Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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21_Tres Depredadores
—Mi pequeño cazador, ¿estás listo para un poco de acción?
Nagisa devolvió la sonrisa, sus ojos azules brillando con una emoción palpable. No era una emoción nerviosa, sino una anticipación fría y familiar, como la de un depredador que finalmente ha olido la sangre.
—Siempre estoy listo para la acción, Karma —respondió Nagisa, su voz era tranquila, pero había un filo de acero en ella.
La verdad era que Nagisa Shiota nunca había dejado de practicar. Los años que pasó separado de Karma, el tiempo que muchos podrían haber imaginado dedicados únicamente a la enseñanza y a una vida "normal", habían sido, en las sombras, un constante entrenamiento.
Siguiendo las enseñanzas de Koro-sensei y el camino que él mismo había forjado, Nagisa había continuado cazando. En silencio, como un fantasma, había defendido a los inocentes, rastreando y neutralizando a aquellos que se aprovechaban de los demás. No era un héroe público, sino un vigilante, un asesino de la oscuridad, un "cazador de lo malo" que se movía sin dejar rastro.
Había perfeccionado su arte, y algunas veces, cuando la situación lo requería y su propia vida o la de otros estaba en juego, no había dudado en llevar a cabo el acto final, el asesinato, con la misma fría determinación que había mostrado en el aula de la Clase E.
La adrenalina se apoderó de Nagisa, una corriente electrizante que lo hacía sentir más vivo. La gala, la política, las palabras... todo eso se había desvanecido. Solo quedaba el instinto. Y la promesa de proteger al otro, ahora amplificada por la presencia de Karma a su lado.
Kayano los miró, con una mezcla de preocupación y asombro. Había visto destellos del "Nagisa asesino" antes, pero la facilidad con la que abrazaba la inminente confrontación era algo nuevo, o al menos, una faceta que no había presenciado en mucho tiempo.
—Los intrusos están en la valla perimetral —informó el guardia, su voz rompiendo el tenso silencio.
Karma se desabrochó los gemelos de la camisa, su mirada fija en la puerta. Una sonrisa peligrosa se extendió por su rostro.
—Parece que nuestra pequeña reunión ha terminado antes de tiempo, mi pequeño depredador —dijo Karma, y luego le guiñó un ojo a Nagisa—. Es hora de jugar.
Nagisa correspondió la sonrisa, sus ojos azules ahora brillando con la misma sed de acción que los dorados de Karma. Juntos, se movieron hacia la puerta, su sincronización perfecta, sus cuerpos tensos y listos. El cazador y su presa, invirtiendo sus roles para convertirse en depredadores compartidos.
La mansión de Kayano, a pesar de su elegancia, estaba equipada con sistemas de seguridad de última generación, y una pequeña armería discreta que la peli verde había mantenido al día. En cuestión de minutos, Karma y Nagisa emergieron, transformados.
Ambos llevaban buzos negros ajustados, diseñados para la movilidad, con capuchas que ocultaban sus cabellos distintivos. Pero lo que realmente los transformaba eran las máscaras de gas de diseño táctico que cubrían sus rostros, ocultando por completo sus identidades, dejando solo el brillo de sus ojos a través de los visores.
En sus manos, no había un rastro de las corbatas o los trajes elegantes. Karma empuñaba un par de cuchillos de combate, el metal brillando tenuemente bajo la luz interior, y una pistola con silenciador, cargada con munición letal. Nagisa, por su parte, blandía un par de sus característicos cuchillos con maestría, y tenía varias navajas ocultas en fundas estratégicas por todo su cuerpo, un arsenal silencioso.
La decisión de usar armas letales no era ligera, pero el reporte de "asesinos profesionales" por parte del guardia y la amenaza de Arata no dejaban lugar a dudas: estos intrusos no dudarían en matarlos sin piedad, y ellos no tenían por qué tenerla.
—Siempre estoy listo para la acción, Karma —respondió Nagisa, su voz amortiguada por la máscara, pero con un filo de acero en ella.
Karma, al verlo preparado, sintió una oleada de euforia. Este era el Nagisa que conocía, el asesino letal que había despertado en la Clase E, ahora perfeccionado y a su lado.
Cuando se disponían a salir por una de las entradas de servicio que llevaba directamente al jardín perimetral, una tercera figura emergió de las sombras. Kayano. Llevaba un traje táctico similar, pero de un tono verde oscuro que se mimetizaba con la vegetación nocturna. Su cabello turquesa estaba recogido y completamente oculto bajo una capucha profunda, y su rostro también estaba cubierto por una máscara de gas idéntica a las de ellos. En sus manos, empuñaba un par de pistolas automáticas, su postura tensa y lista.
—¿Creíste que me quedaría sentada viendo la función? —dijo Kayano, su voz apenas audible a través de la máscara, pero con un inconfundible entusiasmo. Sus ojos brillaron con una determinación familiar—. Quiero recordar viejos tiempos con los dos.
Karma se detuvo, sorprendido, y luego una sonrisa apareció en su rostro, oculta bajo la máscara.
—Kayano, tu siempre tan... entusiasta —dijo Karma, un matiz de aprecio y diversión en su tono.
—Alguien tiene que asegurarse de que no hagan un desastre demasiado grande —replicó Kayano.
Nagisa sintió una punzada de nostalgia y una calidez en su pecho. El trío de la Clase E, unidos una vez más, enfrentando una amenaza. No era Koro-sensei el objetivo, ni el fin del mundo, pero la camaradería y la letalidad seguían siendo las mismas.
—Los intrusos están en el ala este, cerca del muro que da al bosque —informó el guardia por el intercomunicador, su voz llena de tensión—. Son al menos seis, bien armados y parecen estar buscando una forma de entrar. Hemos detectado fuego automático.
La última frase endureció los rostros ocultos bajo las máscaras. Fuego automático significaba intenciones letales, sin piedad.
—Bien. Vamos a jugar —dijo Karma, su voz era un murmullo helado que prometía un infierno para los intrusos.
Los tres se movieron con una eficiencia brutal, deslizándose por los pasillos oscuros de la mansión, el sigilo y la velocidad grabados en su ADN asesino. Los sistemas de seguridad de Kayano, que incluían sensores de movimiento y cámaras térmicas, les proporcionaban una ventaja táctica invaluable. Se dividieron, cubriendo flancos y puntos ciegos, una coreografía mortal que habían ensayado innumerables veces.
Nagisa, el "cazador", lideró el camino hacia el flanco izquierdo, desapareciendo en las sombras con una ligereza sobrenatural. Karma y Kayano tomaron el centro y el flanco derecho, respectivamente, cada uno un depredador en su elemento.
El jardín perimetral era oscuro, solo salpicado por la luz de la luna. Los intrusos, vestidos de negro, con armas de fuego automáticas y la confianza de quienes creían tener la ventaja, se movían con una brutalidad sin miramientos. Pero no sabían que se habían adentrado en el territorio de tres de los asesinos más letales del mundo, que ahora operaban como una unidad letal.
El juego había comenzado. Y esta vez, la "presa" de Arata no estaba sola.
El silencio del jardín perimetral era una máscara que apenas ocultaba la tensión vibrante del aire. Los intrusos, seis sombras armadas, avanzaban con la cautela de profesionales, sus rifles de asalto apuntando a cada posible amenaza, sus ojos escaneando la oscuridad. Creían tener la iniciativa, el factor sorpresa de su lado. Pero el verdadero depredador siempre acecha desde las sombras.
Nagisa fue el primero en atacar. Su cuerpo, flexible y rápido como el de una serpiente, se deslizó por detrás de un arbusto espeso. El primer intruso, un hombre corpulento con un rifle, sintió apenas un susurro de aire antes de que la mano de Nagisa se cerrara sobre su boca y garganta.
Con un movimiento rápido y brutalmente eficiente, el cuchillo de Nagisa se deslizó con precisión mortal, silenciando al hombre antes de que pudiera emitir un solo sonido. El cuerpo cayó al suelo con un suave thud, absorbido por la hierba. Nagisa, sin perder un segundo, se movió hacia el siguiente.
Al mismo tiempo, Karma se manifestaba en el centro. El segundo intruso, concentrado en la valla, fue alcanzado por un disparo silenciado de la pistola de Karma. La bala penetró con exactitud quirúrgica, y el hombre se desplomó sin vida.
Karma no esperó. Sus cuchillos brillaron en la semioscuridad mientras se lanzaba hacia el tercer hombre, un remolino de movimientos fluidos y letales. Una patada en la rodilla, un golpe con la empuñadura de un cuchillo en la sien, y el hombre cayó inconsciente. Karma no dudó. El segundo cuchillo encontró su objetivo, acabando con la amenaza.
En el flanco derecho, Kayano actuaba como un fantasma verde oscuro. Sus pistolas modificadas dispararon ráfagas cortas y precisas. No balas, pero los proyectiles no letales, pero de alto impacto, golpearon a dos intrusos en puntos estratégicos: rodillas, codos, hombros.
Los hombres cayeron, gimiendo de dolor, inmovilizados pero vivos, sus armas fuera de su alcance. Kayano se acercó a uno, y con una velocidad sorprendente, lo desarmó y lo dejó inconsciente con un golpe certero.
La coordinación entre los tres era impecable, un ballet mortal forjado en años de entrenamiento y en el vínculo inquebrantable de la Clase E. En menos de treinta segundos, la fuerza de seis hombres había sido neutralizada. Dos muertos por Nagisa, dos por Karma, y dos inconscientes por Kayano.
Kayano se acercó a Karma y Nagisa, sus armas humeantes.
—Seis abajo —dijo Kayano, su voz aún amortiguada, pero con una satisfacción evidente—. ¿Alguien más?
Karma consultó el comunicador de su muñeca, conectado al sistema de seguridad de Kayano.
—Parece que Arata es más previsor de lo que pensaba. El guardia reporta una segunda oleada. Cinco más, acercándose por el flanco oeste.
Nagisa ajustó su agarre en sus cuchillos. La emoción de la caza se intensificó.
—Los atraparé en el claro que hay junto a los robles. Necesitaré un poco de cobertura de fuego para mantenerlos inmovilizados.
Karma asintió.
—Kayano, conmigo. Haremos un rodeo y los flanquearemos por la derecha. Mantendremos su atención mientras Nagisa se mueve.
El plan fue trazado en segundos, una comunicación silenciosa que solo ellos tres entendían. Volvieron a desaparecer en la oscuridad, cada uno moviéndose con la finalidad y la gracia de un depredador en su entorno natural.
La segunda oleada de intrusos era más cautelosa, alertados por la falta de comunicación de sus predecesores. Se movían en formación, cubriéndose los unos a los otros, sus linternas tácticas barriendo la oscuridad.
De repente, una ráfaga de disparos silenciosos de Karma y los proyectiles de alto impacto de Kayano impactaron en el grupo, forzándolos a buscar cobertura detrás de los árboles. La táctica de Karma era simple: mantenerlos a raya, creando un ruido de fondo que enmascarara los movimientos de Nagisa.
Mientras las ráfagas de Karma y Kayano mantenían a los intrusos pegados al suelo, Nagisa se deslizaba. Su forma se fundía con las sombras, su respiración controlada, su mente enfocada. Las enseñanzas de Koro-sensei resonaban en su cabeza: encontrar el punto débil, explotar el descuido, moverse con la intención de un depredador invisible.
Un intruso, frustrado por el fuego de supresión, levantó la cabeza para intentar devolver el disparo. Fue su error. Nagisa, ya detrás de él, se movió con la rapidez de un rayo. Un movimiento de muñeca, un destello plateado, y el intruso cayó sin un gemido.
Los demás comenzaron a darse cuenta. Uno de los suyos había desaparecido. El terror comenzó a sembrarse entre ellos.
—¡Espera! —gritó uno, disparando ciegamente a las sombras—. ¡Hay algo más aquí!
Pero "algo más" era una subestimación. Era Nagisa, el cazador, operando en su máximo esplendor.
Karma y Kayano observaban, sus propios disparos más pausados ahora, permitiendo que Nagisa hiciera su trabajo. Una sonrisa, casi de satisfacción, se formó bajo la máscara de Karma. Este era el equipo. Esta era su familia. Y cualquiera que se atreviera a amenazarlos se enfrentaría a un infierno que ni Arata podía imaginar.