Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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Lo que el silencio se llevó
El amanecer no trajo alivio.
Solo expuso las ruinas.
Ella observaba lo que quedaba del refugio con la mirada vacía, sentada sobre un bloque de concreto quebrado. El polvo aún flotaba en el aire, como si el lugar se negara a aceptar que había dejado de existir. Cada respiración le dolía, no por el esfuerzo físico, sino por la ausencia.
El vínculo seguía ahí.
Pero ya no era completo.
Era como intentar escuchar una voz conocida a través de una pared demasiado gruesa.
—¿Me escuchas? —susurró, cerrando los ojos.
Nada.
No el eco inmediato que antes la estremecía. No la certeza. Solo un murmullo lejano, frágil, inestable.
Él estaba a pocos metros, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra lo que había sido una columna. Tenía las manos temblorosas y la mirada fija en un punto invisible.
—No intentes forzarlo —dijo Liora en voz baja, acercándose—. Podrías terminar de romperlo.
Ella abrió los ojos de golpe.
—¿“Terminar”? —repitió—. ¿Esto no es lo peor?
Liora no respondió de inmediato.
Ese silencio fue la respuesta.
Ella se levantó y caminó hacia él. Se arrodilló frente a su compañero, buscando su rostro con desesperación.
—Mírame —pidió.
Él levantó los ojos lentamente. Había algo nuevo en ellos. No oscuridad. Distancia. Como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en ese segundo en que el vínculo se quebró.
—Siento que… me arrancaron algo —dijo, con la voz ronca—. No sé explicarlo. Como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en ese segundo. Como si ya no fuera completo.
El pecho de ella se cerró.
—Fue solo un segundo —dijo, intentando convencerse a sí misma—. Podemos arreglarlo. Lo haremos.
Él negó con la cabeza.
—No es solo el vínculo —susurró—. Soy yo. Algo cambió.
Antes de que pudiera responder, una presión conocida recorrió el aire.
Kael apareció entre las sombras, pero esta vez no caminó con arrogancia.
Cayó de rodillas.
El impacto fue tan inesperado que ella se puso de pie de inmediato, en posición defensiva.
—¿Qué estás haciendo? —exigió.
Kael respiraba agitadamente. Su rostro estaba pálido, marcado por un miedo que jamás habían visto en él.
—Él cruzó… —dijo—. Atherion cruzó del todo.
Liora se tensó.
—Entonces es peor de lo que pensábamos —murmuró.
Kael levantó la vista, clavando los ojos en ella.
—No entiendes —dijo—. Atherion no rompe vínculos por poder. Los rompe para elegir.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Elegir qué?
Kael se puso de pie con dificultad.
—Quién permanece —respondió—. Y quién debe desaparecer para estabilizar el equilibrio.
El silencio cayó como una losa.
—No —dijo ella—. No puede decidir eso.
Kael soltó una risa amarga.
—No decide —corrigió—. Revela lo que ya está escrito.
Liora dio un paso adelante.
—¿La profecía? —preguntó con voz tensa—. ¿La verdadera?
Kael asintió lentamente.
—La que nunca debieron conocer tan pronto.
Ella sintió cómo el medallón —apagado, agrietado— reaccionaba apenas, como si la palabra “profecía” lo despertara con dolor.
—Habla —ordenó—. Ya nos quitó suficiente como para seguir ocultando cosas.
Kael respiró hondo.
—Cuando un vínculo se fragmenta sin romperse del todo —dijo—, el equilibrio exige un sacrificio. No inmediato. Pero inevitable.
Miró primero a él.
Luego a ella.
—Uno de los dos no llegará al final.
El mundo pareció inclinarse.
—Eso es mentira —dijo ella, con rabia—. ¡Lo estás inventando para manipularnos!
—Ojalá —respondió Kael—. Pero Atherion no vino por poder. Vino a acelerar lo que debía ocurrir mucho más tarde.
Él se puso de pie con esfuerzo.
—¿Cuál de los dos? —preguntó con voz ronca—. Dilo.
Kael dudó.
Ese gesto fue más cruel que cualquier respuesta.
—No está definido —admitió—. Depende de las decisiones que tomen a partir de ahora.
Ella sintió que el aire le faltaba.
—Entonces esto… —susurró—. ¿Todo esto es una cuenta regresiva?
Liora asintió.
—Sí —dijo—. Pero aún pueden influir en cómo termina.
Ella miró a su compañero.
Lo vio más frágil. Más distante. Pero aún ahí.
—No voy a aceptar esto —dijo con firmeza—. Ni una profecía ni un dios antiguo decidirán por nosotros.
Él la observó con una mezcla de amor y tristeza.
—Eso mismo pensaron otros antes —dijo Kael—. Y por eso murieron.
Ella dio un paso adelante, furiosa.
—¡Vete! —gritó—. No vuelvas hasta que tengas algo que no sea miedo para ofrecernos.
Kael la miró por última vez.
—Cuando vuelva —dijo—, será porque Atherion ya habrá elegido.
Y desapareció.
El silencio regresó, más pesado que nunca.
Ella se dejó caer de rodillas frente a él.
—No voy a perderte —dijo, con la voz rota—. No importa lo que cueste.
Él apoyó la frente contra la de ella.
—Entonces tendremos que ser más fuertes que el destino —susurró—. O más crueles.
El medallón dio un pulso débil.
Y por primera vez, ella entendió que la pregunta ya no era cómo ganar la guerra…
…sino a quién estaría dispuesta a sacrificar para cambiar el final.