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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16 – El tablero

Después de lo ocurrido con los Herrera, el pueblo ya no se sentía igual, aunque todo aparentara seguir exactamente como siempre. Los ancianos continuaban con sus rutinas, sonriendo y moviéndose como si nada hubiera cambiado, pero algo en el ambiente se había vuelto más pesado, más presente, como si el miedo ya no fuera solo una sensación, sino una parte del aire mismo. Los Oquendo comenzaron a notarlo poco a poco, no de golpe, sino en pequeños momentos donde el tiempo parecía fallar, donde los sonidos no encajaban, donde las cosas ocurrían fuera de lugar, como si algo estuviera eligiendo cuándo y cómo tocarlos.

No fue simultáneo. No fue claro. Fue como si el tiempo se doblara para cada uno.

Andrés fue el primero en sentirlo, estando despierto en la sala, sin hacer nada en particular, cuando de repente todo a su alrededor pareció perder profundidad, no desaparecer, sino volverse extraño, como si la realidad se quedara corta por un instante. Frente a él, en el suelo, algo comenzó a formarse, un tablero oscuro que no debería caber en ese espacio, extendiéndose más allá de la habitación sin romperla, como si existiera en otra capa superpuesta. Sobre él había figuras pequeñas, con forma humana, inmóviles, alineadas como piezas de un juego que no necesitaba explicación. Andrés intentó moverse, pero su cuerpo no respondió, y entonces la voz apareció, no desde un punto fijo, sino como si estuviera dentro del espacio, dentro de él mismo.

—Interesante…

Una de las figuras se movió sin moverse, como si algo invisible la hubiera empujado, y otra simplemente dejó de estar.

—Otras familias… son más fáciles…

El aire se volvió más pesado, más difícil de sostener.

—Pero ustedes… siguen.

Andrés sintió una presión en el pecho, no dolorosa, pero sí invasiva, como si algo lo estuviera midiendo.

—Sus almas son mejores…

La voz se detuvo un instante, como si analizara.

—Pero más frágiles… si el miedo no es preciso… se rompen.

Una de las figuras en el tablero se agrietó lentamente, como si no pudiera sostener lo que la tocaba, y en ese mismo instante todo desapareció, el tablero, la voz, la sensación, dejando a Andrés cayendo hacia adelante, respirando con dificultad, sin entender completamente lo que había pasado, pero con la certeza de que no había sido un ataque, sino algo peor, una evaluación.

Horas después, Lili estaba en la cocina cuando el tiempo empezó a repetirse, el sonido de una gota cayendo una y otra vez, sin avanzar, sin cambiar, como si estuviera atrapada en ese instante. Levantó la mirada hacia la ventana y en el reflejo vio que no estaba sola. Detrás de ella había figuras, varias, inmóviles, demasiado cerca para no notarlas, y cada vez que parpadeaba estaban más próximas, sin haber caminado, sin haber hecho ruido.

—No es suficiente…

La voz volvió, más suave, más cercana, y cuando Lili cerró los ojos por un segundo, intentando escapar de la imagen, al abrirlos las figuras estaban justo detrás, tan cerca que sintió algo en el pecho, una presión desde dentro, como si la tocaran sin necesidad de hacerlo.

Con Santiago fue diferente, porque él ya estaba debilitado, cansado por las noches sin descanso, por el bebé que no dejaba de aparecer en sus sueños, por la duda constante de si era real o no. Cuando ocurrió, no supo distinguir si estaba dormido o despierto, porque su habitación parecía la misma pero no lo era, las paredes más oscuras, el aire más denso. El bebé estaba ahí, como siempre, pero esta vez no estaba solo. Detrás de él estaba Susan, con esa sonrisa tranquila que no cambiaba, y más atrás, observando en silencio, Noche Negra.

—Tú entiendes más… —dijo Susan, inclinando ligeramente la cabeza— pero aún dudas.

Santiago intentó hablar, pero no pudo.

—El miedo en ti es lento… pero profundo.

El bebé levantó la mirada y por primera vez parecía peor, no solo triste, sino como si estuviera atrapado en algo que no podía detener, y en ese momento todo se detuvo de golpe, el espacio volvió, el aire regresó, pero la sensación no desapareció.

Mientras tanto, en la casa de los Moya, lo que ocurrió no tuvo nada que ver con visiones al inicio, sino con el cuerpo. Los niños empezaron a sentirse mal, mareados, débiles, con escalofríos que no podían controlar. Uno cayó, luego otro, y pronto la casa se llenó de respiraciones pesadas, de movimientos torpes, de miradas confundidas. La madre intentó entender, el padre mantenerse firme, pero la sensación se extendió a todos, como si algo los estuviera empujando hacia abajo, hacia el suelo, hacia el cansancio absoluto.

Y entonces lo vieron.

A los ancianos.

Pero no como antes.

No como personas.

Sino como figuras vacías, moviéndose no por voluntad, sino porque algo los sostenía desde arriba. Hilos. Delgados, casi invisibles, pero presentes, tensándose con cada movimiento, levantando brazos, girando cabezas, forzando sonrisas.

—No… —susurró la hija mayor, acercándose con una mezcla de miedo y necesidad de comprobarlo.

Extendió la mano, intentando tocar uno de esos hilos, y en el momento en que lo hizo, un corte apareció en su piel, profundo, inmediato, obligándola a retroceder con un jadeo contenido. Pero no fue solo la herida. Algo más entró con ese contacto, algo que no se veía, pero que se sentía, como una semilla que se instalaba dentro de ella.

Poco a poco, los niños empezaron a caer en un sueño pesado, uno tras otro, sin poder resistirse, como si sus cuerpos ya no respondieran, como si algo los estuviera llamando desde dentro. La madre intentó despertarlos, sacudirlos, llamarlos por su nombre, pero no reaccionaban. El padre cayó de rodillas, no por miedo, sino por agotamiento, como si su energía hubiera sido drenada en cuestión de minutos.

Y en medio de todo eso, el bebé más pequeño lloraba.

Solo.

Con hambre.

Sin que nadie pudiera levantarlo.

Sin que nadie pudiera escucharlo realmente.

Porque todos estaban cayendo en ese sueño profundo que no parecía descanso.

Y en algún lugar, más allá de lo visible, algo observaba, midiendo, ajustando, disfrutando.

—Más… —susurró una voz.

Porque ya no se trataba solo de asustar.

Se trataba de elegir.

De preparar.

De cosechar.

Y el tablero…

seguía en juego.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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