Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 21: La Calma antes de la Tormenta
El amanecer sobre el lago fue un espectáculo de colores que Kaeil nunca se cansaba de contemplar. Sentado en el porche con una taza de café entre las manos, observaba cómo la luz dorada se derramaba sobre la superficie del agua, despertando a los pájaros y haciendo brillar las gotas de rocío en las hojas de los robles.
Detrás de él, en la cabaña, todo estaba en calma. Daniel dormía aún, acurrucado entre sus padres. Tomás roncaba suavemente en su habitación. Y Jessica... Jessica descansaba por fin sin fiebre, sin pesadillas, su respiración acompasada como una música suave.
Kaeil sonrió para sí mismo. Hacía apenas unas semanas, su vida era una sucesión de días grises frente a pantallas, de relaciones vacías, de un vacío que ni el dinero ni el éxito lograban llenar. Ahora, en una cabaña perdida en las montañas, con una bala todavía alojada en el cuerpo de la mujer que amaba, se sentía más vivo que nunca.
—¿No duermes?
La voz de Tomás lo sobresaltó. El viejo apareció en la puerta con su propia taza de café, envuelto en una manta raída.
—No podía. Demasiado quietud, quizás.
—Eso es bueno. Significa que no hay peligro.
—¿Tú crees?
Tomás se sentó a su lado en el banco de madera, emitiendo un suspiro de satisfacción.
—Llevo diez años aquí. He aprendido a leer el bosque. Cuando hay peligro, los animales se callan, los pájaros se van, hasta el viento parece diferente. Ahora todo está en calma.
—Entonces, ¿estamos seguros?
—Por ahora. Pero no bajaría la guardia. Gente como la que os persigue no se rinde fácilmente.
Kaeil asintió, aunque las palabras del viejo no le trajeron tranquilidad. Más bien lo contrario.
—Tomás, ¿puedo preguntarte algo?
—Dispara.
—¿Tú también huías de algo? Cuando viniste aquí.
El viejo guardó silencio un largo rato, mirando el lago. Cuando habló, su voz era más grave.
—De todo. De mí mismo, sobre todo. Después de lo de Sofía, no podía estar cerca de nadie. Me convertí en un peligro. Bebía, peleaba, buscaba problemas. Un día, después de casi matar a un hombre en una pelea de bar, decidí que era mejor desaparecer. Y aquí estoy.
—¿No te sientes solo?
—Al principio, sí. Luego aprendes a vivir con ello. El bosque, el lago, los animales... se convierten en compañía. Y cuando necesitas hablar con alguien, siempre puedes hablar con los árboles. No responden, pero escuchan.
Kaeil sonrió.
—No sé si podría vivir así.
—Tú eres joven. Tienes a alguien. No necesitas esconderte del mundo. —Tomás lo miró con sus ojos claros—. Pero ten cuidado. El mundo no perdona a los que huyen. Tarde o temprano, tienes que plantar cara.
—Lo sé. Por eso publicamos los archivos.
—Eso estuvo bien. Pero no es suficiente. Crawford caerá, pero otros como él seguirán ahí. La lucha no termina nunca.
—Entonces, ¿para qué luchar?
—Para poder mirarte al espejo. Para saber que lo intentaste. Para que los que vienen detrás tengan un camino más fácil.
Kaeil meditó sus palabras mientras el sol terminaba de elevarse sobre el lago. Dentro de la cabaña, oyó moverse a Jessica, y su corazón dio un vuelco.
—Gracias, Tomás.
—No hay de qué, muchacho. Ahora ve con ella. Yo vigilo un rato.
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Jessica estaba sentada en la cama cuando Kaeil entró, intentando abrocharse el sujetador con una mano. La otra, la del hombro herido, colgaba inútil a su costado.
—Déjame —dijo él, acercándose.
—Puedo sola.
—Ya sé que puedes. Pero déjame ayudarte.
Ella cedió, y Kaeil abrochó el sujetador con una delicadeza que contrastaba con la torpeza de sus dedos. Luego la ayudó a ponerse una camiseta holgada, evitando mover el brazo más de lo necesario.
—Estoy mejor —protestó ella—. Casi no duele.
—Mientes fatal.
—Vale, duele como si tuviera un clavo ardiendo dentro. Pero puedo soportarlo.
—Eso no significa que tengas que hacerlo. Tómalo con calma.
Jessica lo miró con una expresión que conocía bien: la de alguien que no está acostumbrada a que la cuiden.
—No sé cómo hacerlo —admitió—. Tomármelo con calma, quiero decir. Siempre he estado en movimiento, siempre luchando. Parar me da miedo.
—¿Miedo a qué?
—A pensar. A sentir. A darme cuenta de todo lo que he perdido.
Kaeil la abrazó con cuidado, rodeándola sin tocar su hombro.
—No estás sola. No tienes que hacerlo sola. Estoy aquí.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y se quedó así un largo rato, sintiendo los latidos de su corazón.
—Lo sé —susurró al fin—. Por eso tengo miedo.
—¿Por qué?
—Porque si te pierdo, no sé qué haría.
—No me perderás. Estoy aquí. Me quedo.
Se besaron suavemente, un beso que era más promesa que pasión. Luego desayunaron con los demás, sentados a la gran mesa de roble, compartiendo historias y risas.
—Hoy me siento bien —dijo Jessica en un momento—. Creo que podría dar un paseo.
—¿Estás segura? —preguntó Kaeil.
—Sí. Necesito moverme. Si me quedo quieta un día más, me vuelvo loca.
Tomás asintió.
—No te alejes demasiado. Y llévate el móvil por si acaso.
—Lo haré.
Salieron juntos, Kaeil y Jessica, caminando lentamente por la orilla del lago. El sol calentaba lo suficiente para que la brisa no resultara molesta. Daniel los había seguido unos metros, pero Elena lo llamó de vuelta para que no molestara.
—Es un buen lugar —dijo Jessica, contemplando el agua—. Podría vivir aquí.
—¿En serio?
—No para siempre. Pero un tiempo. Para recuperarme. Para pensar.
—Podríamos preguntarle a Tomás. Seguro que no le importa.
Ella sonrió.
—Eres un optimista incorregible.
—Alguien tiene que serlo.
Caminaron hasta un pequeño embarcadero de madera medio derruido, donde se sentaron con las piernas colgando sobre el agua. El lago era tan transparente que podían ver los peces deslizándose entre las piedras del fondo.
—Kaeil —dijo Jessica de repente—, ¿tú crees que la gente como nosotros puede ser feliz?
—¿Gente como nosotros?
—Gente que ha matado. Gente que ha visto demasiado.
Él tardó en responder.
—No lo sé. Pero creo que podemos intentarlo. La felicidad no es un destino, es un camino. Y nosotros estamos en ese camino. Juntos.
—Siempre tan filosófico.
—Es mi encanto.
Ella se rió y apoyó la cabeza en su hombro. Estuvieron así un largo rato, escuchando el agua, sintiendo el sol, disfrutando de la paz que tanto les había costado conseguir.
Fue entonces cuando el móvil de Kaeil vibró.
Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla. Un mensaje cifrado. Solo dos palabras:
"Os encuentran."
El corazón le dio un vuelco.
—Jessica...
Ella ya había visto su expresión. Se puso en pie de un salto, la mano instintivamente buscando un arma que no llevaba.
—¿Quién?
—No lo sé. Es un mensaje anónimo. Pero si es verdad...
—Tenemos que avisar a los demás. Rápido.
Corrieron de vuelta a la cabaña, Jessica ignorando el dolor, Kaeil sujetándola para que no cayera. Cuando llegaron, Tomás ya estaba en el porche, con el catalejo pegado a los ojos.
—Ya lo sé —dijo sin volverse—. Hay movimiento en el valle. Varios vehículos. Vienen hacia aquí.
—¿Mercenarios?
—O militares. Difícil decirlo a esta distancia.
Mateo salió con Daniel en brazos, seguido de Elena.
—¿Qué pasa?
—Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Adónde? —preguntó Elena, el miedo en la voz.
—Al norte. Hay una ruta de montaña que Tomás conoce. Nos llevará a la frontera en dos días si andamos rápido.
—Pero Jessica no puede...
—Puedo —la interrumpió ella—. Y lo haré. No pienso quedarme aquí esperando a que me maten.
Tomás entró en la cabaña y volvió con varias mochilas ya preparadas.
—Siempre tengo listo un kit de emergencia —explicó—. Por si acaso. Vamos.
En cuestión de minutos, estaban en marcha, internándose en el bosque mientras detrás, el rumor de los motores se hacía cada vez más cercano.
Jessica caminaba apoyada en Kaeil, el rostro pálido por el esfuerzo, pero sin quejarse. Daniel iba en brazos de su padre, dormido, ajeno al peligro. Elena cerraba la marcha, mirando atrás constantemente.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Kaeil.
—Poco —respondió Tomás—. Si son quienes creo, encontrarán la cabaña en menos de una hora. Luego seguirán nuestro rastro.
—¿Y podemos despistarlos?
—Tal vez. Conozco estos bosques mejor que nadie. Pero necesitamos tiempo.
Apretaron el paso. El sendero se volvía cada vez más escarpado, y Jessica apenas podía mantener el ritmo. Kaeil la animaba en voz baja, sintiendo cómo temblaba bajo su brazo.
—No puedo —jadeó ella al fin—. Seguid vosotros. Yo los retendré.
—Ni hablar.
—Kaeil, si me quedo, os dará tiempo...
—He dicho que no.
Se detuvieron. Tomás se volvió hacia ellos.
—Hay una cueva, a unos cien metros. Podemos escondernos allí hasta que pasen.
—¿Y si nos encuentran?
—Entonces lucharemos. Pero al menos tendremos la ventaja de la sorpresa.
Llegaron a la cueva justo cuando los primeros disparos resonaban en la distancia. Los mercenarios habían encontrado la cabaña.
—Dentro —ordenó Tomás—. Todos.
La cueva era estrecha pero profunda, con una abertura que permitía ver el exterior sin ser visto. Se apretujaron en el interior, conteniendo la respiración, mientras las voces de los perseguidores se acercaban.
—...han huido hacia el norte. Hay huellas.
—Seguidlas. Quiere a la mujer y al chico vivos. A los demás, tirad a matar.
Jessica apretó la mano de Kaeil. Él sintió sus nudillos, duros como el acero, pero también el temblor que los recorría.
Pasaron minutos que parecieron horas. Las voces se alejaron, luego volvieron, luego se perdieron en la distancia.
Cuando por fin Tomás dio la señal de que podían salir, el sol empezaba a ponerse.
—Han seguido hacia el norte —dijo—. Nos llevan ventaja, pero podemos rodearlos por el este. Conozco un paso que ellos no conocen.
—¿Estás seguro? —preguntó Mateo.
—Tan seguro como puedo estarlo en estas circunstancias.
Reanudaron la marcha, esta vez con más cautela, evitando hacer ruido, deteniéndose cada cierto tiempo para escuchar. Jessica iba mejor, el descanso en la cueva le había devuelto algo de fuerzas.
Cuando la noche cayó por fin, se detuvieron en un claro rodeado de rocas. Tomás decidió que era seguro acampar unas horas.
—Necesitamos descansar —dijo—. Mañana será un día largo.
Encendieron una pequeña hoguera, oculta entre las piedras, y compartieron las provisiones que Tomás había empacado. Daniel, que había dormido casi todo el día, jugaba con unas piedras mientras los adultos hablaban en voz baja.
—¿Crees que volverán? —preguntó Elena.
—Sí —respondió Jessica—. Pero esta vez estaremos preparados.
Kaeil la miró. A pesar del cansancio, del dolor, del miedo, sus ojos brillaban con esa determinación que tanto admiraba.
—Descansa —le dijo—. Yo vigilo.
—No, yo...
—Descansa. Te necesito fuerte para mañana.
Ella obedeció, recostándose contra una roca, cubierta con la manta de Tomás. En pocos minutos, su respiración se acompasó en el sueño.
Kaeil se sentó junto a la hoguera, con la pistola que Jessica le había dado en el regazo. Mateo se unió a él, dejando a Elena durmiendo con Daniel.
—Nunca imaginé que mi vida sería así —dijo Mateo en voz baja.
—¿Cómo?
—Huyendo. Escondiéndome. Con mi hijo en brazos y mi mujer aterrorizada.
—Lo siento.
—No es tu culpa. Es de Crawford. Y de todos los que como él creen que pueden jugar con las vidas de los demás.
—Pronto pagará por ello.
—Lo sé. Pero no sé si será suficiente.
Kaeil no supo qué responder. En el fondo, compartía esa duda. ¿Era suficiente la caída de un hombre para compensar tanto dolor?
El silencio se alargó, roto solo por el chisporroteo de la hoguera y los sonidos de la noche.
—Gracias —dijo Mateo de repente.
—¿Por qué?
—Por no rendirte. Por luchar por nosotros. Por darle a mi familia una oportunidad.
—Todos luchamos.
—Pero tú empezaste todo. Podrías haberte quedado callado, haber borrado los archivos, haber seguido con tu vida. No lo hiciste.
—No podía. No después de saber la verdad.
Mateo asintió lentamente.
—Eres un buen hombre, Kaeil Grahan. Cuida de Jessica. Se lo merece.
—Lo haré.
Se dieron las buenas noches y Kaeil se quedó solo con la noche, la hoguera y sus pensamientos. Pensó en Jessica, en su sonrisa, en la forma en que lo miraba. Pensó en el futuro, en esa casa con jardín y el perro que tanto deseaba. Pensó que, después de todo, quizás merecía la pena seguir luchando.
La luna se elevó sobre las montañas, bañando el claro con su luz plateada. Y Kaeil, con el arma en el regazo y el recuerdo de Jessica en el corazón, esperó el nuevo día.