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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: Desenmascarando al patriarca

El impacto de las puertas al abrirse dejó un eco sordo en el despacho. Los asesores suizos de Ernesto Albarracín se apartaron por instinto ante la furia contenida con la que Federico avanzó hacia el centro de la sala, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula apretada con una rigidez aterradora.

A su lado, Sofía no necesitó alzar la voz para imponer su presencia. Con el abrigo abierto, la espalda erguida y una frialdad soberana en la mirada, caminó hasta colocarse hombro con hombro junto a su padre, Roberto Del Valle.

Ernesto Albarracín frunció el ceño, apoyándose en la empuñadura de plata de su bastón mientras recorría a su hijo de arriba abajo.

—Veo que has perdido por completo la cordura, Federico —dijo Ernesto con una calma despectiva—. ¿Irrumpir a los gritos frente a socios corporativos? ¿Para defender a la mujer que te tiene secuestrado el juicio?

—No te atrevas a volver a abrir la boca para hablar de ella, Ernesto —advirtió Federico en un tono tan oscuro, tan cargado de veneno, que el aire pareció congelarse a su alrededor—. Y si valoras en algo lo que te queda de estatus, retira inmediatamente la palabra que acabas de pronunciar sobre mi hijo.

Una carcajada seca y burlona escapó de los labios del viejo magnate.

—¿Tu hijo? —Ernesto soltó un chasquido de lengua, mirando con desdén a Sofía—. Por favor, muchacho. Cinco años desaparecido y te dejas embaucar por una oportunista con un mocoso cualquiera. Te advertí en Ginebra que esta clase de mujeres solo busca un heredero para asegurarse una pensión vitalicia y drenar el patrimonio de las joyerías. Eres un ingenuo.

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral.

Nadie gritó. Nadie hizo ademanes violentos. Pero la temperatura de la habitación se desplomó como si hubieran abierto un ventanal en pleno invierno ártico.

Sofía dio un solo paso al frente. Sus ojos marrones, fijos en el rostro arrogante de Ernesto, brillaban con un desprecio tan limpio y pulido que desarmaba cualquier intento de ofensa.

—¿Drenar su patrimonio, señor Albarracín? —preguntó Sofía con una voz de terciopelo y acero que resonó en cada rincón del despacho—. ¿El patrimonio de sus hoteles con hipotecas y de sus joyerías dependientes de créditos suizos?

Ernesto entrecerró los ojos, sorprendido por el tono de la joven.

—¿Quién te crees que eres para opinar sobre las finanzas de mi dinastía, muchacha? —espetó él con altivez.

Sofía ni siquiera parpadeó.

—Me llamo Sofía Del Valle —respondió con una serenidad implacable que cayó sobre la sala como una bomba atómica—. Vicepresidenta ejecutiva de este consorcio y única heredera de las refinerías, yacimientos y redes de distribución que su empresa lleva seis meses suplicando contratar para no quebrar en su expansión europea.

El color abandonó el rostro de Ernesto Albarracín de manera instantánea. Su mano, aferrada a la plata del bastón, tembló de forma imperceptible. Giró la cabeza hacia los asesores que lo acompañaban; los dos auditores suizos tenían los ojos abiertos de par en par, reconociendo el apellido que figuraba en la cabecera de las mayores cotizaciones bursátiles de materias primas del planeta.

—¿Del Valle...? —murmuró Ernesto, perdiendo por primera vez en décadas la compostura de su voz metálica—. ¿Tú eres... la hija de Roberto?

—La misma a la que su hijo midió con la vara miserable de su desconfianza hace cinco años —sentenció ella, clavándole una mirada fulminante que lo redujo a la nada—. Y el niño al que usted acaba de llamar bastardo no necesita ni necesitará jamás una sola moneda de su apellido, señor Albarracín. Theo Del Valle tiene el respaldo de un imperio que hace que sus piedras preciosas parezcan bisutería barata. Su dinero no compra su derecho a llamarse abuelo, ni compra el perdón de lo que provocó.

Ernesto tragó saliva con dificultad, sintiendo el peso de cuarenta años de soberbia desmoronarse sobre sus hombros. Miró a su hijo, buscando alguna complicidad, algún respaldo familiar en medio de la humillación.

Pero en los ojos de Federico sólo encontró una condena irrevocable.

—Se acabó, Ernesto —dijo Federico, dando un paso que lo colocó directamente entre su padre y Sofía, dándole la espalda a ella como un escudo viviente—. Durante toda mi vida me enseñaste a desconfiar de todo el mundo. Me enseñaste que el amor no existía, que la decencia era una farsa y que cualquiera que me sonriera quería sacarme algo de la billetera. Te escuché. Tuve miedo. Y por hacerte caso, perdí a la mujer de mi vida y los primeros cinco años de mi hijo.

—Federico, no te permito que me hables en ese tono...

—¡Cállate! —bramó Federico con una fuerza que hizo retroceder al anciano medio paso—. Hoy mismo convoco una asamblea extraordinaria de accionistas. Gabriel ya tiene redactadas las transferencias del fideicomiso mayoritario. Quedas removido de la presidencia ejecutiva y de cualquier decisión operativa en este continente. No vas a tocar una sola firma de este hotel, no vas a pisar esta ciudad y, si te atreves a respirar a diez cuadras de Sofía o de Theo, te juro por lo que me queda de honor que te dejo sin un solo centavo para pagar tus abogados en Ginebra.

Roberto Del Valle cruzó los brazos sobre su pecho robusto y dio dos pasos lentos desde su escritorio, colocándose al lado de su hija. Su sola estatura y la pesadez de su mirada gris terminaron de sellar el destino del invasor.

—Tiene diez minutos para desalojar este edificio con su personal, Albarracín —declaró Roberto con calma pétrea—. Si a las once y cuarto su avión privado no tiene pista asignada para despegar de regreso a Europa, daré la orden de embargar sus cuentas de suministro por incumplimiento de precontrato. Ahora, lárguese de mi oficina.

Ernesto Albarracín apretó la mandíbula, respirando con dificultad. Miró por última vez a su hijo, esperando encontrar alguna fisura en su postura, pero Federico lo miraba como a un completo extraño. Sin pronunciar una sola palabra más, el patriarca europeo dio media vuelta y salió arrastrando el bastón sobre el parqué encerado, escoltado por sus asesores en completo silencio.

Cuando las puertas dobles se cerraron, el silencio que quedó en el despacho fue denso, casi doloroso.

Federico permaneció de espaldas un segundo más, con los hombros agitados y los puños cerrados, dejando escapar la tensión que llevaba acumulando durante años. Lentamente, se giró hacia Sofía y don Roberto.

Roberto Del Valle observó al joven magnate con atención. Vio la camisa arrugada, las manos temblorosas y la mirada limpia de quien acababa de quemar todos sus puentes con tal de proteger a los suyos. El viejo petrolero asintió una sola vez, en un gesto silencioso de aprobación que no requería discursos.

—Lo dejo con mi hija —dijo Roberto con voz serena, antes de salir con paso pausado hacia la antesala, dejándolos a solas.

Federico alzó la vista y miró a Sofía. Sus ojos claros estaban empañados en lágrimas que ya no intentó disimular.

—Perdóname, Sofía... —susurró con la voz completamente destrozada, dando un paso tembloroso hacia ella—. Perdóname por haber sido tan ciego durante tanto tiempo.

Sofía dio un paso hacia él, sintiendo que el muro que la había protegido durante un lustro entero acababa de desplomarse para siempre.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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