NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
...JULIETA ÁLVAREZ ...
—¡Álvarez! ¡A mi oficina, ahora! —retumbó la voz del señor Gómez desde la puerta de cristal.
Toda la planta se quedó en silencio.
Me puse de pie con las piernas temblorosas y entré a su despacho. Sobre la mesa descansaba el tiraje completo de las pruebas de imprenta del libro estelar del mes.
—¿Me puedes explicar qué significa esto? —exigió Gómez, arrojando una de las hojas sobre el escritorio—. Nombres mal escritos en la portada interior y un desfase de dos milímetros en los márgenes de los capítulos. ¡Esto es inaceptable!
—Señor Gómez, yo revisé las galeradas ayer y...
—¡No me interesan sus excusas! —interrumpió, dándole un golpe a la mesa—. Todo el material se va a la basura. Y usted no se va de esta oficina hoy hasta que me entregue el archivo corregido, maquetado y listo para mandar a imprenta a primera hora.
Sabía que la mitad del error venía del diseñador, pero el hilo siempre se rompe por lo más delgado.
Al salir de la oficina, los compañeros ya recogían sus cosas para irse. La angustia se me juntó con la vergüenza.
Me senté en mi cubículo, abrí el programa de edición y me pasé las manos por la cara, sintiendo cómo las lágrimas de rabia amenazaban con salir.
A las ocho de la noche, la editorial era un cementerio. Solo quedaban encendidas las luces de mi cubículo y la lámpara del fondo.
La de Alejandro Santana.
Él no tenía ninguna obligación de quedarse, pero ahí estaba, trabajando en silencio.
Me armé de valor, tomé la carpeta corregida y me acerqué a su escritorio.
—Santana... —dije con voz pequeña—. Ya terminé de maquetar el capítulo tres. ¿Podría revisarlo, por favor?
Alejandro ni siquiera pestañeo. Dejó la pluma a un lado, se echó ligeramente hacia atrás y me miró con esa frialdad que siempre lo caracterizaba.
—Déjelo sobre la mesa, señorita Álvarez —respondió. Su voz era grave, pausada y tajante.
—Le prometo que esta vez revisé cada margen. No sé qué me pasó en la mañana.
—Le pasó que tiene la cabeza en otra parte —sentenció él, sosteniéndome la mirada con una distancia glacial—. En este oficio, un segundo de distracción arruina el trabajo de meses. Si usted no puede dejar sus asuntos personales en la puerta de entrada, no debería estar aquí.
Sentí un nudo sofocante en la garganta.
—Mis problemas no influyen en...
—Sí influyen —interrumpió sin alzar la voz—. Su teléfono ha estado sonando todo el día. Trae la mirada perdida y comete errores de principiante. No me interesa saber qué le ocurre, señorita Álvarez, pero no voy a permitir que su falta de atención nos obligue a pasarnos la noche aquí a ambos.
Me quedé muda, mordiéndome el labio inferior para no romper a llorar frente a él.
Alejandro tomó la carpeta, abrió el documento en su pantalla y comenzó a revisar página por página con una precisión rítmica y aterradora. Durante cuarenta minutos solo se escuchó el tecleo de su computadora y el roce de las hojas.
A las nueve y media de la noche, finalmente cerró el archivo.
—Está correcto. Puede enviar el correo al centro de impresión y retirarse —dijo, poniéndose de pie y abotonándose el saco.
—Gracias, Santana. Y... lamento haberle hecho perder el tiempo.
Él tomó su maletín. Pasó a mi lado hacia la salida, dándome la espalda.
—No se disculpe —dijo antes de abrir la puerta de las escaleras—. Solo asegúrese de no volver a cometer el mismo error mañana. Que tenga buena noche, señorita Álvarez.
Salí de la editorial cerca de las diez de la noche.
El viento frío de la calle me golpeó el rostro en cuanto crucé las puertas de cristal.
Me ajusté el abrigo hasta el cuello, arrastrando los pies de cansancio, sintiendo la espalda molida por las horas frente a la pantalla y los ojos secos de tanto aguantarme las lágrimas.
Estaba a punto de sacar el teléfono para pedir un coche cuando una luz alta me encandiló desde el estacionamiento de visitas.
Un auto negro avanzó despacio y se detuvo a pocos metros de mí, subiéndose ligeramente a la acera. La ventanilla del piloto bajó.
Roberto.
—Sube, Julieta —dijo sin rodeos, con el motor encendido.
Me congelé en medio de la acera. Mi corazón dio un vuelco violento, mezclando rabia, pánico y una nostalgia absurda que odiaba sentir.
—¿Qué haces aquí, Roberto? Es tardísimo.
—Llevo casi tres horas esperándote aquí afuera —respondió, apagando el motor y saliendo del auto a toda prisa. Venía sin corbata, con el cabello ligeramente despeinado y la mandíbula tensa—. ¿Tienes idea de cuántas veces te llamé? Tu madre me dijo que seguías en la oficina y tuve que inventarle una excusa para que no se preocupara.
—No tenías ningún derecho a llamar a mi casa —contesté, dando un paso hacia atrás mientras él se acercaba.
—¿Y qué querías que hiciera? Te fuiste anoche como si yo fuera una escoria y hoy me ignoraste todo el día —dijo, acortando la distancia hasta quedar a medio metro de mí. Intentó tomarme de los hombros, pero me zafé de golpe—. No hagas esto en la calle, Julieta. Sube al coche y hablamos.
—No voy a subir a ningún lado contigo. Ya te dije anoche que esto se acabó.
Roberto soltó una risa amarga y corta, negando con la cabeza como si estuviera escuchando a una niña pequeña tener un berrinche.
—No digas estupideces. Sabes perfectamente que nos queremos. Solo estoy pidiéndote paciencia, la situación con Sofía es complicada por la niña, ya te lo he explicado mil veces.
—Llevas tres años pidiéndome paciencia, Roberto —la voz me tembló, pero logré sostenerle la mirada—. Tres años pidiéndome que me esconda, que espere, que acepte tus sobras. Ya no quiero ser tu secreto.
—No digas esas idioteces—dijo él, bajando el tono a un susurro peligroso y dando un paso firme hacia adelante que me obligó a chocar la espalda contra el muro del edificio—. Te he protegido desde que éramos unos niños. Te he dado todo lo que he podido. No voy a permitir que me eches a la basura por un berrinche de un día. Sube al coche. Ahora.
Me tomó de la muñeca con fuerza. No me estaba lastimando, pero la firmeza de su agarre no me dejaba espacio para soltarme. El miedo me apretó la garganta.
—Suelte a la señorita Álvarez.
Roberto se detuvo en seco.
Alejandro Santana estaba parado a dos pasos de nosotros. Llevaba el maletín en la mano izquierda y el abrigo negro cerrado. Su rostro no reflejaba enojo, ni sorpresa, ni rabia. Solo había una neutralidad absoluta, la mirada fija de un hombre que evalúa a su presa antes de dar el primer golpe.
—¿Quién es usted? —masculló Roberto, apretando más mi muñeca por pura frustración—. Le recomiendo que no se meta en lo que no le importa. Esto es un asunto personal entre ella y yo.
Alejandro ni siquiera pestañeó. Dio un paso lento hacia adelante.
—Se lo voy a repetir una sola vez —dijo Alejandro—. Suelte su mano. Esta es la vía pública y usted la está reteniendo contra su voluntad.
—Es mi novia, imbécil.
—Ella le pidió que la soltara —sentenció Alejandro, fijando sus ojos oscuros directamente en la mano de Roberto.
El silencio que siguió duró apenas tres segundos, pero se sintió como una eternidad.
Había algo en la postura de Alejandro, en la forma rígida en que mantenía los hombros y en la calma casi inquietante con la que sostenía la mirada, que transmitía peligro.
Además, era imposible ignorar su tamaño.
Alejandro era mucho más alto y corpulento que Roberto; tenía los hombros anchos, los brazos marcados bajo la tela de la camisa y una musculatura que no parecía solo producto de un gimnasio, sino de años de disciplina.
De pie frente a él, Roberto parecía considerablemente más pequeño.
Roberto lo notó. Vi cómo tragó saliva, cómo su valentía se desmoronaba frente al muro impenetrable que tenía enfrente.
Lentamente, Roberto aflojó los dedos y me liberó.
—Te dejo pasar este capricho por hoy, Julieta —dijo Roberto, dando dos pasos hacia atrás para subir a su coche, tratando de disimular el temblor de sus manos—. Mañana que se te pase la histeria me buscas.
Arrancó el motor, aceleró a fondo y el auto desapareció rápidamente por la avenida.
Me quedé pegada al muro, respirando con dificultad, abrazándome a mí misma mientras las lágrimas de pura adrenalina finalmente rodaban por mis mejillas.
Alejandro no se acercó. Mantuvo la distancia exacta de dos metros, acomodándose el abrigo como si nada hubiera pasado.
—Voy a pedirle un transporte seguro, señorita Álvarez —dijo de manera neutra, sacando su teléfono del bolsillo—. A esta hora la zona es peligrosa.
Lo miré a través de mis lágrimas, con el pecho agitado.
—Gracias... Santana. De verdad, gracias.
Él no sonrió. Ni siquiera me devolvió una mirada ablandada.
—No me dé las gracias. Solamente no me gusta la gente que no entiende un "no" por respuesta—contestó con frialdad—. Camine al frente. Yo esperaré a que aborde su vehículo.
Y así lo hizo.
Se quedó parado como una estatua en la acera, en absoluto silencio, velando por mi seguridad sin darme una sola muestra de calidez, recordándome que entre los dos solo existía una distancia infranqueable.