Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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El primer golpe físico
El auto negro seguía ahí cuando llegamos al estacionamiento.
No era casualidad. Lo sabía por el instante en que los faros se reflejaron en mi abrigo y la sombra de los vidrios polarizados nos observaba.
Isabella no hacía movimientos sin calcular cada segundo. Su sonrisa fría indicaba que estaba lista para cualquier cosa, y sus ojos, oscuros, medían cada gesto mío y de Adrián.
—Mantente cerca —susurró Adrián, apretando mi mano—. No te separes.
Asentí, respirando hondo. Cada fibra de mi cuerpo estaba alerta. No había juego de nervios esta vez; esto era real, y cada decisión podía costar caro.
Isabella bajó lentamente del coche, segura, elegante, con sus tacones golpeando el pavimento como un metrónomo amenazante. Dos hombres la seguían, traje oscuro, mirada dura. Cada movimiento suyo era calculado, profesional. No era una simple advertencia; era un ataque controlado.
—Valeria —dijo Isabella, su voz cortante como vidrio—. Pensé que te lo iba a poner más fácil.
—No me subestimes —respondí—. Ni a ti ni a ellos.
El primer hombre avanzó.
No levanté las manos. No temblé.
Adrián se posicionó delante de mí con un gesto instintivo que decía: “ni un solo paso sin que lo pagues”.
—Adrián… tan protector —susurró Isabella, su sonrisa un filo mortal—.
—Siempre —replicó él, con una calma que mordía y me daba fuerzas.
El segundo hombre hizo un movimiento rápido, intentando desarmarlo. Adrián reaccionó con precisión militar, desviando el ataque sin esfuerzo visible, pero con fuerza suficiente para desequilibrar al agresor. Yo observaba cada detalle. Cada movimiento, cada respiración, cada indicio de fatiga o ventaja. Sabía que si alguno fallaba, todo se vendría abajo.
—Suficiente —dijo Isabella finalmente, alzando las manos y retrocediendo un paso—. Quiero hablar con ella, sola.
—No vas a tener la oportunidad —replicó Adrián, firme—. Nadie la tocará.
Se tensaron los segundos. La energía era casi eléctrica. Isabella giró un instante hacia los hombres y levantó la mano apenas. Ellos retrocedieron. Control absoluto.
—Entonces… —susurró Isabella, con voz baja y afilada—. Esto se pone interesante.
Justo cuando pensamos que todo se limitaría a palabras, el segundo guardaespaldas hizo un movimiento más rápido, intentando derribar a Adrián.
No pensé. No dudé.
Golpeé la muñeca del hombre con fuerza y precisión. Se tambaleó y cayó al piso.
Adrián me miró, sorprendido y orgulloso.
—Bien —dijo—. Esto no termina. Pero esto… es un inicio.
Isabella retrocedió unos pasos, su sonrisa ahora un filo mortal.
—Perfecto —dijo—. Los dos sobrevivientes ya no están jugando el mismo juego que yo planeé.
Nos miramos Adrián y yo.
No había miedo. Solo claridad.
Era hora de contraatacar.
El coche negro volvió a encenderse y se alejó lentamente, pero nos dejó un mensaje claro: Isabella había movido ficha física.
Y ahora sabíamos que no se detendría.
Nos alejamos del estacionamiento lentamente, manteniendo la vigilancia. Cada sombra parecía un riesgo, cada reflejo un enemigo potencial.
—Esto se pone serio —dije, con el pulso acelerado—.
—Sí —respondió Adrián, tomando mi mano con firmeza—. Pero esta vez, no estamos solos.
Mientras caminábamos hacia el edificio, me di cuenta de algo importante: el miedo había cambiado de bando. Ya no éramos presas.
Éramos conscientes. Preparadas. Con un plan, aunque todavía incompleto.
Y mientras Isabella nos observaba desde su distancia, detrás de vidrios polarizados y hombres entrenados, por primera vez sentí que el control estaba cambiando de manos.
Adrián apretó mi mano de nuevo, recordándome que no estaba sola.
—Esto no es solo defensa —murmuró—. Esto es guerra.
Y tenía razón.
El peligro físico, la tensión y el suspenso estaban al máximo.
El primer golpe físico había sido solo el inicio.
Lo peor estaba por venir, y esta vez… ya no habría vuelta atrás.