Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
NovelToon tiene autorización de Naimastran para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
8
El amanecer llegó sin permiso.
La luz se filtró lentamente por las cortinas, dibujando líneas pálidas sobre las paredes de una habitación que no le pertenecía, sobre una cama que no era suya, sobre una realidad que todavía le resultaba ajena, incómoda, imposible de aceptar del todo. Valentina abrió los ojos sin saber exactamente en qué momento había dejado de intentar dormir, porque no recordaba haberlo logrado realmente; su cuerpo había permanecido quieto durante horas, pero su mente no había descansado ni un segundo, atrapada en una repetición constante de imágenes, sensaciones y pensamientos que volvían una y otra vez, siempre al mismo punto, siempre a la misma escena, siempre a él.
Dante.
Su nombre ya no era solo un sonido.
Era una presencia.
Una presión constante que parecía haberse instalado en su pecho, en su cabeza, en cada espacio donde antes había claridad. No era solo lo que hacía, ni lo que decía, ni siquiera lo que representaba. Era la forma en que la miraba, la forma en que se acercaba sin pedir permiso, la forma en que parecía saber exactamente dónde tocar, dónde hablar, dónde quedarse en silencio.
Y lo peor…
Era que no estaba huyendo.
Valentina se incorporó lentamente en la cama, llevándose una mano al rostro, sintiendo el peso de la noche anterior todavía sobre su piel, en sus labios, en su respiración. Ese roce… mínimo, casi inexistente, pero suficiente para romper algo que no debería haberse roto.
—No —susurró, como si decirlo pudiera deshacerlo.
Pero no podía.
Porque lo había sentido.
Y eso no se borraba.
Se levantó de golpe, como si quedarse un segundo más en esa habitación fuera peligroso, como si el aire mismo estuviera cargado de algo que no podía manejar. Caminó hacia la puerta, la abrió con cierta brusquedad y salió al pasillo, decidida a no pensar, a no sentir, a no recordar.
Error.
Porque apenas dio unos pasos…
Lo vio.
Dante estaba en la sala principal, de espaldas a ella, con una camisa negra arremangada hasta los antebrazos, el teléfono en la mano y el cuerpo completamente relajado, como si ese lugar fuera una extensión natural de él mismo, como si todo lo que lo rodeaba existiera en función de su presencia. Su voz era baja, firme, controlada, y aunque no alcanzaba a distinguir todas las palabras, había algo en el tono que dejaba en claro que no se trataba de una conversación cualquiera.
—No me interesa cómo lo resolvieron —decía—. Me interesa que no vuelva a pasar.
Silencio.
—Entonces hacé que entiendan.
Valentina se quedó quieta, observándolo sin hacer ruido, sin querer interrumpir, pero incapaz de apartar la mirada. Había algo hipnótico en él cuando estaba así, cuando no estaba directamente enfocado en ella, cuando parecía completamente en su elemento, manejando situaciones, tomando decisiones, imponiendo una autoridad que no necesitaba explicarse.
Dante cortó la llamada y giró apenas la cabeza.
Y la vio.
El cambio fue inmediato.
No en su postura.
No en su expresión.
Sino en su mirada.
Porque en cuanto sus ojos se posaron en ella…
Todo lo demás dejó de importar.
—Te despertaste temprano —dijo, como si nada.
Valentina cruzó los brazos, intentando recuperar algo de control.
—No dormí.
Dante asintió levemente, como si ya lo supiera.
—Tiene sentido.
El silencio entre ellos no fue incómodo.
Fue denso.
Cargado.
—Me voy a ir —dijo ella de repente.
Directo.
Sin rodeos.
Necesitaba decirlo.
Necesitaba afirmarlo.
Dante la observó unos segundos.
—No.
La respuesta fue tan simple…
Tan segura…
Que la descolocó.
—No podés decidir eso.
—Sí puedo.
—No.
—Sí.
El intercambio fue inmediato.
Tenso.
—No soy tu prisionera.
—Todavía no.
Otra vez.
Esa frase.
Ese peso.
Valentina apretó los dientes.
—Esto no es un juego.
—Nunca dije que lo fuera.
Silencio.
—Entonces dejame ir.
Dante se acercó.
Lento.
Controlado.
Como siempre.
—¿Para volver a dónde?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—A mi casa.
—No es seguro.
—No me importa.
—A mí sí.
El aire se tensó.
—Ese no es tu problema.
—Todo lo que tenga que ver con vos…
Su voz bajó.
Más grave.
Más intensa.
—Es mi problema.
El corazón de Valentina dio un vuelco.
—No podés apropiarte de mi vida así.
Dante la miró fijo.
—No me estoy apropiando.
Un paso más.
—Estoy evitando que te destruyan.
El golpe fue directo.
—¿Y vos qué sos? —disparó ella—. ¿Una salvación?
Silencio.
Uno largo.
Y entonces…
—No.
Su respuesta fue calma.
Honesta.
Peligrosa.
—Soy algo peor.
El aire se volvió más pesado.
El sonido de una puerta abriéndose interrumpió el momento.
Valentina giró la cabeza.
Y lo vio.
Un hombre.
Alto.
Elegante.
Con una sonrisa leve que no llegaba a los ojos.
Su presencia no era tan dominante como la de Dante…
Pero tampoco pasaba desapercibida.
—Interrumpo algo interesante —dijo, con tono ligero.
Dante no respondió.
Pero su cuerpo se tensó apenas.
Sutil.
Pero real.
Valentina lo notó.
—Llegaste antes de lo esperado —dijo Dante finalmente.
—Siempre lo hago cuando algo me llama la atención.
La mirada del recién llegado se posó en Valentina.
La recorrió.
Sin disimulo.
Sin apuro.
—Y veo que tenía razón.
El aire cambió.
De inmediato.
Valentina sintió el impacto.
No fue igual que con Dante.
Pero tampoco fue cómodo.
—¿Quién es? —preguntó ella, sin apartar la mirada.
—Alguien que no te conviene —respondió Dante.
—Qué poco amable —replicó el hombre, avanzando unos pasos—. Pensé que ibas a presentarme.
Dante no lo hizo.
El silencio se volvió incómodo.
Tenso.
—Soy Adrián —dijo él finalmente, extendiendo la mano hacia Valentina—. Socio… y a veces problema.
Valentina dudó un segundo.
Pero terminó aceptando el gesto.
—Valentina.
—Ya lo sé.
La sonrisa de Adrián se acentuó apenas.
Y eso…
No le gustó a Dante.
Nada.
—No es necesario —dijo, seco.
Adrián soltó la mano de ella, pero no apartó la mirada.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
Silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio cargado de algo más.
De competencia.
De medición.
De algo que apenas empezaba a tomar forma.
Valentina dio un paso atrás.
Instinto.
—Voy a irme.
—No —dijo Dante al mismo tiempo.
—Sí —insistió ella.
Pero Adrián intervino.
—Dejala.
Ambos lo miraron.
—¿Qué?
—Si quiere irse, que se vaya.
Silencio.
—No es asunto tuyo —respondió Dante.
Adrián se encogió de hombros.
—Tal vez no.
Su mirada volvió a Valentina.
—Pero sería interesante ver qué hace sin vos.
El golpe fue sutil.
Pero efectivo.
Dante lo entendió.
Claro que sí.
Y no le gustó.
Nada.
Valentina sintió la tensión crecer.
Entre ellos.
No era por ella.
Pero la incluía.
Y eso la puso en una posición incómoda.
Peligrosa.
—No soy un experimento —dijo, firme.
Adrián sonrió.
—Nadie dijo que lo fueras.
—Pero lo pensaste.
Silencio.
—Tal vez.
La sinceridad la sorprendió.
Dante dio un paso adelante.
Interponiéndose ligeramente.
—Se terminó.
Su tono no dejaba lugar a discusión.
Adrián levantó las manos.
—Tranquilo.
Pero no se movió.
—Solo digo que si realmente te interesa…
Miró a Valentina.
—Deberías dejar que elija.
El aire se congeló.
Porque esa frase…
Esa simple frase…
Lo cambió todo.
Dante no respondió.
Pero su mirada…
Su mirada se volvió más oscura.
Más cerrada.
Más peligrosa.
Y por primera vez, Valentina vio algo claro.
Celos.
No abiertos.
No explosivos.
Pero reales.
Y eso…
Eso fue lo más intenso de todo.
Porque significaba algo.
Algo que ninguno de los dos había dicho.
Pero que ya estaba ahí.
Creciendo.
Ardiendo.
Y que iba a volverse imposible de ignorar.