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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: La niña del silencio

(Enero – 31 de febrero de 1950, Orfanato Lennox)

La entrada imposible

El invierno apretaba con un frío que se filtraba en los huesos. Afuera, la nieve cubría la verja oxidada

del Orfanato Lennox, mientras dentro, el aire estaba cargado con el olor de sopa rancia y madera

húmeda.

Una carreta se detuvo frente al portón. El padre Mauricio salió a recibirla con el sombrero contra el

pecho. De la carreta bajó una niña pequeña, de apenas 8 años, envuelta en un abrigo

desproporcionado, tan grande que parecía tragársela. El conductor no explicó nada: apenas entregó

una bolsa con pertenencias mínimas, dio media vuelta y se marchó.

Mauricio la observó con atención. La niña lo miraba con unos ojos grises sin brillo, fijos, sin buscar

refugio en ninguna parte. No dijo palabra.

En el registro, escribió:

“Jacinta, 8 años, sin familia conocida.”

Al levantar la vista, notó que los demás niños habían dejado de jugar en el comedor. Había silencio,

pero no de curiosidad: era una especie de reconocimiento extraño, como si todos entendieran que esa

niña no pertenecía del todo al mismo lugar que ellos.

La pizarrita

Jacinta no hablaba.

En el cuello llevaba colgada una pequeña pizarrita, con un trozo de tiza atado a un cordel. Su manera

de comunicarse era mínima, precisa. Una sola palabra por vez.

Cuando Margaret (13), la líder natural del grupo, se acercó con gesto protector, le ofreció una muñeca

de trapo:

Margaret —¿Quieres jugar?

Jacinta escribió despacio:

“No.”

Dejó la muñeca caer al suelo, sin expresión. Margaret la miró con molestia, acostumbrada a imponer

autoridad entre los niños.

Pero desde un rincón, Elena (13) observaba en silencio. Esa misma noche anotó en su cuaderno:

"Jacinta camina como una muñeca rota que respira."

El mes helado

Enero avanzó con rutinas pesadas: oraciones frías, comidas escasas, juegos forzados en un patio

cubierto de escarcha. Los niños se amontonaban para entrar en calor, pero Jacinta nunca buscaba

compañía.

Elena comenzó a notar detalles que los demás ignoraban:

Jacinta no masticaba el pan duro, solo lo desmenuzaba en pequeños trozos. Cuando los demás

rezaban, ella no juntaba las manos: se limitaba a observar fijamente el crucifijo. En las noches, sus

pasos se escuchaban en el pasillo, suaves, arrastrados.

Margaret empezó a molestarse con Elena:

Margaret —¿Por qué siempre la miras?

¿Acaso no ves que no quiere a nadie?

Elena bajaba la mirada, pero en secreto escribía más en su cuaderno. Algo la ataba a Jacinta, una

mezcla de compasión y miedo.

Las noches inquietas

Una madrugada, Elena escuchó pasos en el pasillo. Se levantó con cuidado y asomó la cabeza.

Jacinta estaba de pie frente a una pared, con la pizarra colgando, en blanco. No se movía.

Elena tragó saliva. Dio un paso hacia adelante, pero la madera crujió bajo sus pies. Jacinta giró

lentamente la cabeza. Sus ojos marrones brillantes dentro de la oscuridad

Elena se escondió de inmediato, pero nunca olvidó esa mirada.

El día imposible

El calendario de la cocina marcaba el 31 de febrero. Nadie lo cuestionó. Los niños desayunaban pan

duro y leche aguada como cualquier otro día.

Pero Elena se quedó mirando los números pintados en rojo. Su mano tembló cuando anotó en el

cuaderno:

"Hoy es un día que no existe."

Esa misma tarde, Jacinta bajó sola al sótano.

El pacto

El sótano estaba húmedo, impregnado de olor a moho y ceniza vieja. Jacinta bajó descalza, con la

pizarra en mano. Se detuvo en el rincón más oscuro, donde ni las velas alcanzaban.

Allí, la sombra parecía palpitar. Una voz suave, pegajosa, como seda sobre un cuchillo, se deslizó por

las piedras:

Monstruo —Dame tu silencio.

Monstruo —Y yo te daré compañía.

Jacinta bajó la mirada. La pizarra temblaba en sus manos. Escribió con letras torpes:

“Sí.”

En ese instante, la pizarra se rompió en dos. La tiza se partió en pedazos como huesos frágiles.

Jacinta no lloró. Solo dejó que las astillas cayeran al suelo.

El sótano vibró. No con ruido, sino con un pulso, como un corazón recién encendido.

Epílogo

Esa noche, Elena escribió en su cuaderno:

"El calendario miente. Hoy vivimos un día que nunca existió. Y Jacinta ya no está sola."

Las paredes del orfanato crujieron como si alguien respirara detrás de ellas.

Segunda parte

El altar de papel

(1 – 7 de marzo de 1950, Orfanato Lennox)

Los primeros papeles

Después del pacto, Jacinta cambió. Ya no usaba la pizarrita rota. No necesitaba escribir para hacerse

entender. Su silencio pesaba más que cualquier palabra.

Comenzó a recolectar papeles:

Hojas de sermones antiguos. Cuadernos usados con tachones infantiles. Periódicos húmedos que los

cuidadores usaban para limpiar.

Los escondía bajo su colchón, pero por las noches los llevaba al sótano. Allí, los apilaba con orden

meticuloso, como si cada hoja tuviera un propósito.

El aire del sótano cambió: olía a tinta rancia y a papel húmedo, como una biblioteca enferma.

Elena sospecha

Elena seguía con atención cada uno de sus movimientos. Cada noche anotaba en su cuaderno:

"Jacinta desaparece. Jacinta baja al sótano. Jacinta habla sin hablar."

Una madrugada se atrevió a seguirla hasta la mitad de la escalera. Desde allí escuchó un sonido

inquietante: el crujir de cientos de páginas agitadas al mismo tiempo, como un enjambre de alas secas.

Elena no se atrevió a bajar, pero supo que no estaba sola.

Margaret y el recuerdo falso

Margaret sorprendió a Jacinta guardando papeles bajo el colchón. La enfrentó con rabia:

Margaret —¿Qué haces? ¿Por qué robas cosas de la capilla?

Jacinta levantó una hoja y escribió con calma:

“Siempre lo hice. Tú lo sabes.”

Margaret retrocedió, confundida. En su mente, un recuerdo se formó: risas pasadas con Jacinta,

juegos compartidos. Aunque sabía que era imposible, lo creyó. El monstruo empezaba a plantar

memorias falsas.

El sacerdote inquieto

El padre Mauricio, preocupado por las desapariciones nocturnas, revisó la capilla. Encontró cenizas de

papeles chamuscados, aún tibias. No eran restos normales: al tocarlos, sintió como si guardaran un

eco de voces.

Esa noche revisó los registros del orfanato. Y descubrió algo inquietante:

Jacinta solo aparecía a partir de enero.

Sin embargo, en sus recuerdos, creía haberla visto desde hacía mucho más tiempo.

El 7 de marzo

Jacinta bajó con una vela temblorosa. El altar estaba terminado: una montaña de hojas dobladas,

recortes manchados de tinta, figuras de papel deformes.

Colocó la vela en el centro.

El fuego no consumió el papel. En su lugar, las páginas comenzaron a soldarse entre sí, crujientes,

hasta formar un cuerpo humanoide, frágil, pero vivo.

Los ojos eran dos huecos negros.

Monstruo/entidad —Ahora soy más que un recuerdo.

Monstruo/entidad —Gracias, Jacinta.

Su voz era como el ruido de cientos de páginas desgarrándose.

Jacinta extendió la mano, y el monstruo la tomó.

Epílogo

Elena, desde la escalera, no vio la figura, pero escuchó el crujido del papel y sintió el aire pesado,

como si el sótano hubiera comenzado a respirar.

En su cuaderno escribió, con letra temblorosa:

"El altar respira. Y desde hoy, el orfanato también.”

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