Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Mi prometida
Como cada mañana, salió al jardín.
Le gustaban las flores. Había comenzado a cultivar algunas personalmente.
Regó las plantas y pidió que el desayuno fuera servido allí.
Cuando terminó de comer, se quedó mirando el cielo.
—Hoy está demasiado bonito…
—Veo que ya está vestida.
La voz detrás de ella la hizo girarse de golpe.
Noah.
Su cara se puso roja al instante.
—¿Qué… qué hace aquí?
—Vine por usted.
Se acercó.
—Quiero que me acompañe a la ciudad.
Raeliana parpadeó.
Desde que llegó, no había salido del ducado.
—Claro… ¿cuándo?
—Ahora.
Le tomó la mano sin pedir permiso.
La condujo al carruaje y la ayudó a subir.
Se sentaron frente a frente.
La ciudad estaba animada.
Entraron primero a una joyería elegante.
Noah habló con el dueño y luego volvió con una pequeña caja.
Dentro, un delicado adorno brillaba bajo la luz.
—Es para usted. Un regalo de compromiso.
Raeliana se quedó inmóvil.
—Es… demasiado.
—No lo es.
Ella lo aceptó con cuidado.
Al salir, pasaron frente a una tienda de postres.
Raeliana se detuvo.
Miraba la vitrina con ojos brillantes.
Noah lo notó.
—¿Quiere entrar?
—¿Podemos?
Pidió uno de cada tipo.
Se sentó y empezó a comer sin ninguna elegancia… pero con una felicidad genuina.
Sus ojos brillaban.
—Esto… es felicidad.
Noah la observaba en silencio.
—Veo que le gustan mucho los dulces.
—Son mis favoritos.
Comió otro trozo de pastel de fresas con entusiasmo.
Noah pensó, ligeramente desconcertado:
¿Cómo puede comer tanto en un cuerpo tan pequeño…?
Pero no apartó la mirada.
Porque verla así… relajada, feliz y sin defensas… le resultaba peligrosamente encantador.
La recepción en la ciudad estaba llena de nobles.
Abanicos. Joyas. Sonrisas falsas.
Raeliana permanecía junto a Noah, impecable, serena.
Pero sentía las miradas.
Todas.
—Esa es la futura duquesa… —Dicen que entrena con espada… —Qué poco apropiado…
Raeliana fingió no escuchar.
Estoy acostumbrada.
Entonces una voz sonó más alto de lo necesario.
—Algunas mujeres confunden comportarse como caballero con tener valor.
Risas suaves.
Raeliana giró apenas la cabeza.
La noble la miraba con desprecio disimulado.
Ah. Una de esas.
Noah dejó su copa sobre la mesa.
El sonido fue pequeño.
Pero el salón entero quedó en silencio.
—¿Tiene algún problema con eso?
Su voz era baja. Fría.
La mujer palideció.
—Su excelencia… yo no…
Noah dio un paso hacia ella.
—Entonces cuide su lengua.
Pausa.
—Está hablando de mi prometida.
El aire se volvió pesado.
La noble inclinó la cabeza, temblando.
—Mis disculpas…
Noah ya no la miraba.
Su atención estaba en Raeliana.
—¿Está bien?
Raeliana parpadeó.
Nadie… nunca…
—Sí, su excelencia.
Su mirada se endureció apenas.
—No permita que nadie la incomode.
El corazón de Raeliana latió más fuerte.
¿Por qué… se siente así?
Marta irrumpió en el jardín casi sin aliento.
—¡Mi lady…!
Raeliana levantó la vista de las flores.
—¿Qué ocurre?
—Han llegado carruajes… muchos…
Frunció el ceño.
Caminaron hasta la entrada.
Cajas. Grandes. Pequeñas. Docenas.
—¿Qué es esto?
Los sirvientes abrieron una.
Flores.
Otra.
Más flores.
Otra.
Demasiadas flores.
Raeliana parpadeó.
—¿…Todo esto es para mí?
Marta asintió, atónita.
—Vienen del duque.
Su pecho se tensó.
Abrió la pequeña tarjeta.
“No sabía cuáles prefiere.”
Silencio.
Es… ridículo.
Ridículamente dulce.
—Mi lady… —susurró Marta— creo que su excelencia está enamorado.
Raeliana cerró la tarjeta de golpe.
—No digas tonterías.
Pero sus mejillas estaban rojas.