Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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El comienzo de algo nuevo
Sebastián subió a su auto sin mirar atrás.
El portazo sonó más fuerte de lo necesario, resonando en el estacionamiento subterráneo como un eco de todo lo que no había dicho durante años y de todo lo que, finalmente, había dicho de más.
Permaneció unos segundos con las manos apoyadas en el volante, la frente inclinada, respirando lento, como si el aire pesara distinto dentro de ese espacio cerrado.
No encendió el motor de inmediato.
El enfrentamiento con su padre seguía latiendo en su pecho, no como una herida abierta, sino como una cicatriz recién tocada. No había gritos, no había golpes. Y, sin embargo, se sentía exhausto, como si hubiera librado una batalla física.
Tal vez porque, en el fondo, había sido eso: una guerra silenciosa contra una figura que había definido su vida durante demasiado tiempo.
Finalmente giró la llave.
El motor arrancó con un sonido grave, constante, casi tranquilizador. Sebastián salió del estacionamiento y se incorporó a la calle sin pensar en un destino. No puso el GPS. No revisó el reloj. Simplemente condujo.
La ciudad se desplegaba ante él como un organismo vivo: semáforos, peatones, edificios que se entendían unos a otros sin pedirle explicaciones. Sebastián agradeció esa indiferencia. Por primera vez en días, nadie esperaba nada de él.
Condujo sin rumbo fijo.
Al principio, sus pensamientos seguían atados al despacho de madera oscura, a la mirada de su padre, a las palabras que habían flotado entre ambos como cuchillos envueltos en cortesía. Recordó su infancia: las tardes esperando en oficinas silenciosas, los elogios escasos pero estratégicos, la constante sensación de que el amor se medía en resultados.
Apretó el volante.
Se dio cuenta de que había pasado la mayor parte de su vida intentando demostrar que merecía estar ahí. Que merecía el apellido. Que merecía el poder. Y, en el proceso, había olvidado preguntarse si eso era lo que realmente quería.
El tráfico se volvió más ligero conforme se alejaba del centro. Los edificios altos dieron paso a avenidas amplias, a zonas donde los árboles empezaban a ganar terreno al concreto. Sebastián bajó la velocidad sin notarlo. El cuerpo comenzaba a soltar la tensión poco a poco, como si cada kilómetro recorrido aflojara un nudo antiguo.
Pensó en la empresa.
En eso últimos años de trabajo incansable, en las madrugadas interminables, en las decisiones que había tomado sabiendo que nunca serían aplaudidas. Había reconstruido algo, sí. Pero también se había reconstruido a sí mismo, aunque no siempre fuera consciente de ello.
Recordó las noches en vela, el cansancio profundo, la soledad asumida como parte del precio.
Y, aun así, no se arrepentía. Había elegido quedarse cuando lo más sencillo habría sido huir. Había elegido enfrentar las consecuencias, incluso cuando no todas le pertenecían.
El auto avanzaba, y Sebastián con él.
Cruzó un puente largo, desde el cual la ciudad se veía distinta: más pequeña, menos intimidante. El río debajo reflejaba la luz del atardecer, fragmentándola en destellos irregulares. Sebastián bajó la ventanilla.
El aire fresco entró, llevándose consigo el olor a encierro y a tensión acumulada.
Respiró hondo.
Pensó en Amanda.
No como una nostalgia dolorosa, sino como una presencia tranquila. La imaginó en su departamento, leyendo algún libro, con esa sonrisa plena que siempre había tenido para los detalles. Pensó en cómo ella había tenido el valor de irse cuando todo se volvió insostenible, y de empezar de nuevo sin pedir permiso.
Sebastián entendió que, en muchos sentidos, ella había sido más valiente que él.
Él había luchado por rescatar estructuras. Amanda había elegido rescatarse a sí misma.
La idea no le dolió. Lo llenó de una especie de respeto silencioso.
Siguió conduciendo.
El cielo comenzaba a oscurecerse lentamente, tiñéndose de tonos anaranjados y violeta. Las luces de la ciudad se encendían una a una, como si alguien marcara el ritmo del anochecer.
Sebastián no sabía cuánto tiempo llevaba manejando. No importaba.
En un semáforo en rojo, se detuvo. Observó a la gente cruzar la calle: parejas tomadas de la mano, personas con audífonos, alguien que reía solo mirando su teléfono. Vidas completas, ajenas a la suya, coexistiendo en el mismo espacio sin tocarse.
Por primera vez en mucho tiempo, Sebastián se sintió parte de algo más amplio que su apellido, que su historia familiar, que la empresa.
Era solo un hombre conduciendo.
Cuando el semáforo cambió, avanzó de nuevo, pero tomó una calle secundaria, luego otra aún más estrecha. El paisaje urbano se volvió irregular: casas bajas, pequeños comercios cerrando, luces cálidas escapando por ventanas abiertas.
Se detuvo finalmente junto a la banqueta, sin una razón clara. Apagó el motor.
El silencio lo envolvió.
Apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.
Las imágenes del día volvieron, pero ya no tenían la misma fuerza. Habían perdido filo. Sebastián se dio cuenta de que el enfrentamiento con su padre no había sido para cambiarlo, ni para obtener justicia inmediata.
Había sido para liberarse.
Durante años había cargado con una voz interna que no era del todo suya, una exigencia constante de estar a la altura de algo que nunca terminaba de definirse.
Esa voz, por primera vez, estaba en silencio.
Sebastián abrió los ojos.
Miró sus manos. No temblaban.
Sonrió apenas, una sonrisa cansada pero sincera. Comprendió que no tenía todas las respuestas, que el futuro seguía siendo incierto. Pero también entendió algo fundamental: ya no estaba huyendo de sí mismo.
Encendió de nuevo el auto.
Esta vez, sin embargo, eligió conscientemente el rumbo. No uno grandioso, ni simbólico. Simplemente el camino de regreso. No al despacho, no al pasado, sino a una versión de sí mismo que empezaba a reconocerse sin miedo.
Mientras conducía, la ciudad lo recibió de nuevo, pero ya no como un escenario de lucha constante.
Era solo un lugar más por el que transitar.
Sebastián siguió adelante.
No porque todo estuviera resuelto,
sino porque, al fin, había aprendido a conducir su vida sin mapas heredados.
Y eso, pensó mientras las luces nocturnas lo envolvían,
era el verdadero comienzo, de una nueva vida que podía ser diferente.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.