Valeria Salcedo murió traicionada por su esposo y por la mujer que llamaba hermana. Le quitaron su empresa, su familia, su dignidad y, al final, la vida.
Pero despertó de nuevo.
Esta vez volvió al día en que todo empezó: la mañana después de su boda, justo cuando estaban por acusarla de haber engañado a su marido. Solo que ahora Valeria ya sabe quiénes son sus enemigos, qué quieren quitarle y cuánto están dispuestos a destruirla.
Para sobrevivir, necesita poder. Y el poder tiene nombre: Santiago Alcázar, el hombre más temido del mundo empresarial mexicano.
Él no confía en ella. Ella tampoco piensa enamorarse de él.
Su matrimonio empieza como un trato: ella usará su apellido para vengarse, él usará sus secretos para encontrar la verdad de una mujer que nunca pudo olvidar.
Pero entre besos, amenazas, celos y enemigos que no dejan de aparecer, Valeria descubrirá que renacer no solo significa ajustar cuentas.
También puede significar aprender a elegir, por primera vez, a quién dejar entrar en su vida.
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Capítulo 21
Capítulo 21
—Voy a borrar todas las cámaras de esta zona. Santiago Alcázar no va a descubrir tu identidad. Ya estás a salvo.
El hombre misterioso no respondió ninguna de sus preguntas.
Se levantó como si fuera a irse.
Valeria le cerró el paso.
—¿Quién eres? ¿Por qué estabas ahí? ¿Por qué me salvaste?
Después levantó la mano e intentó quitarle la gorra y el cubrebocas.
El hombre retrocedió un paso.
—Cuando pueda decírtelo, te lo diré. Cuídate en todo.
Se fue con pasos largos.
Valeria lo siguió.
Pero él era demasiado rápido.
Después de doblar un par de veces por el pasillo, lo perdió.
La calle estaba vacía.
Valeria se quedó quieta.
—¿Entonces en mi vida pasada no fue Santiago quien me salvó, sino este hombre?
La frase de él volvió a sonar en su cabeza.
Cuando pueda decírtelo, te lo diré.
Eso significaba que aún tendrían oportunidad de verse.
Si era así, podía esperar.
Cuando volvió a la casa Salcedo, Doña Marta salió a recibirla.
—Valeria, ¿por qué llegas tan tarde? El señor Alcázar lleva rato esperándote en tu cuarto.
Valeria se tensó.
¿Por qué había venido?
¿Ya había descubierto su identidad?
—Está bien, abuela. Duérmete temprano.
Dicho eso, subió a su habitación.
Apenas abrió la puerta, el olor a alcohol la envolvió.
Valeria apretó los puños y caminó hacia Santiago.
—Señor Alcázar, bebiste.
Los ojos profundos de Santiago cayeron sobre su cara como una tormenta.
Valeria tragó saliva.
Por un segundo se asustó.
—Me engañaron.
Su voz era baja.
La cara de Valeria se puso blanca.
¿Tan rápido la había descubierto?
Forzó una sonrisa.
—¿Quién te engañó?
Santiago le tomó la muñeca y la jaló con fuerza contra su pecho.
Su voz cargaba una queja espesa.
—Me engañaron. El mentiroso fue muy hábil. Se me escapó frente a los ojos. Pero lo voy a atrapar.
—¿Sabes quién es?
Valeria volvió a preguntar, tanteando.
Santiago negó con la cabeza.
—Se escapó. No lo sé. Pero lo voy a saber.
Valeria soltó el aire por dentro.
La había asustado.
Pensó que venía a ajustar cuentas.
Resultó que solo venía borracho a quejarse.
Le dio unas palmaditas suaves en el hombro.
—Sí, nuestro señor Alcázar es tan capaz que seguro lo va a atrapar. Yo...
No terminó.
Santiago la empujó sobre la cama.
Su cuerpo quedó encima del de ella.
—No te vayas. No permito que te vayas. Quédate conmigo. No me mientas. No huyas.
Repitió esas frases junto a su oído, una y otra vez.
Valeria quedó atrapada bajo él.
No podía moverse.
Cerró los ojos.
De pronto los abrió otra vez.
—Señor Alcázar, ¿viniste solo a decirme esto?
¿Y el contrato?
¿Dónde quedaba el contrato?
Santiago no respondió.
Su respiración se volvió pareja.
Se había dormido.
Valeria también estaba cansada.
Después de un rato, cerró los ojos y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, todavía medio dormida, escuchó el agua en el baño.
Santiago ya se había levantado.
Recordó que la noche anterior había bebido mucho.
Se levantó y bajó para prepararle un vaso de agua con miel.
Camila Duarte aprovechó esa oportunidad perfecta para entrar al cuarto.
Poco después, Santiago salió del baño envuelto solo con una toalla.
El sol le caía sobre el cuerpo.
La línea de los hombros, el pecho, el abdomen.
Todo quedaba expuesto.
Camila tragó saliva.
Llevaba un camisón sexy y caminó hacia él con una sonrisa provocadora.
—Señor Alcázar, tiene el cabello mojado. Yo puedo ayudarle a secarlo.
Santiago la miró con frialdad.
—Aléjate. Respétate. Tengo un compromiso con tu hermana. Soy tu futuro cuñado.
—Señor Alcázar, mi hermana es aburrida. Yo sí sé entender a un hombre. Puedo darle una felicidad que nunca ha sentido. Si no fuera por ella, la que debería casarse con usted soy yo.
Terminó de hablar y dejó caer el camisón.
Santiago giró el rostro de inmediato.
La cara se le llenó de asco.
—Me das náuseas.
Camila siguió acercándose.
—Pronto va a amar mi cuerpo. Lo amo, señor Alcázar.
Un vaso de agua con miel le cayó de golpe.
El vaso le pegó en el pecho.
Camila se dobló por el dolor.
Valeria estaba en la puerta.
—¿Te atreves a seducir a mi hombre así de claro? ¿Quieres humillarme en mi cara?
—Hermana, estás entendiendo mal. El señor Alcázar y yo nos gustamos. Deberías bendecirnos.
Camila se cubrió torpemente con el camisón.
—¿Se gustan? Entonces, ¿por qué él se volteó? ¿No viste la cara de asco que puso?
—Hermana, de verdad...
Valeria la tomó del cabello y la empujó con fuerza sobre la cama.
Las cachetadas cayeron una tras otra.
Después le arañó la piel sin contenerse.
Camila forcejeó, pero no pudo soltarse.
Valeria había cambiado.
De pronto, Valeria sacó la navaja que Santiago le había regalado.
La punta fría cayó sobre la cara de Camila.
—Si te vuelvo fea, ¿vas a dejar de meterte donde no te llaman?
La sonrisa de Valeria daba miedo.
Camila entró en pánico.
Respiró rápido.
—Hermana, no. Me equivoqué. Perdóname esta vez. De verdad me equivoqué.
—¿Te equivocaste? ¿No era esto lo que querías?
Valeria se inclinó.
—Desde que entraste a este cuarto para seducir al señor Alcázar, esperabas que yo lo viera. Querías que me enojara, que malinterpretara todo y que cancelara la boda, ¿verdad?
—No. No.
Camila empezó a llorar.
—¿No? Yo solo creo en mis ojos. Seducir a mi hombre es ser la otra. Y la otra merece morir.
La navaja bajó sin dudar.
Abrió una línea en la cara de Camila.
—¡Ah!
El grito fue desgarrador.
—Shh. Qué escandalosa.
Valeria limpió la sangre de la navaja.
—Ya te lo dije. Ustedes van a morir. Damian Fuentes está medio muerto en el hospital. Dijo que todo esto fue ordenado por ti y por el jefe detrás de ustedes. Cuando despierte, me va a llevar hasta ustedes. Camila Duarte, tus días están contados.
Camila se cubrió la cara, temblando.
—Tú... tú...
—Voy a matarlos a todos. Incluyendo al jefe detrás. No te preocupes. Teresa Duarte irá a hacerte compañía. Les quedan siete días como mucho.
—¡Auxilio!
Camila salió corriendo.
Valeria la miró irse.
—¿Eso fue todo?
Santiago empezó a aplaudir.
—Rápida, precisa y cruel.
Valeria tomó la ropa de él y se la aventó.
—Vístete bien. No provoques que otras mujeres cometan delitos. ¿No sabes qué tan guapo eres? Si no lo sabes, ve a verte al espejo.
Santiago sonrió de lado.
—¿Entonces tú cometerías un delito por mí?
Valeria se sonrojó.
—Señor Alcázar, recuerda en todo momento que lo nuestro es un matrimonio por contrato. Coquetear así no está bien.
Santiago terminó de ponerse la ropa.
—Ten cuidado con Camila. Le dijiste todo a propósito. Puede arriesgarlo todo.
—No importa. Ya estoy preparada. Haberlas dejado vivir tanto tiempo fue mi última muestra de misericordia. Ya deben morir.
La mirada de Valeria se volvió feroz.
Santiago la observó.
—Anoche bebí demasiado. No dije tonterías, ¿verdad?
Valeria lo miró con cuidado.
—Dijiste que te engañaron. Que el mentiroso era muy hábil.
—Sí. Me engañaron.
Al mencionar la noche anterior, la cara de Santiago se oscureció.
—¿Qué te engañaron?
Valeria preguntó con cautela.
¿Por qué Santiago había entrado de pronto a su cuarto?
¿Qué era exactamente lo que sospechaba?
—Nada.
Santiago no siguió.
Si no quería decirlo, Valeria no iba a obligarlo.
Después habló con una seriedad poco común:
—No voy a huir. Tampoco voy a dejarte.
Santiago se quedó quieto.
—Cuando tuviste fiebre la vez pasada y cuando bebiste anoche, repetiste muchas veces lo de no irme. No sé qué viviste antes. Solo quiero decirte que, desde el día que decidí casarme contigo, no pensé en irme.
Valeria hizo una pausa.
—Y si alguien te ama de verdad, no se va. Aunque no pueda tenerte, encontrará cualquier forma de quedarse a tu lado. Quien se va, no ama. Sin excepción.
Santiago soltó una risa baja.
—Puedes preguntarme qué me pasó antes.
y ahí se dan cuenta que es una sustituta y arde Troya ella merece a alguien que la quiera a ella no a un recuerdo