Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El inicio del plan
Después de siglos de guerra, la Paz que la Luna Azul había traído parecía inquebrantable.
Aeryn, hija del linaje que unió vampiros y lobos, vive entre humanos para fortalecer el frágil equilibrio entre mundos. Pero mientras ella cree estar construyendo puentes, el enemigo ya camina a su lado.
Adrian Vale fue criado para una sola misión: infiltrarse, descubrir y destruir. Descendiente de una antigua orden de cazadores que jamás aceptó la coexistencia, ha aprendido que los sobrenaturales no son más que una aberración que debe ser erradicada. Acercarse a Aeryn es parte del plan. Enamorarse de ella no.
Mientras la atracción entre ambos crece con una intensidad imposible de ignorar, una organización tecnológica en las sombras prepara la “Purga Solar”, un ataque capaz de borrar siglos de historia en una sola noche. Cuando la traición y el amor colisionen, Adrian deberá elegir entre la sangre que lo formó… y la mujer que le enseñó que los monstruos no siempre son lo que parecen.
Algunas promesas trascienden la muerte.
Algunos sacrificios despiertan algo más antiguo que la guerra.
Y cuando el Sol esté dispuesto a extinguirse por la Luna, el destino del mundo cambiará para siempre.
CAPÍTULO 1
La grieta invisible
La primera vez que Aeryn sintió que algo no estaba en su lugar, no fue durante una batalla.
Fue en un aula universitaria.
El sol atravesaba los ventanales altos del edificio antiguo, proyectando rectángulos de luz dorada sobre las filas de pupitres. El murmullo humano era constante, cálido, desordenado. Para cualquiera, aquello era normalidad.
Para ella, era un mapa sensorial.
Escuchaba los latidos de todos en la sala como una sinfonía irregular. Percibía el aroma metálico de la sangre bajo la piel, el pulso de adrenalina de quien estaba nervioso por el examen, la química sutil del miedo, del deseo, del cansancio.
Pero ese día…
Había un silencio extraño, diferente.
No era externo.
Interno.
Un punto ciego.
Sus dedos se tensaron sobre el cuaderno.
Giró apenas el rostro.
Tres filas atrás.
Un joven estaba sentado con la mirada en el frente.
Cabello oscuro. Postura relajada. Mirada fija en el profesor. Apariencia común.
Demasiado común.
Aeryn intentó extender su percepción.
Nada.
Ni la vibración humana típica. Ni la resonancia sobrenatural. Ni eco mental.
Vacío.
Y eso era imposible.
Desde niña le enseñaron que todo ser vivo emite una huella energética, y gracias a su linaje híbrido Malakai había logrado que ella aprendiera a distinguirla. No importaba si eran lobos, vampiros, híbridos… incluso humanos.
Ella podía distinguir su huella.
Pero él era un hueco en el tejido.
Su corazón latía —lo oía—, pero su presencia no dejaba marca.
Por primera vez en años, Aeryn sintió curiosidad… y algo más peligroso.
Incertidumbre.
El profesor anunció el final de la clase. Sillas arrastrándose. Voces cruzándose.
Ella se levantó sin prisa calculada.
Él también.
Sus trayectorias deberían haber sido paralelas.
No lo fueron.
Chocaron.
Un impacto leve. Apenas hombro contra hombro.
Pero cuando la piel de él rozó la suya…
El mundo vibró.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
Un pulso.
Breve.
Como si algo antiguo hubiese reconocido algo igual de antiguo.
Los ojos de él se encontraron con los suyos.
Grises.
Humanos.
Demasiado humanos.
—Perdón —dijo él.
Su voz era firme, tranquila.
Ella sostuvo su mirada más tiempo del socialmente aceptable.
No pudo evitarlo.
Buscaba la grieta.
No la encontró.
—No fue nada —respondió.
Pero sí había sido algo.
Cuando él se alejó, Aeryn sintió una presión extraña en el pecho. No dolor. No amenaza.
Una anticipación.
Desde la puerta del aula, Kaelen observaba.
No necesitó palabras para entender que algo había cambiado.
Porque el aire alrededor de Aeryn se había alterado.
Y en algún lugar muy lejos de allí, en una sala subterránea iluminada por pantallas azuladas, un sistema marcó una notificación silenciosa:
Contacto confirmado.
El plan había comenzado.