Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo III
Nueva York nunca extendía una alfombra de bienvenida. Era una conquistadora, no una anfitriona.
El jet privado acarició la pista con una suavidad engañosa, como si la ciudad intentara disfrazar su naturaleza depredadora antes de clavar sus garras. Kennedy Douglas permaneció inmóvil en su asiento, su abrigo oscuro impecablemente ajustado, los gemelos de oro blanco brillando tenuemente bajo la luz fría de la cabina. A través de la ventana ovalada, el cielo era una losa de plomo, presagiando la tormenta que se avecinaba. Lluvia reciente empapaba el asfalto, reflejando las promesas sucias que la ciudad susurraba al oído.
—Hemos aterrizado, señor —anunció el piloto con una formalidad estudiada.
Kennedy asintió sin siquiera dignarlo con una mirada. Nueva York. El epicentro del caos. El nido de víboras. El premio codiciado.
Y el precio a pagar.
Descendió del avión con una deliberada lentitud, escoltado por un séquito de hombres que se comunicaban con miradas, sin necesidad de palabras. El aire denso olía a combustible de jet y metal frío, a oportunidades ilimitadas y traiciones latentes. Cada paso era un cálculo preciso, cada mirada que se cruzaba con la suya, una evaluación silenciosa. Kennedy sentía la ciudad como un depredador siente el pulso de su presa: atento a la más mínima vibración bajo la piel, al temblor imperceptible que anuncia un ataque inminente.
—No le agradas —observó Alexander Moore, caminando a su lado mientras el convoy blindado se ponía en marcha—. Todavía.
Kennedy encendió un cigarrillo cubano bajo la marquesina del hangar, la llama fugaz iluminando su rostro anguloso por un instante: mandíbula de acero, barba recortada con precisión milimétrica, ojos que no imploraban favores, sino que exigían obediencia.
—No he venido para agradarle —replicó, con una voz que sonaba como el roce del acero contra el hueso—. He venido a tomarla.
El humo se deslizó de sus labios en una espiral lenta y disciplinada, reflejando su propio autocontrol implacable.
El trayecto hacia Manhattan fue un desfile de fachadas imponentes y sombras amenazantes. Kennedy observaba el paisaje urbano con una indiferencia calculada, sin nostalgia, sin asombro. No era la primera vez que pisaba esta tierra, pero sí la primera vez que lo hacía con la intención de quedarse, de plantar su bandera en el corazón de la bestia. Rascacielos que se alzaban como cuchillas afiladas, avenidas que palpitaban con una energía febril las veinticuatro horas del día, personas que corrían sin cesar, creyendo ilusamente que podían escapar de algo. Le resultaba familiar, inquietantemente familiar. La ciudad entendía los códigos de la supervivencia. El arte del disfraz. Los acuerdos tácitos sellados con sangre y ambición.
—Beckham quiere reunirse contigo mañana —informó Alexander, rompiendo el silencio espeso—. Quiere ultimar los detalles.
Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Kennedy, desprovista de toda calidez.
—Beckham quiere asegurarse de que no me arrepienta de mi decisión —dedujo, con un deje de sarcasmo.
—¿Y lo harías? ¿Echarte atrás en el último momento?
Kennedy se permitió una breve pausa, saboreando el silencio. Observó un puente majestuoso elevarse sobre el río oscuro, las luces de la ciudad reflejándose en la superficie como cicatrices líquidas.
—No —respondió finalmente, con una certeza que calaba hasta los huesos—. Pero entiendo su temor. Yo también lo sentiría en su lugar.
El vehículo se detuvo frente a un edificio que ya le pertenecía en espíritu, aunque su nombre aún no figurara en los registros oficiales. Vidrio negro, impenetrable, que reflejaba el cielo tormentoso. Seguridad privada invisible pero omnipresente. Silencio caro, comprado a golpe de talonario y amenazas veladas. Kennedy fue el primero en descender, su presencia dominando el espacio. El vestíbulo olía a madera pulida y poder recién adquirido.
En el ático, dejó caer su abrigo sobre el respaldo de una silla de cuero y caminó hacia la ventana panorámica. Nueva York se extendía a sus pies como un organismo vivo, palpitante y voraz. Respiraba con dificultad, exhalando humo y promesas rotas. Esperaba pacientemente, como una araña tejiendo su red.
Madison Beckham cruzó su mente sin invitación, interrumpiendo sus pensamientos como una nota discordante en una sinfonía cuidadosamente orquestada.
No la había visto en persona. Solo imágenes retocadas, informes detallados, rumores susurrados en voz baja. Belleza calculada, perfeccionada para seducir y manipular. Boca peligrosa, capaz de pronunciar mentiras piadosas y verdades hirientes con la misma facilidad. Carácter indomable que parecía ignorar cuándo debía callar. Una combinación explosiva que solía terminar en desastre. Para ella… o para aquellos que se atrevían a acercarse demasiado.
—No será fácil lidiar con ella —advirtió Alexander, apoyándose contra la pared con una actitud relajada que contrastaba con la tensión palpable en el ambiente—. No es una chica dócil, Kennedy.
Kennedy inhaló una bocanada profunda de aire, llenando sus pulmones con el aroma acre de la ciudad.
—No necesito docilidad —replicó, con una frialdad que podía congelar el infierno—. Necesito que entienda las reglas del juego.
—¿Y si se niega a jugar? ¿Si desafía tu autoridad?
Kennedy giró el rostro, su mirada fija en un punto invisible en el horizonte. La ciudad quedó relegada a un segundo plano, eclipsada por la magnitud de esa pregunta.
—Entonces aprenderá —sentenció, sin elevar la voz—. Todos lo hacen, tarde o temprano.
Un silencio tenso se apoderó de la habitación, cargado de implicaciones. Alexander lo conocía lo suficientemente bien como para no insistir. Kennedy Douglas no amenazaba con palabras vacías. Él enunciaba hechos consumados.
Se quitó el reloj de pulsera y lo dejó caer sobre la mesa de cristal con un golpe sordo. El tiempo, en Nueva York, era un recurso que se compraba o se perdía, un arma de doble filo que podía utilizarse para construir imperios o para destruirlos. Y él pensaba comprarlo todo. Incluso aquello que no deseaba.
El matrimonio forzado.
La chica indomable.
El apellido prestigioso.
Kennedy volvió a dirigir su mirada hacia la ciudad, sintiendo el peso exacto de lo que había aceptado. No era arrepentimiento lo que sentía, sino una extraña anticipación, una incomodidad nueva y afilada que no provenía de la ciudad despiadada que se extendía a sus pies, sino de la idea inquietante de que Madison Beckham no se doblegaría con facilidad.
Y eso, por primera vez en mucho tiempo, no le desagradó del todo.
Nueva York rugía abajo, ajena a su presencia y hambrienta de poder.
Kennedy Douglas esbozó una sonrisa imperceptible, como quien reconoce a un enemigo digno de su atención.
Había llegado a la ciudad.
Y la ciudad aún no tenía idea de lo que eso significaba.