En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 21
Narrado por: Aura
La tinta negra burbujeó bajo las puertas de obsidiana. No era líquido. Eran garras de sombra pura, afiladas como navajas, arañando el hielo para abrirse paso hacia la Cámara del Núcleo. El frío de la sala descendió de golpe, pero no era el invierno de Caelum; era el frío del vacío. El frío de la Primera Era.
—¡Contenlos, Caelum! —grité, levantando a Deshielo. La hoja de obsidiana estalló en fuego esmeralda, iluminando mi rostro cubierto de sudor y sangre.
—¡Las Sombras Antiguas devoran la magia térmica, Aura! —rugió el Dios del Invierno, corriendo hacia las puertas—. ¡Si levanto un muro, se lo comerán!
—¡Entonces aliméntalas hasta que revienten! —repliqué, sin apartar los ojos de Elian—. ¡El principito es mío!
Caelum se detuvo en seco y giró la cabeza hacia mí. Sus ojos azules brillaron con incredulidad.
—Es un Príncipe Primigenio, humana. Incluso herido, te hará pedazos.
—Tiene un brazo roto, un ego fracturado y acaba de ser pateado por un árbol gigante —escupí, aferrando la empuñadura con ambas manos—. ¡Sella la maldita puerta, Caelum! ¡No dejes que nada entre ni salga!
El Dios del Invierno apretó la mandíbula. No discutió más. Giró sobre sus talones, extendió ambos brazos hacia la entrada y liberó un huracán de escarcha absoluta. El hielo negro comenzó a apilarse contra las puertas de obsidiana, chocando directamente con los tentáculos de sombra que intentaban devorar la barrera.
Me giré hacia Elian.
El Príncipe de la Primavera estaba a diez pasos, encorvado, sosteniendo la Espada Verde con su mano derecha. Su brazo izquierdo colgaba inútil a su costado. Su armadura dorada estaba manchada de sangre negra y savia venenosa.
—¿Tú y yo, niña? —Elian soltó una carcajada seca, escupiendo un coágulo de sangre—. ¿Crees que porque sostienes un fósforo puedes quemar un bosque?
No respondí.
Me impulsé hacia adelante, hundiendo la bota en la escarcha. Cubrí la distancia en tres zancadas. Levanté a Deshielo por encima de mi cabeza y descargué un tajo vertical con toda la fuerza de mis hombros.
Elian levantó la Espada Verde en un bloqueo horizontal.
El impacto fue un trueno ensordecedor. Las chispas esmeraldas salieron disparadas en todas direcciones, quemando el hielo bajo nuestras botas. El calor de mi espada chocó contra la ponzoña de la suya.
—Eres rápida —gruñó Elian, sus rodillas cediendo un centímetro por la fuerza de mi golpe.
—Y tú hablas demasiado.
Deslicé la hoja de Deshielo por el filo de su espada, rompiendo el bloqueo, y giré mi cadera para lanzarle una patada directa a la rodilla izquierda. Elian giró sobre su pie derecho, esquivando el golpe, y lanzó una estocada rápida hacia mis costillas.
Me eché hacia atrás. La punta de la Espada Verde rasgó la tela de mi chaqueta y dejó un rastro de frío venenoso en mi piel.
Ignoré el ardor. Aproveché el impulso hacia atrás, apoyé una mano en el suelo de hielo y lancé un barrido con mi pierna derecha, golpeando los tobillos del Príncipe. Elian tropezó, pero usó el peso de su propia espada para estabilizarse, clavándola en el suelo.
—¡Tu fuego es un préstamo, humana! —gritó Elian, arrancando la espada del hielo y lanzando un tajo cruzado hacia mi cuello.
Me agaché, sintiendo el aire caliente de su hoja pasar rozando mi cabello.
Desde mi posición baja, lancé un corte ascendente directamente hacia su brazo roto. Elian intentó retroceder, pero la punta de Deshielo alcanzó el metal de su hombrera dorada. El fuego primigenio fundió el oro instantáneamente, quemando la piel dislocada debajo.
El Príncipe soltó un aullido de dolor, retrocediendo a trompicones.
—¡Ese préstamo te está quemando vivo! —le grité, avanzando sin darle un segundo de respiro.
Lancé una ráfaga de tres golpes: izquierda, derecha, centro. Elian bloqueó los dos primeros con movimientos desesperados, pero el tercero rompió su guardia. El plano de mi espada se estrelló contra su placa pectoral. La fuerza del golpe lo levantó del suelo y lo arrojó dos metros hacia atrás. Aterrizó pesadamente sobre su espalda.
A nuestra derecha, el sonido del hielo partiéndose llenó la cámara.
—¡Aura! —gritó Caelum, su voz tensa por el esfuerzo—. ¡Están atravesando la primera capa de permafrost! ¡Acaba con él!
Miré hacia la puerta. La escarcha negra de Caelum estaba siendo devorada por la oscuridad. Sombras con formas de lobos esqueléticos y serpientes sin ojos emergían del hielo, mordiendo la barrera del Dios del Invierno. Caelum mantenía la posición, inyectando poder puro desde su núcleo, pero las grietas en su muro se multiplicaban.
Me giré de nuevo hacia Elian.
El Príncipe del Sur se estaba poniendo de pie lentamente, apoyándose en la Espada Verde. Su respiración era áspera. La quemadura en su hombro humeaba.
—No lo entiendes, ¿verdad? —susurró Elian, levantando la vista hacia mí. Sus ojos marrones estaban inyectados en sangre, brillando con una mezcla de locura y burla—. Crees que eres un accidente milagroso. Una simple chica de los clanes del norte que encontró una chispa de magia.
—No me importa lo que creas que soy. Me importa verte muerto.
Avancé. Levanté la espada para asestar el golpe final.
—¿Nunca te has preguntado por qué el fuego del Solsticio no te desintegró en el primer segundo? —las palabras de Elian me golpearon como un muro de ladrillos—. ¿Por qué tus venas soportaron la temperatura de los Dioses Antiguos, Aura?
Me detuve a dos pasos de él, con la espada en alto, el fuego iluminando mi rostro confundido.
—El fuego es magia. Yo soy el recipiente —dije, apretando los dientes—. Pelea, cobarde.
—Los mortales no son recipientes, son yesca —se burló Elian, apoyándose pesadamente en su espada—. Se queman. Se hacen cenizas. A menos que... la sangre de la Primavera ya corriera por sus venas antes de encender la cerilla.
—Estás delirando. Soy del Norte. Mi padre era un herrero de las Montañas Blancas.
—¡Tu padre era un traidor! —rugió Elian. Su voz rebotó en la inmensa bóveda de la cámara—. ¡Tu querido padre no forjaba herraduras, niña! Él era el Guardián de la Ceniza. El último sacerdote de la Diosa del Verano.
Bajé la espada un centímetro. Mi respiración se cortó.
—Mientes.
—¿Miento? —Elian tosió, escupiendo más sangre negra sobre el hielo—. Hace veinte años, la chispa del Solsticio estaba oculta en el Sur. Mi corte la protegía. Tu padre, el fiel siervo de la Diosa muerta, robó la chispa. Huyó hacia el Norte, buscando un vientre mortal capaz de incubar la magia latente. Encontró a tu madre. La usó como un horno.
—¡Cállate! —grité. El fuego de Deshielo pasó de esmeralda a un verde oscuro, casi negro. Las cicatrices de mis brazos comenzaron a arder.
—¡Él te creó para ser un arma contra el Invierno! —Elian levantó su espada, apuntándome al pecho—. Y cuando Caelum comenzó a sospechar, cuando los Sabuesos de Hielo peinaron las montañas buscando la chispa... tu padre me contactó.
Elian dio un paso tambaleante hacia mí.
—Me ofreció el mapa subterráneo de esta misma Fortaleza. El punto débil del Pilar Central. Todo, a cambio de que yo perdonara su vida y te sacara a ti del continente. Él te vendió, Aura. Te cambió por su propia supervivencia.
Sentí un nudo de hielo en el estómago, un frío mucho más intenso que el de Caelum. Recordé las manos callosas de mi padre, las historias que me contaba sobre las tormentas, la noche en que la avalancha destruyó nuestra cabaña y él no pudo salir.
—La avalancha... —murmuré, mi voz apenas un hilo.
—No hubo ninguna avalancha —sonrió Elian, mostrando los dientes manchados—. Fui yo. Fui yo quien derribó la montaña sobre su cabaña. Tomé el mapa y lo sepulté vivo bajo mil toneladas de nieve. Tú sobreviviste porque la chispa del Solsticio fundió el hielo a tu alrededor. Y luego, ese imbécil de Caelum te encontró en la nieve y te crio como a una de sus ratas congeladas, sin saber que eras la bomba que yo usaría para destruirlo.
La verdad me atravesó el pecho como una jabalina. No era una ciudadana del Norte. No era una víctima accidental. Era un recipiente fabricado. Una moneda de cambio.
El fuego negro de mi espada rugió.
El dolor en mis brazos desapareció, ahogado por una furia pura, absoluta y cegadora.
—¡Te mataré! —grité con todas las fuerzas de mis pulmones.
Me lancé contra él, olvidando la técnica, olvidando la defensa. Descargué un tajo horizontal con una violencia bestial. Elian levantó su espada para bloquear.
El impacto no rebotó. El fuego negro de Deshielo cortó la hoja de la Espada Verde de Primavera por la mitad como si fuera cristal fino.
La hoja envenenada de Elian se hizo añicos, esparciendo fragmentos afilados por el aire.
Antes de que el Príncipe pudiera reaccionar a la destrucción de su arma, solté a Deshielo de mi mano derecha, cerré el puño y le asesté un gancho directo a la mandíbula.
Elian salió disparado hacia arriba, sus pies despegándose del suelo, y cayó de espaldas contra la base del Pilar Central con un golpe sordo.
Atrapé mi espada en el aire antes de que cayera al hielo. Corrí hacia él. Elian intentó arrastrarse hacia atrás, su rostro una máscara de terror genuino.
Levanté mi bota izquierda y la pisé directamente sobre su hombro roto, aplastándolo contra el hielo.
El Príncipe soltó el grito más desgarrador que había escuchado en mi vida.
—¡Mírame! —le ordené, apoyando la punta candente de Deshielo a un milímetro de la garganta de Elian. El calor comenzó a quemar la piel de su cuello—. ¡Mírame, bastardo!
Elian me miró. Sus ojos temblaban. Ya no había burla. Solo el pánico primario de un dios frente a la muerte mortal.
—¡Aura, atrás! —el grito de Caelum rompió mi trance asesino.
Giré la cabeza.
El muro de escarcha negra de Caelum había estallado en mil pedazos. El Dios del Invierno estaba de rodillas, tosiendo sangre azul y sujetándose el pecho.
Las Sombras Antiguas, una marea hirviente de oscuridad viscosa, garras esqueléticas y ojos amarillos, se derramaban en la Cámara del Núcleo como una represa rota. Habían atravesado la defensa.
Las sombras ignoraron a Caelum, que estaba casi sin magia.
Fijaron sus cientos de ojos amarillos directamente en mí. En el fuego del Solsticio. En la luz.
La marea de oscuridad se abalanzó hacia el Pilar Central a una velocidad aterradora, siseando como mil serpientes de cascabel.
Estaba a un segundo de ejecutar a Elian. Estábamos a tres segundos de ser devorados por los prisioneros de la Primera Era.