Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 9: La mirada del otro
...~Alejandro~...
El bar se llamaba "El último round" y estaba en una calle estrecha del centro, lejos de los restaurantes de lujo y las terrazas con vistas. Alejandro lo conocía porque Carlos lo había descubierto años atrás, en su época de estudiantes, y se había convertido en su refugio cuando necesitaban hablar sin corbatas ni audiencias.
Eran las diez de la noche cuando empujaron la puerta de madera. El local olía a cerveza, a madera vieja y a algo frito que no lograba identificar. Alejandro frunció el ceño, pero no dijo nada. Había aceptado venir. Era lo menos que podía hacer por un amigo que apenas veía fuera de la oficina.
Carlos pidió dos cervezas en la barra y se sentaron en una mesa del fondo, apartada, donde nadie pudiera oírlos. Era una costumbre que habían mantenido desde la universidad: las mesas del fondo, las conversaciones importantes, las confesiones que no se hacían en público.
—Estás raro —dijo Carlos, deslizándole la cerveza.
—No estoy raro.
—Sí, lo estás. Desde la comida con el omega. Algo te pasa.
Alejandro bebió un trago. La cerveza estaba fría, aceptable. No era su bebida, pero en este bar no servían whisky de malta.
—No me pasa nada. La comida fue bien.
—¿Bien? Cuenta.
Alejandro se encogió de hombros.
—Normal. Él callado, yo callado. Comimos, nos vieron, nos fuimos. Fin.
Carlos lo miró con esa expresión que tenía cuando olía una mentira. Era su jefe de seguridad, después de todo. Estaba entrenado para detectar lo que los demás ocultaban.
—¿Y eso es "bien"? ¿Una comida en silencio con tu prometido?
—Es mejor que antes. Antes no paraba de hablar, de preguntar, de intentar agradar. Era agotador. Ahora está más tranquilo. Me deja en paz.
—¿Te deja en paz? —Carlos arqueó una ceja—. Hombre, es tu prometido, no es tu enemigo. No se supone que tenga que "dejarte en paz".
Alejandro no respondió. Bebió otro trago.
—A ver si lo entiendo —continuó Carlos—. Antes te molestaba que fuera sumiso y pegajoso. Ahora te molesta que sea callado y distante. ¿Qué quieres exactamente?
—No quiero nada. Solo que cumpla con lo pactado.
—¿Y lo está cumpliendo?
—Sí. Fue a la comida. Salió bien en las fotos. Mi madre está contenta.
Carlos soltó una risa corta, sin alegría.
—Tu madre. Siempre tu madre. ¿Y tú? ¿Estás contento tú?
Alejandro frunció el ceño.
—No se trata de eso.
—¿De qué se trata entonces?
—De que todo está en orden. El compromiso es beneficioso para ambos, no necesita ser algo más.
Carlos se reclinó en el asiento, la cerveza en la mano, mirándolo con una mezcla de paciencia y lástima que Alejandro no supo interpretar.
—¿Sabes qué pasa con la gente que no da problemas? —preguntó al fin.
—Ya dijiste algo así el otro día.
—Y lo repito. Que un día desaparecen y ni te enteras, porque no hacen ruido. Porque no protestan. Porque se han pasado tanto tiempo adaptándose a ti que tú ni siquiera notas que existen hasta que dejan de existir.
Alejandro recordó entonces la comida. El silencio de Adrián, la forma en que miraba por la ventana en lugar de mirarlo a él. La ausencia de ese olor a jazmín que siempre lo había molestado y que ahora, curiosamente, echaba de menos.
—Está diferente —admitió—. No sé si es para bien o para mal.
—Quizá está aprendiendo a no depender de ti.
La frase lo golpeó con más fuerza de la que esperaba. Alejandro apretó la mandíbula.
—No depende de mí.
—Claro que no. Por eso tiene un estudio propio, clientes, una vida fuera de ti. Pero antes necesitaba tu atención. Ahora... ¿ahora la necesita?
Alejandro no respondió. No sabía la respuesta.
Carlos bebió su cerveza y cambió de tema con una naturalidad que solo los amigos de verdad pueden permitirse.
—Hablando de gente interesante... el otro día vi a tu cuñado o algo así. El primo de tu prometido.
Alejandro parpadeó.
—¿Qué primo?
—El de la reunión del otro día. El que presentó ese proyecto de optimización. Moreno, ojos verdes, siempre con cara de estar pensando en algo complicado. No sé cómo se llama.
Alejandro hizo un esfuerzo mental. Recordó la reunión, las presentaciones, la fila de personas que habían desfilado ante él. Había alguien... sí, una intervención breve, correcta, sin nada destacable.
—Sergio —dijo al fin, sorprendiéndose a sí mismo de recordarlo—. Se llama Sergio.
—Eso, Sergio. Pues el otro día coincidí con él en la presentación de unos proyectos. Hablamos un rato después, cuando tú ya te habías ido.
Alejandro levantó una ceja, ligeramente interesado.
—¿Y?
—Y nada, que es curioso. Es omega, pero no tiene esa cosa... ya sabes, esa dulzura que se espera. Es serio, casi frío. Habla de trabajo como si fuera lo único que importa pero cuando se le pregunta por algo que le interesa de verdad, los ojos se le iluminan. Es...
—¿Es qué?
—Atractivo. Pero de otra forma. No el atractivo de "quiero protegerlo", sino el de "quiero que me explique algo complicado para ver cómo le brillan los ojos".
Alejandro frunció el ceño. No sabía por qué, pero la descripción le molestaba.
—No sabía que te gustaban los omegas serios.
—No me gustan. O no me gustaban. Pero él es diferente, además, es brillante. ¿Sabías que ha liderado tres proyectos de innovación en su empresa? El último, un sistema de optimización logística que reduce costes un veinte por ciento. Y tiene veintiocho años.
Alejandro calló. No, no sabía nada de eso. Sabía que Sergio existía, que era el primo de Adrián, que aparecía en las cenas familiares como un mueble más. No sabía que era brillante. No sabía que había liderado proyectos. No sabía nada de él.
—Es una pena —dijo Carlos, casi para sí mismo.
—¿El qué?
—Que no tenga el respaldo porque con ese talento, si hubiera nacido en tu familia o en la de su tío, sería imparable. Pero así... pues es solo un empleado. Bueno, muy bueno, pero empleado al fin y al cabo.
Solo un empleado.
La frase resonó en la cabeza de Alejandro. Pensó en su propia vida, en cómo el apellido Torres le había abierto puertas que a otros les costaban años de esfuerzo. Pensó en Sergio, esforzándose, innovando, rompiéndose la cabeza, y sin embargo, siendo solo "el primo" en las cenas, solo "un asistente más" en las reuniones.
—El mundo no es justo —dijo, y no supo si era una constatación o una disculpa.
—No, no lo es. Pero tú puedes permitirte no pensar en eso. Él no.
Carlos terminó su cerveza y pidió otra. Alejandro aún tenía la suya a medio beber.
—¿Y Adrián? —preguntó Carlos, volviendo al tema anterior—. ¿Sabes si él es feliz?
Alejandro se quedó en blanco.
—¿Feliz?
—Sí, feliz. Contento. Realizado. No sé, cosas que la gente normal siente.
—No lo sé.
—¿Nunca se lo has preguntado?
—No.
Carlos asintió lentamente, como si eso confirmara algo que ya sospechaba.
—Sabes una cosa, Alejandro. Tú eres un puto genio para los negocios pero para las personas... eres un desastre.
Alejandro no se ofendió, con Carlos no podía ofenderse. Llevaban quince años de amistad, y si algo había aprendido era que su amigo decía las cosas porque le importaba, no porque quisiera herir.
—No sé cómo se hace —admitió en un susurro, tan bajo que casi no se oyó.
Carlos lo miró. Luego sonrió, una sonrisa cansada.
—Lo sé, hombre, lo sé. Pero podrías intentarlo, de vez en cuando. Con Adrián, con la gente que te importa. Conmigo, si eso.
—Tú no necesitas que lo intente. Ya sabes cómo soy.
—Sí, lo sé. Pero no está de más oírlo de vez en cuando.
Hubo un silencio cómodo, de esos que solo se permiten los amigos antiguos. La música del bar sonaba bajito, una balada de los ochenta que Alejandro no reconocía.
—Sergio —dijo de repente, como si la palabra se le hubiera escapado—. ¿Tú crees que él...?
—¿Que él qué?
—No sé. Que espera algo.
Carlos lo miró con atención.
—¿De ti?
—De alguien. De la vida. De lo que sea.
—Todo el mundo espera algo, Alejandro. Hasta tú, aunque no lo sepas.
Alejandro bebió el último trago de su cerveza. Estaba tibia ya, pero ya no importaba.
—Yo no espero nada.
—Mientes. Pero bueno, allá tú.
Pagaron y salieron a la calle. La noche era fresca, el cielo despejado. Se despidieron con un abrazo rápido, de esos que no necesitan palabras.
Alejandro caminó hacia su coche, pero antes de subir se quedó un momento mirando las estrellas. Pensó en Adrián, en su silencio. Pensó en Sergio, en su brillantez inútil sin el respaldo adecuado. Pensó en lo que Carlos había dicho: "Ser brillante sin el respaldo necesario solo te convierte en una herramienta."
Una herramienta. Valiosa, pero solo eso. Alguien a quien se usa y se desecha cuando ya no sirve.
¿Eso era Sergio? ¿Eso era lo que veía cuando lo miraba?
No lo sabía. Pero la pregunta le incomodaba.
Subió al coche y arrancó. De vuelta a su apartamento vacío, a su silencio, a su vida perfectamente ordenada donde no había lugar para preguntas incómodas.
Pero esa noche, antes de dormir, pensó en Sergio otra vez. En sus ojos verdes. En su expresión seria. En lo que Carlos había dicho sobre cómo se iluminaba cuando hablaba de lo que le importaba.
Y por primera vez, se preguntó: ¿Qué es lo que le importa?
No tenía respuesta.
Y eso, de alguna manera, le molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕