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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:66.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: Lo que se aprende en los libros que nadie lee.

La fecha la fijaron dos días después del anuncio, y Cassidy la recibió como se recibe una sentencia con prórroga.

—Siete semanas, alteza —le dijo doña Rosaura, radiante—. La boda será a finales del verano. Su Majestad quiere que dé tiempo a llegar a las embajadas del este.

Siete semanas.

Cassidy sonrió, dijo que era una noticia preciosa y se pasó el resto de la tarde bordando sin ver el bordado.

Siete semanas. Cuarenta y nueve días.

Fíjate qué cosa, Boone: en la otra vida, cuarenta y nueve días era lo que tardaba en cerrarse una compra de terrenos. Ahora es lo que tengo para aprender a matar a un hombre sin que se note.

Y es poquísimo. Porque no se trata de encontrar algo que mate. Matar es fácil; en este mundo se muere la gente de beber agua sucia. Se trata de encontrar algo que mate a la persona correcta, en la noche correcta, en una habitación rodeada de testigos, sin dejar una sola marca, y que a la mañana siguiente parezca la voluntad de Dios.

Eso no se improvisa en tres días. Eso se estudia.

Esa misma noche empezó, y empezó por donde tenía que empezar: por la persona que iba a tener que meter en aquello.

Porque lo pensó fríamente durante dos días y las cuentas siempre le daban lo mismo.

Sola no puedo.

No puedo pasarme semanas metida en una biblioteca del ala este sin que alguien vigile la puerta. No puedo cargar libros sin que alguien los cargue conmigo. No puedo probar nada sin que alguien me consiga lo que hay que probar sin que quede rastro.

Adriano no sirve para esto: es mi guardia, va conmigo a todas partes y su ausencia se nota más que su presencia. Además, si esto sale mal, quiero que él quede fuera.

Queda una sola persona.

Y es la que menos culpa tiene de todo esto.

La llamó una noche, cuando ya se habían ido las damas, y le dijo que se sentara.

—Alteza, no puedo sentarme delante de…

—Siéntate, Ismenia. Por favor.

La mujer se sentó en el borde de la silla, con las manos en el regazo, mirándola con esa cara de perro fiel que ponía siempre que intuía que venía algo grande.

Cassidy se puso delante de ella, se agachó para quedar a su altura, y respiró hondo.

Aquí es donde la meto o no la meto. Y si la meto, ya no la puedo sacar nunca.

—Te voy a pedir una cosa —dijo—. Y antes de pedírtela te la voy a explicar entera, porque no pienso engañarte.

—Usted dirá.

—Necesito que durante las próximas semanas me acompañes a la biblioteca vieja del ala este, dos o tres tardes por semana. Necesito que me hagas de vigía. Necesito que consigas cosas en la ciudad sin que nadie sepa que son para mí. Y necesito que mientas, muchas veces, a mucha gente.

—Eso es fácil, alteza.

—No he terminado. —Cassidy la miró fijo—. Si nos descubren, a mí no me pasa nada grave. Soy la prometida del rey, diré que soy curiosa y que me aburro, y me van a creer, porque a las novias jóvenes se les cree todo.

—¿Y a mí?

—A ti te cuelgan. —Cassidy no bajó la voz, porque las cosas graves se dicen claras—. Sin preguntas, sin juicio y sin que nadie mueva un dedo. Van a decir que la criada llevó a la princesa donde no debía, y en este palacio a una mujer de tu condición no la interrogan: la ahorcan y después averiguan.

Ismenia se quedó muy quieta.

—¿Y qué vamos a buscar, alteza?

—Un libro.

—¿Qué libro?

Cassidy se calló un momento.

Y aquí se decide todo. Si le miento, me obedece igual. Es lo fácil. Es lo que haría cualquier señora de este mundo con su criada.

Y es exactamente lo que le hicieron a las damas de la reina, que la mataron a cucharadas durante meses con todo el cariño, porque nadie les dijo nunca lo que llevaban en la mano.

Esa no, Boone. Esa no la vuelvas a hacer.

—Un libro que me enseñe a matar a un hombre —dijo—. Sin que se note.

El silencio duró tres segundos larguísimos.

Ismenia no gritó, no se santiguó, no se levantó de un salto. Se quedó donde estaba, mirándose las manos.

—¿Al rey? —preguntó, bajísimo.

—Al rey.

—¿En la boda?

—En la noche de bodas.

Otro silencio.

Ismenia levantó la cabeza. Y Cassidy, que llevaba tres vidas leyendo caras, vio pasar por la de aquella mujer una cosa que no esperaba en absoluto.

No fue horror. Fue alivio.

—Gracias a Dios —dijo Ismenia.

Cassidy parpadeó.

—¿Perdón?

—Que gracias a Dios, alteza. —A la mujer se le llenaron los ojos de golpe—. Llevo desde el anuncio sin dormir, pensando que la iba a tener que peinar todas las mañanas hasta verla amarilla como a la otra.

—Ismenia…

—Yo no soy lista, alteza. No sé de libros, ni de leyes, ni de esas cosas que sabe usted. —Se limpió la cara con la manga, casi enfadada consigo misma—. Pero llevo veinte años sirviendo en casas grandes, y sé perfectamente lo que les pasa a las mujeres jóvenes que entran en ellas. Y llevo dos meses viéndola contar guardias, mirar copas y dar de comer a las gallinas cosas que nadie le explica, creyendo que yo no me doy cuenta de nada.

Se levantó.

—¿Cuándo empezamos?

Cassidy tardó un segundo en poder contestar.

Y esta es la mujer a la que hace cuatro meses eché de un cuarto a gritos porque me miraba mientras usaba un bacín.

Tres vidas, Boone, y todavía se te olvida de lo que es capaz la gente cuando alguien la trata como persona.

—Una cosa más —dijo—. Si esto sale mal, tú no sabías nada. Yo te mandé cargar unos libros y tú obedeciste. Repítemelo.

—Yo no sabía nada, alteza. Usted me mandó cargar unos libros.

—Otra vez.

—Yo no sabía nada.

—Bien. —Cassidy se levantó—. Mañana después de la comida.

La biblioteca vieja del ala este resultó ser el mejor sitio del palacio, y por la razón más tonta: nadie iba nunca.

Estaba en la parte que los albañiles llevaban semanas arreglando para los embajadores, así que había polvo, sacos, escombros y puertas abiertas por todas partes. Nadie se extrañaba de unas pisadas. Nadie preguntaba qué hacía una criada barriendo un corredor lleno de cascotes.

Eran cuatro salas seguidas, con estanterías hasta el techo y un olor a papel húmedo que a Cassidy, muy en el fondo, le gustaba.

—¿Por dónde empiezo, alteza?

—Por ningún lado. Tú a la puerta. —Cassidy se remangó—. Si oyes pasos, toses dos veces y te pones a barrer con eso de ahí. Eres una criada limpiando lo de los albañiles. No hay nada más invisible en el mundo.

Y se puso a trabajar.

Lo primero fue entender el orden, porque no se parecía a nada que ella conociera. Tardó dos tardes en descifrarlo: los libros no estaban por materia ni por autor, sino por tamaño y por antigüedad de donación, que era la manera más idiota posible de guardar el saber de un imperio.

La primera sala era teología. Descartada.

La segunda, crónicas y genealogías. Descartada.

La tercera, derecho y tratados de gobierno. Marcada para más adelante, porque una futura reina necesita saber de leyes, y porque algo le decía que ahí iba a acabar buscando otra cosa.

Y la cuarta, la del fondo, la más pequeña y la más polvorienta, era la de medicina.

Cassidy se plantó delante de aquellas estanterías y sintió que se le aceleraba el corazón.

Aquí. Aquí tiene que estar.

Y ahí empezó la parte mala.

Porque en cuanto abrió el primer tratado, se le vino encima una verdad muy sencilla y muy desesperante.

Los médicos de aquel mundo no sabían absolutamente nada.

Leyó tres capítulos enteros sobre los cuatro humores del cuerpo y la manera de equilibrarlos. Leyó que la melancolía venía de la bilis negra y se curaba con caldo caliente y música alegre. Leyó que a las mujeres se les subía el útero hasta la garganta y que por eso se ahogaban. Leyó una lámina preciosa, dibujada con un cuidado admirable, donde se explicaba en qué días de la luna convenía sangrar cada parte del cuerpo.

Cerró el libro y se apretó los ojos con los dedos.

Increíble. Cuatrocientas páginas y no acertó ni por accidente. Ni una idea correcta. Ni una.

Y con esto los dejan abrir gente.

Pero a la tercera tarde, ya en el quinto tomo, se le ocurrió otra cosa.

Espera, Boone. No estás buscando lo mismo que ellos.

Ellos escribieron esto para curar, y curando son un desastre. Pero para escribirlo tuvieron que probar cosas en personas. Durante siglos. Miles de veces. Y cada vez que le dieron algo a un enfermo y el enfermo se murió, lo apuntaron.

O sea que como medicina esto no vale nada. Pero como catálogo de todo lo que mata a la gente, es perfecto.

Cambió de método, y ese fue el momento en que la investigación empezó a caminar.

Dejó de leer los remedios. Empezó a leer las advertencias. Las notas al margen. Los párrafos que decían no se administre a, tómese con gran prudencia, hase visto morir a quien excedió la medida.

En dos semanas tenía una lista de nueve cosas escrita en un pliego que guardaba dentro del forro de un vestido.

Y las fue tachando una por una, sentada en el suelo entre dos estanterías, con la misma frialdad con la que en otra vida había descartado inversiones.

Una: mata, pero deja la boca quemada. Por la mañana entra media corte a mirar esa cama. Fuera.

Dos: mata, pero tarda dos días, con dolores atroces. Un hombre gritando toda la noche a diez pasos de dos caballeros de cámara. Fuera.

Tres: hay que darlo cinco o seis veces seguidas. No tengo cinco noches. Tengo una. Fuera.

Cuatro: convulsiona. Fuera.

Cinco: hace vomitar. Fuera.

Seis: huele. Fuera.

Siete: no huele, no marca, es rápido y es limpio. Perfecto en todo, salvo en lo único que importa: hay que hacérselo tragar.

Se quedó mirando la lista con casi todas las entradas tachadas.

Y ahí está el muro, otra vez. Siempre el mismo muro.

Da igual lo que encuentre. Da igual que sea rápido, silencioso y limpio. Si tengo que ponérselo yo en la copa, no sirve.

Porque eso lo había comprobado con sus propios ojos durante seis semanas de cenas.

El rey no bebía nada que no hubiera probado antes otra boca. Tenía dos catadores, y no eran de adorno: eran dos hombres a los que Cassidy había visto beber y comer delante de él, sin ceremonia, con el aburrimiento de quien lleva años haciendo lo mismo. Comía siempre de fuentes comunes. Si alguien le servía, servía primero a otro.

Ese hombre llevaba treinta años en un trono que le había robado a un muerto, y no había llegado a viejo por confiado.

—Alteza —le dijo Ismenia una tarde, viéndola con la cabeza entre las manos—. ¿Puedo preguntar algo?

—Pregunta.

—¿Y si le pusiera algo en la ropa? ¿O en una crema? Mi madre decía que hay cosas que entran por la piel.

Cassidy levantó la cabeza.

—Eso es más listo de lo que parece —dijo—, y ya lo pensé. El problema es que lo que entra por la piel entra despacio y entra poco. Y yo no necesito que se muera en tres semanas. Necesito que se muera esa noche, en ese cuarto, mientras yo estoy delante. —Se frotó la cara—. Si se muere tres semanas después, ¿sabes cuál es la primera pregunta que se hace todo el mundo? ¿Quién gana con esta muerte? Y la respuesta va a ser la viuda de dieciocho años.

—Entonces tiene que ser esa noche.

—Tiene que ser esa noche, y tiene que parecer que fue él solo. —Cassidy volvió a mirar la lista tachada—. Y eso, con todo lo que hay en estos libros, es imposible.

Se pasó cuatro días sin volver a la biblioteca.

Y no fue desánimo: fue método. Porque una cosa había aprendido en dos vidas de resolver problemas, y era que cuando uno lleva semanas haciéndose la misma pregunta y siempre le sale la misma respuesta imposible, el error no está en la respuesta.

Está en la pregunta.

Lo pensó montando a caballo. Lo pensó en misa. Lo pensó en una cena de doce platos, mirando al hombre con el que iba a casarse mientras uno de sus catadores probaba la carne.

Llevas semanas preguntándote cómo le haces tragar algo a un hombre que no traga nada.

Deja de preguntar eso.

Y esa noche, en su cuarto, sola, con la vela encendida, se hizo la pregunta correcta y se le puso la piel de gallina.

¿Qué se tomaría él solo?

Con gusto. Sin que nadie se lo pida. Sin catador. A escondidas, incluso.

¿Qué se metería en el cuerpo un hombre de cincuenta años, por su propia voluntad, la noche que lo encierran en una alcoba con una mujer de dieciocho, sabiendo que al amanecer van a entrar seis personas a mirar las sábanas delante de todo el imperio?

Se quedó muy quieta.

Después se levantó, se puso la capa y bajó a buscar a Ismenia aunque eran las once de la noche.

Volvieron a la biblioteca al día siguiente y Cassidy fue directa a la última estantería. La de abajo. La de los tomos pequeños y manoseados.

Porque una cosa era igual en los tres mundos que ella había conocido, y era la única constante del universo: los hombres poderosos tienen dos miedos. Que los maten, y que no se les levante.

Del primero hablan todo el tiempo. Del segundo no hablan jamás, y por eso pagan lo que sea por resolverlo en silencio.

Y si eso pasa en un mundo con médicos de verdad, imagínate en este, donde a un rey de cincuenta lo van a meter en una alcoba con una novia de dieciocho y a la mañana siguiente entra un comité a comprobar el resultado.

Ese hombre no va a llegar a esa cama sin ayuda. Sería el único de su clase en toda la historia que no la usara.

El libro lo encontró al cuarto intento.

Era un tomo pequeño, encuadernado en piel oscura, sin título en el lomo, metido de canto entre dos tratados enormes de cirugía. Y estaba muchísimo más gastado que sus vecinos: las esquinas redondeadas de tanto pasarlas, el lomo partido por la mitad, dos manchas viejas de vino en la tapa.

Cassidy lo abrió y leyó el encabezado.

Era un compendio de remedios para el vigor de los varones.

Se le escapó una carcajada y tuvo que taparse la boca con las dos manos.

—¿Alteza? —Ismenia asomó desde la puerta, alarmada.

—Nada. Nada. Vuelve a tu sitio.

Claro que sí. Claro que sí.

Cuatro salas. Teología con el polvo intacto. Cirugía con las páginas pegadas. Tratados de gobierno que no ha abierto nadie desde que los donaron.

Y un manualito de potencia con el lomo partido de tanto uso.

Los hombres son exactamente iguales en todos los siglos. Es lo único que no cambia. Ni las guerras, ni las coronas, ni la peste: esto.

Lo llevó hasta la ventana y se puso a leer con el corazón golpeándole las costillas.

Y a las tres páginas dejó de reírse.

Porque el compendio recogía una veintena de fórmulas, a cual más disparatada —cuernos raspados, sopas, ungüentos, oraciones a un santo concreto—, pero había una que ocupaba cinco páginas enteras y estaba escrita en un tono completamente distinto al resto.

Era la única que el autor aseguraba haber visto funcionar.

Y era la única a la que le dedicaba tres páginas de advertencias.

Cassidy leyó esas advertencias dos veces, y a la segunda ya no tenía saliva en la boca.

El autor describía, con el detalle minucioso del que ha visto la cosa de cerca, lo que le ocurría al que se pasaba de la medida. Contaba el calor insoportable subiendo por el cuerpo. El corazón desbocado, latiendo como un caballo en fuga. La cara encendida, la respiración corta, el sudor frío. Y decía que, en algunos casos, el corazón sencillamente no aguantaba aquel esfuerzo y se paraba.

Y remataba con una frase que Cassidy tuvo que leer tres veces seguidas.

He visto morir así a dos hombres, ambos entrados en años y ambos con mujer joven, y en ambos casos dijeron los médicos que fue apoplejía por el esfuerzo, y así se enterró el asunto con honra.

Cassidy bajó el libro muy despacio.

Se apoyó de espaldas en la estantería, se dejó resbalar hasta quedar sentada en el suelo con el tomo abierto en el regazo, y se quedó mirando el techo de aquella biblioteca polvorienta.

Está aquí.

Boone. Está aquí. Lo tienes.

Sacó su lista y fue repasando los cinco requisitos, uno por uno, con las manos temblándole un poco.

Uno: actúa rápido. Sí. Esa misma noche.

Dos: no grita. No hay veneno royendo las tripas, no hay agonía de horas, no hay convulsión. A un hombre al que se le para el corazón se le para y ya. Sí.

Tres: no deja marca. No quema la boca, no pone la piel de ningún color raro, no hace vomitar. Que entren los seis por la mañana y miren lo que quieran: van a encontrar a un hombre muerto en su cama y a una novia gritando. Sí.

Cuatro: parece otra cosa. Y no parece cualquier otra cosa.

Se le empezó a formar la sonrisa sola, sin permiso.

Parece exactamente la muerte más creíble del mundo. Un emperador de cincuenta años, después de doce horas de banquete y de vino, encerrado con una muchacha de dieciocho en su noche de bodas.

Ningún médico de este siglo va a buscar otra explicación. Ninguno. La van a firmar antes de terminar de mirarlo, y encima le van a poner un nombre elegante en latín para que quede bonito en la crónica.

Y cinco.

Se tapó la boca con las dos manos, porque se estaba riendo sola en una biblioteca vacía y aquello, si alguien entraba, no tenía explicación posible.

Cinco: no tengo que hacérselo tragar.

No tengo que engañarlo. No tengo que distraerlo. No tengo que cambiar copas, ni burlar catadores, ni sobornar a nadie de las cocinas.

Se lo va a tomar él. Con sus propias manos. Con muchísimo gusto.

Y a escondidas de mí, para que la novia no se entere de que el gran emperador del continente necesita ayuda.

Se quedó ahí sentada un rato largo, dejando que se le pasara.

Ay, dios tramposo. ¿Estás viendo esto? ¿Era esto?

Este hombre mató a su hermano mayor para robarle un trono. Envenenó a su mujer con una medicina recetada, con etiqueta y con instrucciones. Ha visto morir a cinco muchachas en su propia casa sin que se le mueva una ceja. Tiene cuarenta guardias personales con las familias metidas aquí de rehenes. Es el hombre más peligroso del continente y no hay una sola cosa en este mundo que pueda hacerle daño.

Salvo su propia vanidad.

Se va a morir de puro gallo. Se va a morir por no querer quedar mal delante de una muchacha de dieciocho años. Se va a matar él solo, con su propia mano, por miedo a que alguien pudiera contar que el emperador no cumplió.

Y en la crónica del imperio va a decir que se lo llevó Dios.

Se le fue apagando la risa despacio, y detrás vino lo otro, que era lo que llevaba tres semanas esquivando.

Aunque hay que decirlo una vez, y una sola, y en voz baja: esto es horrible.

No por él. Por él no siento absolutamente nada. Ese hombre se ganó lo que le viene veinte veces y todavía le sale barato.

Es horrible porque yo voy a tener que estar ahí.

No es echar algo en una copa y salir del cuarto. Voy a tener que sonreírle. Voy a tener que desnudarme delante de él y dejar que me toque, y aguantarlo, y tragarme el asco entero mientras se le sube el calor, y esperar. Ahí. En esa cama. Mirando.

Y de esa parte no me libra nadie. Ni Adriano, ni mi padre, ni tres reyes en un bosque.

Cerró los ojos un momento.

Bueno. Ya está. Se acabó la pena.

A una la matan igual si no lo hace. Así que se hace.

Volvió al libro para leer las últimas páginas, las de la preparación, porque necesitaba saber en qué forma se guardaba aquello, en qué se disolvía y qué aspecto tenía; y sobre todo, dónde podía conseguirse una cantidad como la que ella necesitaba sin que veinte personas se acordaran de su cara.

Y ahí, en el margen de la penúltima página, se detuvo.

Había una anotación.

No era del impresor. Estaba escrita a mano, con tinta parda, con una letra muy pequeña, muy cuidada, de hombre educado. Una nota corta y práctica, de las que escribe alguien que usa un libro para trabajar y no para leer.

Cassidy acercó la página a la luz de la ventana.

Y sintió cómo se le paraba el corazón.

Porque conocía esa letra.

La conocía perfectamente. La había tenido en las manos tres semanas antes, en un cuarto tapiado que olía a polvo dormido, pegada a un frasco de vidrio grueso con un dedo de líquido oscuro en el fondo.

Para la señora. Dos cucharadas al acostarse.

La misma inclinación. La misma manera de cerrar las letras. La misma tinta parda.

Cassidy empezó a pasar páginas hacia atrás, deprisa, con los dedos torpes.

Y las encontró todas.

Estaban por todo el libro. Docenas de anotaciones en los márgenes, en la misma letra, unas descoloridas de años y otras mucho más frescas. Cifras. Palabras sueltas. Medidas. Y en tres o cuatro sitios, justo al lado de los párrafos de advertencia, una crucecita pequeña marcada con la punta de la pluma, señalando exactamente los renglones que hablaban del corazón.

Y en la última página, abajo del todo, casi en el filo del papel, una sola línea escrita con esa misma mano, sin fecha y sin firma.

Sirvió una vez. No conviene repetirlo en la misma casa.

Cassidy se quedó de pie en medio de la biblioteca vieja, con el libro abierto entre las manos y el sol de la tarde entrando sucio por la ventana.

Sirvió una vez.

Sirvió una vez, en esta casa.

O sea que la idea no es mía.

Alguien la tuvo antes. Alguien que trabaja en este palacio. Alguien que le escribió las instrucciones a la reina en un frasco hace veinte años, que sigue vivo, que sigue cobrando, y que ya usó esto mismo alguna vez con alguien.

Se le puso la piel de gallina desde la nuca hasta las manos.

Y detrás vino la otra idea, la peor, la que se le formó sola aunque no la quisiera pensar.

Este libro tiene el lomo partido y las esquinas gastadas de tanto abrirlo. Ese hombre lo consulta a menudo.

Y dentro de siete semanas, en este palacio, hay un rey de cincuenta años que se casa con una muchacha de dieciocho y que va a necesitar ayuda.

¿Y a quién crees tú que se la va a pedir, Boone?

Cerró el libro despacio y se lo metió debajo de la capa, contra el pecho.

—Ismenia —dijo, y le salió la voz rara—. Nos vamos.

—¿Encontró lo que buscaba, alteza?

Cassidy se quedó un momento mirando la estantería vacía donde había estado el tomo.

—Encontré algo mejor —dijo.

🌸 Mensaje del día 🌸

¡Hola, mis hermosas lectoras! 🖤✨

Solo quería pasar a saludarlas y agradecerles por seguir aquí, acompañándome capítulo tras capítulo. Cada comentario, cada voto y cada mensaje hacen que esta historia siga creciendo. 🥹❤️

Espero que estén disfrutando la novela tanto como yo disfruto escribirla. Se vienen momentos muy intensos, así que no bajen la guardia porque todavía quedan muchas sorpresas por descubrir. 😈📖

Quiero hacerles una preguntita... 👀

¿Cuál ha sido, hasta ahora, su personaje favorito y por qué? 💕

Las leo siempre y me encanta conocer sus teorías, sus opiniones y hasta los regaños cuando un personaje las hace sufrir. 😂

No sean fantasmitas. 👻

Déjenme un comentario, cuéntenme desde qué país me leen y cómo encontraron esta novela. Me hace muchísima ilusión saber que mis historias llegan a tantos rincones del mundo. 🌎✨

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Gracias por formar parte de esta aventura. Las quiero muchísimo y espero que disfruten los próximos capítulos, porque lo mejor de esta historia... ¡todavía está por llegar! 💋🖤

1
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
pues si esos nobles solo luchan por su causa, lo demás no les interesa, son igua o peor que el usurpador solo que ellos no van a las guerras 😡
Maria Gonzalez Gonzalez
exelente actuación Aurora 🤔😃😂
Maria Gonzalez Gonzalez
el otro enemigo que tiene Aurora en el Castillo es el mayordomo mayor abusada Cassidy, ponte trucha 🤔😃
Maria Gonzalez Gonzalez
pues yo creo que lo que puede hacer es que el rey te corretee por toda la pieza de la alcoba cuando ya esté súper exitado con la medicina del médico brujo y así lo forzas más de lo debido y wuala se muere de verdad de un infarto fulminante porque no se pudo desahogar, como cuando los drogan y no se pueden liberar sexualmente 🤔😂😍😃
Maria Gonzalez Gonzalez
jajajaja jajajaja que cosas no??😂😂😂😂 aún no se inventa el viagra y ya tiene sus antecedentes primarios 😂😂😂😂🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
esa Leonor no sabe con quién se meten 🤔😂😍😃
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