Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
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Día 20
El fin de semana no trajo descanso, ni paz, ni siquiera un respiro para mi mente. Al despertar, lo primero que sentí fue esa niebla pesada en la cabeza, más espesa que días atrás. Me cuesta concentrarme, me cuesta recordar con claridad ciertos momentos, pero lo que sí siento con una claridad que me duele hasta los huesos es que ya no soy dueño de mi propia vida. Brayan lo dejó claro ayer: no hay días libres para mí mientras yo sea lo que él considera suyo.
Antes de que dieran las doce del mediodía, ya escuché la llamada en la puerta. Era él, con esa misma sonrisa tranquila y dominante, como si tuviera todo resuelto y yo fuera simplemente algo que le pertenece.
—Vamos —me dijo en cuanto salí, agarrándome la mano sin pedir permiso—. Hoy salimos a que nos vean en todo el barrio. Si en la escuela ya lo saben, aquí también debe quedar claro. No queremos que haya confusiones.
Una farsa que traspasa las puertas de la escuela
Caminamos por las calles principales, pasamos frente a la plaza, frente a la tienda de abarrotes, frente a la iglesia… todos los lugares donde nos podían ver vecinos, conocidos o incluso familiares de compañeros. Brayan no soltó mi mano ni un segundo, y cada cierto tiempo me apretaba la cintura o me acercaba a él con un gesto posesivo, obligándome a actuar como si estuviera cómodo, como si de verdad quisiera estar ahí.
—Sonríe —me ordenaba en voz baja cada vez que alguien nos miraba—. No parezcas que te están llevando a la fuerza. Si alguien te pregunta algo, respondes bien, ¿entendido? Recuerda lo que hay en juego.
Asentía en silencio, con la sonrisa rígida y falsa, sintiendo que cada paso que daba me alejaba más de quien era antes. Me sentía como un muñeco al que visten y mueven a gusto, sin voluntad propia.
En un momento, mientras cruzábamos por la avenida principal, vi a lo lejos una figura que me heló la sangre: Esteban. Iba caminando con su mochila, parecía que volvía de algún trámite o actividad, y al vernos detenerse en la esquina, se quedó inmóvil.
Estaba en tercero, tenía más obligaciones y horarios distintos, pero el destino quiso cruzarnos en el peor momento posible. El corazón se me disparó, sentí que se me cortaba la respiración y por un instante la niebla en mi mente se disipó por completo, dejando solo el deseo de correr hacia él y pedirle perdón, explicarle todo…
Pero Brayan lo notó al instante. Apretó mi mano con tanta fuerza que me hizo doblar los dedos, y en voz alta, para que Esteban lo escuchara claramente, dijo:
—Qué bueno que pasamos por aquí, ¿verdad? Así todos saben que mi novio y yo estamos bien, muy bien.
Y sin darme tiempo a reaccionar, giró mi rostro hacia el suyo y me dio un beso rápido pero marcado en los labios, delante de todo el mundo, delante de él.
Sentí que me quemaba por dentro. No fue un beso de amor, fue una marca, una forma de decir: es mío, ya no es tuyo. Levanté la vista con lágrimas contenidas y vi la reacción de Esteban: su rostro se descompuso, se puso pálido como la pared, apretó los puños hasta que se le pusieron blancos los nudillos y sus ojos se llenaron de un dolor tan profundo que parecía que le arrancaban el corazón en ese mismo instante.
No dijo nada. Solo nos miró unos segundos eternos, como si quisiera grabar la escena en su memoria, o como si intentara buscar en mis ojos alguna señal, alguna mentira. Pero yo tenía la mirada baja, obligado a ocultar la verdad, y él no encontró nada más que silencio. Con un movimiento brusco, dio media vuelta y siguió su camino, más rápido que antes, encorvado como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.
—Ya ves —me susurró Brayan con satisfacción, soltando un poco mi mano—. Cuantas más veces lo vea así, más rápido se olvidará de ti. Y tú también te acostumbrarás. Esa mezcla hace su trabajo, ¿verdad? Ya no te duele tanto como al principio, ¿o sí?
Tenía razón en parte: el dolor ya no era agudo como una cuchillada, sino sordo, pesado, constante… como si me estuvieran ahogando poco a poco, sin que me diera cuenta hasta que ya no puedo respirar. La niebla en mi mente hacía que a veces dudara de mis propios recuerdos, pero lo único que no se borraba era esa sensación de culpa inmensa.
Noche de confusión y miedo
Al regresar a casa al anochecer, Brayan me entregó la dosis de siempre, pero esta vez con una advertencia nueva:
—A partir de ahora voy a aumentar un poquito la cantidad —dijo mirándome fijamente—. Quiero que el efecto sea más rápido. No quiero que te confundas más, ni que sigas mirándolo como si fuera algo tuyo. En unos días todo será más fácil, lo prometo.
Entré a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me quedé sentado en la cama mirando el pequeño frasco. ¿Más cantidad? ¿Más niebla en mi cabeza? Sentí un pánico que me recorría todo el cuerpo: ¿cuánto tardaría en que ya no pudiera distinguir lo que siento de lo que me hacen sentir? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que de verdad crea que quiero estar con él, hasta que olvide a Esteban para siempre?
Con las manos temblando, me tomé la dosis. Al principio sentí un sabor amargo en la boca, luego un calor suave que recorría mi pecho, y poco a poco volvieron esa pesadez y esa calma falsa que me nublaban todo. Mis pensamientos empezaron a ir y venir, borrosos, difíciles de ordenar.
Ahora escribo esto con dificultad, las palabras me cuestan salir, las ideas se me escapan entre los dedos. Pero hay algo que sé con certeza, aunque me cueste: me están robando a mí mismo, día tras día, hora tras hora. Están destruyendo mi mente para tener mi cuerpo, usando mi familia como escudo y mi miedo como herramienta.
Esteban está lejos, en otro grado, en otro mundo cada vez más lejano, y yo lo estoy empujando más lejos con cada mentira, con cada gesto falso, con cada dosis que me obligan a tomar.
¿Cuánto tiempo me quedará antes de que ya no quede nada de mí? ¿Podré alguna vez salir de esta jaula antes de que sea demasiado tarde?
El día termina, pero la opresión sigue creciendo, y la esperanza se va apagando poco a poco, como una vela a la que le van quitando el aire.