Sin spoiled
NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23
Narrador: Mateo Ubicación: Barrio San Lorenzo / Apartamento de Leo / La Barricada Norte
El sonido no era humano. Era mecánico, rítmico y venía del cielo.
Tup-tup-tup-tup-tup.
Los drones volaban bajo, rozando los cables de la luz que ya no llevaban electricidad. Eran negros, parecidos a insectos gigantes, y soltaban una lluvia de papeles blancos que caían sobre las calles de San Lorenzo como nieve sucia.
Estaba en la azotea con Leo y Clara. El sol del mediodía caía a plomo. Hacía treinta y cinco grados y no había agua corriente desde hacía doce horas.
Leo atrapó uno de los papeles en el aire antes de que tocara el suelo. Lo leyó y vi cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula. Arrugó el papel con rabia y lo tiró al suelo.
Me agaché y lo recogí. Era un diseño simple. Letras rojas sobre fondo blanco. El logo del Gobierno y, más pequeño, el de la Policía Nacional.
ULTIMÁTUM A LOS VECINOS DE SAN LORENZO
Ciudadanos: Su comunidad ha sido secuestrada por elementos radicales. La falta de servicios básicos es consecuencia de la obstrucción de las vías públicas. El Gobierno ofrece una AMNISTÍA TOTAL a todos los residentes que despejen las barricadas y colaboren con las autoridades. Entreguen a los agitadores LEONARDO CANDELARIO y MATEO VELÁZQUEZ antes de las 12:00 PM de mañana. Si se cumple, el suministro de agua y luz se restablecerá inmediatamente. No habrá cargos criminales para los vecinos. Si no se cumple, el Ejército intervendrá para restaurar el orden.
EL RELOJ CORRE.
—Hijos de puta —dijo Clara, tecleando furiosamente en su portátil, que funcionaba gracias a un generador solar portátil—. Es guerra psicológica de manual. "Divide y vencerás". Nos están matando de sed y luego nos ofrecen un vaso de agua a cambio de vuestras cabezas.
Leo caminó hacia el borde de la azotea. Miró hacia abajo. Las calles, que ayer eran un festival de pintura y música, ahora estaban extrañamente silenciosas. La basura empezaba a acumularse en las esquinas porque los camiones de saneamiento no podían (o no querían) entrar.
—¿Ves eso? —señaló Leo—. La gente está recogiendo los papeles. Los están leyendo.
Me acerqué a él. Tenía razón. Veía a la señora Rosa, la del puesto de frutas, leyendo el panfleto. Veía a un grupo de hombres cerca del colmado discutiendo y señalando hacia nuestro edificio.
—Tienen miedo, Leo —dije—. Tienen hijos. Tienen calor.
—Lo sé —Leo se giró, y sus ojos estaban llenos de una culpa que me partió el alma—. Esto es por mi culpa. Yo les dije que resistieran. Les vendí una revolución y les he traído un asedio.
—No —le corté, agarrándole del brazo—. Tú les diste dignidad. García les quitó el agua. No te confundas.
—La dignidad no se bebe, Mateo —dijo Leo con amargura—. Y no alimenta a los bebés. Mira, si me entrego...
—¡Ni se te ocurra! —gritó Clara, levantando la vista de la pantalla—. Si te entregas, te desaparecen. No habrá juicio. Te llevarán a un "centro de detención segura" y te suicidarán en dos días. Y a Mateo lo devolverán a la clínica con una lobotomía química.
—¿Y qué opción tenemos? —preguntó Leo, abriendo los brazos—. ¿Esperar a que mis vecinos, la gente que me vio crecer, vengan a derribar mi puerta para entregarme? Porque eso es lo que va a pasar. El hambre cambia a la gente, Clara. Tú no eres de aquí. Tú no sabes lo que es no tener nada que perder salvo la comida del día.
—Yo sé de datos —replicó Clara, fría—. Y los datos dicen que si cedemos ahora, García gana. Y si García gana, arrasará el barrio igual para construir su ampliación. La amnistía es mentira.
—Díselo a ellos —Leo señaló la calle.
Bajamos las escaleras en silencio. El aire en el apartamento de Leo estaba viciado. Doña Carmen estaba en la cocina, abanicándose con un cartón. Tenía varias botellas de agua guardadas, pero las estaba racionando como si fuera oro líquido.
—¿Qué dice ese papel que está tirando el diablo? —preguntó ella al vernos entrar.
Leo le puso el panfleto en la mesa. Doña Carmen se puso las gafas, lo leyó despacio, moviendo los labios. Luego se quitó las gafas y miró a su hijo.
—Quieren que te vendamos —dijo ella.
—Sí, mamá. A cambio de agua.
—Pues que se metan el agua por donde no les da el sol —dijo Doña Carmen, rompiendo el papel en cuatro pedazos—. Yo he bebido agua de lluvia antes. No voy a vender a mi hijo por un chorro de la llave.
—Tú no, mamá —dijo Leo, sentándose frente a ella y tomándole las manos—. Pero ¿y los demás? ¿Y Don Lucho? ¿Y la familia del tercero que tiene al abuelo enfermo?
En ese momento, alguien golpeó la puerta. No fue el golpe rítmico de los amigos. Fue un golpe seco, urgente.
Javi, el del equipo de rugby, abrió. Venía sudando, con la camiseta manchada de grasa.
—Jefe, tenemos problemas abajo —dijo, respirando agitado—. En la barricada norte.
—¿La policía? —preguntó Clara.
—No. Los vecinos. Don Lucho y un grupo de comerciantes. Están intentando mover los contenedores para dejar pasar a un camión de la policía que promete repartir agua. Los muchachos del rugby están intentando pararlos, pero la cosa se está poniendo fea. Hay empujones.
Leo se levantó de un salto.
—Voy para allá.
—Leo, espera —dije, siguiéndole—. No puedes ir solo. Están enfadados.
—Son mis vecinos, Mateo. No me van a hacer nada.
—El hambre no tiene amigos —dijo Clara, cerrando su portátil y metiéndolo en la mochila—. Vamos todos. Javi, llama a los demás. Necesitamos presencia física.
Salimos a la calle. El calor era asfixiante. El olor a basura fermentada se mezclaba con el olor metálico de la tensión. Caminamos rápido hacia la entrada norte.
A medida que nos acercábamos, oía los gritos.
—¡Tenemos derecho a comer! ¡Esto es una locura!
—¡No muevan esa mierda! ¡Si abren, entran los tanques!
Llegamos a la barricada. Era un caos. Un grupo de unos cincuenta vecinos, liderados por Don Lucho, el dueño del colmado más grande, estaba forcejeando con los chicos del equipo de rugby y los grafiteros.
Don Lucho, un hombre gordo y normalmente amable que siempre me regalaba mentas, tenía la cara roja de ira y sostenía una barra de hierro.
—¡Lucho! —gritó Leo, poniéndose en medio del tumulto con los brazos levantados—. ¡Lucho, suelta eso!
El grupo se detuvo al ver a Leo. Se hizo un silencio tenso, roto solo por el zumbido de los drones arriba.
Don Lucho bajó la barra, pero no retrocedió. Me fijé en que detrás de él había gente que conocía. La señora que vendía empanadas. El barbero. Gente trabajadora. Gente cansada.
—Leo —dijo Don Lucho, jadeando—. Esto se acabó, muchacho. Mira esto. —Señaló su colmado, que tenía la persiana medio bajada—. Se me ha podrido la carne. Se me ha derretido el hielo. No tengo leche para vender. Mis hijos están bebiendo agua hervida que sabe a tierra.
—Lo siento, Lucho. De verdad que lo siento —dijo Leo, con voz suave—. Sé que es duro.
—¡No es duro, es imposible! —gritó una mujer desde atrás—. ¡Es muy bonito pintar pajaritos en las paredes, Leo, pero los pajaritos no se comen! ¡Nos han cortado todo! ¡Dicen que si te entregamos, todo vuelve a la normalidad!
—¡Es mentira! —grité yo, dando un paso adelante. Sentí las miradas de todos clavarse en mí. El "chico rico". El forastero—. García miente. Si abrís esa barricada, no os darán agua. Os darán palos. Entrarán casa por casa buscando a cualquiera que haya ayudado. Os ficharán a todos.
—Tú cállate, blanquito —escupió el barbero—. Tú eres el problema. Todo esto es por ti. Si no hubieras venido aquí con tus dramas de niño rico, Leo seguiría pintando tranquilo y nosotros seguiríamos viviendo nuestra vida de mierda, pero tranquila.
Esas palabras me dolieron más que un golpe físico. Retrocedí un paso. Leo se puso delante de mí, protegiéndome.
—¡No le hables así! —bramó Leo, y su voz resonó con una autoridad que nunca le había oído—. ¡Mateo ha perdido más que cualquiera de nosotros! ¡Ha perdido a su familia, su casa, su futuro! ¡Está aquí, pasando calor con nosotros, cuando podría estar en un palacio con aire acondicionado si simplemente firmara un papel mintiendo!
—Pues que se vaya —dijo Don Lucho, más tranquilo pero firme—. Que se vaya y te lleve con él. Leo, te queremos. Te hemos visto crecer. Pero no vamos a morir por ti. Tienes hasta mañana al mediodía. Si no te entregas... nosotros mismos te llevaremos a la puerta.
Un murmullo de aprobación recorrió el grupo de vecinos.
—¡Eso es traición! —gritó Javi, apretando los puños—. ¡Después de todo lo que Leo ha hecho por el barrio! ¡Puso a San Lorenzo en el mapa!
—¡En el mapa de los objetivos militares! —replicó la mujer de las empanadas.
Leo bajó los brazos. Parecía encogerse. Vi cómo el héroe se desmoronaba bajo el peso de la realidad.
—Está bien —dijo Leo, en voz baja.
—¿Qué? —pregunté, girándome hacia él.
—Está bien, Lucho —repitió Leo, mirando al tendero a los ojos—. No tenéis que pelear con nadie. No tenéis que cargar con esto. Si mañana a las doce no ha cambiado nada... yo mismo caminaré hacia esa barricada y me entregaré.
—¡Leo, no! —gritó Clara.
—¡Cállate, Clara! —Leo se giró hacia ella con violencia—. ¡Míralos! ¡Tienen razón! ¡Esto no es un juego de estrategia en tu ordenador! ¡Es su vida!
Se hizo un silencio sepulcral. Don Lucho asintió lentamente, bajando la mirada, avergonzado pero aliviado.
—Mañana a las doce, Leo —dijo Lucho—. Lo siento. De verdad.
El grupo se dispersó. Los vecinos volvieron a sus casas, arrastrando los pies, sin mirarnos.
Nos quedamos solos en la calle hirviente. Javi, Clara, Leo y yo.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó Clara, temblando de rabia—. ¿Les vas a dar lo que quieren?
—No voy a dejar que mi gente se muera de sed por mí —dijo Leo, dándose la vuelta y caminando hacia nuestro edificio—. Se acabó. Mañana me entrego.
—Leo... —intenté seguirle.
—¡Déjame solo, Mateo! —me gritó sin mirarme—. ¡Necesito pensar!
Subió las escaleras corriendo. Oímos el portazo desde la calle.
Me quedé allí, parado en el asfalto caliente. Sentía que el mundo se me caía encima.
—Lo va a hacer —dijo Javi, pateando una lata—. Es un cabezota. Se va a sacrificar.
—Tenemos que impedirlo —dijo Clara—. Tenemos que encontrar una solución antes de mañana.
—No hay solución técnica para esto, Clara —dije, sintiendo una claridad repentina en medio de mi miedo—. No es un problema de logística. Es un problema de fe. Han perdido la fe.
—¿Y cómo recuperas la fe de alguien que tiene el estómago vacío?
—No lo sé —dije—. Pero no voy a dejar que Leo se entregue. Antes me entrego yo.
Clara me miró, alarmada.
—No digas estupideces, Mateo. Si te entregas tú, García gana igual. Te usa de trofeo y destruye a Leo emocionalmente.
—Entonces tenemos que cambiar la narrativa —dije—. Tenemos que hacerles ver que la amnistía es una trampa mortal. Clara, ¿tienes pruebas? ¿Papeles? ¿Algo que demuestre lo que García planea hacer realmente con el barrio?
Clara dudó un momento. Se mordió el labio.
—Tengo... tengo acceso a los planos de urbanismo de García Developments. Los que robé del servidor de tu padre hace semanas.
—¿Y qué dicen?
—Dicen que el proyecto "Nuevo San Lorenzo" no incluye viviendas sociales —admitió Clara—. Es un complejo de oficinas y hoteles de lujo. Para construirlo, tienen que demoler el 90% del barrio actual.
—¿Y la gente? —preguntó Javi.
—Reubicación forzosa a las afueras. A treinta kilómetros de aquí.
—¡Eso es! —dije, agarrando a Clara por los hombros—. ¡Eso es lo que tienen que saber! ¡Creen que están salvando sus casas entregando a Leo, pero si lo entregan, pierden las casas igual!
—No me creerán —dijo Clara—. Pensarán que es un montaje digital.
—No si se lo dice alguien que estuvo en esas reuniones —dije—. Alguien que lleva el apellido García.
—Tú —dijo Javi.
—Yo. —Miré hacia el edificio donde Leo se había encerrado—. Necesito un megáfono. Y necesito que convoquéis a una asamblea esta noche. Obligatoria. Todo el mundo. Lucho, el barbero, todos.
—¿Vas a hablar tú? —preguntó Clara, escéptica—. Mateo, te odian ahora mismo. Eres el "blanquito".
—Ya no —dije, tocándome la camiseta sucia y los vaqueros rotos—. Ya no soy blanquito. Soy un superviviente. Hacedlo.
La noche cayó sobre San Lorenzo como una manta pesada y húmeda. Sin electricidad, la única luz venía de las hogueras que la gente había encendido en barriles y de las linternas de los móviles.
La cancha de baloncesto estaba llena de nuevo, pero el ambiente era muy diferente al de la noche anterior. No había alegría. Había murmullos hostiles, caras largas y niños llorando por el calor.
Leo no estaba. Se había negado a bajar. Estaba en su habitación, escribiendo una carta. Probablemente una carta de despedida.
Me subí a la tarima de palés. Mis piernas temblaban tanto que pensé que me caería. Javi y los chicos del rugby se pusieron a los lados, como guardaespaldas, cruzados de brazos.
Agarré el megáfono.
—Vecinos de San Lorenzo —dije. Mi voz salió débil. Carraspeé—. Vecinos.
—¡Bájate de ahí! —gritó alguien—. ¡Queremos a Leo! ¡O mejor, queremos el agua!
—¡Traed al Cuervo para que lo empaquetemos!
—¡Escuchadme! —grité con todas mis fuerzas, sorprendiéndome a mí mismo—. ¡Soy Mateo Velázquez! ¡Hijo de Enrique García!
El apellido provocó un abucheo general. Una botella de plástico vacía voló y me golpeó en el hombro. Ni me inmuté.
—¡Sí, soy un García! —continué—. ¡Y por eso sé cómo piensa mi padre! ¡Sé cómo piensa el hombre que os ha cortado el agua!
—¡Tu padre es un ladrón! —gritó Don Lucho desde la primera fila.
—¡Lo es! —le di la razón—. ¡Es un ladrón y un mentiroso! ¡Y os está mintiendo ahora mismo con ese papelito de amnistía!
Clara encendió el proyector que habíamos conectado a la batería de la furgoneta. Proyectó una imagen sobre la pared blanca del edificio contiguo. Era un plano arquitectónico. Se veía el río, las calles principales... pero no había casas. Había torres de cristal. Parques con fuentes. Centros comerciales.
La gente se giró para mirar.
—¿Veis eso? —señalé la proyección—. Eso es el "Nuevo San Lorenzo". Mirad la fecha del plano. Es de hace dos años.
—¿Y qué? —preguntó el barbero—. Eso son dibujos.
—¡Son planes aprobados! —grité—. ¡Mi padre no quiere a Leo porque Leo sea un criminal! ¡Quiere a Leo fuera porque Leo es lo único que impide que las excavadoras entren aquí mañana!
Bajé de la tarima y caminé hacia Don Lucho. Javi intentó detenerme, pero le hice un gesto para que se apartara. Me puse cara a cara con el hombre que quería entregar a Leo.
—Lucho —dije, bajando la voz, aunque el megáfono seguía encendido—. Tú crees que si entregas a Leo, abrirán el grifo y todo volverá a ser como antes. Crees que podrás seguir vendiendo arroz y habichuelas.
—Tengo que creerlo —dijo Lucho, con los ojos húmedos—. No tengo otra opción.
—Si entregas a Leo —dije, mirando a todos a mi alrededor—, mañana tendréis agua. Sí. Pero pasado mañana, tendréis una carta de desahucio. Os darán dos semanas para iros. Os ofrecerán una miseria por vuestras casas. Y os mandarán a vivir a barracones en el kilómetro 20, donde no hay autobuses, ni escuelas, ni nada.
—Eso es mentira... —murmuró una mujer.
—¡Yo estuve en la cena donde lo celebraron! —grité, y sentí las lágrimas de rabia salir—. ¡Yo les serví el vino mientras se reían de lo barato que les iba a salir comprar este terreno! ¡Os llaman "daños colaterales"! ¡Os llaman "ocupantes ilegales"!
Hubo un silencio profundo. La proyección del plano brillaba sobre nosotros, mostrando las torres de lujo erigidas sobre las cenizas de sus hogares.
—Leo no está arriba escondido porque tenga miedo —continué, con la voz rota—. Leo está arriba haciendo la maleta porque os quiere tanto que está dispuesto a ir a la cárcel para que tengáis agua un día más. Se va a sacrificar por vosotros. ¿Y vosotros? ¿Vais a vender al único hombre que os ha defendido por una promesa falsa de mi padre?
Don Lucho miró el plano. Miró a sus vecinos. Miró sus propias manos callosas.
—Si Leo se entrega... —empezó Lucho—, ¿nos echarán igual?
—Sí —afirmó Clara desde la mesa técnica—. La orden de expropiación ya está firmada. La amnistía es solo para limpiar la calle sin disparar tiros. Quieren que vosotros hagáis el trabajo sucio de la policía.
Un murmullo de indignación empezó a crecer. Ya no era contra nosotros. Era un sonido diferente. Era el sonido de la traición descubierta.
—¡Ese maldito García! —gritó la mujer de las empanadas—. ¡Nos quiere quitar las casas!
—¡Nos quiere mandar al carajo!
—¡Y nosotros pensando en entregar al muchacho!
De repente, vi movimiento en la entrada del edificio de Leo.
Leo salió. Llevaba una mochila al hombro. Estaba pálido, con la mirada fija en el suelo. Caminó hacia la multitud, ajeno a lo que acabábamos de hablar.
La gente se apartó, pero no para dejarle paso hostil. Se apartaron en silencio, con respeto.
Leo llegó hasta mí. Me miró, confundido por el silencio.
—Ya es hora, Mateo —dijo en voz baja—. Voy a la barricada. Lucho, abre el paso.
Don Lucho se quedó inmóvil. Miró a Leo. Miró la mochila.
—No —dijo Lucho.
Leo parpadeó.
—¿Qué? Lucho, por favor. No lo hagáis más difícil. Tengo que ir.
—He dicho que no —Lucho tiró la barra de hierro al suelo. El sonido metálico resonó en la cancha—. Nadie va a abrir esa barricada. Y tú no vas a ninguna parte, muchacho.
—Pero... el ultimátum... el agua... —Leo miró a su alrededor, sin entender.
—Que se metan el agua por el culo —dijo el barbero, dando un paso adelante—. Prefiero morirme de sed aquí que ver cómo construyen un hotel sobre la casa de mi abuela.
—Mateo nos ha enseñado los planos —dijo Doña Carmen, apareciendo entre la multitud y abrazando a su hijo—. Sabemos lo que quieren hacer. No te vamos a entregar, Leonardo. Si quieren entrar, que entren. Pero nos van a encontrar a todos aquí.
Leo me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Soltó la mochila.
—¿Tú hiciste esto? —me preguntó.
—Yo solo les dije la verdad —le contesté, encogiéndome de hombros—. La verdad no se traslada, ¿recuerdas?
La gente empezó a aplaudir. No era una ovación de fiesta. Era un aplauso lento, serio, de compromiso. Empezaron a gritar: "¡San Lorenzo no se vende! ¡San Lorenzo no se vende!".
—¡Atención! —gritó Javi, mirando su teléfono—. ¡Tengo un aviso de los vigías! ¡Luces en la avenida principal! ¡Parece que se han cansado de esperar!
—El ejército —dijo Clara, apagando el proyector—. Se les ha acabado la paciencia. Vienen antes de tiempo.
El suelo empezó a vibrar levemente. No eran coches. Eran vehículos pesados.
—¡Todos a la barricada norte! —gritó Don Lucho, recuperando su rol de líder natural—. ¡Mujeres y niños al centro cultural! ¡Hombres y jóvenes a la entrada! ¡Traed todo lo que sirva para bloquear!
La multitud se movió como un solo organismo. El miedo se había transformado en determinación.
Leo y yo corrimos hacia la barricada. Nos subimos a lo alto de los contenedores de basura.
A lo lejos, al final de la avenida oscura, vimos las luces azules y rojas. Y detrás de ellas, las siluetas macizas de dos tanquetas antidisturbios.
—Aquí vienen —dijo Leo, agarrando mi mano. Su agarre era fuerte, caliente—. ¿Tienes miedo?
Miré las luces que se acercaban. Miré a los vecinos de San Lorenzo, que estaban sacando neveras viejas, colchones y piedras para reforzar el muro. Vi a Lucho repartiendo palos. Vi a Javi organizando una línea de defensa con escudos hechos de señales de tráfico.
—Sí —dije—. Tengo mucho miedo.
—Yo también —dijo Leo—. Pero mira... —señaló el muro a nuestra derecha, donde alguien había pintado hace horas un cuervo gigante con las alas abiertas, protegiendo unas casas pequeñas—. Es el mejor cuadro que he visto nunca.
Las tanquetas se detuvieron a cien metros. Un altavoz sonó, distorsionado y metálico.
—ESTA ES UNA ADVERTENCIA FINAL. DISUÉLVANSE O USAREMOS GAS Y FUERZA LETAL NOCTURNA.
Leo soltó mi mano. Se quitó la camiseta y la ató a un palo, improvisando una bandera. Pero no era blanca. Era su camiseta manchada de pintura negra.
Se puso de pie en lo más alto de la barricada, silueteado contra los focos de la policía.
—¡ESTA ES NUESTRA CASA! —gritó Leo, y su voz rompió la noche—. ¡Y NO TENEMOS PRECIO!
Detrás de él, mil voces repitieron el grito.
—¡NO TENEMOS PRECIO!
Las tanquetas encendieron sus motores, rugiendo como bestias despertando. El primer bote de gas lacrimógeno voló hacia nosotros, dejando una estela de humo blanco en el aire.
—Cúbrete la boca —me dijo Leo, poniéndose un pañuelo—. Empieza el baile.