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Finalmente Te Encontré

Finalmente Te Encontré

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Transmigración antigua a moderna / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor eterno / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Confusión

​El apartamento de Anya, el que ella siempre consideraba su refugio de silencio y luz tenue, se encontraba esa noche cargado de un aire denso y pesado. Después de su turno, el encuentro con el detective Vásquez se repetía en su mente como una cinta de película rayada. El calor de su mano en su brazo todavía se sentía como una quemadura física, un rastro de energía que se negaba a desaparecer.

​Se sentó frente a su computadora personal, con una taza de café intacta enfriándose a su lado. No podía dormir. Las palabras de Ian resonaban en sus oídos con la fuerza de una sentencia: “Su nombre está escrito en el acta de defunción”.

​Era absurdo. Ella era una cirujana joven, y los datos que el detective le estaba suministrando eran de una época muy anterior a su nacimiento. Sin embargo, la seguridad con la que él habló la obligó a buscar.

​—Debe haber un error —murmuró para sí misma, entrando en la base de datos remota del hospital—. Alguna coincidencia de nombres, una homónima.

​Sus dedos volaron sobre el teclado. Tecleó el nombre que Ian le había dado antes de irse. Al principio, el buscador del hospital dio vueltas, procesando la solicitud en los archivos digitalizados. Anya esperaba ver un expediente de hace un par de años, quizás un paciente que no pudo salvar en su primer año de residencia.

​Sin embargo, la pantalla se quedó en blanco por un segundo antes de mostrar un archivo escaneado en alta resolución. No era un formulario digital moderno. Era un papel amarillento, con bordes carcomidos por el tiempo, escrito con una caligrafía elegante y antigua.

​Anya sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

​El documento databa del 14 de mayo de 1926. El nombre del fallecido era claro: Ian Varga. Causa de la muerte: Herida de proyectil de arma de fuego en la región precordial.

​Pero lo que la hizo soltar el ratón con horror no fue la fecha, sino la firma en la parte inferior. En el espacio destinado al médico forense que certificaba el deceso, no había un nombre desconocido de principios de siglo. Allí, con una tinta negra que parecía fresca a pesar del papel viejo, estaba su propia firma: Anya Linares.

​No era solo su nombre; era su trazo. El pequeño arco en la "A", la inclinación de la "L", el punto final que siempre ponía con un poco más de presión. Era una copia exacta de la firma que usaba todos los días para autorizar altas y recetas.

​—No... esto es imposible —susurró, sintiendo un sudor frío empaparle la nuca.

​Acercó la imagen. Sus ojos se fijaron en la foto del fallecido que venía adjunta al informe policial de la época. Era una fotografía en blanco y negro, granulada y sombría. Un hombre joven, tendido en una plancha metálica, con una expresión de paz dolorosa en el rostro.

​Era él. Era el detective Ian Vásquez.

​Tenía el mismo cabello, la misma línea de la mandíbula, incluso la misma cicatriz leve sobre la ceja. Pero en la foto, la herida en su pecho estaba abierta: un agujero negro justo encima del corazón.

​De repente, la cicatriz en la palma de su mano derecha empezó a pulsar. Un dolor agudo, como si un clavo ardiente la atravesara, la obligó a soltar un grito. Se arrancó el vendaje con desesperación. La piel, que normalmente mostraba una marca pálida y casi invisible, ahora estaba roja e inflamada, dibujando claramente la forma de un antiguo gatillo.

​En ese momento, el monitor de la computadora parpadeó. La imagen del acta de defunción empezó a distorsionarse y las letras de su firma parecieron derretirse en la pantalla, convirtiéndose en gotas de sangre digital. Anya cerró la laptop de golpe, retrocediendo con la silla hasta chocar con la pared. El aroma a jazmín inundó de repente su sala, tan fuerte que resultaba asfixiante.

​—¿Quién eres, Ian Vásquez? —sollozó, abrazándose a sí misma.

​El miedo no era solo por el hallazgo del acta. Era algo más profundo. Al ver la foto de aquel hombre muerto en 1926, Anya no sintió lástima; sintió una culpa punzante, un eco de un remordimiento tan vasto que amenazaba con devorar su identidad actual.

​Se levantó y fue al baño, arrojándose agua fría en la cara. Al mirarse en el espejo, por un segundo, no vio su rostro moderno. Vio a una mujer con un sombrero de ala ancha y labios pintados de un rojo oscuro, sosteniendo un revólver de plata con la mano temblorosa. Parpadeó y la visión desapareció, pero el rastro de la verdad ya estaba sembrado.

​En otro punto de la ciudad, en una oficina sin ventanas rodeada de servidores que zumbaban constantemente, Ian observaba la misma pantalla. Él tenía acceso directo a lo que Anya estaba viendo.

​—Ya lo vio —dijo Ian, con la voz carente de emoción.

​A su lado, un hombre mayor, vestido con un uniforme impecable del "Registro", asintió solemnemente.

​—La reacción de su marca fue de nivel 8, Ian. El eco está despertando más rápido de lo que previmos. Si ella recuerda el momento del disparo antes de que obtengas la confesión, el nexo se romperá y no podremos procesarla.

​—Ella no lo recordará todo todavía —dijo Ian, apretando el puño sobre su pecho—. El cerebro humano protege al individuo de la verdad. Ella cree que se está volviendo loca.

​—¿Y tú? —preguntó el hombre, mirándolo con curiosidad—. ¿Estás seguro de que quieres seguir con esto? Si ella firma el acta de defunción kármica, su alma será borrada del ciclo. No habrá más reencarnaciones para ella. Es el fin absoluto.

​Ian guardó silencio. Recordó el roce de su piel en el hospital y la descarga eléctrica que le recordó que, a pesar de todo, ella era la única persona que lo hacía sentir vivo, incluso después de muerto.

​—Ella me quitó mi futuro en 1926 —respondió Ian finalmente—. Es justo que yo le quite el suyo ahora.

​Pero mientras lo decía, el peso del jazmín en su memoria le recordaba que, en ese callejón lluvioso, antes del disparo, hubo un beso. Un secreto que el "Registro" no conocía y que Ian no estaba listo para admitir.

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Elizabeth Medina
ya me perdí,,,
Alexandra Ortiz Posada
Muy buena tu novela, gracias por compartir, bendiciones
Alexandra Ortiz Posada
Gracias por compartir, me gusta mucho tu novela
Alexandra Ortiz Posada
Muy buena novela, te sumerge en una película futurista, excelente
Alexandra Ortiz Posada
Me encanta tu novela, gracias por compartir, bendiciones
Martha Divas Delgado
dios estoy atrapada k impactante será k aniya es o fue mala e Ian se equivoca. hayyyyy esta historia está de infarto
Alexandra Ortiz Posada
Me gusta tu novela, ese toque de misterio la hace muy interesante, gracias por compartir , bendiciones
Marcela Lopez
excelente
Martha Divas Delgado
me gusta más capítulos y paso a paso se arma el camino ☺️
Ysabel Correa: Gracias 🫂... estaré escribiendo y actualizando todos los días
total 1 replies
Marie Beleño
pas historias así no me gustan demoran mucho para subir capitulos😡
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