Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 20
ALGO FUERA DE PROTOCOLOS -
Las galas benéficas son distintas a las diplomáticas.
Menos tensión política.
Más sonrisas ensayadas.
Más cercanía física de la que me gusta permitir.
Esta noche, por ejemplo, Meghan va tomada de mi brazo.
Formalmente es para mantener la imagen de seguridad discreta entre la multitud.
Extraoficialmente… es una pésima idea.
—Relájese, comandante —murmura sin mirarme—. Está caminando como si fuera a entrar en combate.
—Siempre estoy listo para entrar en combate.
—Estamos rodeados de filántropos millonarios.
—He visto sonrisas más peligrosas.
Ella reprime una risa.
El calor del salón no ayuda.
Su vestido oscuro se ajusta con elegancia impecable. Cabello recogido. Espalda recta.
Demasiado cerca.
Demasiado consciente de que su mano descansa sobre mi antebrazo.
—Está tenso —dice en voz baja.
—Estoy trabajando.
—Eso no responde lo que dije.
La miro apenas de reojo.
—Concéntrese en sonreír.
—Ya estoy sonriendo.
—No con los ojos.
—Qué observador.
Nos detenemos cuando identifica a un viejo amigo de su padre.
—Tengo que ir allá —dice suavemente.
Asiento.
Ella retira la mano de mi brazo.
El vacío es inmediato.
Ridículo.
Se aleja entre invitados.
Antes de perderse entre la gente, se gira un segundo.
Nuestras miradas se cruzan.
Sostiene la mía medio segundo más de lo necesario.
Luego desaparece en el grupo.
Exhalo.
Voy por agua.
No necesito, pero necesito moverme.
Cuando regreso al salón principal la veo.
Está riendo.
Riendo de verdad.
Frente a ella hay un hombre joven. Traje azul oscuro. Seguro de sí mismo.
Demasiado cómodo.
Me acerco lo suficiente para escuchar sin ser evidente.
—Entonces, ¿aceptarías una invitación menos formal? —dice él con sonrisa encantadora.
—Depende de qué tan menos formal estemos hablando —responde ella con ligereza.
—Cena. Sin discursos. Sin fotógrafos.
—Eso suena sospechosamente atractivo.
Él sonríe más amplio.
—Puedo ser muy convincente, señorita Whitmore.
—Lo dudo —dice ella divertida—. Me convencen con argumentos, no con sonrisas.
—Entonces dame la oportunidad de intentarlo.
Ella inclina ligeramente la cabeza.
—¿Está acostumbrado a que le digan que sí?
—Casi siempre.
—Eso explica la confianza.
Él ríe.
Demasiada confianza.
Demasiada cercanía.
Siento algo incómodo en el pecho.
Tensión.
No profesional.
No lógica.
Celos.
La palabra aparece sin permiso.
No debería importarme.
No es asunto mío.
Mi trabajo es protegerla.
No opinar sobre quién la invita a cenar.
Pero no me gusta cómo la mira.
No me gusta que ella esté disfrutando la conversación.
No me gusta nada de esto.
El senador —porque claro que es senador— da un paso más cerca.
—¿Te puedo llamar Meghan?
Ella lo piensa un segundo.
—Ya lo hiciste.
Sonríen.
Eso es suficiente.
Me acerco con paso firme pero controlado.
—Señorita —digo con tono profesional—. Su padre la necesita.
Ella me mira.
Sabe perfectamente que eso no es cierto.
Lo veo en sus ojos.
Pero no me contradice.
—Senador, ha sido interesante —dice con elegancia—. Hablamos luego.
Él asiente, ligeramente decepcionado.
—Espero que sí.
Le ofrezco mi brazo de nuevo.
Ella lo toma.
Caminamos alejándonos.
Silencio unos pasos.
—Mi padre, ¿hm? —murmura.
—Sí.
—Qué curioso. Hace cinco minutos estaba perfectamente ocupado.
—Las situaciones cambian.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Seguimos caminando.
—¿Lo estabas escuchando? —pregunta con tono apenas divertido.
—Estoy entrenado para escuchar todo.
—No parecía amenaza.
—Las amenazas no siempre lo parecen.
Ella se detiene de golpe.
Me obliga a detenerme también.
—Ethan.
—¿Sí?
—¿Era seguridad… o era otra cosa?
La miro fijo.
No puedo responder lo que realmente fue.
—Era prudencia.
—Claro.
Reanuda el paso.
—Estaba siendo amable.
—Lo sé.
—Y sé cuidarme.
—También lo sé.
Silencio.
Pero la sensación en mi pecho no desaparece.
Lo que sentí cuando él se inclinó hacia ella no fue cálculo estratégico.
Fue algo más primitivo.
Más personal.
Algo que no debería permitirme.
Ella habla con otro invitado y retoma su papel público con naturalidad.
Yo vuelvo a mi posición habitual, un paso detrás, atento.
Profesional.
Controlado.
Pero mientras observo el salón, no dejo de pensar en la sonrisa que le dedicó al senador.
Y en lo fácil que fue para mí inventar una excusa para interrumpir.
No fue protocolo.
No fue amenaza.
Fue celos.
Y eso…
eso sí es un problema.