Una joven es arrojada a las vías de un tren y su existencia se extingue en un instante. Cuando vuelve a abrir los ojos, no encuentra descanso ni luz, sino el cuerpo de la villana secundaria de la novela que siempre odió. La rabia que arrastraba en su antigua vida despierta ahí, más fría y afilada que nunca.
En ese mundo donde la “santa” es intocable y los héroes juegan a ser salvadores, ella decide convertirse en la sombra que los devore. No quiere redención. No quiere justicia. Solo quiere verlos caer.
¿Podrá quebrar la historia que otros escribieron?
¿Quién detiene a alguien que dejó de creer en la misericordia?
¿Y qué ocurre cuando la oscuridad obtiene un nuevo nombre… y un nuevo rostro?
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El Verdadero Reto
Jessica chasqueó los dedos y dos chicos entraron al campo de tiro. Retiraron todos los blancos alineados y, en su lugar, trajeron una gran estructura de madera. Al presionar un botón, varios blancos emergieron y comenzaron a moverse.
—Cada blanco vale distintos puntos —explicó Jessica—. El que apenas se mueve vale uno. El que gira, cinco. Y el que nunca se queda quieto, diez.
Ember observó con atención… hasta que notó algo más.
—¿Y ese que desaparece? —preguntó, señalando un blanco que aparecía solo por instantes.
Jessica dudó un segundo.
—Ah, lo notaste. Ese vale veinte puntos, pero es imposible de acertar, así que lo ignoramos.
—Claro —respondió Ember, sin más.
Jessica continuó:
—Son tres reglas simples. Número uno: nada de magia. Número dos: debes acumular treinta puntos. Número tres: solo cinco flechas.
Le entregó exactamente cinco. Ember sonrió apenas y las tomó con calma. Isha saltó de sus brazos y se acomodó sobre su hombro, observando la escena en silencio.
Ember alzó el arco y apunto al blanco de diez puntos.
Soltó la flecha.
Impacto limpio. Diez puntos.
La segunda flecha falló.
La tercera también.
Le quedaban dos flechas.
Jessica frunció el ceño.
—No estás apuntando al blanco —dijo, observándola con atención.
—Lo sé —respondió Ember sin girarse.
Seguía apuntando… pero no al blanco visible.
—Uno… dos… tres… cuatro…
Antes de decir cinco, soltó la flecha.
El proyectil voló justo cuando el blanco apareció.
Impacto perfecto.
Veinte puntos.
Con los diez iniciales, ya había alcanzado los treinta. Pero Ember no se detuvo. Tomó la última flecha y, sin esfuerzo aparente, volvió a acertar al blanco de diez puntos.
El silencio se apoderó del campo.
Hasta que Jessica empezó a aplaudir.
Los demás la siguieron.
—Excelente —dijo finalmente—. Nueva integrante del Club de Armas Mixtas.
Luego se giró hacia los demás.
—Guarden todo y pónganlo donde estaba.
Volvió a mirar a Ember, ahora con una sonrisa sincera.
—Es una lástima que te hayas inscrito en tu último año. Habría sido mejor tenerte desde el primero.
—He tomado malas decisiones los últimos dos años —respondió Ember—. Me habría gustado estar antes, pero lo importante es estar aquí ahora.
Jessica asintió.
—Tienes razón. Te espero en la próxima sección.
Se despidió para ayudar a los demás. Ember tomó a Isha de su hombro y la cargó en brazos al salir. A lo lejos, Leo las observaba, riendo por lo bajo.
Mientras caminaban por los pasillos rumbo al dormitorio, Isha habló:
—Tienes demasiado talento. Dudo que lo hayas aprendido leyendo… y mucho menos que la antigua Ember supiera algo así.
—Tienes razón —respondió Ember—. Eso lo aprendí a los nueve años, antes de venir a este mundo, pero…
El recuerdo la golpeó.
Una niña de ojos morados lloraba desconsolada.
—Ella me humilló frente a todos —dijo, señalando a otra niña más pequeña, de ojos cafés y largo cabello castaño que cubría parte de su rostro.
—¿Cómo te atreves a hacerle eso a tu hermana? —gritó una mujer, abrazando a la niña que lloraba.
—Mami, ella es mala conmigo —sollozó la niña de ojos morados.
La mujer miró con desprecio a la otra.
—No puedo creer que te haya criado todo este tiempo.
Sujetó con fuerza a la niña castaña del hombro.
—Mery, ahora mismo te vas a disculpar con tu hermana.
—Pero yo no hice nada… —susurró Mery.
La niña de ojos morados comenzó a llorar aún más fuerte. La madre, furiosa, le arrebató el arco a Mery, lo rompió sin esfuerzo y lo lanzó al fuego de la chimenea.
Mery intentó rescatar los pedazos antes de que se incendiara, con lágrimas cayendo una tras otra, pero la mujer la tomó del brazo y la arrojó a un pequeño cuarto bajo las escaleras, lleno de escobas y trastos.
Cerró la puerta y la aseguró.
—Te quedarás ahí hasta que reflexiones.
Luego tomó de la mano a la niña de ojos morados y se alejó.
Pasaron dos días.
Sin agua.
Sin comida.
Mery seguía encerrada, llorando en silencio.
Un grito la devolvió al presente.
—¿Pero qué? —preguntó Isha, sobresaltada.
—Nada. Volvamos rápido, estoy cansada —respondió Ember, sin ganas de explicar.
Al entrar al dormitorio, se encontraron con Lily cubierta de pintura de pies a cabeza, como si hubiera perdido una guerra contra un arcoíris. Ya estaba lista para meterse a la ducha.
—Señorita Ember —saludó Lily con total naturalidad, como si no pareciera un lienzo viviente.
—¿Qué te pasó? —preguntó Ember, observándola de arriba abajo.
—Como hoy fue el primer día de los clubes el club de Bellas Artes dio libertad total para crear —explicó—. Creo que me excedí un poco con la pintura… por eso terminé así.
Entró a la ducha y cerró la puerta detrás de ella. Ember solo suspiró, demasiado cansada para comentar nada, y se dejó caer sobre la cama junto a Isha.
Minutos después, Lily salió envuelta en vapor. Ember fue entonces a darse un baño.
Bajo la ducha, el agua resbalaba por su cabeza y sus hombros, pero no lograba borrar sus pensamientos. La imagen de su madre y de la niña de ojos morados volvió sin pedir permiso.
La ira se encendió de golpe.
Apretó los puños con fuerza, tanto que le dolían. El aire a su alrededor pareció tensarse y su cabello comenzó a tornarse plateado, mechón por mechón.
Ember cerró los ojos.
Inhaló profundo.
Exhaló despacio.
La furia cedió poco a poco, el color de su cabello volvió a la normalidad y el silencio regresó, roto solo por el sonido constante del agua.
Luego salió del baño y se puso su pijama. Al regresar al dormitorio, aún se secaba el cabello con otra toalla.
—Señorita Ember, debe ver esto —dijo Lily, extendiendo una sábana frente a ella.
—¿Una sábana? —repitió Ember, confundida.
Lily soltó una pequeña risa.
—Quita la sábana.
Ember obedeció y tiró de la tela con cuidado. Debajo apareció una pintura hermosa, llena de color y luz. En ella estaban retratados Daniel, Lily y Ember, capturados con una calidez que casi parecía viva.
Ember se quedó sin palabras por un instante.
—Es… hermoso —fue lo único que logró decir.
Lily tomó la pintura y la colgó en una de las paredes del dormitorio.
—Me esforcé mucho —admitió, con una mezcla de timidez y orgullo.
—Y se nota. De verdad tienes talento, Lily —dijo Ember, sonriendo.
Lily le devolvió la sonrisa, y ambas se acomodaron de nuevo en la cama, dejando que el silencio tranquilo llenara la habitación.
En el dormitorio de al lado, Katy caminaba de un lado a otro, inquieta.
—Esto está mal… nada está yendo como en la novela —murmuró—. Si esto sigue así, no obtendré el poder de la santa.
Se detuvo de golpe. Su expresión se volvió fría, calculadora.
—Debo enderezar el rumbo de la historia.