Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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22
El silencio de Lysandro fue su respuesta. Un asentimiento grave, una aceptación de su destino compartido. Juntos, se acercaron al sarcófago, el brillo púrpura bañando sus rostros en una luz profética y mortal. No había palabras, solo la confianza silenciosa de dos almas que habían encontrado un propósito común en el sacrificio. El suelo temblaba bajo ellos, un ritmo de tambor de guerra que contaba hacia atrás hasta el final.
Colocaron sus manos sobre la losa de piedra fría. Natalie cerró los ojos, sintiendo el peso de su corona, no como un símbolo de poder, sino como una ofrenda. Lysandro hizo lo mismo, su mente vacía de todo excepto de la imagen del rostro de Natalie.
Y entonces, el pulso los golpeó.
No fue doloroso. Fue como ser sumergido en un océano de historia, de susurros, de gritos. La energía de siglos fluyó a través de ellos, y a su vez, sus propias esencias se vertieron en la Fuente. La autoridad ordenada de la sangre real de Natalie y el caos corrosivo de la "plaga" de Lysandro. Eran polos opuestos, y juntos, crearon una reacción en cadena que hizo que el aire mismo vibrara.
En ese momento de total entrega, de absoluta vulnerabilidad, eran más poderosos que nunca, y completamente indefensos.
Fue entonces cuando Elys actuó.
No había huido con Bastian. Se había quedado en las sombras, observando. No con la intención de detenerlos, sino de esperar. Esperar el preciso instante en que la conexión de Natalie y Lysandro con la Fuente era más fuerte, cuando el torrente de energía estaba en su apogeo.
No atacó a Natalie o Lysandro. Atacó la Fuente.
De un bolsillo oculto, sacó un pequeño fragmento de obsidiana pulida, no más grande que su pulgar, con una forma extraña y dentada. Con una agilidad que desafió la convulsión del suelo, se deslizó hacia la base del sarcófago. Allí, en una junta casi invisible, insertó el fragmento. Encajó con un *clic* audible, un sonido que se perdió en el rugido de la energía.
El acto no interrumpió el ritual. Lo desvió.
La energía que fluyó hacia Natalie y Lysandro de repente se detuvo. Y luego, se invirtió. No volvió a la Fuente. Fue atraída hacia Elys.
Sus ojos se abrieron de par en par, no en shock, sino en éxtasis. Un grito escapó de sus labios, pero no fue de dolor. Fue de triunfo puro y abrumador. El torrente de poder que había estado fluyendo a través de la cripta ahora se canalizaba a través de ella. Se convirtió en el conducto, no el sacrificio.
Natalie y Lysandro fueron arrojados hacia atrás como si hubieran sido golpeados por un martillo gigante. Aterrizaron brutalmente en el suelo de piedra, la fuerza arrancada de ellos, sus mentes vacías y doloridas. Gritaron, no por el dolor físico, sino por el horror de la violación, de sentirse vaciados, despojados de su propia fuerza vital.
El brillo púrpura del sarcófago se desvaneció, consumido. La cripta se sumió en una penumbra rojiza, la única luz provenía ahora de la figura de Elys.
Permanecía de pie donde había estado el sarcófago, pero ya no era la ladrona ágil y mortal. Estaba inmóvil, con los ojos cerrados, su cuerpo bañado en un resplandor púrpura y oscuro que parecía emanar de su propia piel. La energía de siglos, no purificada sino amalgamada, ahora corría por sus venas. Era la plaga encarnada, pero con la inteligencia, la ambición y la voluntad de hierro de la mujer que la había acogido.
Cuando abrió los ojos, no eran los ojos de ámbar que conocían. Eran pozos de luz violeta, ardiendo con una conciencia antigua y terrible.
Se giró lentamente para mirar a Natalie y Lysandre, caídos y débiles en el suelo. Una sonrisa se curvó en sus labios, una sonrisa que no era suya, pero que le sentaba perfectamente.
—Gracias —dijo, y su voz era un coro de susurros, la voz de docenas de almas ambiciosas a la vez—. Sois muy generosos.
El temblor cesó. De arriba, llegaron los gritos lejanos de los hombres de Bastian y el estruendo de la mampostería al derrumbarse. Pero en la cripta, reinaba un silencio nuevo y aterrador.
Elys había ganado. Alphonse, con su plan de demolición, había logrado su objetivo de un modo que nunca podría haber imaginado: la Fuente, como una fuente de poder concentrado, ya no existía. Pero el poder no se había ido. Ahora tenía un cuerpo. Y una voluntad.
—¿Qué... qué has hecho? —logró susurrar Natalie, luchando por permanecer consciente.
—He hecho lo que vuestro padre no pudo. He hecho lo que vuestro hermano no pudo. He hecho lo que Alphonse solo soñaba —dijo Elys, acercándose a ellos, no con una daga, sino con la simple presencia de su ser, que era más abrumador que cualquier arma—. Él quería ser un dios. Qué limitado. Yo me he convertido en la religión.
Se detuvo sobre ellos, una diosa de la destrucción nacida de las cenizas de su sacrificio.
—No voy a destruir el reino, reina. Lo voy a mejorar. Lo voy a purificar. Le quitaré su libre albedrío, su duda, su miedo. Y vosotros... vosotros dos seréis los primeros en mi nuevo mundo. Un recordatorio viviente del precio de la debilidad. Un monumento a mi nacimiento.
La esperanza se había convertido en ceniza. La victoria en una derrota más completa de lo que nunca habían imaginado. No habían detenido la plaga. Le habían dado un rostro, una voz y un cuerpo. Y ahora, su reina estaba de pie, lista para reinar.
El aire en la cripta se había vuelto pesado, denso, como el momento antes de una tormenta que nunca estallaría. El poder que emanaba de Elys no era calor ni frío, era una *presión*, una presencia que desplazaba el propio tejido de la realidad. Natalie y Lysander, postrados en el suelo, sentían cada aliento como un esfuerzo monumental, cada latido de su corazón un tambor de fuga débil y desesperado.
—Un monumento —repitió Elys, su voz un murmullo sedoso que contenía el rugido de mil ambiciones—. Me gusta la idea. Pero antes de esculpiros, debemos deshacernos del desorden.
Sin mover un músculo, la puerta maciza de la cripta se cerró con un estruendo sordo, no empujada por una fuerza, sino como si la piedra misma hubiera decidido obedecer. Afuera, los gritos de Bastian y los hombres que evacuaban fueron silenciados abruptamente. No por la distancia, sino por una imposición de voluntad. Estaban solos. Encerrados con su creadora.
—Alphonse —dijo Elys, y su tono se llenó de una lástima condescendiente, como la de una maestra hacia un alumno torpe—. Siempre fue tan... directo. Tan ruidoso. Cavando como un topo, pensando que la fuerza bruta podía doblegar al destino. Qué patético.
Elevó una mano, y el aire frente a ella onduló. Una imagen apareció, una proyección de luz y sombra líquida. Era Alphonse, sucio y enrabietado, en un túnel estrecho, gritando órdenes a hombres que parecían fantasmas.
—Mira, reina. Ve a tu hermano. Tu obra maestra fallida.
La imagen se acercó, mostrando la cara de Alphonse, contorsionada por la furia y la frustración.
—Él cree que está a punto de convertirse en un mártir o un conquistador —continuó Elys—. No entiende que no hay gloria en la destrucción. Solo hay un vacío que espera ser llenado. Y yo soy la única que puede llenarlo.
Natalie luchó por ponerse de pie, cada músculo protestando. Lysandro logró rodarse a una posición arrodillada, su espada yacía fuera de su alcance, inútil.
—No eres una diosa —siseó Natalie, su voz un gemido—. Eres un parásito.
—¿Parásito? —Elys rio, y el sonido hizo que las lágrimas brotaran en los ojos de Natalie—. No, pequeña reina. Soy la evolución. Vuestro padre intentó contener el poder. Alphonse quiere liberarlo. Yo soy el poder. Soy la sinfonía y el director de orquesta.
Ella miró hacia abajo, a través de los pisos de piedra que se desmoronaban. Su mirada parecía penetrar la tierra misma.
—Y la primera nota de mi sinfonía será el silencio.
La imagen de Alphonse en el túnel se convirtió de repente. La furia en su rostro se fundió en confusión, luego en un terror puro y absoluto. Abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido. Sus hombres se detuvieron, mirándolo, sus rostros reflejando el mismo pánico. La tierra bajo sus pies no se desmoronó. Se *compactó*. Las paredes del túnel no se cerraron. Se *fusionaron*. Alphonse y sus seguidores no fueron aplastados. Fueron absorbidos. Integrados en la roca, sus cuerpos y almas disueltos hasta convertirse en parte de la estructura misma del palacio. No hubo muerte. Solo... cesación. Un borrado violento y silencioso de la existencia.
La imagen se desvaneció.
Natalie se quedó sin aliento, no por el esfuerzo, sino por el horror indescriptible de lo que acababa de presenciar. No había sido una explosión. No había sido un derrumbe. Alphonse había sido *borrado*.
—Ya está —dijo Elys, con una nota de satisfacción final—. El ruido ha terminado. Ahora podemos empezar de verdad.
Se giró hacia ellos, y por un instante, la conciencia arrogante de la mujer en sus ojos se desvaneció, reemplazada por una frialdad antigua y calculadora. El poder la estaba cambiando, consumiendo la humanidad que una vez tuvo.
—Y ahora, por vosotros dos. Mi primer monumento. No os mataré. La muerte es una liberación. Os concederé una inmortalidad mucho más... elocuente.
Se acercó a Natalie. Natalie retrocedió, arrastrándose por el suelo, pero no había a dónde huir.
Elys se arrodilló a su lado. Su piel brillaba con una luz interna, cálida al tacto pero que helaba el alma. Con una delicadeza casi maternal, tocó la frente de Natalie.
Natalie gritó. No fue un grito de dolor, sino de aniquilación. Sintió su ser, sus recuerdos, su identidad, siendo arrancados de ella y vueltos a colocar, no como Elys había hecho con la Fuente, sino como un artesano que rompe un jarrón para rehacerlo al revés. Sus recuerdos de su padre se volvieron cariñosos. Sus dudas sobre sí mismas se convirtieron en una arrogancia despiadada. Su amor por Lysandro... eso fue lo que más le dolió. Fue transformado en desprecio. Una herramienta que había usado, un peón que había descartado.
Cuando Elys quitó la mano, Natalie yacía en el suelo, temblando. Pero sus ojos estaban secos. Se levantó, no con la dificultad de antes, sino con una nueva gracia. Miró a Lysandro, que la observaba con horror, y no había amor en su mirada. Solo un interés clínico, como el de un científico observando un espécimen.
—Ah, mucho mejor —dijo Elys, satisfecha—. Ahora, por ti, mi sombra leal.
Se giró hacia Lysandro. Él no retrocedió. Permaneció arrodillado, erguido, desafiantemente. Sus ojos se clavaron en los de Natalie, buscando un rastro de la mujer que amaba, encontrando solo a una extraña con su rostro.
—No tocarás a mi reina —dijo Lysandro, su voz un gruñido bajo y desesperado.
—Tu reina está muerta, pequeño cazador —dijo la nueva Natalie, su voz tan fría y afilada como el acero—. Yo soy tu soberana.
Elys rio.
—Qué lealtad tan conmovedora. Pero inútil. No te voy a rehacer. Eres perfecto tal como eres. Un recordatorio de lo que fue, de lo que no se debe volver a ser. Tu sufrimiento será tu propósito.
Levantó una mano, y Lysandro fue levantado del suelo por una fuerza invisible, colgando en el aire. No le hizo daño. Simplemente lo sostuvo allí, impotente.
—Te quedarás aquí —dijo Elys, mientras se acercaba a la pared de la cripta—. Serás mi guardián silencioso. Mi penitente. Sentirás cada latido de mi nuevo reino, cada suspiro de cada súbdito, y no podrás hacer nada al respecto. Vivirás para siempre, atrapado en tu propia impotencia, un espectador de mi gloria.
Con un gesto, la pared de la cripta se abrió. No se rompió. Se transformó, los símbolos y las runas de los antiguos reyes fluyendo y reformándose hasta crear una celda de luz sólida, una prisión que no era de metal ni de piedra, sino de voluntad pura.
Lanzó a Lysandro dentro. Cayó de rodillas, el golpe amortiguado por un suelo que no era del todo sólido. La prisión era silenciosa, invisible desde fuera, pero para él, era una jaula absoluta.
Elys y la nueva Natalie, la Reina Corazón de Hielo, se dieron la vuelta, su obra terminada. La cripta estaba ahora silenciosa, excepto por el susurro inaudible de un hombre atrapado, condenado a observar el amanecer de un nuevo orden desde el interior de su propio infierno personal. Su sacrificio no los había salvado. Les había dado el poder para crear su propio infierno en la tierra. Y él era su primer y último prisionero.