Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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El silencio más aterrador
El alumno que había llegado tarde permanecía inmóvil junto a la puerta, esperando el castigo que, según él, merecía.
Todo el Aula Cero estaba convencido de que el profesor Kenji estaba decidiendo cómo ejecutarlo.
Sin embargo, Kenji solo recordó las incontables veces que él mismo había llegado unos minutos tarde a la oficina después de trabajar hasta la madrugada y cómo su antiguo jefe lo recibía con gritos que hacían temblar todo el piso.
No quería que nadie sintiera aquel miedo otra vez.
Sonrió con amabilidad y dijo con voz tranquila: «No te preocupes. Lo importante es que llegaste. Solo intenta salir un poco antes la próxima vez para no ponerte nervioso.»
El muchacho quedó completamente paralizado. Los demás alumnos comenzaron a mirarlo con envidia. «¡Le perdonó la vida!», pensó uno.
«El profesor es más misericordioso de lo que cuentan las leyendas», pensó otro.
Dani bajó lentamente la cabeza.
«Profesor... gracias por su inmensa compasión...»
Kenji inclinó ligeramente la cabeza, confundido. «¿Compasión? Solo le dije que no llegara tarde...»
Después de que el estudiante tomara asiento, Kenji decidió comenzar la clase. Tomó una tiza y escribió lentamente su nombre en el pizarrón. «Profesor Kenji».
Al terminar respiró profundamente para relajarse.
En ese mismo instante el aire del salón se volvió tan pesado que varios alumnos sintieron que sus piernas dejaban de responderles.
Las ventanas vibraron, las lámparas mágicas parpadearon y las barreras protectoras de la academia emitieron un destello visible desde toda la ciudad.
Kenji observó la tiza con curiosidad. «Qué raro... esta academia debe tener una humedad terrible.»
Mientras tanto, en la oficina del director, una alarma mágica comenzó a sonar sin detenerse.
Un profesor abrió la puerta completamente pálido. «¡Director! ¡Las barreras detectaron una presencia capaz de destruir el reino!»
El director dejó lentamente su taza sobre la mesa. «¿Otra vez el profesor Kenji?» El anciano asintió.
«Sí... acaba de... respirar.» Toda la sala quedó en silencio.
Uno de los maestros más veteranos murmuró con resignación. «Algún día tendremos que acostumbrarnos a que respirar sea una catástrofe.»
Kenji dejó la tiza sobre el escritorio y observó a sus alumnos.
«Antes de comenzar me gustaría saber qué esperan aprender este año.» Nadie respondió.
No porque no quisieran, sino porque estaban convencidos de que aquella era una prueba.
Dani sintió que el sudor recorría su espalda. «El profesor nos está poniendo a prueba para descubrir quién es el más ambicioso.»
Después de unos segundos de silencio, levantó la mano lentamente. «Profesor... aprender lo que usted considere suficiente.»
Kenji sonrió satisfecho. «Excelente respuesta. Es bueno mantener la mente abierta.» Los alumnos casi se desmayan.
«¡Acertó!», pensaron todos al mismo tiempo. A partir de ese momento nadie volvió a tener intención de responder algo diferente a Dani.
Mientras la clase continuaba, un pequeño pájaro entró por la ventana y comenzó a revolotear por el salón.
Kenji sonrió al verlo. Siempre le habían gustado los animales, así que extendió lentamente un dedo para que el ave se posara sobre él.
Lo que nadie esperaba era que aquella criatura fuera una bestia mágica utilizada por la academia para entregar mensajes urgentes.
El pequeño pájaro, que normalmente ignoraba a todo el mundo, aterrizó inmediatamente sobre la mano de Kenji, bajó la cabeza y comenzó a temblar.
Los alumnos abrieron los ojos como platos. Dani sintió un escalofrío. «Hasta las bestias mágicas lo reconocen como su amo...»
Kenji acarició suavemente la cabeza del animal y sonrió. «Qué tranquilo eres.»
El pájaro lanzó un pequeño chillido antes de salir volando a toda velocidad, como si acabara de sobrevivir al encuentro más peligroso de su vida.
Ningún estudiante volvió a mirar por la ventana durante el resto de la clase, convencidos de que incluso las criaturas mágicas sabían que el hombre frente a ellos era una existencia que jamás debía ser provocada.
Continuará...