En un pequeño taller lleno de historia y sencillez vive Liam: un joven trabajador, responsable y honrado, que cuida de su madre enferma y lleva una vida alejada de los reflectores. Todo cambia cuando llega Demián: un hombre imponente, dueño de una gran corporación, poderoso, dominante y acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Demián encarga que solo Liam repare su valioso coche antiguo y empieza a visitar el taller cada día. Se unen dos mundos opuestos: la humildad de Liam frente al control y la influencia de Demián. Nace una relación llena de tensión y sentimientos, donde el poder y la entrega se entrelazan en una historia que cambiará sus vidas para siempre.
NovelToon tiene autorización de Mateo Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La puerta que se abre
Pasaron los días siguientes con una calma que, para Liam, se sentía como una tormenta escondida bajo la superficie. Cada mañana abría el taller con la rutina de siempre, ordenaba las herramientas, revisaba las piezas del coche y pensaba en cada palabra, en cada mirada, en cada toque que había compartido con Demián. Sentía que algo grande se acercaba, algo que cambiaría todo lo que conocía, pero no sabía cuándo llegaría, ni cómo sería, ni si estaría preparado para lo que venía. A veces intentaba distraerse, trabajar con más fuerza para olvidar lo que sentía, pero era inútil: su mente volvía una y otra vez a ese momento en que estuvieron tan cerca, cuando el deseo había sido tan fuerte que parecía que podían tocarse, pero se habían detenido justo en el límite, dejándolo todo en suspenso.
Demián seguía apareciendo cada tarde, pero ahora sus visitas eran diferentes. Ya no se limitaba a mirar o a dar instrucciones; su presencia era más pesada, más cargada de significado. A veces se quedaba en silencio durante largos minutos, observándolo desde la sombra, con sus brazos cruzados y sus ojos azules brillando con una intensidad que hacía que la piel de Liam se le erizara. Otras veces, se acercaba a él cuando menos se lo esperaba, rozando su hombro, su mano o su cabello con una suavidad que contrastaba con la fuerza que lo caracterizaba, y luego se alejaba sin decir nada, dejando a Liam con el corazón latiendo con fuerza y con una sensación de que estaba a punto de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.
Había días en que Liam creía que todo seguiría así, en que la tensión se mantendría en el aire sin que nada cambiara, pero luego venían momentos en que sentía que Demián lo estaba probando, viendo hasta dónde podía llegar, cuánto podía tomar de él antes de que algo se rompiera. Una tarde, mientras Liam estaba ordenando unos papeles en el escritorio pequeño que había en un rincón, escuchó la puerta abrirse y sintió esa presencia familiar acercarse. No se giró de inmediato, pero sabía que estaba allí, a pocos pasos de distancia.
—Has trabajado bien estos días —dijo Demián, y su voz sonaba más grave de lo habitual, como si hubiera estado hablando en voz baja durante mucho tiempo.
—Gracias —respondió Liam, manteniendo la calma aunque sus manos comenzaron a temblar levemente. —Lo he hecho con cuidado, como me dijo.
—Sí, lo has hecho —coincidió Demián, y Liam sintió cómo se acercaba más, hasta que su sombra cayó sobre él, cubriéndolo por completo. —Y eso me hace pensar que eres más obediente de lo que creía, o tal vez que ya has entendido cuál es tu lugar.
Liam giró despacio, encontrándose con esa mirada que lo atraía y lo asustaba al mismo tiempo. Demián estaba más cerca que nunca, tan cerca que podía oler el aroma de su piel, mezclado con el perfume caro que siempre usaba. Sus ojos recorrían su rostro, como si estuviera leyendo cada pensamiento, cada emoción que pasaba por su interior.
—Sé cuál es mi lugar —dijo Liam, con la voz un poco temblorosa, pero firme. —Estoy aquí para hacer lo que usted diga.
Demián sonrió, pero esa sonrisa no llegaba a sus ojos; era una sonrisa calculadora, llena de secretos y de promesas que aún no se podían revelar. Extendió una mano y acarició con la yema de los dedos la mejilla de Liam, con una suavidad que parecía cuidadosa, pero que ocultaba una fuerza inmensa, como si pudiera romperlo en cualquier momento sin querer.
—Lo sabes —murmuró, inclinando la cabeza hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de él, pero sin tocarlo. —Pero saberlo y vivirlo son dos cosas muy distintas, pequeño mío. Ahora mismo estás aquí, frente a mí, sabiendo lo que quiero, sabiendo lo que siento... pero aún te detienes. Todavía hay una barrera entre nosotros, una puerta que está entreabierta, pero que no te atreves a cruzar.
Se separó un poco, pero mantuvo su mirada fija en la de él, sin dejar que se perdiera ni un solo detalle de lo que estaba sintiendo.
—¿Por qué no entras? —preguntó Demián, y su voz sonaba como un reto, como una invitación que no se podía rechazar. —La puerta está abierta. Solo tienes que dar el paso. Pero ten cuidado: una vez que cruces, no habrá vuelta atrás. Todo cambiará, todo será diferente, y no podrás volver a ser el mismo que eras antes de este momento. ¿Estás preparado para eso, Liam? ¿Estás preparado para dejar que yo entre en tu vida, en tu cuerpo, en tu alma? ¿O prefieres quedarte aquí, en la seguridad de lo que conoces, sabiendo que algo grande te espera pero sin atreverte a tomarlo?
Liam se quedó en silencio, con el corazón golpeándole tan fuerte que sentía que podía oírlo en sus oídos. Miró los ojos de Demián, y en ellos vio todo lo que él sentía: deseo, necesidad, poder, pero también algo más: una esperanza, una certeza de que él era el único que podía tenerlo, el único que podía entenderlo. Sabía que lo que le estaba preguntando era más que una simple decisión; era elegir entre una vida tranquila, segura, pero vacía, o una vida llena de pasión, de emociones fuertes y de un vínculo que lo uniría a Demián para siempre. Pero también sabía que esa elección traería consigo riesgos, peligros, momentos difíciles y situaciones que no podía prever.
No sabía qué responder. Por un lado, el miedo a lo desconocido lo hacía querer retroceder, a cerrar la puerta y quedarse donde estaba. Pero por otro lado, había algo dentro de él que lo llamaba, una fuerza más fuerte que cualquier miedo, que lo empujaba hacia adelante, hacia ese hombre que lo había atraído desde el primer día, hacia ese mundo nuevo que se le abría ante sus ojos.
Demián lo miró, esperando su respuesta, sin presionarlo, pero dejando claro que el tiempo se acababa, que el momento llegaba a su fin, y que pronto tendría que tomar una decisión que marcaría el resto de sus días. El ambiente se había vuelto tan denso que parecía que se podía tocar, lleno de preguntas sin responder, de emociones contenidas y de una intriga que crecía con cada segundo que pasaba, sin saber qué sucedería cuando se tomara esa decisión tan importante.