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LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Magia / Mundo mágico / Acción / Espadas y magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Cristian David Leon

Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.

NovelToon tiene autorización de Cristian David Leon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL VENDEDOR DE MANZANAS

​El sol comenzaba a descender sobre las agujas góticas y las imponentes torres del reino de Grand Village. Había transcurrido un mes desde que la rutina se instalara en la academia, y para los estudiantes, el tiempo se había convertido en un recurso más valioso que el oro. Faltaba apenas un mes para el esperado Torneo de Novatos, el evento que definiría el futuro de muchos jóvenes aspirantes a magos.

​Dentro del aula, la atmósfera era densa, cargada de la anticipación de quienes saben que su vida está a punto de cambiar. La Profesora Jill, con su habitual porte severo y mirada analítica, rompió el murmullo general con un anuncio que cayó como un balde de agua fría sobre los presentes.

​—Bien, escuchen —dijo Jill, su voz resonando contra las paredes de piedra—. El Torneo de Novatos se ha adelantado.

​Leónidas, un joven de cabellera oscura y ojos llenos de una determinación ardiente, sintió un vuelco en el corazón.

​—¿Qué? —exclamó, sin poder ocultar su sorpresa.

​—Solo queda un mes para su inicio —sentenció la profesora, ignorando el asombro general.

​Blake, sentado a poca distancia de Leónidas, dejó escapar un suspiro de frustración. Su rostro, parcialmente cubierto por una máscara, denotaba una mezcla de cansancio y preocupación.

​—Es muy poco tiempo... —murmuró Blake, mirando sus propias manos como si buscara en ellas el poder que aún le faltaba dominar.

​—Lo sé —respondió la Profesora Jill con una pizca de empatía técnica—, pero así lo decidió el consejo académico.

​Leónidas no volvió a hablar, pero su mente trabajaba a toda velocidad. “Debo apresurar más mi entrenamiento…”, pensó, apretando los puños bajo la mesa. Cada segundo contaba ahora el doble.

​—Recuerden —añadió la profesora antes de finalizar la sesión—, fuera de la academia pueden entrenar, pero háganlo con cuidado. No queremos incidentes antes de la competencia.

​En ese preciso instante, el agudo sonido de la campana anunció el fin de las clases. El eco metálico pareció marcar el inicio de una cuenta regresiva invisible.

​—Solo un mes, no puedo creerlo —insistió Blake mientras recogían sus pertenencias.

​—Todos reaccionamos igual, Blake —intervino Leónidas, tratando de mantener la compostura—. No sirve de nada lamentarse por el calendario.

​Deila, una joven de cabello plateado y mirada serena que completaba el grupo, intervino con un tono desapegado, casi filosófico.

​—No pasa nada si no clasificamos —dijo ella con naturalidad.

​Leónidas la miró con una ceja levantada, dejando entrever una ligera envidia.

​—Lo dices porque seguro tú ya estás en el top, Deila —le espetó él.

​—No... —respondió ella escuetamente, aunque su aura de confianza decía lo contrario.

​Blake, intentando suavizar la tensión, puso una mano sobre el hombro de sus amigos.

​—Tranquilos, los tres seguro entraremos —aseguró con optimismo—. Solo tenemos que esforzarnos al máximo este último tramo.

​Al salir del edificio principal, Leónidas se detuvo frente a la bifurcación que llevaba a las puertas de la ciudad.

​—Bien, yo iré a entrenar a las afueras —anunció Leónidas—. ¿Qué harán ustedes?

​—Yo ayudaré a mi padre con unas cosas... —respondió Blake, despidiéndose con un gesto de la mano.

​Leónidas se giró hacia la joven de cabellos de plata.

​—¿Deila? —preguntó.

​—Yo... también iré a entrenar —contestó ella tras una breve duda.

​—De acuerdo, nos vemos mañana —dijo Leónidas.

​—Hasta luego —se despidió Blake.

​—Adiós... —susurró Deila.

​Los tres magos se separaron, cada uno cargando con sus propias ambiciones y miedos.

​Leónidas abandonó los límites seguros del reino. Caminó durante un rato hasta llegar a las proximidades del "Bosque Bajo", un lugar de vegetación densa pero controlada, ideal para practicar hechizos sin el riesgo de dañar estructuras o ser interrumpido por la multitud.

​—Este lugar está bien... —se dijo a sí mismo, observando un claro rodeado de árboles robustos—. Bien, será mejor que empiece.

​Se colocó en posición de combate, separando las piernas y respirando profundamente. Su concentración era total; el mundo exterior dejó de existir.

​Cierra los ojos.

​—Dios del fuego, quema a mis enemigos... ¡Llama neutral! —exclamó con fuerza, extendiendo su brazo hacia un grueso tronco.

​Una pequeña chispa brotó de sus dedos, convirtiéndose en una llama vacilante que apenas lamió la corteza del árbol antes de extinguirse. El ataque fue extremadamente débil; ni siquiera logró dejar una marca de quemadura seria en la madera.

​—Maldición, solo quemé una hoja... —gruñó Leónidas, frustrado—. Debo aprender a dominar un subdominio. ¿Pero cómo?

​—Veo que necesitas ayuda, niño.

​Leónidas dio un salto, sobresaltado por la voz que surgió de entre las sombras de los árboles.

​—Se asusta —sus movimientos fueron erráticos mientras buscaba el origen del sonido—. ¿Quién es usted, anciano?

​Frente a él apareció un hombre de avanzada edad, con ropas sencillas y una sonrisa enigmática grabada en un rostro surcado por el tiempo.

​—Tranquilo, ¿no me recuerdas? —preguntó el viejo con una risita.

​Leónidas entornó los ojos, tratando de ubicar aquel rostro en su memoria reciente.

​—El señor del puesto de manzanas... —recordó de repente.

​—Correcto. Aunque realmente la tienda era de mi esposa —aclaró el anciano, restándole importancia.

​—¿Qué hace en este lugar? Puede ser peligroso —advirtió Leónidas, recuperando un poco su compostura de guerrero.

​—Conozco este bosque mucho mejor que tú, niño —replicó el hombre con suficiencia—. Solo pasaba caminando por unas manzanas y te vi usar magia...

​Leónidas se encogió de hombros, volviendo su atención al árbol.

​—Estoy entrenando —dijo secamente.

​—Entrenando... qué sorpresa —comentó el anciano. Se llevó una mano a la barbilla y, casi de forma imperceptible, susurró—: Igual que tu padre...

​—¿Qué dijo? —preguntó Leónidas, girándose rápidamente.

​—Nada, solo balbuceaba, ja, ja, ja —mintió el viejo con una carcajada jovial.

​—Si no le molesta, seguiré entrenando —sentenció el joven, dándole la espalda de nuevo.

​—Adelante —respondió el anciano, cruzándose de brazos y quedándose allí, de pie, observando fijamente.

​Leónidas intentó ignorarlo, pero la mirada del hombre se sentía como un peso físico sobre su nuca.

​—Qué incómodo...—pensó—. No puedo concentrarme si me está viendo...

​—¿De verdad? Tranquilo, no me quedaré mucho tiempo —aseguró el anciano, adivinando sus pensamientos.

​Haciendo un esfuerzo por aislarse, Leónidas volvió a posicionarse. Respiró, visualizó el calor interno y lanzó el ataque una vez más.

​—¡Dios del fuego, quema a mis enemigos... Llama neutral!

​Nuevamente, el resultado fue decepcionante. El fuego apenas fue un suspiro de calor.

​—Maldición... —masculló el chico.

​—Ya veo... lo estás haciendo mal —sentenció el vendedor de manzanas desde su posición.

​Leónidas se giró, indignado.

​—¿Cómo sabe eso? —desafió.

​—Mira, estás parado con el pie equivocado —explicó el viejo, señalando hacia abajo—. Es con el derecho. Inténtalo de nuevo.

​El joven mago dudó. “¿Hacerle caso a un viejo...?”, se preguntó con escepticismo.

​—Dije que lo intentes —ordenó el anciano con una autoridad que no encajaba con un simple mercader.

​—Está bien... —cedió Leónidas.

​Se volvió a posicionar, ajustando su base y adelantando el pie derecho tal como le habían indicado. Sintió el cambio en el equilibrio de su cuerpo de inmediato. Concentró su energía, la canalizó a través de su nueva postura y gritó:

​—¡Dios del fuego, quema a mis enemigos... Llama neutral!

​Esta vez, el ataque tomó un efecto positivo devastador. Una ráfaga ígnea salió disparada con una potencia que no había logrado antes, envolviendo y quemando por completo el tronco del árbol.

​—¿Qué? —exclamó Leónidas, con los ojos como platos ante la efectividad del consejo.

​—Ja, ja, ja, así está mejor —celebró el anciano, complacido.

​—Oiga, anciano... ¿Quién es usted realmente? —preguntó Leónidas, ahora con genuina curiosidad y respeto.

​—¿Yo? Solo un mercader de manzanas —respondió el hombre, comenzando a caminar para alejarse—. Tengo que irme, nos vemos...

​Antes de desaparecer entre los árboles, el viejo lanzó una última advertencia.

​—Y no olvides apagar ese árbol, si no, se quemará todo el bosque...

​—¡Oh, no! —Leónidas reaccionó de inmediato, dándose cuenta de que el incendio que acababa de provocar empezaba a extenderse.

​Después de un largo rato de lucha frenética para extinguir las llamas y evitar una catástrofe forestal, Leónidas regresó a su casa, agotado y cubierto de ceniza. Al entrar, su padre lo recibió con una mirada inquisitiva.

​—Oye, hijo, ¿te encuentras bien? —preguntó el Padre

​—Sí, solo estoy cansado... —respondió Leónidas, dejándose caer en una silla.

​Su madre, que salía de la cocina, se detuvo en seco al verlo.

​—Tu ropa está quemada... —observó ella con preocupación.

​—Ah, sí... digamos que estaba jugando con fuego —respondió el joven con una sonrisa cansada.

​El padre de Leónidas, en un arrebato de lógica algo cuestionable, se llevó las manos a la cara.

​—Mi hijo... ¡Al fin tiene novia! —exclamó, comenzando a llorar de la emoción, asumiendo que el estado de su ropa se debía a algún tipo de altercado romántico.

​—Eres un idiota, cariño —sentenció la madre, golpeándolo suavemente para que se callara—. Descansa, hijo.

​—Hasta mañana... —dijo Leónidas, subiendo a su habitación.

​—Y tú... —añadió la madre, girándose hacia su esposo con una mirada autoritaria—. Ve y lava los platos.

​—¿Otra vez? —se quejó el hombre.

​—Acaso quieres... —la madre no necesitó terminar la frase; su expresión lo decía todo.

​—Está bien, ya voy, no me ahogues de nuevo... —cedió el padre rápidamente, dirigiéndose a la cocina mientras ella sonreía triunfante.

​Mientras tanto, en la penumbra de su habitación, Leónidas no podía dejar de pensar en el extraño del bosque. “¿Quién era ese anciano?. El misterio rodeaba al vendedor de manzanas, alguien que podría ser un aliado invaluable... o un enemigo oculto entre las sombras.

​El tiempo seguía corriendo. Solo quedaba un mes para el Torneo de Novatos.

1
Camila Surita
me encantaaa
Yolanda Leon
muy bueno, me encanta
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