Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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Capítulo 3 – Huimos antes del amanecer
El castillo dormía.
O eso quería hacer creer.
Ariel apoyó las manos en el marco de la ventana, sintiendo cómo el frío de la piedra se filtraba hasta los huesos. Abajo, la noche se abría profunda, vasta, demasiado silenciosa para prometer seguridad.
—¿Estás seguro de esto? —susurró, con la voz tensa, mientras pasaba una pierna al exterior.
Kael ya estaba fuera. No se giró al responder.
—No.
Ariel tragó saliva.
—Eso no es muy alentador.
Kael inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo de reojo.
—Nunca lo he sido contigo.
Ariel resbaló un poco.
—Eso definitivamente no ayuda.
Kael extendió la mano.
—Confía.
No fue una orden.
Fue una elección.
Y, contra toda lógica, Ariel lo hizo.
Saltó.
Durante un segundo el vacío lo reclamó… hasta que unas manos firmes lo atraparon con fuerza. El impacto los desestabilizó, pero Kael lo sostuvo, anclándolo contra su cuerpo con una solidez que no admitía dudas.
Demasiado cerca.
—Bien —jadeó Ariel—. Seguimos vivos. Punto a favor.
—Muévete —dijo Kael, ya girándolo—. Ya nos vieron.
Una antorcha se encendió en una de las torres.
Luego otra.
—¡Allí! —gritó una voz.
El castillo despertó de golpe.
Corrieron.
No con elegancia ni estrategia perfecta, sino con la urgencia brutal de quienes saben que no habrá una segunda oportunidad. Atravesaron pasillos secundarios, escaleras de servicio, jardines mal iluminados. El sonido de las botas se multiplicó tras ellos, mezclado con órdenes y silbidos.
Ariel sentía el corazón golpeándole las costillas.
—Dijiste que esto sería silencioso —jadeó.
—Dije que lo intentaría —respondió Kael sin frenar—. El consejo nunca acepta perder.
Una flecha se clavó en la pared junto a ellos.
Ariel soltó una maldición.
Kael lo empujó hacia un corredor lateral justo antes de que la luz los alcanzara.
—Te quieren vivo solo hasta el altar —dijo—. Después de eso, no importa.
Doblaron una esquina… y Ariel perdió el equilibrio.
Cayó de lleno contra Kael, derribándolo.
El golpe les robó el aire a ambos.
Quedaron inmóviles un instante.
Demasiado cerca.
Ariel alzó la vista y se encontró con los ojos de Kael a apenas unos centímetros. El mundo pareció reducirse a ese espacio mínimo entre ambos.
El aroma volvió a envolverlo.
Más intenso.
Más consciente.
Su cuerpo reaccionó sin permiso: la marca ardió, el pulso se desbocó, y algo nuevo —inquietante— se deslizó por su pecho. No era solo reconocimiento.
Era atracción.
—Esto es injusto —murmuró Ariel, sin apartarse—. Ni siquiera te conozco.
Kael no se movió.
Su mirada se oscureció, cargada de contención.
—Kael —dijo en voz baja—. Mi nombre es Kael.
Como si decirlo ahora importara.
El vínculo vibró.
No como un eco lejano… sino como una promesa peligrosa.
Ariel tragó saliva.
—Mi cuerpo parece pensar que sí te conoce.
Kael apoyó una mano a su lado, tensándose.
—El vínculo no siempre es prudente —dijo—. Pero rara vez se equivoca del todo.
Un grito rompió el momento.
—Levántate —añadió Kael, con la voz más áspera—. Si nos encuentran así, no habrá mañana.
Ariel asintió, aunque le costó apartarse.
Se pusieron en pie y reanudaron la huida.
El último muro quedó atrás justo cuando el cielo comenzaba a aclararse. El amanecer los alcanzó fuera del castillo, con el aire frío llenándoles los pulmones.
Ariel se detuvo, apoyando las manos en las rodillas.
—¿Y ahora? —preguntó.
Kael observaba el horizonte, tenso… pero algo en su expresión había cambiado.
—Ahora el consejo entenderá que cometió un error.
Ariel lo miró.
—¿Cuál?
Kael se volvió hacia él.
—Que no solo intentaron matarte —dijo—. Activaron algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
El viento se levantó.
Ariel sintió el vínculo latir con una fuerza distinta. Más cercano. Más real.
—Kael… —dijo—. ¿Qué soy para ti?
Kael tardó en responder.
—Todavía no lo sé del todo —admitió—. Pero sé una cosa.
Dio un paso hacia él.
—No voy a soltarte.
El destino acababa de reclamarlo.
Y esta vez, lo había hecho con un lazo que no pensaba romper.
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Muy lejos de allí, una señal antigua respondió a la huida.
No solo los deltas despertaron.
El vínculo había sido percibido.
Y el mundo no ignoraría lo que acababa de nacer.