El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.
Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.
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CAPÍTULO 21: La terapia del picante
A las siete de la tarde, el bullicio del centro histórico empezaba a amainar, cediendo el paso a una brisa fresca que barría el bochorno acumulado. En la esquina de La Sazón de Jimena, la lona azul aleteaba suavemente mientras el humo denso del suadero y el aroma del cilantro recién picado inundaban la acera.
Julián apareció a paso lento. Vestía pantalón oscuro y una camisa de lino blanco con las mangas enrolladas a los codos, pero la rigidez de sus hombros delataba la batalla mental que libraba.
Aunque la auditoría avanzaba implacable y las pruebas aplastaban a sus enemigos, el peso atroz de revivir la traición amenazaba con ahogarle la paz.
Jimena, que apilaba una montaña de cebolla picada sobre la tabla de madera, alzó la vista y lo caló en un segundo. Su ojo clínico jamás fallaba: detectó al instante la marejada oscura que Julián traía estancada en la mirada.
—Traes cara de haber peleado contra un león... y haber terminado de botana, trajeado —dijo ella, dejando caer el cuchillo sobre la tabla y plantando los puños en las caderas—. Pasa de una vez y siéntate antes de que me espantes a la clientela con esa cara de velorio.
Julián esbozó una leve sonrisa —la primera de su día— y se acomodó en la banqueta azul de siempre.
—Un día pesado en el mundo corporativo, Jimena —exhaló con un suspiro denso, pasándose la mano por la nuca—. A veces cuesta trabajo sacudirse la mugre del pasado.
—Pues en este puesto no se acumula basura emocional —sentenció ella, con un destello punzante en la mirada—. Para el alma hay de dos: un buen plato picante o una sudada recia para expulsar el veneno. Y como hoy te ves especialmente terco, aplicaremos terapia intensiva.
Jimena giró hacia el fondo del remolque y sacó un molcajete de piedra volcánica. Dentro reposaba una pasta viscosa de un rojo tirando a negro, salpicada de semillas flotantes. El puro vapor hacía picar la garganta a un metro de distancia.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Julián, arrugando la frente con abierta sospecha.
—Esta, mi estimado Don Dinero, es la famosa salsa rompe-orgullos —anunció Jimena con una sonrisa de desafío—. Habanero tatemado, chile de árbol y un chorro de vinagre. Los mecánicos de enfrente no aguanta ni dos cucharadas. Te reto a un duelo.
—¿Un duelo de picante? —Julián arqueó una ceja, divertido—. Soy un hombre diplomático, Jimena, no un suicida.
—¿Qué pasa, trajeado? ¿Te da pánico chillarle a una puestera? —lo provocó, inclinándose sobre el acero con una chispa juguetona que le encendió el orgullo—. El que se raje, limpia la parrilla al cerrar. El que aguante, tiene derecho a una pregunta a quemarropa. Sin mentiras ni rodeos.
Julián la sostuvo la mirada. La autenticidad descarada de Jimena era un imán al que le resultaba imposible resistirse.
—Acepto el reto.
Jimena rescató dos tortillas calientes del comal, les untó una base de frijoles refritos y, con una cuchara sopera, dejó caer un plasta generosa de la mezcla roja sobre cada una. Le tendió la suya a Julián y levantó la propia.
—A la de tres —marcó ella—. Ni un trago de agua durante tres minutos.
—Uno... dos... tres —contó él, y ambos le asestaron un mordisco limpio.
El golpe fue seco. Durante los primeros dos segundos, el matiz ahumado del chile tatemado sedujo el paladar de Julián; al tercero, una detonación de fuego puro le abrasó la lengua y descendió por la garganta como plomo derretido.
El aire se le cortó en seco. Un calor sofocante le subió de golpe a las mejillas.
Jimena, pese a su callo, apretó los párpados con fuerza y soltó un soplido ahogado, abanicándose la cara con la mano mientras aguantaba la risa al ver la transformación de su invitado.
—¡Por Dios bendito, Jimena! —tosió Julián con la voz hecha trizas, mientras las lágrimas le brotaban a mares de los ojos—. ¡Esto no es salsa, es cianuro puro!
—¡Aguante, señor presidente! —se burló ella, también con la mirada cristalina por el ardor—. ¡Le quedan dos minutos con medio!
Julián resistió como un soldado, atragantándose y secándose los hilos de lágrimas que le surcaban los pómulos con una servilleta de papel. Sin embargo, en medio del fuego que le quemaba la boca y de la lucha por no salir corriendo, sintió una sacudida interna. El picante actuó como una válvula de escape: las lágrimas de ardor arrastraron consigo la rabia contenida contra Marcos, la traición de Isabella y la mugre de sus viejos fantasmas.
Cuando la alarma del teléfono de Jimena chilló marcando el final, los dos soltaron una carcajada limpia que retumbó en la acera. Jimena le pasó de inmediato un vaso monumental de agua de horchata helada.
—¡Toma, bebe antes de que te extingas! —se rió.
Julián se empujó medio vaso de un solo trago, sintiendo cómo el dulzor de la canela le devolvía el aliento. Se limpió el rostro, respirando agitado pero luciendo una sonrisa plena que le transformó por completo las facciones.
—Eres una mujer peligrosa, Jimena Méndez —dijo, todavía con la voz ruda pero con los ojos absolutamente despejados—. Esto fue una tortura.
—Fue una limpieza de alma, que es distinto —corrigió ella con ternura, recargando los codos en la barra para mirarlo de cerca—. Ya no traes esa sombra hedionda en la mirada. Digas lo que digas, esa salsa te sacó el veneno que tenías atorado.
Julián se pausó un segundo, cayendo en la cuenta del verdadero motivo detrás de la dinámica. No había competencia; Jimena solo quería desarmarlo y aliviarlo a su manera, sin discursos ni presiones.
—Fue un empate —murmuró él, buscando la mano de Jimena sobre el acero inoxidable hasta entrelazar sus dedos—. Así que ambos tenemos derecho a preguntar.
Jimena sintió un vuelco en el estómago al notar el calor firme de la mano de Julián.
—Empieza tú, trajeado —susurró, bajando el tono ante la densidad del momento.
—¿Por qué haces esto por mí? —soltó Julián, desnudando una vulnerabilidad absoluta—. Podrías haberte hecho a un lado, pero te quedaste aguantando insultos, amenazas y hasta operativos en tu puesto.
Jimena sostuvo la mirada. El tono bromista se evaporó, dando paso a una franqueza que le aceleró el pulso a Julián.
—Porque desde el primer día que pisaste este puesto con tu traje caro y tu porte tieso, vi en tus ojos a un hombre bueno que estaba terriblemente solo —confesó Jimena con el alma por delante—. Y porque detrás de todo tu dinero, eres la persona más real que me he topado. Mi turno.
—Dispara —dijo él, cerrando el agarre sobre su mano.
—Esa gente que te traicionó... ¿todavía tiene fuerza para lastimarte por dentro?
Julián no pestañeó. Sintió cómo la última espina de su pasado terminaba de pulverizarse frente a la mujer que tenía a centímetros.
—Tuvieron el poder de destruirme en mi primera vida, Jimena —respondió en un murmullo firme—.
Pero en esta vida, el único poder real lo tienes tú sobre mí. Ellos ya no son nada.
El aire entre los dos se volvió denso y cálido, borrando el ruido del tráfico y el murmullo de la noche. Entre el rastro del chile tatemado y la frescura de la brisa, ambos entendieron que los escombros del pasado habían quedado atrás, dejando el camino despejado para lo que estaba por comenzar.