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El Precio De La Tracción...

El Precio De La Tracción...

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: M. E. G. E

Una historia de amor, traición, ambición y secretos. Cuando un hombre toma decisiones que cambian el destino de quienes más lo aman, las consecuencias se extienden mucho más allá de su muerte. Entre silencios, pérdidas y verdades ocultas, una familia buscará respuestas mientras descubre que algunas heridas nunca dejan de sangrar. Una novela donde nada es exactamente lo que parece.

NovelToon tiene autorización de M. E. G. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Después de la muerte.

Esa noche regresamos a casa, pero nadie pudo dormir.

Había dolor, incertidumbre y demasiadas preguntas que nadie podía responder. Hasta esa noche, aparentemente, todo había estado bien. O al menos eso creíamos. Pensábamos que, al día siguiente, las cosas serían un poco más claras. Después de todo, ellos ya no eran realmente una pareja; solo quedaba un papel que nunca llegó a firmarse.

Por eso, las decisiones sobre él debían quedar en manos de su madre y de sus hermanos. Nosotros comenzamos a movernos para hacer los diferentes trámites, tratando de encontrar una manera de darle una despedida digna.

Pero cuando ya casi llegábamos a la ciudad donde había ocurrido el asesinato, todo cambió.

La mujer con la que él todavía aparecía legalmente casado dejó de responder las llamadas de mi suegra. Ella esperaba que mi cuñado llegara con la ropa que le había comprado para vestirlo. Decidimos detenernos a almorzar, sobre todo para que mis hijos mayores pudieran comer algo.

Fue entonces cuando recibimos la llamada.

Mi cuñado nos informó que el cuerpo sin vida de él iba a ser llevado por ella.

Mi suegra no lo podía creer.

Ella no estaba respetando lo que su madre, la mujer que le había dado la vida, deseaba para su hijo. En ese momento comenzó una disputa por algo que jamás imaginamos que tendríamos que discutir: su propio cuerpo.

Fue entonces cuando aquella mujer dijo algo que nos dejó todavía más sorprendidos.

El seguro de vida estaba a su nombre.

Según nos explicó, él lo había cambiado tiempo atrás. Ella decía que sabía cómo repartirlo. Pero, en ese momento, todos pensamos lo mismo: si realmente estaba pensando en repartirlo, ¿por qué tanta insistencia en tener el control?

Al final, después de discusiones y momentos muy tensos, cedieron.

El cuerpo sería llevado a nuestra ciudad, pero con una condición: el lugar donde sería sepultado lo elegiría la familia.

Y debo decirlo: aquella situación fue un verdadero infierno.

Mientras nosotros tratábamos de entender cómo íbamos a despedirlo, ella parecía estar más preocupada por sus derechos como esposa que por el hombre que acababa de morir.

Yo no estaba para pelear.

Nadie tenía fuerzas para eso.

Cuando finalmente llegué a la sala donde estaba, lo vi dentro de aquella caja fría.

Parecía dormido.

Su nariz estaba lastimada. Sus cabellos todavía tenían restos de la autopsia. Sus zapatos estaban bien puestos, pero había algo en su rostro que me rompió por dentro.

Pedí que compraran un gorro.

Mi cuñado salió a buscarlo y regresó junto con mi hijo. Abrí el vidrio de la caja y se lo puse.

Era un gorro blanco, sencillo.

Y al verlo así, por un instante, volvió a ser el hombre que conocí tantos años atrás.

Nadie sabe lo que significa perder dos veces en un mismo año.

Yo llevaba años sin comprometerme con nadie. Tal vez porque, en el fondo, todavía lo amaba. Nunca quise reconocerlo completamente, porque el orgullo muchas veces puede más que el corazón.

Pero aquella noche entendí algo:

A veces uno puede estar separado de una persona y, aun así, seguir unido a ella por una parte de la vida que jamás desapareció.

Lo velamos toda la noche.

Mis cuñados lloraban.

Mis hijos lloraban.

Su madre lloraba.

Y yo también lloraba, pero por dentro.

No podía permitirme derrumbarme. Ellos estaban perdiendo a su padre y necesitaban verme fuerte.

Aunque con él también sentía que se iba más de la mitad de mi propia vida.

A las cinco de la mañana salí hacia la casa. Necesitaba bañarme y comenzar a buscar un cementerio donde pudiéramos sepultarlo.

Y entonces descubrimos otro problema.

Todavía figuraba como vivo en algunos registros.

No habían realizado los trámites necesarios y, sin esos documentos, no podíamos avanzar con la sepultura.

Era una situación absurda.

En medio de una muerte tan dolorosa, todavía teníamos que luchar contra papeles y trámites.

Le escribí a la mujer que aparecía como su esposa legal. Le expliqué que no quería discutir con ella. Lo único que necesitaba era el documento para poder realizar los trámites del cementerio.

Pero no respondió.

Entonces regresé a la sala de velaciones.

Llegué justo cuando comenzaba la misa.

El sacerdote hablaba del Evangelio que, casualmente, llevaba mi nombre. Mientras escuchaba, una señora comentó:

—Ella es la esposa.

Se refería a la mujer que todavía aparecía como esposa legal.

No sé por qué, pero ese día parecía importarles más repetir quién era la esposa que acompañar el dolor de una familia que acababa de perder a un hombre.

Yo no quise discutir.

Solo quería despedirlo.

Fui brevemente al cementerio y, después de muchas vueltas, conseguí comprar lo necesario para que pudiera ser sepultado ese mismo día.

No tuve tiempo ni de regresar a casa a cambiarme.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Su última conviviente preguntó si podía entrar a despedirse de él.

Le dije que sí.

No tenía sentido impedirle hacerlo. Mi suegra y nosotros no íbamos a pelear por quién tenía derecho a darle el último adiós.

Ese momento se volvió todavía más doloroso.

Mis cuñados lloraban.

Mis hijos lloraban.

Yo sentía que me quebraba por dentro, pero seguía de pie.

Salí un momento para buscar a uno de mis hijos. Cuando regresé, su última pareja ya había entrado junto con su madre. Mi cuñado mayor fue quien las recibió.

Yo no presencié aquel momento.

Pero cuando salí nuevamente, ella me contó algo que me dejó pensando.

Me dijo que entre las pertenencias de él había una carta para mi hijo mayor y que la mujer que aparecía como esposa legal la tenía.

No sé cuánto había de verdad en aquello.

Después, ella misma dijo que no tenía nada y se marchó.

Nunca voy a decir que no le dolió la pérdida.

No puedo hablar de los sentimientos de otra persona porque no estoy dentro de su corazón.

Pero sí puedo hablar de lo que vi después.

Desde aquel día, todo comenzó a girar hacia un mismo lugar.

El suyo.

Sus intereses.

Sus hijos.

Sus beneficios.

Y poco a poco, los demás hijos de él fueron quedando fuera.

Cuando finalmente se abrió el seguro de vida, comprobamos que, efectivamente, estaba a nombre de ella.

Y ella se quedó con el dinero.

No pagó la bóveda.

No pensó en los otros hijos.

No buscó una manera de que todos recibieran algo.

Simplemente tomó aquello que la muerte de él había dejado a su alcance.

Y yo me preguntaba:

¿Eso era amor?

Porque yo había visto el dolor de una madre.

Había visto a mis hijos llorar.

Había visto a sus hermanos despedirse.

Había visto a personas que, aunque estaban heridas por las decisiones que él tomó en vida, todavía lloraban su muerte.

Pero alrededor de ella, cada vez parecía importar más el dinero que había dejado aquella muerte.

Y entonces comprendí algo que me dolería durante mucho tiempo:

Hay personas que, incluso frente a un ataúd, siguen pensando en lo que pueden ganar.

Quizás por eso, desde aquel momento, la muerte de él dejó de ser solamente una tragedia.

También se convirtió en una batalla.

Una batalla por lo que dejó.

Por lo que correspondía a sus hijos.

Por la verdad.

Y, sobre todo, por entender cuánto puede cambiar una persona cuando descubre que detrás de una muerte también existe una herencia.

1
Alicia Chavez
Excelente
Andrea Nardelli
linda buena pesada
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