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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La Fe Rota de Padre Mauricio

Rezo vacío

La capilla del orfanato Lennox olía a humedad y a cera gastada. La madera crujía en cada rincón,

como si las vigas recordarán siglos de plegarias, y sin embargo, esa noche, todo parecía hueco.

El padre Mauricio estaba de rodillas frente al altar. Tenía las manos entrelazadas, los nudillos blancos

de tanta presión. El rosario pendía de sus dedos, pero las cuentas parecían más frías que nunca,

como piedras inertes.

Murmuraba oraciones mecánicas, sin emoción. Las palabras, en vez de ascender como súplica, caían

de sus labios y se estrellaban contra el suelo. Era un rezo vacío, más hábito que fe.

De repente, una vela parpadeó. No fue el viento. No había corriente. Simplemente se apagó, como si

algo invisible la hubiera soplado. Luego otra. Y otra. Hasta que el altar quedó en penumbras.

Mauricio no se movió. Solo apretó más fuerte la cruz que colgaba de su cuello. Pero sabía que aquello

no era un accidente. Era un rechazo. Como si hasta el aire negara sostener la luz.

La voz en la sacristía

Un murmullo lo sacó de su ensimismamiento. Venía de la sacristía, aunque sonaba cercano, como

respirandole en la nuca.

Voz misteriosa —¿Cuántas veces repetirás un rezo a un dios que nunca contesta?

Mauricio giró con brusquedad, la cruz en alto. La sacristía estaba vacía. El eco de su respiración

parecía multiplicarse, llenando los muros.

Voz misteriosa —¿Cuánto tiempo más perderás arrodillado, cuando yo ya camino entre tus niños?

El sacerdote apretó los dientes. No contestó. Sabía que responder a una voz así era caer en su juego.

Aun así, las palabras lo habían herido. No porque fueran mentira, sino porque tocaban una grieta real.

La confesión al vacío

Horas después, se encerró en el confesionario. Necesitaba escuchar algo humano. Una voz inocente.

Una confesión sencilla de un niño que robaba pan o se peleaba por una muñeca. Algo que lo

devolviera a la normalidad.

Se sentó a su lado y esperó. El silencio era total. Hasta que, de pronto, una voz emergió del otro lado

de la rejilla.

Era la suya.

Padre Mauricio —He dudado de ti, Señor. He dudado de mi propósito aquí… y de estos niños.

Las palabras lo atravesaron como cuchillas. No las estaba pensando: alguien se las arrancaba de

dentro. Intentó salir, pero sus piernas no respondieron por unos segundos.

Cuando logró abrir la puerta, el confesionario estaba vacío. Solo había estado confesándose a sí

mismo. O peor: al vacío.

Huellas sin dueño

Al amanecer, recorrió los pasillos. La luz gris del invierno apenas iluminaba las tablas del suelo.

Entonces las vio: pequeñas huellas de pies descalzos en el polvo, huellas que no podían pertenecer a

nadie despierto a esa hora.

Seguían un camino hasta la puerta de la biblioteca. Pero allí, sin razón, terminaban. Como si el niño

que las había dejado hubiera sido tragado por el aire.

Mauricio pasó la mano sobre la última marca. Estaba húmedo, como si aún transpirara.

La carta sin remitente

De regreso a su escritorio, encontró un sobre sin sello ni firma. Lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una sola frase:

“La fe es papel mojado. Yo soy lo que queda cuando el papel se seca.”

La caligrafía era irregular, hecha de arañazos. El padre apretó la hoja con rabia, pero la tinta se corrió,

impregnando la piel. No era tinta común: parecía sangre aguada. Por más que intentó lavarse, las

manchas no desaparecen.

La misa vacía

Ese mismo día convocó a los niños a misa. El frío de la capilla era insoportable, pero más lo era el

silencio. Se paró frente al altar y habló de fe, de salvación, de esperanza.

Pero mientras recitaba, notó que lo observaban con ojos opacos. No eran ojos de niños, sino de

muñecos. Como si fingiera atención.

En la última fila, Jacinta estaba de pie. Sonreía apenas, con una mueca helada.

Un murmullo recorrió los bancos. Primero leve, luego más claro. Los niños repetían algunas de sus

frases, pero deformadas:

“El pan de vida”… “El pan vacío.”

“El cuerpo de Cristo”… “El cuerpo de papel.”

El sacerdote perdió el hilo de su sermón. Al terminar, nadie hizo la señal de la cruz. Solo lo miraban en

silencio.

La cruz quebrada

Esa noche, mientras recogía las velas, escuchó un crujido. Levantó la vista y vio cómo la gran cruz de

madera que colgaba sobre el altar se desprendía lentamente. Cayó con violencia, estrellándose a sus

pies.

Las astillas volaban en todas direcciones, como cuchillas invisibles.

Para Mauricio fue claro: ni el símbolo de su fe resistía en ese lugar.

El hallazgo de las páginas

En los pasillos encontró hojas desperdigadas. Algunas estaban húmedas, otras chamuscadas, todas

con dibujos grotescos: brazos formados de frases, ojos compuestos de letras, torsos de párrafos.

Algunas estaban manchadas con algo más espeso que tinta.

El monstruo ya no era solo una voz. Estaba construyendo un cuerpo.

El fuego que no salva

Mauricio reunió las páginas en la capilla. Tomó una antorcha improvisada y la encendió.

Cuando las llamas alcanzaron el papel, escuchó un grito. No venía de Jacinta ni de los niños. Era la

propia tinta la que gritaba, retorciéndose sobre sí misma.

Las letras se deformaban como gusanos, escribiéndose y borrándose sin cesar.

Las cenizas no cayeron al suelo. Flotaron, danzaron en espirales y huyeron por las rendijas del techo.

El sacerdote las siguió hasta la habitación de Elena.

Allí, el diario en su regazo temblaba. Las cenizas entraron en sus páginas, como absorbidas por un

corazón abierto.

Elena lo miró con terror. El padre comprendió: el fuego no destruye al monstruo. Lo trasladaba. Lo

alimentaba en otro recipiente.

El reproche de Jacinta

En la penumbra del pasillo, Jacinta lo observaba. Tenía apenas ocho años, pero su mirada era la de

alguien mucho más viejo.

Jacinta —¿Por qué destruyes lo único que me escucha?

Su voz era infantil, pero debajo resonaba otra, grave y retorcida.

Mauricio intentó acercarse, pero ella retrocedió. En ese instante lo entendió: el monstruo no era

Jacinta, pero Jacinta era su puente. Era su recipiente.

La decisión de hierro

De vuelta en la capilla, recogió la cruz rota. Ya no la vio como símbolo. La afiló contra la piedra hasta

convertirla en arma.

Mauricio había dejado de rezar. Ya no esperaba milagros.

El orfanato no necesitaba un sacerdote. Necesitaba un soldado.

Pero sabía lo más terrible: al perder la fe, había abierto el hueco perfecto donde el monstruo podía

crecer.

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