La perdida de un ser amado es difícil de superar; pero al final siempre llega una pequeña luz que comienza a iluminar nuestras vidas hasta cambiarlo todo.
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Una niña; una promesa.
Emiliano apenas podía respirar, su corazón latía con fuerza mientras bajaba del auto. La casa, envuelta por árboles altos cuyas ramas susurraban al viento como guardando un secreto, se alzaba imponente. Llevaba consigo la arrugada carta de Bianca en el bolsillo interior de su chaqueta, releída incontables veces, y el colgante, como un discreto amuleto protector, colgaba de su muñeca.
Se detuvo ante la puerta, la incertidumbre y el nerviosismo a flor de piel. No sabía qué decir ni si el momento era el adecuado, pero la espera ya era insostenible. Se acercó lentamente y golpeó con suavidad.
Lucía abrió la puerta. Ella era una mujer de cabello castaño claro y rostro sereno, su mirada transmitía una calidez inconfundible. Había envejecido con la dignidad y la calma de quien ha preferido vivir guiada por el corazón antes que por el miedo.
— ¿Emiliano? — Preguntó ella, como si ya lo esperara. A lo que él simplemente asintió. — Bianca me habló de ti, no en palabras… pero sí en cada carta que me dejaba.
Emiliano entró a la casa a invitación de Lucía. El ambiente estaba impregnado del aroma a lavanda y madera vieja. Vio dibujos adornando las paredes, juguetes esparcidos en un rincón de la sala y una pequeña mochila rosada colgando cerca de la entrada. Un fuerte nudo se formó en el pecho de Emiliano al contemplar la escena.
— ¿Dónde está ella? — Preguntó con voz contenida.
Lucía sonrió con ternura y señaló el jardín trasero, donde una niña de cabellos claros y sueltos corría detrás de un pequeño papalote de colores.
— Allí.
Emiliano se acercó a la ventana y la vio por primera vez. Era una réplica en miniatura de Bianca; la misma frente resuelta, la misma curva en los labios. Sin embargo, había algo distinto en sus ojos, un brillo de inocencia, luz y vida. Ella reía con despreocupación, ignorando el dolor que la rodeaba. En ese instante, Emiliano sintió que, en ella, todo lo que había perdido hallaba una nueva razón para existir.
— ¿Ella sabe…? — Preguntó él sin apartar la mirada de la pequeña.
— Lucía negó con dulzura. — Sabe que su mamá ya no está. Que fue una mujer muy valiente, pero que ahora la cuida desde el cielo. Le dije que algún día alguien muy especial vendría a verla, alguien que la amó antes de conocerla.
Emiliano apretó los labios, mientras las lágrimas se acumulaban sin permiso. Lucía al darse cuenta de lo que sucedía, se acercó a él con calidez y le tocó el brazo.
— Si quieres… puedo presentártela. Solo como un amigo, por ahora. El resto… vendrá cuando ella lo sienta. — Él simplemente asintió.
Al escuchar el llamado de Lucía desde el jardín, la niña soltó el hilo de su papalote y corrió hacia la casa. Entró con las mejillas sonrojadas y una amplia sonrisa, deteniéndose frente a Emiliano. Con esos ojos grandes, llenos de curiosidad y abiertos al mundo, lo observó atentamente.
— Ven, cariño. — Le dijo Lucia extendiendo su mano para que se acercara más. — Quiero que conozcas a alguien.
— Hola. — Dijo él, agachándose a su altura.
— Hola — Respondió ella con una vocecita clara.
— Me llamo Emiliano, fui amigo de tu mamá.
La niña ladeó su pequeña cabeza observándolo detenidamente.
— ¿Tú también la extrañas? — Preguntó con inocencia.
Ante la inesperada pregunta, Emiliano tragó saliva. Por supuesto que la echaba de menos, más que a nada en el mundo. Sin embargo, contuvo sus emociones y se esforzó por responder con calma.
— Mucho.
Ella sostuvo su mirada unos instantes más. De repente, sin previo aviso, tomó su mano con la suya. Emiliano se sobresaltó por el gesto, pero a la vez sintió un profundo consuelo al notar la calidez de su mano pequeña.
— Entonces puedes venir cuando quieras. A veces se siente menos triste si hay alguien más.
En ese preciso instante, de manera inconsciente, Amelie le concedió a Emiliano la autorización que él no se había dado cuenta de que estaba buscando. En el fondo, en ese hogar y en ese momento, él no solo halló a su hija, sino que también logró reencontrarse consigo mismo.
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Dos semanas después de aquel primer encuentro, Emiliano regresaba a diario a casa de Lucía. Al inicio, se limitaba a observar, a ayudar en tareas sencillas y a participar en los juegos. Gracias a su perseverancia, Amelie, con su dulzura e intuición infantil, lo aceptó inmediatamente en su mundo, pues los niños, al sentirse queridos, lo perciben sin necesidad de explicaciones.
Pintaron juntos un día, y al siguiente, él le ayudó a volar una cometa nueva que le había comprado. La confianza de Amelie creció tanto que empezó a llamarlo cariñosamente "Milo", un diminutivo juguetón que fusionaba su nombre con el afecto espontáneo que había nacido entre ellos.
Emiliano observaba cada detalle de su hija; sus gestos, sus palabras y movimientos; y los guardaba como si fueran invaluables joyas, atesorándolos en silencio. No dejaba de sorprenderse al verla fruncir una ceja tal como lo hacía Bianca cuando se enfadaba, o al oírla tararear una melodía que su madre solía cantar distraídamente en voz baja.
Sin embargo, sabía que no podía evitar la verdad eternamente; tarde o temprano, esta debía ser revelada. Así, una tarde templada, mientras estaban sentados bajo un árbol en el jardín, Amelie le ofreció con gran dulzura una flor silvestre que había recogido. Emiliano la tomó con sumo cuidado entre sus dedos.
— ¿Sabes algo, pequeña? Hay cosas importantes que quiero contarte. — Dijo él con voz suave.
Amelie lo miró con curiosidad, con los ojos grandes y atentos. Emiliano debía hablar con la mayor claridad y amor, para que su hija comprendiera.
— ¿Sobre mamá?
— Sí… y también sobre ti.
Ella asintió sin miedo. Él respiró hondo intentando encontrar las palabras adecuadas para poder hablar. Lo que menos deseaba era que su hija creyera que no era amada por su padre.
— Tu mamá y yo nos quisimos mucho… aunque a veces no sabíamos cómo demostrarlo, yo la amaba tanto, que aún me duele haberla perdido.
— A veces sueño con ella. — Susurró.— Pero cuando despierto ya no está.
La niña bajó la mirada con tristeza. Mientras que Emiliano sintió un nudo en la garganta que lo asfixiaba.
— ¿Te gustaría saber un secreto bonito? — Ella asintió rápidamente. — Yo… soy tu papá, Amelie.
El silencio se hizo pesado. La niña lo observó en silencio, sin moverse, pero no lloró. Tampoco se alejó, solo se quedó mirándolo.
— Ya lo sabía. — Hablo ella en un hilo de voz.
— ¿De verdad? — Pregunto sorprendido.
Amelie se acercó a él y lo abrazó sin decir nada, apoyando su pequeña cabeza en su pecho. Emiliano continuó hablando.
— Tu mamá quiso protegerte, pero también deseaba que yo pudiera encontrarte , y de esa manera pudiera estar contigo ahora.
— Te extrañé. — Murmuró con suavidad.
En ese instante Emiliano supo que, a pesar de todo, había recuperado la esperanza. Que a pesar de todo el dolor, aún había la posibilidad de continuar y empezar de nuevo.
Días después, Natalia junto a su padre llegaron a la casa por invitación de Lucía, quien creyó que era momento de que también supieran la verdad. No dijo todo por teléfono, solo que tenían que venir, y que se trataba de algo importante.
Cuando vieron a Emiliano abrir la puerta con una niña en brazos, el corazón de ambos se detuvo.
Natalia abrió los labios, pero no pudo pronunciar ni una palabra. Mientras tanto su padre, observaba a la pequeña con sentimientos encontrados, porque era como si estuviera viendo a Bianca, sus ojos pasaron de la niña a Emiliano, a lo que él simplemente asintió con lentitud.
— Es la hija de Bianca. — Hablo al ver que ellos no reaccionaban.
— Hola, me llamo Amelie. — Se presentó ella misma con ternura. — Él es mi papá, Milo.
La sorpresa se convirtió en incredulidad, luego en algo más profundo, y entonces una punzada de culpa, de asombro, de tristeza se dibujó en sus rostros. Emiliano los hizo pasar a la sala al verlos confundidos.
— Bianca nunca nos dijo nada. — Murmuró el Sr. Fernando sin salir de la sorpresa.
— A nadie. — Respondió Emiliano. — Solo dejó una carta, y a esta princesa.
Amelie se acercó a Natalia y le ofreció una flor seca que había encontrado en el camino. Natalia aceptó la pequeña flor, temblando.
— ¿A ti también te gustan las flores? — Preguntó la niña con dulzura.
— A mí… me encantan.
Natalia sonrió con los ojos llenos de lágrimas. Y en ese momento comprendieron que el pasado, el dolor y la pérdida se habían entrelazado con la esperanza. Porque Bianca, incluso desde su partida, había dejado algo puro; algo que nadie más podría destruir.
Emiliano nunca se había imaginado siendo padre. Mucho menos el padre de una niña de cuatro años con los ojos de Bianca y la energía de un pequeño huracán. Pero ahora, cada día comenzaba con una vocecita que lo despertaba saltando sobre su cama, gritando “¡Papá!” como si esa palabra llevara años esperando ser dicha. Y eso era suficiente para levantarse con el corazón lleno de felicidad.