Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 24
Camila
Paola tardó unos minutos en calmar su llanto. Seguía recostada contra Nicolás, respirando con dificultad, como si cada recuerdo le doliera físicamente. Morelia le acercó el vaso de agua, y ella bebió un poco antes de comenzar a hablar.
—Desde hace un tiempo… mi jefe, el dueño de la fábrica donde yo trabajaba, comenzó a comportarse de forma extraña conmigo… —dijo con la voz temblorosa—. Se ofrecía a llevarme a casa… me invitaba a cenar… cosas así. Siempre me negué. Pensé que perdería el interés cuando entendiera que yo no tenía las mismas intenciones.
Hizo una pausa, apretando el vaso entre sus manos.
—Pero ese día… tuve que quedarme trabajando hasta más tarde de lo normal para terminar unos pendientes… Ya era de noche cuando me estaba yendo… y entonces él…
Su voz se quebró. Nicolás apretó suavemente su hombro, dándole ánimo para continuar.
—Aprovechó que ya no quedaba nadie más e intentó forzarme —susurró—. Yo me defendí… lo abofeteé… y entonces él se puso violento y comenzó a golpearme…
Sentí cómo la indignación me subía por el pecho mientras observaba los moretones en sus brazos, el labio lastimado, los rasguños en su cuello.
—Antes de que me fuera… me amenazó —continuó—. Me dijo que ni se me ocurriera denunciarlo… que me arrepentiría toda la vida si lo delataba o si le contaba a alguien lo que pasó. Y que... tarde o temprano, él conseguiría lo que quería.
Morelia cerró los ojos con dolor. Valeria apretó los labios con evidente rabia.
—Llegué a casa… —siguió Paola—. Mi madre estaba aterrada cuando me vio. Me dijo que el pueblo ya no era seguro para mí después de lo ocurrido… y fue entonces cuando decidimos que sería una buena opción venir a la ciudad… con mi madrina.
La miré, sintiendo una profunda compasión.
—Hiciste muy bien —le dije con firmeza—. Aquí estarás a salvo. Entre todos vamos a cuidarte. Ese hombre no podrá hacerte daño aquí.
Paola me miró con los ojos llenos de lágrimas, asintiendo lentamente.
El silencio se instaló unos segundos en la sala. Poco a poco, Paola comenzó a calmarse. Su respiración se volvió más estable, aunque su cuerpo aún temblaba levemente.
La noche avanzaba rápido. Nicolás y yo nos preparábamos para ir a casa.
Pero de pronto, Paola miró a Nicolás con expresión suplicante.
—¿Podrías quedarte esta noche aquí… por favor?
Nicolás se quedó inmóvil, sorprendido por la petición. Noté cómo sus ojos se movieron de inmediato hacia mí, buscando mi reacción.
Sentí un leve sobresalto en el pecho, pero mantuve la calma.
—Paola… Lo siento —comenzó él con suavidad—. Nosotros debemos regresar a nuestra casa. Con nuestro hijo.
Paola pareció darse cuenta de lo que había pedido. Bajó la mirada de inmediato.
—Claro… lo entiendo… lo siento mucho —dijo apresuradamente—. Yo solo... estoy tan asustada que… pensé que tu presencia me haría sentir más segura… pero no te preocupes… estaremos bien.
Morelia intervino con tono protector.
—Sí, hija, no te preocupes. Esta casa es segura. Aquí nadie va a entrar. Valeria y yo estaremos contigo.
Me acerqué un poco más, tratando de transmitirle tranquilidad.
—Si quieres, para que te sientas más protegida, puedo llamar a algunos guardias de mi abuelo para que vigilen la entrada.
Morelia negó suavemente con la cabeza.
—No, Camila, hija, no es necesario. Te aseguro que con solo hacer un mínimo ruido, nuestros vecinos vendrán a ayudarnos. Tenemos una comunidad muy solidaria.
Asentí, respetando su decisión.
Poco después, Nicolás y yo nos despedimos. Valeria acompañó a Paola hacia una de las habitaciones, mientras Morelia nos llevó hasta la puerta.
—Iremos en tu auto. Mañana temprano vendré por el mío — dijo Nicolás cuando salimos de la casa.
Solo asentí.
Mientras caminábamos hacia el automóvil, no pude evitar mirar una última vez hacia la ventana iluminada de la sala.
Sentía tristeza por lo que Paola había vivido… una profunda indignación por la violencia que había sufrido… y, al mismo tiempo, una sensación extraña que no lograba definir.
Sacudí ese pensamiento de mi mente. Esa noche, lo único importante era que ella estuviera a salvo.
Cuando llegamos a casa, noté a Nicolás preocupado, pensativo.
Se movía con lentitud, en silencio, como si su mente siguiera atrapada en lo que habíamos escuchado en casa de su madre. Sus hombros estaban tensos y su mirada parecía perdida en algún punto que yo no podía alcanzar.
Lo observé unos segundos como avanzaba mientras yo cerraba la puerta de casa, dudando si hablar o dejarlo procesar todo a su manera. Pero verlo así me inquietaba.
Fue hasta la sala y se dejó caer en el sillón.
Me acerqué despacio y posé una mano sobre su hombro.
—Quedaste muy preocupado por Paola ¿Verdad? —pregunté con suavidad.
Nicolás exhaló lentamente, como si recién en ese momento recordara respirar.
—Sé que es alguien importante para ti —continué—. Es tu amiga de la infancia… pero no te preocupes. Ella estará bien.
Él giró ligeramente la cabeza hacia mí. Su expresión se suavizó apenas.
—Gracias… —murmuró—. De verdad.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar, como si estuviera ordenando recuerdos que pesaban demasiado.
—Cuando yo era niño… —dijo finalmente—. Ese señor, el señor Castaña, algunas veces salía a cazar o a pescar con mi padre. Yo los acompañaba.
Su mirada se volvió distante, teñida de nostalgia.
—Parecía un hombre tan correcto… tan honesto… No puedo creer que le haya hecho eso a Paola.
Apreté suavemente su hombro, intentando transmitirle calma.
—A veces… nunca terminamos de conocer realmente a las personas —respondí en voz baja.
Él asintió lentamente, aunque no parecía completamente convencido. Sabía que estaba dolido… no solo por lo que Paola había sufrido, sino por la ruptura de una imagen que tenía sobre ese señor.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no resultó incómodo.
—Vamos a ver a Alvarito —dije finalmente, tratando de aliviar el ambiente. — Tamara envió un mensaje avisando que ya se durmió.
Nicolás asintió.
Entramos al cuarto del niño con cuidado. La luz tenue del velador iluminaba su carita dormida, tranquila, ajena a todo.
Nicolás se inclinó primero y besó su frente con ternura. Luego yo hice lo mismo, acomodando suavemente la manta sobre su pecho.
Por un momento, verlo así, dormido, nos devolvió un poco de paz.
Salimos del cuarto en silencio y nos dirigimos a nuestra habitación. La rutina de prepararnos para dormir transcurrió casi sin palabras, pero con una cercanía silenciosa que decía más que cualquier conversación.
Cuando me acosté junto a él, sentí cómo Nicolás me buscó entre las sábanas. Me tomó contra su pecho con una suavidad que me sacudió el corazón.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero permanecimos así, en silencio, compartiendo el peso del día… y la tranquilidad de saber que estábamos juntos.