El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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JARDINES
Mientras Samuel y Camilo caminaban juntos por los pasillos iluminados del castillo, no todos parecían disfrutar de aquella escena. Entre los presentes, Alexandra y Félix ardían en incomodidad. Llevaban semanas planeando la forma perfecta de acercarse al príncipe sin despertar sospechas… y, hasta ese momento, habían creído que todo iba de acuerdo al plan.
Pero ver al alfa atendiendo con tanta naturalidad al humano les rompió la estrategia en pedazos.
—Alexandra, intenta acercarte —ordenó Félix entre dientes, conteniendo la molestia.
—No quiero. Ese humano me va a pegar sus bichos —replicó ella con un tono chillón lleno de desagrado.
—Te dije que vayas. Si no lo haces, nunca serás reina —sentenció él, bajando la voz como un golpe de advertencia.
Alexandra frunció el ceño, pero obedeció. Bajó un poco su escote y respiró profundo antes de avanzar hacia la pareja que observaba una pintura mural.
Samuel ni siquiera volteó a verla.
—Príncipe Samuel, permítame presentarme. Mi nombre es…
—No me interesa —la interrumpió Samuel sin mirarla siquiera—. ¿No ve que estoy ocupado?
Alexandra sintió cómo la vergüenza le quemaba la piel. Bajó el rostro, ocultando su expresión de furia tras una sonrisa falsa.
—Discúlpeme, alteza… solo quería hablar un momento —musitó, sonrojada de rabia.
Samuel suspiró con fastidio.
—No gracias. Estoy muy bien acompañado. Además, es una falta de respeto ignorar a un miembro de la realeza, así sea de otra especie. Príncipe Camilo, vamos a los jardines como prometí. —Miró al omega—. ¿Sí?
Camilo asintió con suavidad.
—Me encantaría.
La humillación fue absoluta. Para las bestias, que un alfa superior dirigiera la mirada a alguien era un honor… pero ser despreciada públicamente era una marca difícil de borrar. Samuel y Camilo se retiraron, sin emoción alguna hacia ella.
Alexandra sintió cómo algo dentro de ella estallaba.
Se marchó con pasos rápidos hacia una habitación apartada. Al cerrar la puerta, gritó desgarradamente.
—¡¿Cómo se atreve a verme así?! ¡¿A preferir a un humano antes que a mí?!
Félix entró justo en ese momento, cerrando tras él.
—Cálmate. Las paredes oyen —le siseó antes de soltarle una bofetada seca.
—¡Eso dolió! —reclamó ella, llevándose la mano al rostro.
—Lo siento, amor mío —murmuró él, acariciándole la mejilla con aparente ternura—. Pero necesitas tranquilizarte.
Ella respiró hondo, tratando de calmar la ira que temblaba en su pecho.
—Dijiste que a él no le gustaba estar cerca de los humanos…
—Eso creí. Pero hoy… algo está raro. Ayer dijo que no bajaría a recibir al contingente, y ahora resulta que se arregló y no me dejó acercarme al humano.
—¿Crees que descubrió nuestros planes? —preguntó Alexandra, nerviosa.
—No. No es eso —la tranquilizó Félix—. Mañana iré con la hechicera. Ella tendrá algo para retomar el control. Por ahora, dejemos que haga lo que quiera.
—Me parece bien —susurró ella antes de besarle con desesperación.
Mientras ellos tramaban su siguiente movimiento, Samuel y Camilo paseaban entre los jardines reales. La luna bañaba el lugar con su brillo plateado, haciendo resplandecer las flores nativas del reino.
Una de ellas llamó la atención de Camilo.
—Es hermosa… sus pétalos brillan como si guardaran luz dentro —dijo maravillado.
—Es la Flor Dilia —respondió Samuel, acercándose—. La diosa Luna las sembró para sus hijos. Aunque nunca tuvo hijos de su vientre.
Camilo observó el arbusto lleno de botones cerrados.
—En mi reino hay flores hermosas, pero jamás vi algo como esto.
—Solo crecen aquí. Durante el día se mantienen dormidas, pero en la noche… —Samuel rozó un pétalo— …despiertan.
—Es asombroso. Una flor nocturna… En mi reino hay flores que se abren solo cierto tiempo. Y los girasoles siguen la luz del sol —comentó Camilo, emocionado.
La sonrisa de Camilo iluminó el rostro del omega y el corazón de Samuel latió con fuerza. Era una sensación cálida, inquietante… y familiar.
Pero algo más llamó su atención.
Un cambio en el aroma.
Un dulce y punzante perfume que reconocería en cualquier vida.
—Debemos regresar —dijo Samuel, frunciendo el ceño.
—¿De qué hablas? ¡Quiero quedarme un rato más! —protestó Camilo haciendo un puchero.
Samuel casi rió ante lo tierno que se veía, pero recordó lo que pasaría si se quedaban allí.
—Camilo… estás entrando en celo.
En ese instante, el color de las mejillas de Camilo se profundizó y su respiración se aceleró. Lo entendió todo.
—Será peligroso si entramos… —dijo el omega con un hilo de voz, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo.
—Te llevaré a una habitación e iré por tu padre —afirmó Samuel, cargándolo sin esfuerzo.
El contacto hizo que el aroma de Camilo se intensificara. Samuel apretó la mandíbula y envolvió al omega con su propio aroma de forma instintiva, protegiéndolo de cualquiera que pudiera percibirlo.
—Quiero más… —susurró Camilo, antes de besar a Samuel con un arrebato que los congeló a ambos.
Samuel dejó de correr. El beso había sido suave, desesperado… y peligroso.
Llegaron a su habitación. Samuel lo recostó en la cama con cuidado.
—Voy por tu padre —dijo, apartándose.
—No te vayas… —Camilo lo tomó de la muñeca—. Duele…
Sus ojos llorosos hicieron tambalear la cordura del alfa.
—No quiero hacerte daño —respondió Samuel, tragando con fuerza.
—¿No te gustó? Yo… yo te vi y supe que me gustabas desde ese momento…
Samuel cerró los ojos un segundo.
—Sí me gustas. Demasiado. Pero puedo lastimarte si mi rut aparece. Tu cuerpo no soportaría mi fuerza.
Intentó liberarse del agarre del omega.
—¡Samuel! —lo llamó otra vez entre sollozos, mientras él cerraba la puerta con seguro.
—Natalie —dijo en cuanto la vio pasar—. Quédate aquí. Que nadie entre. Nadie.
Ella asintió con firmeza.
Samuel corrió en busca del padre del omega. Lo encontró en el corredor.
—Señor… su hijo entró en celo —informó entre jadeos.
Pero en ese instante, el propio cuerpo de Samuel se tensó. Un aroma feroz, dominante, irresistible salió de él.
Su rut comenzaba.
Los omegas y betas presentes se dieron vuelta inmediatamente hacia Samuel, sus cuerpos reaccionando de manera instintiva.
—¡Guardias! —rugió Raúl—. ¡Evacúen a todos ahora mismo!
Los guardias arrastraron fuera a quienes habían sido afectados por las feromonas del alfa. Raúl, en cambio, tomó a Samuel por el brazo y lo llevó casi a rastras a una habitación cercana.
—Raúl… —Samuel respiraba con dificultad—. Dile a mi madre… que inició en los jardines… las flores Dilia… Ella sabrá qué hacer. Y no le digas a nadie dónde estoy.
—Como usted ordene, alteza.
La puerta se cerró.
En cuanto Samuel quedó solo, sus feromonas estallaron por toda la habitación. Aún conservaba algo de lucidez, pero sabía que pronto desaparecería.
—Diosa Luna… guía mis pasos. Protege a mi amado… —susurró antes de caer completamente en la lujuria del rut.
La necesidad lo quemaba. Su cuerpo se tensaba y se aliviaba una y otra vez, pero el calor no disminuía.
Le esperaban días largos…
y una batalla aún más difícil que la de cualquier guerra.
Porque esta vez, el alfa no pensaba perder a su omega.