Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 22
Capítulo 22
—¿Vas a quedarte?
Diego hizo la pregunta junto al pozo, al tercer día después del entierro.
No la rodeó con cuidado ni la adornó con frases. Valentina agradeció eso. Estaba cansada de las preguntas que venían envueltas en intención ajena.
El patio estaba casi vacío. La familia seguía recibiendo visitas de condolencia, pero el flujo ya había bajado. Elena permanecía en su cuarto. Don Alejandro había vuelto a reunirse con hombres de otras manadas. Rodrigo aparecía en los corredores y desaparecía antes de decir algo útil.
Valentina levantaba agua del pozo para las plantas de Consuelo.
—No sé.
Diego tomó el cubo lleno y lo dejó sobre la piedra para que no tuviera que cargarlo desde abajo.
—Eso no sonó a no sé.
Valentina lo miró.
—¿Y a qué sonó?
—A todavía no puedo decirlo en voz alta.
Ella no respondió.
El agua se movía dentro del cubo. En la superficie se reflejaba un pedazo de cielo blanco.
—Mi tarea aquí termina en dos días —dijo Diego—. Vuelvo a mi manada después.
Valentina sintió la frase más de lo que quiso.
No por amor. No todavía. No de esa forma clara que las canciones prometían. Era otra cosa: la certeza de que una presencia tranquila estaba por irse, y que cuando se fuera el patio quedaría otra vez lleno de gente que hablaba demasiado tarde.
—Entonces buen viaje —dijo.
Diego sonrió apenas.
—Eso fue muy formal.
—Es correcto.
—No dije que no.
Él se inclinó para tomar el segundo cubo.
Valentina no se lo impidió.
Caminaron hacia el cantero de Consuelo. Las plantas seguían feas, pero algunas raíces estaban vivas. Valentina había descubierto brotes pequeños bajo la tierra seca.
Diego se agachó para mirar.
—Van a aguantar.
—No todas.
—No dije todas.
Valentina echó agua despacio, cuidando de no encharcar.
—Si me voy, nadie las va a cuidar.
—Tal vez alguien lo haga.
—En esta casa la gente olvida lo que no le sirve.
Diego no discutió.
Después de un rato dijo:
—Si te quedas por plantas muertas, te vas a enojar contigo.
Valentina dejó el cubo en el suelo.
—No están muertas.
—Entonces por plantas tercas.
Lo miró. Diego tenía un poco de tierra en la manga. No parecía darse cuenta.
—¿Siempre habla así?
—¿Cómo?
—Como si las cosas difíciles fueran simples.
Diego pensó antes de contestar.
—No creo que sean simples. Creo que a veces una frase larga solo sirve para esconder la puerta.
Valentina miró hacia la casa.
La puerta estaba allí. La salida también.
—No tengo a dónde ir.
—Eso es distinto de no poder irte.
La frase quedó entre los dos.
Valentina recordó a Consuelo: "Si un día tienes que irte otra vez, vete."
—¿Por qué le importa? —preguntó.
Diego apoyó las manos sobre las rodillas y se levantó.
—Porque cuando alguien quiere irse de una casa que le hizo daño, no debería tener que pedir permiso.
Valentina no supo qué hacer con eso.
Tomó el cubo vacío.
—Voy por más agua.
Diego no la siguió.
Pero cuando ella volvió, él seguía allí, junto a las plantas tercas.
Rodrigo la esperó junto al corredor de la capilla familiar.
Valentina venía de dejar flores secas en la habitación de Consuelo. No eran flores nuevas. No quería adornar la ausencia. Solo retiró las marchitas del velorio y dejó unas ramas de romero limpias.
Rodrigo estaba de pie bajo el arco, con la capa cerrada y los ojos cansados.
—Necesito hablar contigo.
Valentina se detuvo.
—No.
—Por favor.
La palabra la sorprendió.
Rodrigo también pareció sentir lo extraña que sonaba en su boca.
—Solo un momento —añadió.
Valentina miró hacia la capilla. La puerta estaba cerrada. Desde adentro llegaba olor a cera.
—Un momento.
Rodrigo respiró como si hubiera ganado algo. No había ganado nada.
—La abuela ya no está.
Valentina esperó.
—Mi madre está destruida. Mi padre no lo dice, pero también. La casa... todo está mal.
Hablaba rápido, no como un Alfa dando órdenes, sino como alguien que teme quedarse sin tiempo.
—Necesitamos mantenernos unidos.
Valentina sostuvo las ramas secas en la mano.
—¿Unidos?
—Sé que suena absurdo después de todo, pero eres parte de esta casa.
—¿Desde cuándo?
Rodrigo cerró los ojos.
—Valentina.
—Pregunto.
—Siempre lo fuiste. Solo que...
—No termine esa frase.
Él se calló.
Ella arrojó las flores marchitas en una cesta de limpieza.
Rodrigo dio un paso.
—Yo necesito que te quedes.
Valentina lo miró.
Ahí estaba.
No "¿qué necesitas?". No "¿quieres quedarte?". No "¿qué puedo hacer para que esta casa deje de doler?".
Yo necesito.
Rodrigo siguió:
—No sé cómo arreglar lo que pasó, pero si te vas ahora, todo queda así. Sin posibilidad.
—¿De qué?
—De que las cosas cambien.
—Rodrigo, dijiste muchas frases y ninguna preguntó cómo estoy.
Él se quedó quieto.
Valentina no levantó la voz.
—Dijiste que tu madre está destruida. Que tu padre no lo dice. Que la casa está mal. Que necesitas que me quede. Que si me voy, tú pierdes una posibilidad.
Rodrigo tragó saliva.
—No quise...
—Ese es el problema. Casi nunca quieren. Igual lo hacen.
La frase entró en él. Se notó.
Durante un momento pareció más joven. No el heredero de la casa Vargas. Solo Rodrigo, el muchacho que una vez empujó con rabia y no miró abajo hasta que fue demasiado tarde.
—¿Cómo estás? —preguntó al fin.
Valentina miró la puerta cerrada de la capilla.
La pregunta, dicha entonces, no le dio alivio. Le dio cansancio.
—Tarde.
Rodrigo bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No. Todavía no.
Ella tomó la cesta con flores secas.
—Cuando lo sepas, no vas a usar mi respuesta para sentirte mejor.
Pasó junto a él.
Rodrigo no la detuvo.
Esa fue, quizá, la primera cosa correcta que hizo ese día.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena