Después preguntó cuánto cobraba.

Él empezó a hablarle de sus honorarios profesionales.

No era la cifra que ella había pedido.

—Te estoy preguntando cuánto costaría lo que necesito.

Javier la observó en silencio.

Renata podía entender el juego. Alguien decía que no, ella insistía, el no se volvía una dificultad que podía discutirse. Lo había visto en reuniones, en compras, en conversaciones de su padre. No siempre el dinero resolvía las cosas. Pero, cuando podía hacerlo, la mayoría prefería que no se notara demasiado.

Le mostró una cantidad.

Javier la miró. No le devolvió una respuesta tan rápida como antes.

Renata mantuvo el teléfono quieto para que leyera bien.

Había gastado dinero en dejar a Valeria sin horas libres. No iba a regatear ahora para que alguien la ayudara a entender lo que estaba ocurriendo. La cantidad era alta incluso para ella. Precisamente por eso la había puesto delante.

—Y el divorcio —recordó—, si llegamos a eso, lo llevas tú.

Javier tomó un bolígrafo.

No dijo que acabara de cambiar de opinión por la cifra. Empezó por lo que necesitaría saber, por los datos que ella podía darle, por cómo tendrían que mantenerse en contacto.

Renata lo escuchó sin ayudarlo a conservar la ficción de que se trataba de otra conversación.

Había aceptado.

El pequeño alivio no le duró mucho. Al sacar de nuevo la fotografía, volvió a tener delante el brazo de su marido alrededor de otra mujer. El dinero podía lograr que Javier trabajara para ella. No podía conseguir que aquello no hubiera ocurrido.

Él le pidió que no confundiera una sospecha con algo ya demostrado.

—Ya sé lo que vi —respondió Renata.

—Quiero saber qué puedes sostener cuando él lo niegue.

Eso sí la hizo quedarse callada.

No porque le gustara cómo sonaba. Porque era exactamente la escena que no quería vivir.

Terminaron de acordar el trabajo. Renata comprobó lo que estaba aceptando antes de darlo por cerrado. Había demasiadas cosas en su vida que había dejado pasar porque parecían estar en manos de alguien que sabía más.

Al ponerse de pie, Javier volvió a usar el tono correcto con el que la había recibido.

Renata recogió su bolsa.

—Que haya venido no significa que me parezca bien lo del hotel.

La frase quedó entre los dos.

No necesitaba discutirlo de nuevo. Solo quería dejarlo dicho, para que él no confundiera la necesidad con confianza.

Salió del despacho con una forma de localizarlo y un acuerdo que había ido a buscar por voluntad propia.

En el pasillo miró el teléfono.

Todavía tenía abierta la conversación que acababa de usar para mostrarle la foto. Volvió a la pantalla principal y, casi sin pensarlo, entró en el perfil de Valeria.

Había publicaciones de otros días. Fotografías que hasta entonces no había tenido razones para buscar.

Una isla.

Renata se detuvo.

Conocía aquel lugar. No porque hubiera estado allí.

Damián había viajado a esa isla por trabajo.

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