Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 9: El juego comienza
Pasaron dos semanas desde el encuentro en la biblioteca. Dos semanas en las que Kael ejecutó su plan con la precisión de un relojero. Nada de acercamientos directos, nada de miradas insistentes. Solo pequeñas apariciones estratégicas, dosificadas como el almizcle que aún guardaba para después.
Un día en el pasillo este, fregando el suelo cuando Ethan pasaba con su séquito. Kael no levantó la vista, pero sintió esa mirada como un roce en la piel. Otro día en el jardín, barriendo hojas cerca del camino a las caballerizas. Ethan se detuvo a hablar con un guardia justo en el límite, de espaldas a él. Casualidad, quizás. O no.
La tercera vez fue al amanecer.
Kael recordaba lo que los guardias habían comentado semanas atrás: el Emperador entrenaba con la espada cada mañana en el patio de armas principal, y no permitía que nadie lo interrumpiera. Consiguió que lo asignaran a limpiar los pasillos cercanos a esa hora. No podía entrar, no debía ser visto, pero podía acercarse lo suficiente para que el viento llevara su aroma.
Se colocó en un corredor exterior, barriendo hojas mientras la luz del alba teñía de naranja las piedras del palacio. Desde allí, sin ser visto, podía oír el metal de las espadas, los golpes secos contra los postes, la respiración profunda de los hombres que entrenaban.
Y entonces, el viento cambió.
Por un instante, el aroma de Ethan llegó hasta él. Madera de agar, densa y poderosa, pero mezclada con algo más: sudor, esfuerzo, humanidad. No era el Emperador imponente de las audiencias, era un hombre entrenando, solo, concentrado en su cuerpo.
Kael aspiró hondo, archivando la sensación. Luego, con cuidado, dejó que su propia lavanda fluyera, solo un susurro, solo lo justo para que el viento la llevara en dirección contraria. No supo si Ethan la percibió, no podía verlo. Pero cuando terminó su tarea y se retiró, algo en el aire había cambiado.
Que lo note, pensó. Que se pregunte de dónde viene esa calma.
La cuarta vez fue en la biblioteca.
Kael había sido asignado de nuevo a reponer velas. Esta vez, cuando entró, Ethan ya estaba allí.
—Disculpe, Majestad —dijo con voz sumisa, inclinando la cabeza—. Vengo a reponer las velas. ¿Prefiere que vuelva después?
Ethan levantó la vista del libro. Sus ojos oscuros se posaron en él un momento.
—No. Puedes hacer tu trabajo.
Kael se movió con lentitud, con cuidado, sin hacer ruido. Fue lámpara por lámpara, reponiendo velas, asegurándose de no molestar. Su aroma a lavanda flotaba en el aire, suave, calmante, controlaba cada partícula, manteniéndolo en ese tono de paz que había decidido ofrecerle.
Ethan volvió a su libro, o al menos eso parecía, pero Kael notó, sin necesidad de mirarlo, que su atención estaba dividida. Que de vez en cuando sus ojos se desviaban hacia él, solo un instante. Cuando terminó, Kael se inclinó de nuevo.
—Terminado, Majestad. Que tenga buena tarde.
Salió sin esperar respuesta. Pero en el pasillo, antes de que la puerta se cerrara del todo, escuchó la voz de Ethan:
—Kael.
Se detuvo. El corazón le latía con fuerza —no de sorpresa, sino de satisfacción—. Se giró lentamente, la cabeza aún inclinada.
—¿Majestad?
Ethan lo miró desde el sillón. Un momento de silencio. Luego:
—El libro que leías. El de las minas del norte. ¿Lo terminaste?
Kael parpadeó, como si la pregunta lo sorprendiera.
—No, Majestad. Aún lo estoy leyendo. Es… largo.
—Ya.
Otro silencio. Luego Ethan volvió a su libro.
—Puedes irte.
Kael inclinó la cabeza y se fue. Pero cuando estuvo solo en el pasillo, una sonrisa pequeña, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Se acuerda de mí. Del libro. De mi nombre. La curiosidad está creciendo.
Tres días después, Kael volvió a la biblioteca.
Otra vez velas, otra vez la hora en que Ethan ya estaba allí. La misma rutina: permiso para entrar, movimientos silenciosos, lavanda en el aire. Pero esta vez, cuando terminó y se disponía a salir, Ethan habló sin levantar la vista del libro.
—¿De qué más sabes, además de geología?
Kael se detuvo. La pregunta era inesperada.
—¿Majestad?
—Dijiste que te gusta aprender. ¿Qué más has aprendido?
Kael pensó rápido. No podía decir demasiado, no podía parecer una amenaza. Pero tampoco podía quedarse callado.
—Algo de historia, Majestad. Y de plantas. Las que se usan para… —dudó, como si le diera vergüenza— para remedios. Cosas de omegas.
Ethan levantó la vista. Por un instante, sus ojos oscuros se encontraron con los de Kael.
—¿Plantas medicinales?
—Solo lo básico, Majestad. Nada importante.
—Ya.
Ethan no dijo nada más, pero Kael notó que su mirada se demoró un segundo de más antes de volver al libro. Salió de la biblioteca con paso ligero, la mente trabajando a toda velocidad.
Historia. Plantas. Cosas de omegas. Le he dado más, un poco más de lo que esperaba. Y él ha preguntado, ha querido saber.
A la mañana siguiente, Mira llegó con los chismes. Kael la escuchó con atención distraída, pero una cosa le hizo levantar la cabeza.
—…y dicen que el Emperador pasa mucho tiempo en la biblioteca últimamente, más de lo habitual. Los sirvientes comentan que a veces se queda mirando el fuego sin leer, como si estuviera pensando en algo.
Kael bajó la vista para ocultar su sonrisa.
Piensa. Bueno. Que piense.
—Cosas de emperadores —dijo con voz neutra.
Mira se encogió de hombros y siguió con sus chismes pero Kael ya no la escuchaba, su mente estaba en otra parte. En la biblioteca. En esos ojos oscuros que empezaban a buscarlo sin saber que lo buscaban. En el patio de armas, con el viento llevando su aroma. En cada pequeño encuentro que iba grabando su presencia en la mente de Ethan.
Que se acostumbre a mí, que me busque. Que necesite esta paz. Luego vendrá lo demás.
El juego comenzaba.
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