En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XXII. IRA.
El silencio en el subterráneo era tan denso que parecía pesar sobre todos. Sergei tenía la mano extendida.
—Luciam… —susurró otra vez.
Durante un instante imposible… La mano de Apocalipsis tembló. Lentamente… comenzó a levantarse. El agarre en el cuello de Danielle se aflojó.
Ella cayó al suelo con un golpe seco, jadeando, llevándose la mano a la herida mientras la sangre manchaba el piso.
—¡Mamá! —gritó Athenas.
La niña corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, abrazándola mientras Danielle intentaba mantenerse consciente.
Pero nadie más se movía. Todos miraban lo mismo. La mano de Apocalipsis… avanzando lentamente hacia la de su padre. Un movimiento torpe.
Como si su propio cuerpo no le perteneciera. Los dedos de Sergei temblaban.
—Eso es… —dijo con lágrimas cayendo—… hijo…
Estaban a centímetros. Solo unos centímetros. Entonces un sonido metálico rompió el momento. El intercomunicador de uno de los soldados caídos crepitó en el suelo.
Y una voz fría salió por el pequeño aparato.
—Maten al hombre.
Era Xavier. Apocalipsis giró la cabeza de golpe hacia el aparato.
—¡NO!
Su grito retumbó en todo el subterráneo. Pero ya era tarde. El disparo sonó seco y la bala atravesó el costado de Sergei. El impacto lo hizo retroceder un paso.
El tiempo pareció detenerse.
Sergei bajó la mirada hacia la sangre que empezaba a manchar su camisa. Luego volvió a mirar a su hijo. Sus ojos estaban llenos de dolor… Pero también de algo más.
Comprensión.
Su cuerpo empezó a caer, pero Apocalipsis lo atrapó antes de que tocara el suelo. Por primera vez desde que había llegado… Sus movimientos no eran calculados.
Eran instintivos.
—…Hijo… —susurró Sergei con el último hilo de voz.
La sangre escapaba entre sus dedos,Apocalipsis lo sostenía. Sus ojos azules brillaban con violencia.
—No… —murmuró.
Sergei levantó una mano temblorosa. La apoyó en el rostro de su hijo.
—Luciam… —susurró una última vez—... te encontré...
Los ojos del hombre se apagaron. La vida abandonó su mirada en cuestión de segundos.
Su mano cayó. Inerte.
El subterráneo quedó en silencio absoluto. Lesya soltó un grito desgarrador desde el fondo de la sala.
—¡¡SERGEI!!
Pero Apocalipsis no la escuchaba. Seguía arrodillado, con el cuerpo de su padre en brazos. Algo dentro de su mente… Se quebró.
Pequeños fragmentos de recuerdos comenzaron a aparecer.
Un niño corriendo en la nieve.
Un hombre levantándolo en brazos.
Una risa.
Una casa pequeña en Ucrania.
Una voz llamándolo desde la puerta.
Luciam.
Los ojos de Apocalipsis empezaron a temblar. Su respiración se volvió irregular. La furia crecía dentro de él como un volcán.
Entonces levantó lentamente la cabeza. Sus ojos brillaban más que nunca.
Pero ahora no miraban a Ares.
Ni a Danielle.
Miraban al pequeño intercomunicador en el suelo. La voz de Xavier volvió a escucharse.
—Apocalipsis. Continúe la misión.
El monstruo se puso de pie. Aún sosteniendo el cuerpo de Sergei y su voz salió baja. Oscura. Llena de algo nuevo.
—…Tú.
El intercomunicador crujió.
—El objetivo sigue siendo...
El aparato explotó en mil pedazos cuando Apocalipsis lo aplastó con la mente. Los escombros comenzaron a temblar. El metal se retorcía. Las paredes vibraban.
Todos sintieron la presión en el aire. Algo estaba cambiando. Algo mucho peor. Apocalipsis levantó lentamente la mirada.
Y por primera vez… Su voz no sonó como una máquina. Sonó como la de un hombre roto.
—Ahora voy por ti.
El silencio por la muerte de Sergei duró apenas unos segundos.
En el suelo, entre los restos del combate, uno de los radios militares volvió a encenderse con un chasquido.
—Control a todas las unidades… informen situación.
Un soldado, escondido detrás de un vehículo blindado destruido, miró la escena frente a él: Apocalipsis arrodillado con el cuerpo de Sergei en brazos… los ojos brillando… el aire vibrando.
El hombre tragó saliva y habló al micrófono con la voz temblando.
—Señor… Apocalipsis se ha rebelado.
Hubo unos segundos de silencio. Luego la voz de Xavier volvió.
Fría.
Calculadora.
—Entonces cambien la orden. —una pausa—.Eliminen a todos.
El soldado miró hacia la mansión destruida.
—¿A todos… señor?
—A todos. Excepto la niña —su voz se volvió más dura—. Tráiganme a Athenas.
El mensaje se transmitió inmediatamente a todas las tropas. Pero alguien más lo escuchó... Apocalipsis.
Lentamente levantó la cabeza. La sangre de su padre seguía en sus manos. Sus ojos azules ardían como si fueran fuego. Su respiración era pesada… animal. Entonces se levantó y todo el campo de batalla tembló.
—…¿La niña? —murmuró con una voz que parecía venir de algo mucho más oscuro.
Los soldados comenzaron a rodear la mansión destruida. Vehículos blindados. Helicópteros. Refuerzos llegando desde el cielo. Uno de los comandantes gritó:
—¡¡DISPAR...!!
No terminó la frase. Apocalipsis alzó ambas manos y el mundo explotó. Los vehículos blindados se elevaron del suelo como si fueran juguetes. Los helicópteros en el aire comenzaron a sacudirse violentamente.
El metal se dobló con un chillido infernal.
—¡¡RETIRADA!!
Demasiado tarde. Los vehículos fueron aplastados entre sí como latas. Los helicópteros se estrellaron contra el suelo en bolas de fuego. Soldados salieron despedidos por el aire. Otros fueron comprimidos contra el suelo por una fuerza invisible.
El campo se convirtió en una carnicería. Un baño de sangre. Dentro de la mansión destruida Ares vio lo que estaba pasando.
—Mierda…
Los refuerzos seguían llegando. Pero ahora Apocalipsis no distinguía entre aliados o enemigos. Solo destruía.
Athas apretó los puños. Sus ojos brillaron.
—No voy a dejar que se acerquen a Athenas.
El niño levantó ambas manos.
La tierra del jardín comenzó a romperse. Piedras, columnas caídas, pedazos de muro… todo se elevó en el aire y luego salieron disparados contra los soldados que intentaban rodear el lugar.
Camiones militares fueron arrojados como proyectiles. Athenas apareció a su lado. Sus ojos también brillaban.
—Andrea —dijo con urgencia—. Llévate a mamá.
Danielle estaba perdiendo sangre. Andrea y Conrad no discutieron. La tomaron rápidamente y comenzaron a llevarla hacia el interior del búnker.
Athenas se giró hacia el campo de batalla y entró en la mente de varios soldados a la vez.
—Suélten las armas. —los hombres obedecieron de inmediato—. Dispárense entre ustedes.
El sonido de disparos se volvió caótico. El ejército empezó a destruirse desde dentro. Pero Ares no estaba tranquilo.
Miraba a Apocalipsis. El monstruo se movía entre explosiones y escombros como una tormenta viviente. Aplastaba soldados contra el suelo. Retorcía helicópteros en el aire. Había perdido todo control.
—Está fuera de sí… —murmuró Ares.
No dudó más. Corrió hacia el campo de batalla.
—¡ATHAS! ¡ATHENAS! —sus hijos se giraron—. ¡No se acerquen demasiado a él!
Pero Ares ya estaba en medio del combate y Asziel apareció a su lado. El joven capo estaba cubierto de sangre… la herida del pecho ya casi cerrada.
Sus ojos brillaban con una energía nueva.
—Bueno… —dijo con una sonrisa torcida—. Supongo que esta noche nadie duerme.
Los dos avanzaron juntos. Ares y Asziel empezaron a derribar soldados que intentaban acercarse a los niños.
Athas seguía lanzando vehículos. Athenas controlaba mentes. Y en medio de todo… Apocalipsis.
El epicentro de la destrucción. Más refuerzos llegaban. Pero cada uno terminaba igual.
Aplastados.
Destrozados.
Convertidos en polvo.
La batalla duró minutos que parecieron horas.
Explosiones.
Disparos.
Metal retorciéndose.
Gritos.
Sangre.
Hasta que finalmente… Todo quedó en silencio. Los últimos helicópteros ardían en el suelo. Los vehículos eran montañas de chatarra. La mansión estaba reducida a ruinas.
El jardín era un campo de guerra. La noche cayó lentamente sobre el desastre. Entre el humo y los restos… Apocalipsis seguía de pie.
Respirando pesado.
Su pecho subía y bajaba lentamente.
Sus manos seguían manchadas con la sangre de su padre. Sus ojos azules brillaban en la oscuridad. Pero ya no eran solo fríos. Ahora estaban llenos de algo peor.
Odio.
Rencor.
Y una promesa silenciosa... Venganza.
El humo se levantaba lentamente sobre lo que alguna vez había sido la mansión. Ahora solo quedaban ruinas, vehículos aplastados, helicópteros ardiendo y cráteres en el jardín. El aire olía a metal quemado y pólvora.
Todos miraban alrededor en silencio. El desastre era total. Pero lo que realmente observaban… era a Apocalipsis. Nadie confiaba en él.
Ni Ares.
Ni Conrad.
Ni Andrea.
Ni siquiera Asziel.
El mutante estaba de pie entre los restos del campo de batalla, respirando lentamente, con la sangre de Sergei todavía en las manos.
Sus ojos azules seguían brillando en la oscuridad. Asziel soltó un quejido bajo. Aún tenía el cuchillo que le habían clavado antes
.
Se llevó la mano al pecho, lo agarró… y se lo arrancó de una vez. La hoja salió cubierta de sangre.
—Ugh… —gruñó, mirando la herida que ya empezaba a cerrarse—. Odio estas noches…
Lo lanzó al suelo.
En ese momento Athas corrió hacia su padre.
—¡Papá!
Ares lo atrapó enseguida. Lo levantó del suelo con fuerza y lo abrazó contra su pecho. El niño se aferró a su cuello. Ares cerró los ojos un segundo.
—¿Estás bien?
Athas asintió, todavía agitado.
—Sí…
Ares lo dejó en el suelo nuevamente, pero mantuvo una mano en su hombro. Entonces Athenas comenzó a caminar hacia ellos. La niña parecía agotada. Había usado demasiado poder. Sus pasos eran lentos.
Uno…
Dos…
Pero al tercero se tambaleó.Sus piernas cedieron.
—Athenas… —dijo Danielle débilmente desde el interior del búnker.
La niña intentó mantenerse en pie. Pero no pudo. Su pequeño cuerpo se desplomó hacia adelante. Ares reaccionó de inmediato.
—¡ATHENAS!
Corrió hacia ella. Pero alguien llegó primero. Un movimiento rápido... Apocalipsis. El mutante se inclinó y la atrapó antes de que golpeara el suelo.
La sostuvo con cuidado en sus brazos. El contraste era extraño. Las mismas manos que habían aplastado helicópteros… Ahora sostenían a una niña inconsciente. Ares se detuvo frente a él.
Tenso.Listo para reaccionar.
—Suéltala.
Apocalipsis no respondió de inmediato. Miró el rostro pálido de Athenas. Su respiración era débil. Había gastado demasiado poder entrando en su mente.
Sus ojos azules parpadearon un instante. Luego levantó la mirada hacia Ares.
—Está agotada.
Su voz era baja.
Sin rabia.
Sin amenaza.
Solo un hecho.
Ares extendió los brazos.
—Dámela.
Por un momento nadie respiró. Apocalipsis observó a la niña otra vez. Luego… la entregó. Ares la tomó con cuidado.
La abrazó contra su pecho como si fuera lo más frágil del mundo. Athas se acercó de inmediato.
—¿Está bien?
Ares revisó su pulso.
Su respiración.Exhaló lentamente.
—Sí… —miró a Apocalipsis con desconfianza—. Solo está cansada.
El silencio volvió a caer sobre el campo destruido. Apocalipsis se quedó de pie entre los restos del ejército que había aniquilado.
A unos metros… Lesya lloraba sobre el cuerpo de Sergei. El mutante miró esa escena. Sus ojos brillaron otra vez. Pero esta vez no era furia... Era algo más profundo.
Más oscuro. La guerra contra Xavier y Gerald… ahora era personal.
...----------------...
Los días siguientes cambiaron el mundo. Las imágenes del ataque comenzaron a circular por todas partes.
Noticias urgentes.
Videos grabados por drones militares.
Civiles que habían visto helicópteros caer del cielo.
Vehículos blindados aplastados como si fueran de papel.
Los canales repetían las mismas palabras una y otra vez:
“Individuos con capacidades sobrehumanas.”
“Mutaciones confirmadas.”
“Evento militar sin precedentes.”
Gobiernos exigían respuestas. Ejércitos estaban en alerta. El mundo entero estaba alterado. Porque ahora era evidente algo que antes solo se sospechaba. Había personas sueltas en el planeta… demasiado poderosas para él.
Muy lejos de todo eso… En una isla privada de Asziel escondida en el Mediterráneo, el ambiente era completamente distinto.
Silencio.
Mar azul oscuro rodeando los acantilados. Una mansión moderna protegida por sistemas de seguridad invisibles al mundo. Allí estaban todos.
Refugiados.
Recuperándose.
Esperando.
En una de las habitaciones, Athenas seguía acostada en una cama blanca. Respiraba tranquila. Pero no despertaba.
No era coma.
No era daño.
Era como si su mente… hubiera decidido tomarse un descanso consciente.
Había usado demasiado poder. Demasiadas mentes. Demasiadas emociones. Conrad había sido claro.
—Su cerebro está protegiéndose.
Andrea lo había mirado preocupada.
—¿Cuándo despertará?
Conrad se encogió de hombros.
—Cuando esté lista. —pero su tono era tranquilo—. Va a estar bien.
En otro sector de la casa… Ares y Danielle estaban frente a una gran ventana que daba al jardín de la isla. El sol del Mediterráneo iluminaba el pasto verde y las palmeras moviéndose con el viento.
Allí afuera… Luciam estaba sentado. Ya no llevaba armadura ni uniforme. Solo ropa simple.
A su lado estaba Lesya. La mujer sostenía sus manos mientras hablaban en voz baja. La pérdida de Sergei aún pesaba demasiado. El dolor seguía visible en su rostro.
Pero también había algo nuevo. Después de tantos años… Había recuperado una parte de su hijo. Luciam escuchaba en silencio.
A veces respondía. A veces simplemente miraba el mar. Dentro de la casa… Danielle cruzó los brazos. Sus ojos seguían a Luciam desde la ventana.
—No me gusta.
Ares no respondió de inmediato. Ella continuó.
—No me gusta que ese chico esté aquí.
El silencio duró unos segundos. Ares seguía observando el jardín.
—No es un chico cualquiera.
—Exacto —respondió Danielle. —su voz era dura—. Ese mismo “chico” casi nos mata a todos.
Ares suspiró.
—También salvó a Athenas.
—Después de intentar llevársela. —dijo ella.
Ares no discutió eso. Porque era cierto. Los dos se quedaron mirando hacia afuera. Luciam levantó la vista por un momento.
Como si hubiera sentido que lo observaban. Sus ojos azules se encontraron con los de Ares a través del vidrio. La mirada duró apenas un segundo. Luego Luciam volvió a mirar el mar.
Danielle habló en voz baja.
—Ese poder no desapareció.
—Lo sé.
—Y el odio tampoco.
Ares la miró. Danielle tenía razón en algo.
Habían visto lo que podía hacer. Habían visto lo que se desató cuando perdió el control. Ares volvió a mirar el jardín.
—Por ahora está aquí por su madre.
Danielle negó suavemente.
—No. —volvió a cruzar los brazos—. Está aquí por Athenas.
Y en otra habitación de la casa… La pequeña Athenas, aún dormida… movió ligeramente los dedos. Como si su mente estuviera empezando a regresar.
...----------------...
La nueva sala de operaciones de la isla era incluso más avanzada que la del antiguo refugio.
Pantallas gigantes cubrían las paredes.
Mapas satelitales.
Alertas militares.
Canales de noticias de todo el mundo transmitiendo sin parar. Titulares rojos aparecían cada pocos minutos:
“Seres con habilidades sobrehumanas.”
“Ataque masivo a fuerzas militares.”
“¿Nueva era para la humanidad?”
En el centro de la sala estaban reunidos todos. Ares, Danielle, Conrad, Andrea, Asziel, Athas, varios técnicos del clan… y a unos metros de distancia, separado del grupo… Luciam.
O como el mundo empezaba a llamarlo ahora: Apocalipsis.
Nadie lo perdía de vista. Ni siquiera cuando fingían mirar otra cosa. Conrad estaba frente a una de las consolas, siguiendo las noticias que hablaban de ellos.
—Los gobiernos están en pánico —murmuró—. Especialmente por ustedes tres.
Señaló tres imágenes en pantalla:
Ares.
Danielle.
Apocalipsis.
—Nos llaman “anomalías de nivel estratégico”.
Asziel resopló.
—Qué halagador.
A un costado, Andrea analizaba escaneos cerebrales en otra pantalla. Imágenes tridimensionales de Athas y Athenas giraban lentamente.
Las neuronas aparecían como redes de luz. Andrea fruncía el ceño.
—Athas evolucionó… pero dentro de parámetros que aún puedo entender.
Amplió la imagen de Athenas. La red neuronal era mucho más compleja. Mucho más densa.
—Pero esto… —negó con la cabeza—. Esto es otra cosa.
Conrad miró la pantalla.
—¿Qué significa?
Andrea respondió sin apartar la vista.
—Que el cerebro de Athenas funciona en niveles que ni siquiera sabemos medir.
El silencio se extendió en la sala. Mientras tanto, nadie dejaba de observar a Luciam. El joven estaba apoyado contra una pared.
Tranquilo.
Callado.
Como si nada de aquello tuviera que ver con él. Eso inquietaba aún más. Finalmente Asziel rompió el silencio. Se recostó contra una mesa.
—Bueno… —miró directamente a Luciam—. Creo que
todos estamos pensando lo mismo.
Varias miradas se cruzaron. Asziel levantó una ceja.
—¿Cómo demonios te regeneras tan rápido?
La sala quedó en silencio. Luciam levantó la mirada. Primero miró a Asziel. Luego al resto.
Notó la desconfianza en todos los rostros. No dijo nada. Solo dio unos pasos hacia el centro de la sala y empezó a quitarse la camisa.
Danielle frunció el ceño. Ares observó en silencio. Cuando la tela cayó al suelo… Todos entendieron por qué había respondido así. El torso de Luciam estaba cubierto de cicatrices.
Docenas.
Cortes quirúrgicos.
Marcas profundas en el pecho.
En los costados.
En los hombros.
Incluso cicatrices que subían por el cuello.
No eran heridas de combate. Eran marcas de experimentos. Lesya llevó ambas manos a su boca.
—Dios…
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Porque sabía exactamente de dónde venían.
Laboratorios.
Mesas quirúrgicas.
Años de tortura.
Nadie dijo nada durante varios segundos. Finalmente Luciam habló, su voz era tranquila. Sin emoción
—Me alteraron para resistir cualquier tipo de daño. —pasó una mano por una de las cicatrices del pecho—. Balas. Explosiones. Radiación. Veneno.
Levantó la mirada hacia ellos. Sus ojos azules brillaban ligeramente.
—Incluso… —hizo una pequeña pausa—…el tiempo.
La frase quedó flotando en el aire.
Asziel frunció el ceño.
—¿El tiempo?
Luciam respondió con la misma calma.
—Mi cuerpo se regenera constantemente. Las células no envejecen. No se degradan.
La comprensión comenzó a aparecer en los rostros. Ares fue el primero en decirlo en voz alta.
—Te hicieron inmortal.
Luciam lo miró y asintió una sola vez.
—Sí.
El silencio volvió a llenar la sala. Porque todos entendían lo que eso significaba. Un hombre con ese poder… no solo era peligroso.
Era imposible de detener.
Luciam volvió a ponerse la camisa con movimientos tranquilos, como si lo que acababa de mostrar no hubiera sido nada extraordinario.
Pero el ambiente en la sala de operaciones había cambiado. Las imágenes de todas esas cicatrices seguían en la mente de todos.
Experimentos.
Años de tortura.
Un hombre diseñado para no morir.
En una de las consolas, Andrea se mordía la uña mirando las pantallas del cerebro de Athenas que aún giraban lentamente. La psicológa miraba de reojo a Luciam.
Se inclinó un poco hacia Danielle y le susurró en voz baja:
—Tu hija es muy afortunada…
Danielle la miró de reojo. Andrea levantó una ceja, medio divertida, medio incrédula.
—¿De verdad mi sobrina iba a comerse todo ese hombre en algún momento?
Danielle soltó un pequeño resoplido. Negó con la cabeza.
—No empieces.
Andrea sonrió apenas y volvió a la pantalla. Mientras tanto, en el centro de la sala, todos hablaban a la vez.
Conrad discutía con Asziel sobre la seguridad de la isla.
Athas hacía preguntas sobre los satélites. Ares escuchaba todo con atención.
Y Luciam estaba un poco apartado del grupo. Observando. Callado.
A veces corregía algún dato técnico. A veces solo miraba las pantallas. Como si analizara todo constantemente.
De repente… Algo tiró suavemente de su mente. Una sensación leve. Pero inconfundible.
Luciam se quedó quieto. Sus ojos se movieron hacia la puerta de la sala. Todos siguieron hablando durante unos segundos más… hasta que escucharon su voz.
—Despertó.
Ares levantó la cabeza de inmediato. Su cuerpo se tensó instintivamente.
—¿Quién?
Luciam ni siquiera lo miró. Seguía observando la puerta.
—Athenas.
Durante un segundo nadie se movió. Luego todo ocurrió a la vez. Ares salió casi corriendo hacia el pasillo. Danielle lo siguió inmediatamente. Athas también.
Andrea apagó su consola de un golpe y fue detrás. Conrad caminó rápido tras ellos. Asziel se quedó un momento mirando a Luciam.
—¿Cómo lo sabes?
Luciam lo miró apenas.
—Lo sentí.
Asziel lo estudió unos segundos más. Luego sonrió de lado.
—Claro que sí.
Y salió también hacia el pasillo. Luciam fue el último en moverse. Caminó hacia la puerta con calma. Porque la sensación en su mente seguía allí.
Esa presencia pequeña… pero increíblemente poderosa. Athenas estaba despierta.
Después de comprobar que Athenas estaba bien —solo débil, pero despierta y consciente— todos volvieron a la sala de operaciones.
El ambiente seguía siendo tenso, pero ahora había algo de alivio. Las pantallas volvieron a llenarse con datos.
Escaneos cerebrales.
Modelos celulares.
Lecturas energéticas.
Ares se paró frente a la mesa central junto a Conrad.
—Bien —dijo Ares—. Vamos a ordenar lo que sabemos.
En la pantalla apareció el modelo cerebral de Athas.
Una red neuronal densa, pero aún reconocible para la ciencia.
Conrad señaló varias zonas activas.
—El cerebro de Athas funciona como un amplificador neurológico. —movió algunos controles—. Su corteza frontal genera impulsos electromagnéticos anormalmente potentes que pueden interactuar con campos físicos.
Athas levantó una ceja.
—En palabras simples.
Ares respondió.
—Tu mente empuja cosas.
—Mucho.
Athas sonrió satisfecho. Luego la pantalla cambió. Ahora aparecieron datos biológicos de Apocalipsis.
Conrad suspiró.
—Lo que hicieron contigo es otra cosa completamente distinta. —mostró gráficos celulares—.Regeneración constante. Reparación inmediata del ADN. Células que no sufren degradación temporal.
Ares cruzó los brazos.
—Tu cuerpo se corrige a sí mismo todo el tiempo.
Asziel silbó.
—Un sistema de mantenimiento eterno.
Luciam no reaccionó. Solo observaba. Entonces Andrea avanzó junto a Danielle.
—Ahora lo complicado.
La pantalla cambió otra vez. El cerebro de Athenas apareció girando lentamente. La diferencia era obvia.
Más conexiones.
Más actividad.
Más… todo.
Andrea habló primero.
—El cerebro de Athenas no solo es más complejo. —ampliaron una zona—. Se reorganiza constantemente.
Danielle señaló nuevas conexiones formándose en tiempo real.
—Cada vez que usa sus habilidades crea rutas neuronales nuevas.
Conrad frunció el ceño.
—¿Como aprendizaje acelerado?
Andrea negó.
—Más que eso. —miro el holograma—.Es evolución en tiempo real.
Ares miró la pantalla con atención.
—¿Podemos replicarlo?
Danielle respondió de inmediato.
—No.
Andrea añadió:
—Ni siquiera entendemos el mecanismo completo. —señaló una sección particularmente activa—. Su mente puede entrar en otras conciencias, manipular percepciones, alterar procesos cognitivos…
Athas levantó la mano.
—Básicamente es una jefa mental.
Danielle sonrió un poco.
—Algo así. —pero su sonrisa desapareció rápido—. Y sigue evolucionando.
El silencio volvió a la sala. Entonces Ares dio unos pasos hacia Luciam. Asziel lo acompañó. El mutante de dos metros los observó con una ceja arqueada.
—Si quieren pelear —dijo con calma— puedo con los dos.
Asziel sonrió.
—Oh, yo también quiero probar eso.
Pero Ares levantó una mano.
—No. —miró directamente a Luciam—. Solo quiero saber algo.
Luciam esperó. Ares inclinó la cabeza.
—¿Cómo supiste que mi hija había despertado?
Un silencio breve cayó en la sala. Luciam los miró a ambos. Luego caminó unos pasos hacia la pantalla donde giraba el cerebro de Athenas.
Se quedó observándolo.
—La primera vez que entró en mi mente... —su voz era tranquila—. Cuando salió… —hizo una pausa—. Dejó algo.
Todos lo miraban ahora. Luciam señaló la imagen.
—Un rastro. Muy pequeño. Invisible.
Conrad frunció el ceño.
—¿Una conexión psíquica?
Luciam negó levemente.
—Más bien… —buscó las palabras—. Un eco de su conciencia.
Danielle se tensó.
—¿Ella lo hizo a propósito?
—No. —Luciam siguió mirando el modelo cerebral—. Pero mi mente lo detectó y lo asoció, como si fuera… una referencia.
Andrea habló despacio.
—¿Una sincronización?
Luciam asintió una vez.
—Sin que nadie se diera cuenta… —levantó la mirada hacia Ares—. Mi mente se conectó a la suya.
Athas parpadeó.
—¿Eso significa…?
Luciam terminó la frase con absoluta calma.
—Que siempre puedo sentirla.
El silencio en la sala se volvió más pesado. Ares lo observó fijamente, porque aquello significaba algo enorme. Apocalipsis estaba ligado mentalmente a su hija y que nadie sabía realmente qué implicaciones tendría eso.
El silencio que había dejado la explicación sobre Athenas duró unos segundos más.
Luego Ares se aclaró la garganta y cambió la pantalla.
Ahora apareció un escaneo biológico distinto.
—Bien —dijo—. Falta hablar de otro experimento que hicimos… sin mucha planificación.
Las miradas se movieron hacia Asziel. El capo levantó las manos con una sonrisa.
—Ey, yo no pedí ser conejillo de laboratorio.
Conrad amplió la imagen celular.
—Cuando Asziel fue herido… estaba muriendo. —señaló una zona oscura en la simulación—. Ares le inyectó una muestra de su propio suero experimental. Algo que habíamos estado desarrollando para estimular regeneración celular extrema.
Asziel apoyó un codo en la mesa.
—Traducción: me metieron algo raro en las venas porque me estaba desangrando.
Ares continuó.
—El problema es que el suero reaccionó con su biología de una forma que no esperábamos.
Conrad cambió el gráfico. Las células de Asziel aparecieron regenerándose a gran velocidad.
—No es inmortalidad —aclaró—. Pero su cuerpo ahora tiene una capacidad de recuperación absurda.
Andrea añadió:
—También aumentó su fuerza y resistencia. Todavía estamos midiendo cuánto.
Asziel miró la pantalla unos segundos.
—Bueno… al menos ahora tengo una excusa médica para meterme en peleas.
Entonces se giró lentamente hacia Luciam y apareció esa sonrisa ladina que siempre tenía cuando iba a decir algo problemático.
—Ya que hablamos de biología…
Luciam lo miró sin cambiar la expresión.
—¿Qué?
Asziel inclinó la cabeza, estudiándolo.
—Tengo curiosidad.
Ares ya estaba negando con la cabeza antes de que terminara.
—No lo hagas.
Pero Asziel ignoró completamente la advertencia.
—Con todo lo que te hicieron… —continuó— ¿qué tan humano sigues siendo?
Luciam lo observó en silencio. Asziel cruzó los brazos.
—Quiero decir… ¿todavía sientes cosas de humano?
Danielle cerró los ojos un segundo.
—Oh no…
Ares se pasó la mano por la cara.
—Asziel…
Pero el capo ya estaba completamente metido en su propia provocación. Señaló vagamente hacia abajo con un gesto exageradamente sugerente.
—Porque, ya sabes… con todas esas mejoras… ¿algo sigue funcionando ahí abajo o los científicos también lo reemplazaron?
Athas se atragantó con el aire. Andrea se quedó mirando el techo. Danielle se llevó una mano a la frente.
—No puedo creer que estés preguntando eso.
Luciam avanzó un paso. El ambiente cambió de inmediato, sus ojos azules se clavaron en Asziel.
—¿Por qué no lo compruebas tú mismo?
El silencio se volvió denso por un segundo. Luego Asziel soltó una carcajada. Se apoyó en la mesa.
—¿Ves? —dijo entre risas—. Eso confirma que todavía eres bastante humano.
Luciam no respondió. Pero tampoco parecía molesto, Asziel negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Sabes… considerando que hace unos días casi me matas… —se encogió de hombros—. Me empiezas a caer bien.
Ares soltó un suspiro largo.
—Dios… voy a necesitar otra base secreta. Una más silenciosa.
Ares le dio un golpe seco en el brazo a Asziel.
—Ya basta.
El capo exageró el impacto llevándose la mano al hombro.
—¡Ey!
—Deja de provocar a este... algo —gruñó Ares.
Asziel levantó ambas manos en señal de rendición.
—Tranquilo, general. —luego sonrió otra vez con ese aire provocador—. Solo intento entender la situación.
Ares entrecerró los ojos.
—¿Qué situación?
Asziel miró alrededor de la sala… y luego volvió a mirar a Luciam.
—La de su futuro bastante comprometedor con cierta persona que todos conocemos.
Varias miradas se cruzaron. Danielle resopló.
—Asziel…
Pero Luciam habló antes de que la conversación siguiera. Su voz fue simple. Directa.
—Eso no va a pasar.
La sala quedó en silencio. Athas levantó una ceja. Andrea miró a Danielle. Ares cruzó los brazos.
—¿Qué no va a pasar?
Luciam no dudó.
—Nada de eso. —sus ojos recorrieron la sala lentamente—. Cuando elimine a Xavier y a Gerald… —hizo una pequeña pausa—. Me iré.
El silencio se volvió pesado.
—Para siempre.
Lesya levantó la cabeza de inmediato.
—No.
Su voz fue suave… pero firme. Todos la miraron. La mujer se acercó un poco a su hijo. Sus ojos aún tenían el dolor reciente de Sergei.
—Me niego a perderte otra vez.
Luciam la observó en silencio. Durante unos segundos no dijo nada. Luego respondió con calma.
—No voy a dejarte sola.
Lesya respiró un poco más tranquila. Pero él continuó.
—Pero tampoco puedo quedarme en un solo lugar.
La mujer frunció el ceño.
Luciam señaló su propio pecho.
—No envejezco. —miró a los demás—. La gente empieza a notar esas cosas.
Conrad asintió lentamente.
—Con el tiempo levantarías sospechas. —Luciam continuó—.Cada década. Cada generación. Las preguntas empezarían.
Sus ojos se movieron hacia Lesya otra vez.
—Si me quedo… —su voz bajó apenas—…te pondría en peligro.
Lesya lo miró largo rato.
Dolor.
Orgullo.
Tristeza.
Todo mezclado. Finalmente susurró:
—Entonces encontraremos la forma.
La sala quedó en silencio otra vez. Pero esta vez Ares observaba a Luciam con atención. Porque había notado algo. Luciam había dicho que se iría… después de eliminar a Xavier y Gerald.
No tardes