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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

—Solo por la comisión de servicio extraordinario.

La comisión no existía.

Valentina lo supo en cuanto se subió al auto de Marco, con el uniforme manchado de sangre bajo una chamarra prestada y la pulsera doblada mordiéndole la muñeca. Lo supo también cuando llegaron al Hospital San Gabriel y una enfermera la hizo pasar a una sala privada para que explicara, otra vez, la secuencia de síntomas.

Dolor abdominal. Alcohol. Vómito con sangre. Desmayo.

Lo dijo sin mirar la puerta cerrada al fondo del pasillo.

El médico de guardia, un hombre de canas prolijas y voz baja, tomó notas.

—Hemorragia gástrica. Ya está estable, pero vamos a mantenerlo en observación. No debió beber. Mucho menos con dolor previo.

—Dígaselo a él —contestó Valentina.

El médico alzó la vista, midiendo su tono.

—Se lo diremos.

Marco estaba junto a la pared, rígido, con el teléfono en la mano. No parecía un asistente; parecía un soldado esperando una orden que nadie se atrevía a dar.

—El señor Reyes pidió verla cuando despierte —dijo.

Valentina soltó una risa corta.

—Qué lástima. Yo no pedí verlo.

Diez minutos después estaba dentro de la habitación.

Santiago estaba despierto, pálido, con una vía en el brazo izquierdo y el cabello demasiado desordenado para alguien que siempre parecía hecho de control. La bata azul del hospital le quedaba abierta en el cuello. A su lado, el monitor marcaba un ritmo constante, casi burlón.

—Viniste —dijo él.

—Vine a declarar síntomas. No te emociones.

—¿La comisión era buena?

Valentina se detuvo a medio paso.

—Ojalá. Tendría que cobrar recargo por necedad, sangre y trauma psicológico.

Santiago intentó acomodarse. El gesto le tensó la boca.

—No fue tu culpa.

—No pregunté.

—Valentina.

—No me hables como si me estuvieras perdonando algo.

Él la miró con cansancio. No el cansancio de una noche sin dormir. Uno más viejo, más hondo.

—Tú tampoco me perdonas nada.

Ella cruzó los brazos.

—No estamos en una iglesia.

Santiago bajó la vista a su muñeca.

La pulsera de Fabián seguía ahí, torcida, el broche deformado por el tirón de la noche anterior.

—Sigues usándola.

—Sí.

—Te queda mal.

—Tu opinión me conmueve.

—Los 29 minutos dijeron otra cosa.

Valentina sintió calor en la cara.

—Menciona eso otra vez y te desconecto la máquina.

—No estás conectada a ella.

—Improvisaré.

Por primera vez desde que entró, una sombra de sonrisa le tocó la boca. Duró poco. Santiago levantó la mano derecha y se jaló apenas el borde de la bata.

—Entonces explícamelo.

La tela se abrió lo suficiente para mostrar tres líneas rojas sobre su pecho, cerca de la clavícula. Arañazos finos, recientes, marcados por uñas que ella reconoció antes de querer reconocerlas.

Valentina dejó de respirar.

—¿También fueron un error? —preguntó él.

Ella miró las marcas, luego su propia mano. Recordó la presión de sus dedos en la piel de Santiago, su manera de sujetarse a él cuando ya no estaba peleando para apartarlo sino para no caerse dentro de algo que seguía vivo.

Yo también reaccioné.

La frase no salió de su boca. Le quedó atrapada detrás de los dientes.

—Te arañé porque me estabas volviendo loca —dijo.

—Eso no contesta.

—No todo merece respuesta.

Su celular vibró en el bolsillo de la chamarra.

Valentina lo sacó por reflejo.

Fabián.

El nombre iluminó la pantalla como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación llena de gas.

Santiago lo vio.

—No contestes.

—No eres nadie para decirme eso.

—Soy quien te está pidiendo que no lo hagas.

—Lo estás ordenando.

Valentina deslizó el dedo para contestar, pero Santiago apartó la sábana y se puso de pie.

—¡Estás loco! —Ella dio un paso hacia él por puro instinto—. Te acaban de estabilizar.

Él tomó el porta suero con una mano y avanzó hasta la puerta. Valentina intentó bloquearle el paso para que no se arrancara la vía. Fue un error de cálculo.

Santiago cerró la puerta con el pestillo de privacidad.

El clic sonó demasiado fuerte.

—Abre.

—Termina con Fabián.

—No he empezado nada con Fabián.

—Mejor.

Valentina levantó la barbilla.

—¿Mejor para quién?

Santiago la miró como si la respuesta fuera obvia y horrible.

—Para mí.

El celular dejó de vibrar.

Ella lo empujó con cuidado en el pecho, justo al lado de los arañazos.

—Regresa a la cama.

—No.

—No te voy a cuidar si te desplomas otra vez.

—Mentirosa.

La palabra volvió a hacerle daño.

—No uses eso conmigo.

Santiago bajó la voz.

—Termina con Fabián. No es para ti.

Valentina soltó una risa sin humor.

—¿Y tú sí?

Él no contestó.

Ese silencio fue peor que una afirmación.

Santiago apoyó una mano junto a su cabeza, contra la puerta. No la aplastó. No la sujetó. La encerró con su presencia y con esa fiebre oscura en los ojos que la hacía recordar todo lo que había intentado borrar.

—Abre la puerta —dijo ella, más bajo.

Él inclinó la cabeza.

—Dime que no quieres.

Valentina debería haberlo dicho.

Debería haberlo dicho rápido, claro, sin temblores.

Pero la memoria le puso otro cuarto encima del hospital.

Una residencia universitaria en Madrid, un pasillo frío, el celular vibrando a las cuatro de la mañana. Ella tenía veinte años y una maleta abierta porque el intercambio terminaba en dos semanas. La llamada de tía Lucía llegó con una frase que partió el mundo: "Hubo un derrumbe. Tu papá está en problemas. Tu mamá está en el hospital."

Valentina compró el primer vuelo de regreso a México con las manos dormidas. En el aeropuerto, mientras esperaba abordar, vio el primer reportaje completo: puente Río Blanco, ciento diecinueve muertos, Emilio Estrada señalado por desvío de fondos.

Después apareció un documento filtrado.

Denuncia de familiares de víctimas.

Nombres, firmas, testimonios.

Entre ellos: Santiago Reyes Coronado.

La pantalla se le nubló.

No lo llamó. No le escribió. No preguntó si era verdad o si alguien había usado su nombre. Abrió la conversación de WhatsApp, vio el último mensaje que él nunca respondió después de su ruptura, y borró el contacto.

Luego borró las fotos.

Luego borró los audios.

Creyó que borrar era una forma de sobrevivir.

Siete años después, Santiago estaba a un palmo de su boca, con una vía en el brazo y la misma mirada de alguien que también había perdido una casa.

Valentina no dijo que no.

Santiago la besó.

Esta vez empezó como tormenta, igual que la noche anterior: celos, reclamo, miedo disfrazado de orden. Valentina golpeó la puerta con la espalda y el porta suero vibró junto a ellos. Ella levantó las manos para apartarlo.

Santiago se detuvo.

—Dilo.

El aire le raspó la garganta.

No pudo.

Entonces él volvió a besarla, pero algo cambió. Ya no la empujó contra la puerta. La besó más despacio, con una suavidad que desarmaba más que la fuerza. Como si pidiera perdón sin conocer el idioma. Como si quisiera tocar la herida sin abrirla.

Valentina cerró los dedos en la tela de su bata.

Solo para sostenerlo, se dijo.

Mentira.

Cuando se separaron, Santiago apoyó la frente contra la de ella. Estaba sudando frío.

—No es para ti —repitió, apenas audible.

Valentina abrió los ojos.

La frase, otra vez. La orden, otra vez. El hombre que la besaba como si no pudiera respirar y luego decidía por ella como si le perteneciera.

Le dio una bofetada.

El sonido llenó la habitación.

Santiago giró el rostro con el golpe. No se defendió. No la miró de inmediato.

—No me vuelvas a besar para darme órdenes —dijo ella.

Alguien tocó la puerta.

—¿Santiago?

La voz femenina no era de enfermera.

Valentina apartó a Santiago de un empujón y abrió el pestillo antes de que él pudiera detenerla.

La puerta se abrió desde fuera.

Una mujer de vestido beige, cabello lacio perfecto y bolso de diseñador entró con la confianza de quien conocía el hospital, los médicos y al paciente. Detrás de ella venía un cardiólogo que Valentina había visto en recepción.

—¡Santiago! —La mujer se acercó a la cama, ignorando el aire roto entre ellos—. Andrea me avisó que ingresaste de emergencia y vine en cuanto pude. ¿Por qué no llamaste?

Santiago se enderezó, pálido.

—Andrea.

Valentina entendió el nombre antes que la explicación.

Andrea. Hija de alguien importante, por la forma en que el médico se apartó para dejarla pasar. Mujer de esas que no cargaban uniformes manchados, sino flores caras y preocupación con perfume.

Andrea tomó la mano de Santiago para revisar la vía.

—Estás helado.

Valentina miró esos dedos sobre él.

No sintió alivio porque alguien más pudiera cuidarlo.

Sintió rabia.

Y eso fue lo peor.

Andrea por fin la miró, de arriba abajo: uniforme arrugado, manga manchada, gafete del hotel.

—Gracias por traerlo —dijo con una cortesía impecable—. Nosotros nos encargamos.

Nosotros.

Salió de la habitación antes de que su cara la traicionara.

Patricia la esperaba en el pasillo con dos cafés de máquina y ojeras nuevas.

—No preguntes cómo entré. Le dije a seguridad que si no me dejaban pasar iba a hacer un escándalo más útil que su protocolo.

Valentina tomó un café sin beber.

—Vámonos.

Patricia miró por encima de su hombro. Andrea seguía dentro, inclinada junto a Santiago, hablando con el médico como si tuviera derecho.

—Tina...

—No.

—El señor Reyes es un buen partido.

Valentina apretó el vaso de cartón hasta doblarlo.

—Demasiadas espinas. No lo quiero.

La puerta de la habitación quedó entreabierta.

Andrea soltó una risa suave.

Santiago no rió, pero tampoco la apartó.

Valentina caminó hacia el elevador sin mirar atrás, con la marca del beso ardiendo bajo el cuello del uniforme y una mentira clavada en la lengua.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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